Música

Jason Molina: 20 canciones desde la estática y la distancia

Jason Molina. Imagen Secretly Canadian.
Jason Molina. Imagen: Secretly Canadian.

Para acompañar la lectura, nuestra lista en Spotify:

No sé si conoces esos periodos de una depresión en los que no ocurre nada extraordinario pero los días transcurren en círculos lentos y la sangre te pide dejar de ocupar su espacio y todo se vuelve innecesariamente costoso, en los que levantarse, moverse e intentar cualquier cosa exige una negociación constante con uno mismo. Yo estaba en uno de esos momentos cuando hace años, en un autobús nocturno mecido por esa luz enferma que tienen todos los autobuses nocturnos, escuché por primera vez la voz de Jason Molina, sin saber todavía quién era ni qué lugar iba a ocupar después.

El autobús avanzaba entre descampados, naves industriales y calles vacías, y yo iba con los auriculares puestos dejando que aquella canción me hablase de sombras altas que se visten de secretos, de lo difícil que resultaba y sigue resultando seguir adelante pero que aún ahora hay que seguir intentándolo. Recuerdo escucharla ahogando una lágrima por pura vergüenza y algún arrebato de risa maníaca por más vergüenza todavía y pudor a que me tomaran por la mítica figura del zumbado del autobús, como todos los que tienen cada uno de los autobuses nocturnos que existen. Recuerdo esa reacción como las reacciones que solo aparecen cuando algo acierta a tocar el punto exacto donde ya estabas tocado. El 16 de marzo de 2013, en otro viaje nocturno, supe que Jason Molina acababa de morir mientras la misma canción seguía sonando y el mundo también, y no supe muy bien qué hacer con esa coincidencia, ni entonces ni ahora.

Jason Molina no es un nombre especialmente popular en España, aunque pudiera uno pensar que por su apellido forma parte de la saga del mítico cantante de «Soy minero». No, no es el caso. Hablar de Jason Molina trece años después de su muerte, aquí y ahora, es sostener un canto nocturno en la mano sin saber bien si es una melodía o un conjuro que se escapa entre los dedos, como si la canción fuera ceniza caliente y la sangre no acabara de decidir si soltarla o seguir sujetándola, igual que le ocurrió a él con su propia vida. Molina nació en Oberlin, en el norte de Ohio, en el trazo industrial de Lorain donde seguramente los trenes a los que cantó siguen gimiendo bajo la luna, y empezó tocando el bajo en bandas de metal cuando era apenas un chaval que quería poner carne a las cosas que sentía, antes de descubrir que la guitarra, la voz y un puñado de palabras le resultarían más útiles para registrar un territorio interior hecho de huesos, carreteras y sombras largas que pocos como él han descrito.

Encontró su voz en canciones que se deslizaban entre el rock, el folk y el country alternativo, primero bajo el nombre de Songs:Ohia y más tarde con Magnolia Electric Co., dejando tras de sí un catálogo vasto y migratorio que no es popular en el sentido convencional del término. No circula bien en el ecosistema de la recomendación automática, no entra con facilidad por la puerta del algoritmo ni por las tendencias actuales. A Jason Molina no se llega por accidente, pero si te tropiezas con él te cambia la vida de arriba abajo. Sus canciones abren un hueco habitable, como toda obra de arte cuando de verdad funciona, un espacio donde el peso de la vida afloja un instante, aunque ese mismo peso, la enfermedad, el alcoholismo y la depresión terminaran por matarlo a él a los treinta y nueve años. Una música capaz de sostener a otros mientras su autor se desmoronaba es solo una de las paradojas de Jason Molina.

Su música siempre fue eso, un paisaje en movimiento, un viento que alterna entre colinas, ciudades, magnolias y solares vacíos. Jason Molina no era un mago de fórmulas ni buscaba atajos hacia la fascinación colectiva, sino que parecía preferir susurrar a quien quisiera prestar oído con esa manera de cantar en la que las palabras surgen del universo sobre su cabeza y las estrellas a sus pies. Y la palabra central es intentar. Volver a intentar incluso cuando no hay señales de que nada sirva para otra cosa que mantenerse en pie durante el tiempo justo. Toda su obra está atravesada por esa obstinación silenciosa, por seguir intentando algo, lo que sea, por fuerte que se haya hecho el dolor. Canciones como búhos en mitad de la noche para acompañarte un tramo del camino mientras aprendes a orientarte en la oscuridad.

Es posible que no hayas escuchado nunca una canción suya. Es posible que lo vayas a hacer y te parezca  una puta mierda o un tipo muy tristón que a veces suena un poco a Neil Young. No pasa nada. Molina tampoco parecía especialmente interesado en convencer a nadie. No escribo esto para rehabilitar a nadie ni para fabricar una leyenda que ya lo es, sino para alargar una línea que ya estaba trazada. Jason Molina nunca fue un secreto ni un malentendido, aunque su música se negara a circular por los carriles de la consagración rápida y la adhesión masiva. Con que una sola persona llegue hasta el final y escuche, servidor de ustedes ya se da por contento, porque la música de Jason Molina sigue ahí, disponible, insistiendo, como siempre hizo. Escúchalo, a través de la estática y la distancia. Escucha. Lo que viene ahora es una lista personal de canciones, nada más que eso, elegidas para entrar en su música y, si apetece, quedarse. Escucha.


«I’ve Been Riding With the Ghost»

Has estado cabalgando con un fantasma, arrastrando una presencia que no se deja convertir en recuerdo. La canción avanza con ese mismo paso contenido, un tempo medio sostenido por una progresión sencilla que parece caminar y volver. Aquí no hay superación ni cierre, sino ese punto intermedio en el que nada se resuelve y aun así algo sigue moviéndose. Molina lo dice sin romanticismo ni épica, con la voz apenas forzada, áspera pero firme, casi hablada, el micrófono lo bastante cerca como para que se oiga la respiración y el desgaste. Mientras otros lloran por sus errores, él sigue ahí, intentando algo que no acaba de tomar forma. Intenta decidir en un cruce y la canción misma parece suspendida en ese cruce armónico, intenta entender cómo se hizo tan tarde, intenta localizar de dónde viene cada noche el dolor, como si bastara con señalarlo para que aflojara un poco. Ahí encaja en su poética. No hay promesa de curación ni aprendizaje limpio, solo esa obstinación cansada, casi humillante, de seguir haciendo algo mientras el fantasma va pegado a la espalda. 


«Ring the Bell»

Hay un momento, cuando todo lo que se oye es el mundo cayendo a tu alrededor, en el que ya no intentas explicar nada porque estás demasiado cansado incluso para defenderte. «Ring the Bell», una canción sobre la depresión en el repertorio de un artista depresivo, nace ahí, en ese punto en el que sabes que la ayuda no va a aparecer sola mientras desde fuera puede parecer que te has rendido cuando en realidad ni siquiera puedes ver contra qué estás luchando. La canción se estira sobre un pulso constante e inmóvil, las guitarras insisten en la misma figura y un contrabajo rasgado con arco crea un clima denso e hipnótico. Molina no se justifica ni pide comprensión, deja claro que sigue intentando. Siempre «trying», constante en su poética. Las serpientes, las lenguas dobles, el ruido del mundo viniéndose abajo son la experiencia de alguien exhausto, rodeado de voces que juzgan, aconsejan o confunden sin entender nada. «Si hay alguna manera de salir de aquí será paso a paso a través del negro» es una declaración mínima de supervivencia, como el mismo ritmo de la canción que continúa aunque todo parezca suspendido. Solo para que quede claro que sí estabas intentando, y que si a los demás no se lo parece pues mira, ya te la suda.


«The Dark Don’t Hide It»

Jason Molina no usa la oscuridad como refugio ni como metáfora amable, sino como el único lugar donde ya no hay engaño posible. El estribillo cae con esa misma claridad seca, apoyado en una progresión directa, y la frase se repite como una evidencia que ya no admite discusión. Te has dejado usar, has aceptado compañías que sabías que terminarían hiriéndote, y este por fin es el momento en que ya no puedes seguir fingiendo que no lo veías venir. La voz de Molina suena integrada en la masa de la banda, y cuando invierte el verso y afirma que ahora es él quien no se esconde hay una honestidad cansada, casi áspera, la decisión de no mentirse más aunque eso no arregle nada. Aquí no se trata de salir de la noche, sino de aceptar que en la oscuridad todo estaba a la vista.


«Alone With the Owl»

La soledad deja de ser una pregunta y pasa a ser un hecho asumido. «Alone With the Owl» retrata ese punto al que se llega cuando el ruido exterior ya no sirve y la compañía humana estorba más de lo que ayuda. La música avanza con una austeridad extrema, una guitarra desnuda que repite una figura sencilla en un tempo lento, acordes abiertos tocados con cuidado, mientras el búho aparece como la única presencia que queda cuando todo lo demás ha desaparecido, sin simbolismo elevado ni promesas implícitas. La voz de Molina está integrada en esa economía mínima, no hay alivio ni salida a la vista, pero tampoco pánico. Queda una calma rara y funcional, la que aparece cuando ya no esperas nada y la música decide quedarse al lado mientras la noche avanza.


«Blue Chicago Moon»

«Blue Chicago Moon» se mueve en un cansancio espeso, casi físico, donde la ciudad y el cuerpo parecen pesar lo mismo. Habla de restos, de lo que queda después de haber pasado por demasiadas tormentas, de una sangre que arrastra memoria y de alas dañadas que ya no esperan remontar. Hay una luna azul colgada sobre un paisaje que devuelve el eco de lo vivido. La música acompaña con una cadencia lenta y contenida dejando que los acordes se estiren y se desgasten. La voz entra sin dramatizar, como si cantar fuera simplemente otra forma de seguir respirando dentro de esa noche larga. Una vez más no hay promesa de salida ni consuelo claro, pero sí la certeza mínima, casi humilde, de que no estás indefenso.


«The Black Crow»

Hay un momento en el descenso a la depresión en el que todavía recuerdas cómo eras antes de empezar a caer, y ese recuerdo aumenta todavía más la distancia. El cuervo muerto llamando a sus alas captura esa fase absurda en la que sigues intentando activar algo que ya no responde, como si bastara con repetir el gesto para que regresara la fuerza. El mundo empieza a perder intensidad ante tus ojos y no ocurre ningún estallido, solo un apagamiento progresivo que se vive con plena conciencia.


«North Star»

A veces alguien decide por ti de qué estás hecho y acabas viviendo dentro de ese veredicto. Te colocan un destino en la frente, intentas estar a la altura, te vuelves más duro de lo que eras, te alineas con la idea de que todo depende de carácter y disciplina. Y, aun así, algo se desmorona. Hay procesos y enfermedades mentales que no responden a la voluntad y cuyo desgaste luego otros interpretan como fallo moral. Ni siquiera la estrella del norte sirve para orientarte, se limita a marcar la distancia y señalar el lugar desde el que ya no se vuelve con facilidad. La música camina sobre un pulso firme y una progresión desnuda, la banda sostiene el avance sin adornos y la voz se mantiene dentro, contenida. Lo que pesa es la conciencia de que ciertas caídas no son una elección y de que siempre supiste que ese horizonte no estaba hecho para ti.


«Cabwaylingo»

«Cabwaylingo» no habla de avanzar ni de fortalecerse, habla de lo que resiste después de varias derrotas. «Cabwaylingo» se mueve en un paisaje material, de cuerdas, poleas y olores densos, donde la pérdida no es abstracta sino algo que pesa y deja marca. Breve y asentada en apenas un riff de acústica y un banjo que discurren con una sequedad como si la música también estuviera hecha de madera y hierro, y cuando aparece «this will survive» no es un lema ni un alivio, suena a persistencia áspera. Algo continúa y sobrevive atravesado por lo que ha costado mantenerlo en pie.


«Leave the City»

«Leave the City» vive en una contradicción porque marcharse rompe el corazón, pero lo que se rompe ya venía dañado de antes. Las grandes razones para irse pierden peso cuando ya estás fuera y la huida se parece más a una inercia que a una decisión brillante, y el dolor y la música, el blues, acaban dejando un poso extraño de gratitud. Y todo esto encaja con una precisión extraña por la trompeta, el piano de honky-tonk, la guitarra country y la melodía áspera e íntima. Al final queda el desgaste compartido, la sensación de que ambos han tenido suficiente. No rendirse significa asumir que incluso marcharse tiene un precio.


«Hold On Magnolia»

He aquí una canción de despedida cuando ya no queda margen para el equívoco. Todo evidencia un final cercano, la última luz, las campanas, el silbido lejano, la oscuridad que por fin se cierra. Se despliega durante casi ocho minutos con un tempo lento y sostenido como el aliento de alguien que sabe que se está muriendo y habla desde ahí. Lo devastador es dónde pone el foco, porque Molina no enumera una vida feliz ni recuerdos luminosos, repasa carreteras, estaciones, tormentas, señales impersonales, como si su paso por el mundo hubiera sido sobre todo tránsito y desgaste. Y aun así el discurso no gira alrededor de su muerte, sino del dolor que va a dejar atrás. «Hold on» se repite como una petición para acompañar a quien se queda aquí.


«Lioness»

Esta es la versión mínima y brutal del deseo, reducida a su esqueleto animal, en la que Molina no pide ser salvado y acepta la necesidad de lo despedacen, porque amar, en este punto, es ofrecer el cuello y dejar que la mandíbula haga lo que tenga que hacer, que la sangre entre los dientes y las garras de la leona funcione como una forma inferior de daño frente a lo que ya está ocurriendo por dentro. La imagen no es casual, ya que la leona es el poder absoluto, fuerza capaz de destruir y de curar sin cambiar de gesto, como la diosa Sekhmet, guerra y sanación en el mismo cuerpo de hembra con cabeza leonina. La mirada al otro lado del Nilo es hacia la frontera entre la vida, la muerte y el deseo, y hacia allí nadaremos.


«Blue Factory Flame»

La música avanza con una lentitud obstinada, con cada compás diseñado para quedarse donde está, y ese movimiento mínimo, acompañado por una voz femenina que ensancha el vacío, convierten la canción en un espacio cerrado del que no se sale. Una calle vacía, en unos huesos sin nombre, en objetos pobres y precisos que no simbolizan nada más allá de su uso, restos de una vida obrera que no necesita explicación en su paisaje industrial y cansado, hecho de hierro, óxido y cadenas, con barcos que regresan como animales viejos, sangrando aceite, confirmando que todo vuelve siempre al mismo sitio. Los coros repiten estar paralizados por el vacío porque forman parte de lo que ya no tiene futuro.


«Coxcomb Red»

En muchas ocasiones no se necesita organizar una historia, basta con registrar el impacto de quedarse frente a alguien cuya intensidad desbarata cualquier medida previa, alguien que aparece como un fenómeno físico antes que emocional, calor, tormenta, relámpago en el aliento, algo que se prueba en el cuerpo antes incluso de saber qué hacer con ello. Ella sostiene al sol mientras sangra y palidece, igual que palidece el mundo entero a su lado porque el exceso funciona así, reduciendo lo demás a decorado. La voz de Molina siempre vibra evitando cualquier tentación de romanticismo blando, pues cada amor es el último porque ninguno necesita durar y cada beso lleva incorporada su despedida, es una ley indiscutible.


«Love Leaves Its Abusers»

Esto no es una confesión teatral ni un ajuste de cuentas, es el momento en que alguien reconoce haber convertido la relación en presión constante, haber rodeado al otro con su propio estruendo hasta dejarlo sin aire y haber sostenido ese peso demasiado tiempo. La canción, breve y sostenida sobre un bucle armónico casi inmóvil, avanza con un paso moderado que no busca variaciones ni dramatiza el desenlace, y el estribillo cae como una constatación seca que no necesita elevar la voz para fijar la consecuencia, porque el amor no se va por capricho sino cuando ha sido forzado a sostener más de lo que podía.


«Almost Was Good Enough»

«Almost Was Good Enough» fue aquella primera canción de Jason Molina que escuché en ese autobús nocturno, en un momento en el que yo no estaba especialmente bien y tampoco buscaba nada que me arreglara. Años después, en otro autobús distinto, con la misma canción sonando en los auriculares, leí en el móvil que Molina había muerto. La coincidencia fue tan directa y tan poco literaria que no es para mí un símbolo ni una anécdota redonda. No supe cómo procesarla entonces y sigo sin saberlo ahora. Aquí no hay épica de salida ni relato de superación, hay invierno prolongado, trabajo hecho por pura obstinación y la conciencia de que seguir adelante no siempre significa avanzar, sino simplemente no desaparecer del todo. La música se sostiene sobre una progresión estable que apenas se desvía, y esa cadencia contenida acompaña una voz que solo ofrece la posibilidad mínima de que el dolor deje de ocuparlo todo. «Almost Was Good Enough» desmonta con calma brutal la fantasía de que todo el mundo lo logra, de que basta con insistir para salir a flote, y lo hace repitiendo la verdad incómoda de que casi nadie lo consigue. Cuando al final se dice que casi fue suficiente no hay ironía ni derrota teatral, hay una aceptación áspera y profundamente humana, la de entender que a veces no ganar, no curarse del todo y no llegar a ningún sitio reconocible puede ser lo único posible, e intentarlo, otra vez ese verbo, es suficiente.


«Nobody Tries That Hard Anymore»

Esta canción solo existe en directo, y no es un dato menor ni una rareza de catálogo, sino casi una declaración de intenciones, porque lo que dice no parece hecho para fijarse en un disco ni para pulirse en estudio, sino para decirse una vez, en voz alta, delante de alguien, y dejar que se quede ahí, suspendido, sin posibilidad de repetición cómoda. La primera vez que la escuché fue cruzando en coche la meseta norte, de noche, con tormenta, kilómetros de páramo alrededor, y desde entonces siempre la he asociado a ese tipo de trayecto en el que uno avanza sin saber muy bien hacia dónde, pero sabiendo con bastante claridad de qué se está alejando. Molina canta sobre una escena mínima, dos personas en la carretera, silencio sostenido, una frase lanzada mirando las estrellas que sugiere que toda la sangre es igual y que el esfuerzo ya no distingue a nadie. Frente a eso aparece una reacción visceral. «My blood runs against that kind of blood» es la proclama exacta, porque intentar, una vez más intentar, se presenta como un impulso que no puede apagarse sin dejar de ser uno mismo. 


«Didn’t It Rain»

Lentos y sostenidos como la misma lluvia, durante casi ocho minutos se repiten acordes como si resistir consistiera en mantenerse dentro del mismo pulso. Desde el inicio se cuestiona la idea de que alguien mire desde la calma mientras otros están empapados, y de ahí nace la consigna básica de vigilar tu espalda no como un dogma individualista, sino como condición mínima en un entorno hostil sin descuidar a los demás. Si quemas tu luz hasta el último vatio no te daré la espalda. Y si soy yo quien se queda sin fuerzas, te pediré la mano. Cuidarse y ayudarse no se excluyen, conviven bajo la lluvia. ¿Llovió? Claro que llovió. Y sigue lloviendo. 


«Captain Badass»

Todo se sostiene sobre una idea que no deja espacio para escapatorias. No tenemos segunda oportunidad en esta vida, y se repite para dejar de ser una frase hecha y convertirse en marco de todo lo que ocurre. La canción avanza con un riff de guitarra firme que empuja cada verso hacia delante, como si el tiempo estuviera corriendo mientras se canta. No hay margen para el ensayo ni para la repetición, cada gesto pesa porque sucede una sola vez y si es amor se sabe, no se argumenta.


«The Last 3 Human Words»

«The Last 3 Human Words» nunca terminó de fijarse, como si se negara a convertirse en versión definitiva, y por eso vivió durante años en demos, en directos, en grabaciones que parecen más bien ecos de algo que no quería quedarse quieto. Y la propia belleza de la canción evoca que has perdido lo que eras y sin embargo te has convertido en todo lo que perdiste, como si la identidad se recompusiera desde la redención o desde el olvido. Y entonces aparece esa frase final, lanzada como una trampa suave: que las últimas tres palabras humanas fueron las mismas que las primeras. Molina no las dice, pero ¿no has preguntado tú también alguna vez cuáles fueron?


«Farewell Transmission»

Que una canción de belleza sobrenatural surgiera de forma mágica resulta coherente con lo que propone. No voy a contar una historia mil veces mejor contada, como por ejemplo aquí, pero diré que esa magia se produjo con la banda tocando junta en el estudio, sin ensayos, con apenas una progresión de acordes y una melodía marcadas por Molina y se hizo el milagro en forma de canción, una canción que no podía faltar aquí porque es la mejor canción de Jason Molina y una de las mejores canciones que se han escrito nunca, algo que defendería en la calle a hostias si fuera preciso. A lo largo de «Farewell Transmission» Molina regresa esa palabra que ha ido respirando en todo lo anterior, intentar, el gesto elemental cuando el mundo parece haber llegado a su propia noche definitiva, intentar porque estamos aquí para hacerlo de nuevo, y otra vez, incluso después del fin, con la conciencia clara de que el intento nos sostiene como una forma mínima de vida que insiste en reaparecer entre las ruinas. El fin del mundo que atraviesa la canción es un apagón que deja paso a una señal débil que vuelve a encenderse porque Molina dice que se irá, pero no para siempre. Y ahí entras tú, que has decidido escuchar. Si todo este recorrido solo sirviera para que alguien pulsara play, bastaría. Molina puso música y una poética áspera a las cosas que nos atraviesan, intentó hasta quebrarse, se perdió en sus problemas y murió con ellos, pero la transmisión persiste y te llega ahora desde la estática y la distancia. Escucha. Me lo dice a mí. Escucha. Te lo dice a ti. Escucha.

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5 comentarios

  1. Omisiones importantes:
    Just be simple – Songs: Ohia
    Don’t fade on me – Magnolia Electric Co.

    • Tienes razón. Y omisiones igual de importante o más: John Henry Split My Heart, Being in Love, Tigress, The Big Game Is Every Night, Not Just a Ghost’s Heart… pero es que ya me daba pereza y en algún sitio hay que cortar.

      Gracias!

  2. José Carlos

    Empecé mi particular historia con Jason Molina en Magnolia Electric Co. Después fui hacia atrás, y al final continué en todas direcciones. Mi play list particular se limitaría a todas y cada una de sus canciones, diferentes estados de ánimo, multitud de paisajes (escuchadas en el reproductor de Cd,s del coche). Excelente revisión y gracias por recordarlo.

  3. After tonight if you don´t want this to beeee…, sigue pillándome (casi tan) desprevenido como la primera vez. Gracias por el artículo y la playlist

  4. Grandísima glosa, me quito el cráneo.

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