
Seamos honestos, el mundo se va a la mierda. Todos lo notamos, todos lo presentimos, y todos seguimos adelante en nuestra vorágine de la prisa y de la productividad haciéndonos los ciegos y los sordos. Todavía no sabemos el desenlace —la guerra nuclear tiene muchas papeletas, aunque últimamente el reventón climático está recortando distancias—, pero nadie puede negar que deambulamos por la incómoda certeza de que estamos en el tiempo de descuento de la abundancia y el desarrollo; de todo esto tal y como lo conocemos.
En esa premisa cataclísmica alguien muy ingenuo podría llegar a pensar que, viviendo en el mismo planeta, el desastre nos afectará a todos por igual y sin excepciones, que el conjunto de los humanos vamos a bordo del mismo barco a la deriva. Ese alguien, cegado por el optimismo, incluso estará convencido de que la catástrofe nos unirá, que desarrollaremos conciencia de especie y todos juntos, hombro con hombro, colaboraremos para salir adelante. Chorradas. En el apocalipsis también habrá clases sociales. Si no huyen como ratas en sus naves espaciales a colonizar otros mundos, los ricos se meterán —también como ratas— en sus búnkeres totalmente equipados, acapararán los suministros de comida, agua y pastillas de yodo, y a los demás que nos zurzan, como siempre.
Básicamente de eso va Fallout, de ricos avariciosos y sin escrúpulos —valga la redundancia—; de pobres diablos que buscan la salvación en una ratonera hermética con puerta acorazada; y de gente que no pudo guarecerse de la devastación atómica y sobrevive en el yermo implacable, expuesta a los roentgen que contaminan el aire, el suelo y el agua, a los más variopintos delincuentes y criaturas mutantes, y a los más despiadados engendros caníbales.
Fallout tiene la estética de Mad Men, pero con sofisticados robots asistentes de hogar y coches que funcionan con motor de fusión nuclear. Es el año 2077, y Estados Unidos sigue siendo el mismo país salvaje y ultraliberal —en lo económico— donde se persigue obsesivamente todo lo que huele a comunismo. En esa arcadia del capital y del Estado secuestrado por las multinacionales está Vault-Tec, una megacorporación cuyo negocio se basa precisamente en venderles a los curritos quiero y no puedo que viven en las zonas residenciales y piensan que son de clase alta una plaza en uno de los muchos búnkeres que han construido de costa a costa anticipándose a un posible conflicto atómico.
Hay que decir que los búnkeres de Vault-Tec no son el típico cuartucho de hormigón visto que no es más que un zulo con literas, un par de taquillas estrechas para colgar el traje antirradiación y un váter de cárcel en el medio. No. Ellos ofrecen colosales proezas de la ingeniería a los que llaman bóvedas (vaults), con sistema de ventilación, mecanismo de potabilización de agua, generadores de electricidad e invernaderos para cultivar alimentos y sobrevivir lo más acogedoramente posible y durante cientos de años al invierno nuclear. O al menos eso es lo que promete el folleto. Invierta en el mañana. Prepárese para el futuro. Endéudese un poco más. Aparte de la hipoteca de una casa que claramente está por encima de sus posibilidades y de las letras de un coche que evidentemente no se puede permitir, compre sitio en un sarcófago con televisión y club de lectura a cien metros bajo tierra donde la supervivencia tampoco está del todo garantizada; presuma y aparente delante de sus conocidos, no vayan a creer que en realidad es usted un muerto de hambre.
Fidedigna al lore de la saga de videojuegos y muy respetuosa con su humor bizarro, el principal aporte de la serie de televisión es una precuela muy inteligente en la que el apocalipsis se orquesta en un consejo de administración. Sentados en torno a la gigantesca mesa de una sala de reuniones pulcra y oscura, los directivos de las principales empresas de entonces, con Vault-Tec a la cabeza, acuerdan provocar la guerra nuclear para asegurarse el control total de lo que quede del mundo después de las bombas. La idea es utilizar la aniquilación de casi toda la humanidad como ventaja competitiva y crear un monopolio perfecto que vaya de la mano de una plutocracia autoritaria donde una mojigata y cargante raza de CEO y directivos, refinada durante siglos en el útero kitsch de las bóvedas, lo controlará absolutamente todo. Vamos, el sueño húmedo de todo señor tecnofeudal o presidente de la CEOE.
A partir de ahí, las historias de la moradora de uno de los refugios, un ghoul (especie de zombi entre rosa y naranja al que se le desprenden apéndices de su cuerpo putrefacto), y un recluta flipado de la Hermandad del Acero (secta tecnológico-religiosa llena de señoros con túnica que tienen helicópteros raros y unas armaduras tochísimas) se entrecruzan en una narrativa donde buenos y malos quedan determinados únicamente por la simpatía que el espectador desarrolla por cada personaje. También hay un perro inteligentísimo, una Roomba con cerebro humano, un axolotl gigante y un grupo de apoyo a la endogamia, porque pasar 200 años encerrado en las bóvedas y esquivar la consanguinidad no es algo fácil.
La serie aprovecha para hacer una ingeniosa crítica del capitalismo tardío. Mientras que las primeras entregas de los juegos (1997-2008) critican el militarismo y la paranoia geopolítica, en la década de 2020 el foco se desplaza hacia el papel de las grandes corporaciones que influyen en gobiernos —o directamente forman parte de ellos, véase Elon Musk— y moldean mercados, como es el caso de las multinacionales tecnológicas.
En paralelo, el capitalismo de vigilancia muestra hasta qué punto esas mismas megaempresas han convertido nuestra vida cotidiana en una materia prima con la que ganar muchísimo dinero entrenando algoritmos y orientando la publicidad que vemos en la pantalla del móvil. Los datos son el nuevo petróleo. Por supuesto, Fallout es ficción, pero plantea una cuestión muy de actualidad, la del temor a que ante una crisis extrema la pregunta no sea cómo salvarnos todos, sino quiénes se salvan primero.








Donde dice Mad Men debe decir Mad Max. Aficionado.
Creo que se refiere a la estética de los cincuenta, no al rollo post-apocalíptico.
Jaja chúpate esa Truño, listillo