
No fue el trabajo lo que más me costó al llegar a una posición de poder siendo joven y mujer. Fue aprender a moverme bajo una sospecha constante: la de no haber llegado ahí por las razones correctas. El liderazgo también se ejerce bajo vigilancia, y no siempre la que figura en los manuales.
Nadie te prepara para la vigilancia.
No para la explícita, reglada, con indicadores, evaluaciones de desempeño y objetivos medibles. Esa se aprende. Se estudia. Se gestiona.
La que nadie te enseña es la otra: la silenciosa, la informal, la que no deja rastro documental y, sin embargo, pesa. La que se activa cuando entras a una sala y algo se tensa sin que nadie diga nada.
Yo no estaba preparada para eso.
Entré joven a posiciones de poder. Más joven de lo que el imaginario considera prudente. Más joven de lo que tranquiliza. Más joven de lo que el sistema sabe digerir sin ponerse nervioso. Y además, mujer. No una excepción brillante, sino una profesional formada, con experiencia acumulada a una velocidad que incomodaba.
El problema no era mi currículum.
El problema era mi cuerpo ocupando un lugar que todavía no se espera que ocupe sin pedir permiso.
Recuerdo con claridad el día en que me senté en un baño, encerrada en un cubículo, intentando respirar con normalidad mientras escuchaba cómo hablaban de mí. No sabían que yo estaba ahí. No bajaron la voz. No tuvieron cuidado. Decían que quién sabe a quién se lo había dado para llegar a ese cargo. Que era demasiado joven. Que no parecía una jefa. Que seguro había algo detrás.
Yo me había ganado ese puesto por mérito.
Por estudio. Por experiencia. Por trabajo sostenido. Por decisiones difíciles. Por horas invisibles.
Pero ese día entendí algo que nadie te enseña: cuando eres jefa, joven y mujer, el mérito no siempre es el punto de partida. A veces ni siquiera entra en escena.
El poder tiene una forma, y no es la tuya
El liderazgo todavía se imagina con un cuerpo muy concreto: masculino, maduro, contenido, seguro de sí mismo hasta rozar la arrogancia. Un cuerpo que no necesita explicar demasiado de dónde viene su autoridad. Que hereda legitimidad antes incluso de ejercerla.
Cuando ese molde se rompe, el sistema no reacciona con normas nuevas, sino con sospecha. Con dudas mal disimuladas. Con comentarios laterales. Con ese murmullo persistente que no deja huella escrita, pero ordena comportamientos.
El liderazgo femenino joven incomoda no por falta de resultados, sino porque desordena una narrativa antigua: la de que el poder se gana con tiempo, no con capacidad. Y que ese tiempo, curiosamente, sigue jugando a favor de los mismos.
Entonces aparecen las preguntas que no se formulan en las reuniones, pero circulan por los pasillos:
¿Será capaz?
¿No es muy joven?
¿Tiene el carácter?
¿Se lo ganó de verdad?
Y junto a esas preguntas, los juicios cotidianos, pequeños y constantes:
Si hablas firme, eres autoritaria.
Si escuchas, te falta liderazgo.
Si te arreglas, «te exhibes».
Si no lo haces, «no das la talla».
No hay punto medio cómodo. Todo se vuelve examinable. Incluso el cuerpo. Incluso la postura. Incluso la forma de ocupar el espacio.
El rumor como tecnología de control
Hay violencias que no dejan marcas visibles, pero desgastan igual. El rumor es una de ellas. En los entornos de poder, el chisme no es anecdótico: es funcional. Opera como una tecnología de control blanda. Recuerda quién está bajo observación. Señala que la legitimidad es provisional.
Escuchar que tu ascenso se explica por favores y no por capacidades no es solo ofensivo: es injusto. Y además eficaz. Obliga a trabajar el doble para demostrar la mitad. Empuja a la hiperexigencia. A la autocensura. A vigilar cada gesto para no «dar razones».
Y, aun así, nunca alcanza.
Durante mucho tiempo pensé que, si hacía mejor mi trabajo, el ruido desaparecería. Que los resultados hablarían por mí. Tardé en entender que el problema no era de desempeño, sino de lugar. No estaban evaluando lo que hacía, sino el hecho de que yo estuviera ahí.
La soledad del cargo cuando no encajas
Ser jefa ya es, de por sí, una posición solitaria. El poder aísla. Te obliga a medir palabras, a cuidar silencios, a calcular gestos. Pero serlo siendo joven y mujer añade capas que rara vez se nombran.
No siempre hay con quién hablar de lo que pasa. Porque si lo dices, pareces débil. Porque si te quejas, eres problemática. Entonces te callas.
Aprendes a tragar saliva.
A recomponerte rápido.
A salir del baño como si nada.
Ese silencio se paga. Con ansiedad. Con desgaste. Con una autoexigencia que termina por confundirse con identidad. Empiezas a creer que siempre tienes que estar un paso adelante, no por el cargo, sino por la sospecha.
El mérito que nunca alcanza
Cuando un hombre joven llega a una posición de poder, se asume talento. Cuando una mujer joven lo hace, se pide explicación. El mérito masculino se presupone; el femenino se audita.
Yo tuve que justificar decisiones más veces de las necesarias. Explicar procesos que otros no explicaban. Mostrar resultados con un nivel de detalle que no se exigía a mis pares. Y, aun así, había miradas que seguían buscando «el truco».
Lo más incómodo no fue la desconfianza externa, sino la interna. Porque el rumor no solo circula: se filtra. Hubo momentos en los que yo misma dudé. Si tenía que demostrar más. Si había llegado demasiado pronto.
Esa es la victoria más eficaz del sistema: cuando consigue que la sospecha se vuelva propia.
La pedagogía de la sospecha
Nadie nos dice explícitamente que debemos desconfiar de una mujer joven en el poder. No hace falta. Esa desconfianza se aprende. Circula como sentido común. Se transmite sin manuales ni instrucciones, a través de gestos, silencios y comentarios aparentemente inofensivos.
Es una pedagogía informal, pero eficaz.
Se aprende cuando una mujer joven es presentada antes por su edad que por su cargo.
Cuando se subraya lo «rápido» de su ascenso, como si la velocidad fuera en sí misma sospechosa.
Cuando su autoridad se describe como «sorprendente», «atípica» o «poco común».
Nada de eso es neutral. Son formas suaves de recordar que su presencia no estaba prevista.
La sospecha no aparece solo cuando algo falla. Aparece incluso —sobre todo— cuando todo funciona. Porque el problema no es el error, sino la excepción. Una mujer joven con poder rompe una expectativa. Y lo que rompe expectativas activa mecanismos de corrección.
Por eso el escrutinio no desaparece con los resultados. Cambia de forma. Se vuelve más sofisticado. Ya no se duda de la capacidad técnica, sino del carácter. No de las decisiones, sino de las intenciones. No del qué, sino del cómo.
La sospecha se convierte así en una forma de control preventivo. No busca derribar de inmediato, sino desgastar. Limitar. Recordar que el margen de error es más estrecho. Que la legitimidad es condicional. Que siempre hay algo que demostrar.
Esta pedagogía no opera solo desde arriba. También se reproduce horizontalmente. En colegas. En subordinados. En otras mujeres. Porque el poder no solo ordena jerarquías: ordena imaginarios. Y uno de los más persistentes es este: que la autoridad femenina joven necesita explicación.
Entender esto no elimina la incomodidad. Pero la reubica. Ya no es un fallo individual. Es una estructura que se activa una y otra vez, con distintos nombres, en distintos contextos, pero con la misma lógica.
El poder también te cambia
No voy a idealizarlo. El poder transforma. A veces endurece. A veces te vuelve más estratégica, más contenida. Yo también cambié. Me volví más cuidadosa. Más consciente de que cualquier gesto podía leerse como un error.
No todo eso me gusta. Pero tampoco lo niego. Porque aprender a sostenerse en un espacio hostil también es una forma de supervivencia. Y sobrevivir no siempre es elegante.
Nombrar el problema
Con el tiempo entendí que el problema no era mi edad, ni mi forma de vestir, ni mi manera de hablar. El problema es un sistema que tolera mal a las mujeres jóvenes en posiciones de poder cuando no vienen a ocupar el lugar de excepción, sino el de normalidad.
Una mujer joven con poder incomoda no solo por lo que hace, sino por lo que desordena. Rompe la idea de que la autoridad llega con los años. Cuestiona la fantasía de que el mérito es neutral. Obliga a admitir que el poder no siempre se concede; a veces se disputa.
Nombrar estas experiencias no busca comprensión ni redención. No pretende suavizar nada. Es una forma de dejar constancia de que el problema no es individual, sino estructural. Que no se resuelve con resiliencia ni con mujeres «mejor preparadas».
Se resuelve cuando deja de sorprender que una mujer joven mande sin pedir permiso.
Mientras tanto, el escrutinio seguirá operando en voz baja. En los pasillos. En los baños. En los rumores que no se pueden probar, pero que desgastan igual.
Y quizá el verdadero ejercicio de poder consista en no callar.








Las mujeres al mando y la IA irrumpieron casi contemporáneamente, sospechosamente asociadas a un fantasmagórico salto antropologico que algunos intelectuales preveían desde no hace tanto tiempo, y que en mi férvida imaginación se traducía en una relativa feminización del varón, entendiendo esto como una mayor sensibilidad, empatía, sociabilidad, humanismo al fin y al cabo, nada más; esperanza que se desplomó cuando se presentó la posibilidad de terminar siendo satisfechos y orgullosos robot al servicio de un robot que la satisfacción y el orugllo desconoce. Asimismo mi férvida imaginación me dice que nada malo sucederá, que luego del impacto emocional de tales realidades las metabolizaremos con sus debidas peculiaridades, y casos como el suyo quedarán como las necesarias víctima sacrificales de un cambio inevitable, una especie de Pobre Crista que tendría que tener su panteón como cualquier otra víctima de la modernidad para recordarlas; no así el otro, ese algocristo que comienza a mostrar sus pies de barro, sus hilachas diría, con una creciente desconfianza por su aséptico operado. Mujeres y robot sometidos, hasta la victoria siempre, si es que tenemos tiempo y sensatez. Gracias por la dramática lectura.
Cuantísimo daño ha hecho Linkedin a la redacción. Escriba normal, por favor, los párrafos son sus amigos.
Y ChatGpt
Si. Cómo hombre he visto ese prejuicio hacia las mujeres con poder y sin poder. En especial si son hermosas. Si es cierto que algunas han llegado rápido a ciertos cargos, quizás algunas han usado lo que genera más juicio: su cuerpo, su belleza y su encanto para lograrlo. Otras han tenido suerte, habilidades sociales e intelectuales. Sea como sea. Solo en la práctica vemos de que están hechas. Obviamente has nadado contra la corriente. Estuviste al frente del cañón. Lo hiciste con una sonrisa y una vibra que muchos no podrían haberlo hecho. Lo sorteaste a tu manera.
Cómo se empiece a normalizar textos escritos por ChatGPT en revistas serias y que supuestamente ensalzan la cultura, estamos apañados.