
Como ya nos sucedió antes con Al tercer año resucitó…, hoy nos toca hablar de uno de esos libros que han tenido mala caducidad, a pesar de la tremenda popularidad de que gozaron en su día. Y en este caso no se trata tanto de una cuestión política, que puede que también, sino de los profundos cambios que ha sufrido la sociedad española desde entonces.
Y no se trata solo de creencias religiosas, sino también, y principalmente, de sensibilidad. Muchos de los que peinamos calvas o canas nos criamos viendo series de animación tan ñoñas y sensibleras como Marco, Heidi, El bosque de Tallac o El perro de Flandes, basadas a menudo en el regodeo sobre el sufrimiento, la miseria y la injusticia. Se trataba de un género al que algunos llamaban comprometido pero que parece simplemente moralista, o quizá simplemente sádico, pero que producía magníficas ventas, como ya pudo constatar Dickens muchos años antes.
En el caso de la literatura de raíces plenamente ibéricas, pocos autores alcanzaron una fama tan estruendosa como José María Sánchez Silva y su obra más popular: Marcelino, pan y vino.
El relato del niño huérfano que conversa con Cristo en el desván de un convento pobre fue, para muchos lectores, un refugio emocional en una época de hambre, fe y reconstrucción moral. Sin embargo, el paso del tiempo ha permitido una lectura más compleja y crítica de la obra. No es solo una fábula cristiana, sino también un espejo de la España de la posguerra.
¿Pero quién era su autor? José María Sánchez Silva y García-Morales nació en Madrid el 11 de noviembre de 1911, en el seno de una familia modesta. Su padre era un periodista republicano próximo al anarquismo, y su madre, costurera. La temprana ruptura del matrimonio, el exilio, el abandono de la familia por parte del padre y la posterior muerte de su madre hicieron que José María pasara buena parte de su infancia en hospicios y orfanatos.
Su formación inicial fue básicamente autodidacta y muy pronto comenzó a trabajar en talleres y periódicos. Con los años, y mientras trabajaba, pudo cursar estudios superiores de periodismo en la Escuela de El Debate, vinculada a la Iglesia católica.
Durante la guerra civil, Sánchez Silva permaneció en Madrid, en la zona republicana, operando como colaboracionista del bando nacional y la Falange. Acabada la guerra, su carrera periodística se consolidó dentro del aparato cultural del régimen franquista, donde alcanzó el puesto de subdirector de la revista Arriba en 1949. Colaboró también con publicaciones como Heraldo, el diario Pueblo y otros medios de comunicación afines a su ideología conservadora, como el diario católico Ya y el monárquico ABC. Su adhesión a los valores católicos de la posguerra fue, sin embargo, más fruto de sus convicciones personales que de cualquier cálculo político, pero aun así es innegable que le ayudó enormemente en su carrera.
Su obra encajaba a la perfección con el contexto histórico. La España de los años cincuenta estaba marcada por la pobreza material y el control ideológico del régimen franquista. La literatura debía transmitir valores «cristianos, patrióticos y familiares», y las obras que exaltaban la fe y la inocencia eran promovidas desde el aparato.
Marcelino, pan y vino se publicó en 1953, en plena etapa del nacionalcatolicismo, cuando el Estado y la Iglesia formaban una alianza sociocultural casi monolítica. El éxito del libro fue inmediato, pero no solo en España, y esto es muy importante: en pocos años se tradujo a más de treinta idiomas. ¿Vivían también los demás países en el nacionalcatolicismo franquista? En absoluto. Se trataba más bien de la estética de los tiempos, de ese Zeitgeist que ahora nos hace pensar que se trata de un libro rancio.
De todos modos, la obra recibió su empujón definitivo con el estreno de su versión cinematográfica. Con guion del propio Sánchez Silva, la película fue dirigida por el húngaro Ladislao Vajda en 1955 y contó con la brillante actuación del niño Pablito Calvo en el papel principal.
La película convirtió definitivamente a Marcelino, pan y vino en un fenómeno internacional, premiado en Cannes, Berlín y San Sebastián, lugares también poco sospechosos de nacionalcatolicismo.
Las cifras son impresionantes: 734 672 espectadores en España, los sorprendentes 11,56 millones de Italia, hasta sumar 32 millones de espectadores en todo el mundo, incluidas Hispanoamérica, Francia, Alemania, Filipinas, Japón, EE. UU. y hasta cuarenta países más.
En cuanto a los ejemplares vendidos, no existen cifras oficiales publicadas, pero se pueden estimar en torno a los dos millones de ejemplares vendidos en las más de sesenta ediciones y traducciones que se han publicado desde 1953 hasta hoy. Podemos destacar las ediciones de Anaya (colección Tus Libros, años ochenta–actualidad) o Ediciones SM (colección El Barco de Vapor), la realizada por Gredos y Espasa-Calpe (reediciones literarias) o las ediciones ilustradas por Lorenzo Goñi de 1955.
La obra aparece tanto en colecciones para niños como en formatos de lectura adulta e infantil. También se adaptó para la televisión, en forma de dibujos y series animadas, y se representaron varias versiones teatrales y hasta radiofónicas del libro.
En cuanto al texto en sí, narra la historia de un niño abandonado a las puertas de un convento franciscano. Los frailes lo adoptan y el niño crece feliz entre ellos, pero siente curiosidad por una parte del convento prohibida: el desván. Un día sube y descubre una imagen de Cristo crucificado con el que empieza a hablar. Ni se debe contar mucho más, ni hay mucho más que contar.
El tono mezcla con buen pulso el realismo más costumbrista con algunos elementos sobrenaturales, perfectamente lógicos en la temática religiosa. Como casi todas las obras de este estilo, apela constantemente a elementos emocionales, dejando a un lado lo racional, lo que lo hace tan absurdo como conmovedor, al estilo de los cuentos de hadas. Su mensaje, que seguimos leyendo hoy en día en obras sobre la pobreza o el maltrato, es que el mundo no es de los que piensan, sino de los que sufren. En eso se basa fundamentalmente la ética cristiana, aún invicta.
Los detractores de la obra suelen afirmar que el estilo cae a menudo en un sentimentalismo ramplón, que no existe crítica social alguna y que todo se arregla con resignación y esperanza en el Cielo. No les falta razón.
Para otros, Marcelino no representa la piedad de un santo, sino la pureza de un niño que ama sin comprender. En ese sentido, la obra defiende una forma de religiosidad intuitiva y emocional, opuesta al formalismo eclesiástico. Quizás por ello Marcelino tuvo también mucho éxito entre lectores y espectadores de otras religiones y otras culturas, que encontraron su historia igualmente humana y conmovedora.
Además de Marcelino, pan y vino, Sánchez Silva escribió una treintena de obras literarias posteriores —Marcelino y la viuda, Marcelino y el padre Manuel, El Cristo del desván, entre otras—, pero ninguna alcanzó el impacto de su primer éxito.
Su estilo permaneció fiel a los mismos temas, creando un realismo mágico de inspiración cristiana. Su narrativa se centra en el cuento y la literatura infantil y juvenil.
Fue también autor de semblanzas biográficas: Juana de Arco (1944) y, sobre todo, Franco…, ese hombre (1964), colaborando también en el guion de la versión cinematográfica. Escribió después otra aproximación a la figura del militar, Franco íntimo. Su historia familiar, así como una biografía novelada de Jesucristo, La adolescencia de Jesús nunca contada (1997). Entre sus obras de no ficción cabe mencionar un libro de viajes titulado Un paleto en Londres (1952).
Sánchez Silva recibió varios premios por su labor periodística en el régimen (Premio Nacional de Periodismo y Mariano de Cavia, entre otros) y el Premio Nacional de Literatura en 1956. Además —y ha sido el único español en ganarlo hasta la fecha— recibió en 1968 el Premio Hans Christian Andersen, máximo galardón mundial de literatura infantil y juvenil, por el conjunto de su obra.
También fue guionista de las películas La patrulla y Proceso a Jesús, y autor del argumento de la película La historia de Bienvenido. En 1973 recibió el Premio Nacional de Cinematografía por su faceta de guionista. También fue autor teatral y de guiones radiofónicos.
Falleció en Madrid, a los noventa años.
Como el libro tiene menos de cien páginas, no está de más echarle un ojo por cuenta propia para comprender por qué triunfó en aquella época, tanto en España como en medio mundo. Si algo demuestra es que los humanos nos parecemos más de lo que muchos creen, fuera de religiones e identidades diversas, y que el tiempo es una seña de carácter más fuerte que la religión o la geografía.







Gracias por el artículo, seguiré su consejo y leeré el libro. Hace un gran trabajo con la biografía del autor y el contexto histórico.
Solo me gustaría apuntar que algunos párrafos del texto los veo de otro modo: el objetivo de las series niponas de la época y las de ahora, no es el sadismo ni el sufrimiento, sino mostrar valor; y definir la ética cristiana basándola únicamente en el sufrimiento… y dejarlo ahí…