Sociedad

¿De qué mundo hablamos cuando hablamos de nuestro mundo?

Gustave Doré, Don Quijote en su lecho de muerte, ilustración para Don Quijote de la Mancha, 1863. mundo
Gustave Doré, Don Quijote en su lecho de muerte, ilustración para Don Quijote de la Mancha, 1863.

Fue sentado frente al televisor, viendo alguno de los primeros capítulos de la serie Fleabag, cuando me di cuenta del salto cuántico vital que habíamos dado como sociedad al enfrentarnos a la covid-19 en marzo de 2020. La segunda y última temporada de la serie se había estrenado unos meses antes (2019) —la primera no era muy anterior (2016)—. Quiero decir que en ella los protagonistas aún vestían igual que yo, vivían en ciudades muy parecidas a la mía, sus hogares estaban decorados con un atrezo similar al de mi casa, su lenguaje, sus códigos, sus dilemas, sus conflictos eran absolutamente reconocibles para mi yo de entonces. Todo mi mundo estaba absolutamente bien integrado en la ficción como para que mi mente pudiera contemplar un fiel espejo de la realidad. Era un trabajo impecable para que los miembros de la generación a la que pertenezco nos identificásemos fácilmente con lo que proponía.

A pesar de todo —sin llegar a vislumbrar el problema de fondo—, me sentía incómodo mientras veía las peripecias de los protagonistas. Tardé unos capítulos en comprender que no era incomodidad, sino que en realidad sentía que estaba perdiendo el tiempo con el visionado y también una especie de vacío. Aunque lo pareciese, la serie ya no estaba hablando de mi mundo. Los personajes obviaban una parte de la realidad —muy grave en ese momento— que hacía que no me la pudiera creer. Me quedaba fuera de la ficción —no llegaba a activar la voluntaria suspensión de la incredulidad tolkieniana—.

Los chistes me parecían fuera de lugar; los problemas, minucias… El yo sentado en el sofá, confinado por la pandemia, había dado un salto en el tiempo. En lugar de sentirse identificado y arropado por las desventuras de Phoebe, se sentía incómodo, aburrido y una cosa más: abandonado.

Si la serie Fleabag hubiera sido un libro y yo un bibliotecario, la habría reubicado en otro estante; en uno de temática imprecisa. En un limbo indeterminado; pues la historia que contaba no era lo suficientemente antigua como para ubicarla en la sección de histórica, pero sí lo suficiente como para no mantenerla en la de contemporánea o actualidad.

No me ocurrió solo con esta serie. Comenzó a pasarme con libros, películas, cómics, música… Allí estaba la pila de DVD, algunos VHS grabados de la televisión con películas vistas veinte veces un domingo por la tarde, las novelas esperando en su estante, los discos pirateados, los manuales de rol, los cómics… No me interesaba lo que me contaban. Por primera vez en mi vida, las historias que me habían explicado el mundo hasta entonces ya no sabían nada de él.

Necesitaba otra cosa; encontrar productos culturales que me tradujesen el lenguaje del nuevo mundo. Todo había quedado viejo, obsoleto e inservible en apenas unas semanas. El mundo, al menos el cultural, en el que podía refugiarme hasta entonces, se había reseteado y comenzaba de cero. Lo que había hasta ese momento, incluso mis recursos infantiles y adolescentes, hablaba de cosas que ya no existían —no digo ya mi infancia o mi juventud—. Hablaban de una realidad que había cambiado por completo.

Las tramas y conflictos se relataban obviando la aparición de un boquete histórico tan importante que irremediablemente caían en él, haciéndolas inservibles.

El abandono

He sido —soy todavía— uno de esos productos amalgama entre la educación pública y la cultura popular de los ochenta. Soy un nostálgico —consciente de la ilusión— de aquellos años.

Mi anclaje está allí; es todo lo que me hace y me permite ser como soy hoy. Los cuentos que me contaron, las películas que vi una y otra vez, los libros que me recomendaron, los cómics y los juegos que compartí… Soy una de esas personas que ha ido avanzando por el mundo cargando con una mochila repleta de «literatura» sin saber que todo lo que metía dentro me estaba aportando recursos emocionales, intelectuales e incluso materiales para estructurar una vida plena —me acuerdo de H. D. Thoreau al escribir esta frase—.

Con la llegada de la covid-19 sentí que me habían arrebatado esa mochila. Que mi mundo, el que me había construido, me había abandonado. Es posible que la llegada del coronavirus certificase la defunción de ese mundo fantástico.

Jesús G. Maestro, catedrático y profesor de universidad, estrella últimamente en Instagram y YouTube, dice que «cuando la gente no dispone de medios para organizar su vida, no sabe qué hacer con ella».

Bueno, no estoy seguro de si era exactamente así como me sentía en aquellos momentos, pero, desde luego, se aproxima mucho porque no era una cuestión de que hubiera perdido mis herramientas para saber cómo vivir o para saber cómo sobrevivir, sino que más bien se trataba de que había perdido las pocas respuestas que había encontrado a lo largo de mi vida para responder con más o menos acierto a preguntas del tipo: para qué, con qué motivo, con qué sentido vivir.

«Menuda mochila entonces» o «no estaría tan llena…». Estoy convencido de que estos serían algunos de los comentarios agudos y crudos que me lanzaría el profesor gallego si hubiera leído el artículo hasta aquí.

Y sí, seguro que está en lo cierto. No pretendo convertirme en abanderado de una generación; pero otro de los pecados vitales en los que incurro y reincido —tengo la sensación de que no solo yo— es en mi idealismo rampante (o «miedo a la realidad»), muy influido e inducido por esa cultura popular hollywoodiense de la que siento nostalgia y un apego incluso tóxico.

Aún recuerdo el momento en el que fui consciente de eso, allá por mi adolescencia. Merendando una tarde en la mesa del humilde salón de mi casa —probablemente un bocata de chorizo y un Cola Cao—, con alguna serie animada de fondo, mi hermana mayor se sentó frente a mí para contarme alguna preocupación suya del momento. Una vez que me expuso su inquietud, yo respondí con mi habitual —por entonces— optimismo. Recuerdo su cara de estupefacción al escucharme. Estupefacción y también desacuerdo que ocultó rápidamente. Me sonrió y, con benevolencia y una pizca de condescendencia, me dijo que era un idealista —madres, padres, cuidado con las etiquetas que les ponéis a los hijos—. La verdad es que, aunque no conociera el significado filosófico del término, me encantó sentirme así: un idealista. Lo viví como un cumplido porque —no estoy seguro— quizá también entreví trazas de admiración en aquella mirada de mi hermana que tanto recuerdo, aunque no fui en absoluto consciente de ello.

De niño siempre me fascinó la figura del Quijote. Veía en él una figura superior, un ser admirable. Su fama, la simbología del personaje, me hacían mirarlo como una reliquia mística, como si la aproximación a él fuera sobrenatural y la lectura de El Quijote de la Mancha, trascendental.

Como enamorado y devorador de literatura de fantasía medieval —novelas de caballerías—, me daba miedo convertirme en él, pero a la vez me era imposible no admirarlo. Un hombre íntegro, valiente y obstinado a pesar de los golpes, que se volvía loco por motivos que no le hacían justicia, pues él encarnaba todos los valores nobles a los que para mí puede aspirar el ser humano.

Veía reflejado en el Quijote mi propio idealismo y comprendía que en él estaba la esencia de la vida: continuar a pesar de los golpes.

Con el tiempo, confirmé que mi perfil encajaba en el diagnóstico que había hecho mi hermana mayor. Pero gracias a aquella conversación, aprendí y me hice consciente de que el camino que había elegido para mi vida iba a ser arduo y complicado, porque mi idealismo alimentado por mi optimismo me empujaría a no abandonarlo… ¿hasta el desfallecimiento?

Eso último lo pongo entre interrogantes porque dudo que por entonces el fallo o el fracaso —el no final exitoso— entrasen dentro de las posibilidades que manejaba.

En cualquier caso, así, consciente de mi avance inútil a contracorriente y de la lucha contra un mundo despiadado y cruel —o un mundo sin más. Un mundo en crudo—, intenté cargar la mochila hasta los topes con el objetivo de acumular herramientas útiles con las que manejarme por él.

Me pasé la vida buscando y atesorando modelos, pistas, patrones y recursos varios con el mismo empeño y cuidado con que lo hacía ese arqueólogo ficticio del cine con los objetos que tanto le costaba hallar y proteger a lo largo de sus aventuras.

Y así, como esas reliquias desenterradas, lo que guardaba en la mochila robada por el tiempo y por su secuaz el coronavirus no eran más que objetos sin ningún valor más allá del que aportaba su presencia como constatación del cambio y la evolución de un mundo y unas sociedades que no se detienen.

El cansancio

«Si algo enseña El Quijote, es a saber huir del idealismo. De todos los idealismos. Y sobre todo de los tres idealismos más peligrosos: el religioso, el filosófico y el político. El Quijote, ante todo, enseña a perder el miedo a la realidad. Enseña a confesar el autoengaño, tal como hace el protagonista, Alonso Quijano, al final de la novela», explica Maestro en su libro Una filosofía para sobrevivir al siglo XXI.

El final de El Quijote me resulta reparador. Con el paso de los años, he ido observando que el rostro de Alonso Quijano que se muestra, por ejemplo, en los grabados de Gustave Doré no es el de un enajenado —o no solamente eso—, sino que es el de una persona agotada.

Es muy cansado ser el Quijote —da igual el tiempo en el que leas esto—. Pero, por otro lado, ser el Quijote me resulta el único modo de vida auténtico y verdadero. El más vivo.

La pregunta es: ¿merece la pena?

Mi idealismo me hace ser pesimista, pero terco. Mi optimismo favorece el idealismo que me agota.

Entonces, ¿de qué mundo hablamos cuando hablamos de nuestro mundo?

No voy a definir ni a poner adjetivos a lo que implicó la llegada de la covid-19 a nivel sanitario, pero a nivel cultural es posible que supusiese el certificado de defunción de la ingenuidad en la que los miembros de mi generación habíamos nacido y crecido desde los años ochenta; una ficción predecible y confortable.

A día de hoy, somos individuos ojerosos, agotados, absolutamente consumidos. Somos personajes atrapados en una novela cervantina y, como tales, dignos modelos para alguno de los grabados de Doré. Estamos perdidos en la oscuridad de un camino en el que las migajas de pan han desaparecido, devoradas por los malditos pájaros hambrientos.

Y quizá por eso seguimos rebuscando entre los restos de aquella mochila perdida como quien busca una linterna durante un apagón. No para recuperar el pasado, sino para encontrar algo, una nueva autenticidad que todavía nos permita atravesar la negrura.

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