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Hoy en día hay muchas personas inquietas por el papel que vamos a tener los seres humanos en un mundo donde la inteligencia artificial está cada vez más presente. Los nuevos avances tecnológicos nos muestran cómo la inteligencia artificial está siendo capaz de hacer cosas que antes estaban reservadas para nosotros, los seres humanos.
No cabe duda de que la inteligencia artificial será capaz de sustituir muchas de las funciones que tienen que ver con la manera en la que trabaja nuestro hemisferio cerebral izquierdo. La IA acabará haciendo mejor todo lo que tiene que ver con la utilización de algoritmos, el análisis de datos y otras funciones relacionadas con la lógica y el lenguaje. Sin embargo, no es lo mismo la inteligencia que la sabiduría.
La capacidad de razonar, de reflexionar, de buscar respuestas ante los desafíos frente a los que nos encontramos utiliza capacidades muy vinculadas a nuestro hemisferio cerebral izquierdo. En este sentido, manejar datos es mucho más importante que manejar sentimientos, sensaciones y emociones. Sin embargo, hay muchas veces en las que este manejo de datos no basta y tenemos que utilizar otras capacidades que corresponden al hemisferio contralateral, el hemisferio derecho, y a determinadas áreas del cerebro, como la región ventromedial y la orbitofrontal, las cuales reciben información acerca de lo que sentimos y de lo que está sucediendo en nuestro cuerpo cuando nos llega determinada información a través de los sentidos. Es en estas áreas, sobre todo en las localizadas en el hemisferio derecho del cerebro, donde se encuentra esa intuición que nos sirve de guía cuando el razonamiento no sabe por dónde hay que ir.
Carl Gustav Jung hablaba de que esa intuición estaba conectada con algo que él denominó inconsciente colectivo. Con este concepto, el gran médico suizo hablaba de un campo de conocimiento que contenía todo el saber de la humanidad. Para este investigador de la mente, esta era la única explicación a lo que había visto no solamente en la vida de sus pacientes, sino en la suya propia. No cabe duda de que esto nos invita a entrar en un campo que resuena profundamente con lo que nos enseñan tanto la física cuántica como la metafísica. Por eso, no es lo mismo conocimiento que sabiduría. Suponer que la inteligencia artificial alcance la sabiduría es algo más que cuestionable, por más que pueda dar la impresión de que es así.
La sabiduría es aquello que nos conecta con las leyes del universo y nos hermana con todo lo existente. Uno encuentra esa conexión en el silencio y en la contemplación. Es así como se abre esa puerta a un mundo cognoscible e inefable. Cognoscible porque podemos experimentarlo, e inefable porque no podemos describirlo con palabras. Los grandes pintores taoístas en China, sentados frente a una cascada o ante una formación rocosa, simplemente manteniéndose en un estado de contemplación, eran capaces de percibir el fondo de las cosas, aquello que nuestros sentidos externos tienen dificultad para captar. Por eso, dichas pinturas, a pesar de haber sido hechas en tonalidades grises, transmiten tal nivel de serenidad. Es como si, en esos artistas sumergidos en un proceso de contemplación, se abrieran sus ojos metafísicos, ojos que solamente se abren cuando se aquieta la mente y así la consciencia puede ver lo que se mantenía oculto. Por eso, en esta época de explosión de la inteligencia artificial, hemos de buscar momentos de quietud, silencio y contemplación.
Hoy sabemos que la experiencia artística en sus distintas dimensiones es uno de los caminos más valiosos para conectar con ese potencial que, estando presente en el hemisferio derecho del cerebro, está en muchas personas completamente dormido. Por eso, uno puede tener experiencias tan transformadoras escuchando música, mirando con atención un cuadro, moviendo el cuerpo de una determinada manera o dándose un paseo por la naturaleza.
Es de una extraordinaria relevancia señalar que los estudios en neurociencia afectiva y en neurociencia contemplativa muestran que, cuando dedicamos tiempo al silencio, a la meditación y al cultivo de la empatía y la compasión, se activan áreas del cerebro vinculadas a un mejor funcionamiento del sistema inmune, del corazón y del organismo en su conjunto. Además, aumenta la claridad mental a la hora de tomar buenas decisiones. Esto es algo especialmente necesario en una época como la actual, en la que hay tanta distracción y semejante reducción en la capacidad de prestar atención. No olvidemos que, además de que una mente que divaga es una mente infeliz, la falta de atención está asociada a una peor salud, a un menor rendimiento y a un empobrecimiento de las relaciones interpersonales. Es muy difícil que alguien se sienta valorado si no se le está prestando atención.
La atención es una capacidad sobre la que se sustentan muchas otras funciones mentales. Por eso, la falta de atención, o una atención que revolotea de aquí para allá, o que simplemente queda atrapada en pensamientos disfuncionales que nos llevan al pasado para arrepentirnos de algo, o que nos proyectan al futuro para preocuparnos por algo, está asociada a muchos cuadros de depresión y de ansiedad. ¡Cuántas veces, en lugar de ir a la raíz del problema, se acude a otros métodos más rápidos, pero que a la larga son mucho menos efectivos!
Al igual que esta capacidad para ver lo que está oculto depende mucho más de funciones del hemisferio derecho del cerebro, todo lo que tiene que ver con la creatividad, la empatía y la compasión tiene un mayor sustento en este mismo hemisferio. De ahí que sea tan importante cultivar esas habilidades que son expresión de un verdadero liderazgo humanista. En una cultura como la actual, tan deshumanizada y tan alejada de la dimensión espiritual de la existencia, en un mundo donde parece que el tener y controlar es mucho más importante que el ser y el dejarse sorprender, urge desarrollar aquellas capacidades que se encuentran en nuestro hemisferio derecho, en esa puerta al inconsciente.
Por eso no pensemos en un mundo en el que la inteligencia artificial va a sustituir lo genuinamente humano, sino en uno en el que ambas —inteligencia artificial y humanidad— puedan avanzar juntas para dar una solución eficiente y creativa a los grandes desafíos a los que hoy se enfrenta nuestro mundo.
Si percibimos que el ser humano y la IA están enfrentados, viviremos en un estado de sospecha y alarma que nos debilitará y, además, nos hará enfermar. Si entendemos que ambos pueden ir de la mano, entendiendo siempre que es la IA la que ha de estar al servicio del ser humano, y no al contrario, podremos experimentar extraordinarios avances como cultura, porque esta cooperación nos ayudará a hacer frente juntos, como un equipo, a los grandes desafíos a los que, como humanidad, nos enfrentamos. De nuevo aquí se ve la necesidad de reducir el dominio que tiene el hemisferio izquierdo del cerebro y abrirnos a las enseñanzas del otro hemisferio. Al hemisferio izquierdo le gusta separar, distinguir entre lo uno o lo otro, entre el blanco y el negro, entre el amigo y el enemigo, y entre lo posible y lo imposible.
Al hemisferio derecho le gusta unir, favorecer el encuentro y la valoración de lo diverso. Por eso, en lugar de considerar lo uno o lo otro, considera lo uno y lo otro. Además, prefiere no tener que optar entre el blanco o el negro, sino moverse en la escala de los grises. El hemisferio derecho, gracias a la empatía y la compasión, puede ver que quien parece un potencial enemigo puede convertirse en un querido amigo. Además, sabe que, cuando uno es capaz de «pensar fuera de la caja», lo que parecía imposible desde una determinada perspectiva puede hacerse posible desde otra. No en vano, el hemisferio derecho es el más importante en todo lo que tiene que ver con la creatividad, con esa capacidad de encontrar nuevas soluciones a viejos problemas. Decía el gran escritor francés Marcel Proust: «El verdadero acto del descubrimiento no consiste en salir a buscar nuevas tierras, sino en aprender a ver la vieja tierra con nuevos ojos».
Un cambio de perspectiva lo transforma todo. El 24 de diciembre de 1968, William Anders, del Apolo 8, obtuvo una fotografía de nuestro planeta azul que dio la vuelta al mundo. Earthrise mostraba cómo se nos veía desde fuera. Suspendido en la negrura del espacio, aparecía nuestro precioso planeta. Desde esa perspectiva no se veían separaciones, divisiones ni conflictos.
Por eso, en un liderazgo efectivo en esta era de la inteligencia artificial, necesitamos las dos perspectivas: la que nos dan los datos, las categorías, las clasificaciones, los cálculos y las medidas, y también la que nos da una visión más ancha y profunda de la realidad. De hecho, la fotografía Earthrise impulsó una serie de iniciativas, nunca suficientes, para mirar a nuestro planeta desde la empatía y la compasión. Una empatía y una compasión que no están exentas de sabiduría, ya que, si él deja de existir como fuente de vida, también dejamos de existir nosotros.








