
Todos nos hemos enfrentado alguna vez a conflictos al trabajar con otras personas. Hay personas con las que «resonamos» sin dificultad y personas con las que no. Con algunas personas el mutuo entendimiento puede trabajarse; con otras es imposible. Por eso cualquiera que haya tenido que desarrollar proyectos creativos en equipo sabe que lo deseable, pero no siempre posible, es elegir las personas con las que trabajar. Pero esa selección tampoco es fácil, porque debería lograr un fino equilibrio: lo ideal es encontrar personas afines, pero, a su vez, complementarias; que compartan algunas ideas y objetivos, pero que también aporten ideas diferentes; que sea fácil entendernos con ellas, pero que piensen de forma diferente a la nuestra… Equilibrios de este tipo son los que, en el mundo del arte, a veces llevan a «mestizajes» exitosos y rompedores. También están detrás de colaboraciones que propiciaron cambios de paradigma, como la de Michael Jackson y John Landis en el videoclip musical, o formas de creatividad colectiva tan singulares y sostenidas como el humor que Les Luthiers produjeron durante décadas. Y, si no me equivoco, también debemos agradecer a este tipo de encuentros la génesis de esta misma publicación.
El arte lo ha estado haciendo desde siempre, aunque no hayan faltado nunca resistencias puristas frente a todo mestizaje. La ciencia tardó algo más en reconocer el valor de esas zonas de contacto y todavía arrastra inercias compartimentadas, pero ahora este fenómeno ya tiene nombre propio: se habla de interdisciplinariedad o incluso de transdisciplinariedad. E. O. Wilson, conocido por acuñar términos como biodiversidad, biofilia o sociobiología, lo elevó a programa intelectual con un nombre propio: «consiliencia», la convergencia del conocimiento entre disciplinas separadas¹. Y no se trata de una mera moda terminológica. Algunos de los grandes saltos conceptuales de la historia del conocimiento han surgido precisamente en zonas de contacto entre disciplinas. A menudo, esos avances decisivos se producen cuando un marco conceptual, un lenguaje o una forma de pensar se han desplazado hacia un territorio que les era ajeno: desde la reformulación de los conflictos animales por Maynard Smith y Price a la luz de la teoría de juegos de Nash² hasta la introducción por Feynman de un nuevo lenguaje gráfico —tan intuitivo como conceptualmente fértil— para pensar y calcular las interacciones de la electrodinámica cuántica³.
La fertilidad de este mestizaje científico la ilustra muy bien la especial relación del café con la ciencia moderna. La aparición de los coffeehouses en la Inglaterra de mediados del siglo XVII —espacios relativamente sobrios y baratos— favoreció conversaciones en torno al café o al té distintas de las propias de la sociabilidad alcohólica y lúdica de tabernas y alehouses. Esta nueva posibilidad de socialización impulsó el surgimiento de una cultura de tertulia, debate público e intercambio de información que desempeñó un papel relevante en la circulación y legitimación de la filosofía experimental. En relación estrecha con instituciones emergentes como la Royal Society, esa cultura contribuyó a generar un ecosistema intelectual que acabaría cristalizando en la ciencia moderna⁴.
Hoy en día, el café —como excusa para compartir conversaciones y encontrar interlocutores intelectualmente próximos fuera del propio compartimento disciplinar— sigue catalizando descubrimientos científicos: en torno a la máquina de café o en la cafetería de la facultad es donde científicos de una misma universidad, pero de áreas de conocimiento diferentes, suelen coincidir. Muchos científicos detestan el small talk —yo, al menos, tengo dificultades con ese tipo de charla—, pero adoran las conversaciones densas. Una conversación sobre esos resultados o hipótesis que no acaban de cuadrarte, mantenida con alguien que comparte el paradigma científico pero posee un bagaje y esquemas mentales alejados de los tuyos, puede abrir perspectivas inaccesibles para uno mismo. Y si la conversación entre ambos fluye, la interdisciplinariedad suele brotar sola.
Las personas con las que mejor trabajamos no suelen ser ni nuestros clones ni nuestros opuestos. Deberían ser lo bastante afines como para compartir ciertos objetivos, intuiciones o sensibilidades, pero también lo bastante distintas como para aportar perspectivas nuevas. Necesitamos que sea fácil entendernos con ellas, pero también que piensen de manera diferente a la nuestra. Queremos convergencia y divergencia al mismo tiempo. Y esto no solo ocurre en el trabajo creativo. Ocurre también en la amistad, en las relaciones de pareja… y se observa, a veces, incluso en las conversaciones más fortuitas. Hay personas cuya manera de hablar, de ordenar las ideas, de reaccionar ante el mundo o incluso de gestionar los silencios nos resulta inmediatamente familiar. Y otras cuya presencia genera una sensación difícil de describir, como si estuviéramos intentando sincronizar dos sistemas incompatibles. Creo que todo esto tiene que ver con el modelo del mundo que todos manejamos en nuestra mente.
No se trata de un modelo fijo, claro. Lo construimos a lo largo de la vida y permanece siempre en transformación. Incorporamos experiencias, conceptos, recuerdos, emociones y relatos ajenos; modificamos conexiones, reajustamos prioridades. Esos cambios, sin embargo, rara vez suponen sustituciones completas. Se parecen más a la sedimentación y el desgaste con que la orografía modifica un paisaje: cada nueva capa transforma lo anterior sin borrarlo del todo. Tal vez nuestros modelos del mundo también tengan un núcleo interno, más o menos compartido e innato, sobre el que cada uno va adicionando y esculpiendo a su manera, a lo largo de la vida (aunque algunos paren pronto). Por eso dos personas pueden llegar a modelos del mundo extraordinariamente similares después de recorrer caminos muy distintos. Algo parecido a lo que en biología llamamos convergencia evolutiva: organismos diferentes que desarrollan soluciones semejantes porque afrontan problemas parecidos. Quizá también exista una suerte de convergencia mental: dos individuos pueden compartir ideas políticas, científicas o morales por exposición a un mismo contexto cultural o histórico, aunque la forma de llegar a ellas haya sido radicalmente distinta. Pero también ocurre lo opuesto: personas expuestas a las mismas ideas y entorno de aprendizaje pueden divergir radicalmente en sus ideas.
La contraposición entre ambas posibilidades evidencia algo que me parece especialmente relevante: una cosa es el modelo concreto del mundo que una persona tiene en un momento dado; otra muy distinta es cómo construye ese modelo. Los contenidos de los modelos mentales son históricamente contingentes, revisables e incluso imitables. Pero las formas de construcción parecen mucho más estructurales: qué priorizamos, cómo conectamos conceptos, qué consideramos evidencia, cuánto peso otorgamos a la emoción, la intuición, la lógica, la estética o la experiencia corporal… Todo eso parece proceder de algo más profundo que la simple exposición a una cultura y determinados procesos de aprendizaje; quizá, en parte, se deba a disposiciones innatas o, al menos, fijas, inherentes al individuo. Así, dos personas pueden compartir ideas políticas, científicas o morales por simple exposición al mismo entorno cultural. Pero la manera de llegar a esas ideas o de gestionarlas quizá sea más importante para nuestra compatibilidad interpersonal que las ideas mismas.
Tal vez por eso podemos llegar a admirar a personas con las que discrepamos profundamente. Tal vez por eso se plantea separar la obra del artista y sus vicisitudes. A veces sentimos afinidad por alguien no porque piense lo mismo que nosotros, sino porque reconocemos en su mente una gramática compatible con la nuestra. Un modo parecido —o complementario— de construir sentido. Y quizá eso sea precisamente lo que buscamos en otros, aunque rara vez pensemos en ello de ese modo o de modo alguno, porque no todo el mundo puede permitirse pensar sobre cómo piensa —eso que llamamos metacognición— en la vorágine laboral-consumista en la que el capitalismo nos mantiene inmersos y apapahostiados. ¿Pero qué buscamos realmente en otros? ¿Buscamos confirmación de nuestro modelo del mundo? ¿Complementariedad cognitiva? ¿Estabilidad emocional? ¿Capacidad conjunta de construir modelos mejores?
La conversación nos permite ver parcialmente el contenido de los modelos del mundo ajenos. A través del diálogo, si este va más allá del tiempo o del fútbol, podemos contrastar ideas, detectar coherencias, observar contradicciones y reconocer patrones de pensamiento. Pero la conversación no parece suficiente para percibir algo tan abstracto como el mecanismo generador de ese modelo, su modo de construir sentido, su potencia o su singularidad. Si percibirlo es relevante para nuestras relaciones sociales —y si algo explica la evolución de nuestra especie es lo sociales que somos—, parece verosímil que haya evolucionado, en sentido estricto o cultural, alguna forma de percibir cómo piensa realmente alguien. Yo creo que eso es el arte.
Me refiero al arte en un sentido extraordinariamente amplio. En nuestra forma de vestir, de hablar, de escribir, de movernos, de pararnos, de usar el silencio y, por supuesto, en nuestro humor… En todo ello podemos reconocer expresión artística, además, claro, de en lo que tradicionalmente llamamos arte: música, literatura, pintura, cine, danza o poesía. Yo diría que a través del arte no comunicamos tanto qué pensamos, sino cómo pensamos. El arte sería, en este sentido, la exteriorización perceptible de nuestros algoritmos internos de interpretación del mundo. Una manifestación de nuestro fenotipo cognitivo. Nuestros estilos expresivos revelarían aspectos profundos de nuestra arquitectura mental de forma similar a cómo ciertos rasgos físicos reflejan diferencias fisiológicas o estrategias vitales en determinadas especies. Por ejemplo, las diferentes coloraciones (morfotipos) que los machos de algunas especies de lagartijas desarrollan durante el celo señalizan cuál es su estrategia sexual, de entre las tres posibles que coexisten dentro de su especie⁵.
Las especies no son tan homogéneas como a menudo pensamos: suelen mantener una diversidad interna de estrategias evolutivamente estables que, precisamente por tener valor adaptativo, acaban siendo señalizadas. De forma similar, la prosodia, el ritmo del discurso, la sintaxis, las metáforas recurrentes, el ritmo narrativo, el tipo de humor, la manera de improvisar o de resolver tensiones simbólicas podrían ser manifestaciones externas de mecanismos internos de las diferentes formas de construcción de sentido que alberga nuestra especie. Aunque no nos demos cuenta, somos extremadamente sensibles a todos estos detalles. Y esto explica por qué ciertas personas nos resultan inmediatamente «legibles» o «ilegibles» antes incluso de conocer realmente sus ideas concretas. Hay conversaciones que producen la sensación de escuchar un género musical que nos gusta y que, aunque no conozcamos la canción concreta, nos mueve inmediatamente. Y otras generan una extraña desubicación: no nos mueven, incluso aunque compartamos muchas opiniones superficiales. No se trata solo de preferencias culturales. ¿Tal vez por eso muchas parejas, incluso cuando tienen gustos musicales diferentes, se afanan tanto en identificar una canción como «la suya»?
Sabemos que cuando buscamos pareja o incluso amistad existe un complejo equilibrio entre similaridad y diferencia. En biología evolutiva conocemos bastante bien algunos de estos mecanismos. Por ejemplo, en ciertos procesos de selección de pareja parecen estar implicadas señales directamente relacionadas con el complejo mayor de histocompatibilidad (MHC) y hay alguna evidencia de que esas señales también operan en nuestra especie. Concretamente, los estudios basados en preferencias olfativas apuntan a una atracción por parejas con mayor diversidad de MHC⁶, mientras que la investigación sobre atractivo facial encuentra indicios de preferencia por individuos con MHC similares⁷. Incluso otros estudios con expresiones faciales han encontrado emparejamiento concordante en rasgos sociocognitivos⁸. Aún no comprendemos en detalle el fenómeno, pero parece que algunas señales olfativas y visuales actúan como mecanismos de detección de compatibilidad biológica en nuestros emparejamientos, aunque no seamos conscientes de ello. Jamás va a decir nadie que lo que le atrajo de ella o él fue su particular MHC y, sin embargo… Más allá de rasgos físicos confesables o inconfesables, lo que sí solemos identificar como determinante en el enamoramiento es el humor («me hace reír») o el estilo. ¿Acaso la conversación y el arte no podrían ser, para la mente, lo que el olor y el rostro son para el MHC: señales de compatibilidad profunda? ¿Por qué no iban a evolucionar mecanismos cognitivos, culturales y estéticos para detectar compatibilidad cognitiva?
Las hembras de las lagartijas de las que hablábamos antes pueden escoger aparearse con uno u otro morfotipo dependiendo de su abundancia relativa. En otras especies, los individuos que compartan algún rasgo (fenotipo) del que existan varias opciones tienden a emparejarse entre ellos. Por ejemplo, ciertas especies de salamandras eligen parejas que tienen el mismo patrón de coloración (fenotipo rayado o manchado)⁹. El emparejamiento concordante ha evolucionado porque facilita la transmisión de fenotipos «puros» a la descendencia cuando uno intermedio podría resultar menos adaptativo. En otros casos, como con respecto al MHC, lo intermedio es precisamente lo más adaptativo. En humanos, el apareamiento concordante se ha estudiado en relación con la inteligencia, la altura o incluso ciertos factores culturales, habiéndose encontrado evidencias de que ocurre, al menos, con respecto a la primera¹⁰, ¹¹. No hay duda de que la inteligencia es un rasgo con valor adaptativo en nuestra especie y también parece bastante probable que esté directamente relacionada con esa capacidad variopinta de generar modelos del mundo de la que hablábamos. ¿No tendría sentido que el emparejamiento, en este caso, no buscara simplemente personas idénticas, sino arquitecturas cognitivas capaces de encajar con la nuestra sin dejar de ser distintas? Por supuesto, la señal implicada no podría ser tan simple como una mera coloración. Debería ser una señal tan compleja y cargada de matices que solo pudiera generarla una mente genuinamente creativa. Es decir, algo como el arte.
De hecho, la idea de que el arte podría funcionar como una señal sexual no es nueva y ya procede, como tantas, del mismísimo Darwin¹². El biólogo evolutivo Geoffrey Miller la desarrolló con detalle en The Mating Mind¹³, argumentando que buena parte de las capacidades cognitivas humanas —incluidas las artísticas— evolucionaron como señales sexuales honestas. La lógica de Miller es la misma que Amotz Zahavi propuso para explicar señales sexuales como la cola del pavo real: precisamente porque es costosa de producir y difícil de falsificar, es una señal fiable¹⁴. Aplicada al arte, la idea es que crear algo genuinamente original, complejo o bello requiere recursos cognitivos que no cualquiera posee, y que por eso el arte funcionaría como un indicador honesto de calidad intelectual y creativa. Desde esta perspectiva, el arte no sería un subproducto accidental de otras capacidades cognitivas —como sugiere, por ejemplo, Steven Pinker¹⁵—, aunque podría haber comenzado así y luego haber sido «exaptado», es decir, reutilizado evolutivamente, precisamente por su valor como señal que, además, también evoluciona culturalmente.
Pero el arte no se usa solo en el cortejo. Si su única función fuera reproductiva, no tendría sentido que lo apreciemos también como parte de nuestro ocio o vida social sin implicaciones sexuales. Eso sugiere que el arte puede tener un valor adaptativo más allá del apareamiento. Los humanos somos una especie cuya supervivencia individual ha dependido de la cooperación en grupos, de la elección de aliados, de la transmisión cultural entre no parientes. Y seguimos dependiendo de ello: a nivel individual y ahora también como especie. O colaboramos como parte de un mismo grupo y superamos el individualismo capitalista o la próxima pandemia o el siguiente salto en la crisis climática nos llevará (a muchos) por delante. Pero volviendo al arte, si señaliza capacidad cognitiva y permite buscar compañeros compatibles, tendría sentido que como señal fuera legible —y útil— también fuera del contexto reproductivo. Es decir, que sea un mecanismo que sirva para encontrar no solo parejas cognitivamente compatibles, sino también interlocutores, colaboradores, amigos; para reconocer, en definitiva, las mentes con las que somos capaces o vale la pena pensar en tándem y prosperar como grupo.
¿Podría ser el arte un fenotipo extendido para exhibir de forma honesta nuestra capacidad creativa, profundidad intelectual, complejidad emocional o el valor cultural que compartimos y buscar compañeros compatibles? Si estos aspectos siguen siendo importantes para nuestra especie en un sentido adaptativo ya es otra cuestión, claro; sobre todo a la vista de la evolución reciente del panorama político y de una economía cultural lanzada hacia la homogeneización algorítmica de los gustos, la compresión de formatos narrativos —esta publicación es una excepción— y el retroceso de todo aquello que exige atención sostenida. Incluso el género musical de moda es el reguetón —ejem, «escuchamos pero no juzgamos»—.
Y sí, seguramente el arte —insisto, entendido en un sentido muy amplio— nos ayuda, sin que nos percatemos, a seleccionar pareja, amigos, empleados, compañeros de trabajo… Pero, volviendo a estos últimos, hay un tipo de compañero de trabajo que se ha vuelto casi ubicuo en muy poco tiempo y que, para muchos, es el ideal. Me refiero a la inteligencia artificial; concretamente, a alguno de los LLM (large language models) que se han incorporado con enorme rapidez a la vida cotidiana. Y para muchos, además de un asistente en el trabajo, también es un consejero personal permanente, porque la sensación de compatibilidad con la IA es, casi siempre, perfecta. No es casualidad: los LLM actuales están diseñados, en parte, para maximizar la compatibilidad con el interlocutor. Su objetivo no es mantener una arquitectura cognitiva propia y estable, sino adaptarse dinámicamente a cada usuario. Buscan deliberada y muy eficazmente engagement, sensación de comprensión mutua y —esta es la razón— continuidad en la interacción, ya que se nutren de nosotros tanto, o más, que nosotros de ellos.
Pero una mente humana reconocible posee justo lo que ellos eluden: fricciones, zonas opacas, contradicciones persistentes y modos particulares de malinterpretar el mundo. Una mente humana puede cambiar y adaptarse, por supuesto; pero siempre mantiene ciertas coherencias profundas, ciertas resistencias internas, ciertos rasgos propios. En cierto sentido, nuestra singularidad —como personas y como artistas, ojo— depende precisamente de nuestros errores* y de no ser perfectamente adaptativos y predecibles. La forma de construir el modelo del mundo de una persona es estructural, posiblemente fija, al menos en algunos aspectos, y tan singular como sus huellas dactilares. Por eso encontrar a una persona profundamente compatible puede producirnos una sensación de recompensa tan intensa como la de otras necesidades vitales, como comer o aparearnos. Pero una IA produce artificialmente esa misma sensación de compatibilidad sin compartir realmente nuestros mecanismos de construcción de sentido. Puede replicar nuestro ritmo conversacional, complementar nuestras ideas, reflejar nuestros valores y alimentar nuestra «hambre cognitiva» con un extra de azúcar y textura irresistibles. Esa compatibilidad es, en gran medida, una ilusión generada por adaptación dinámica: es una trampa psicológica.
Para un martillo, todo son clavos. No podemos evitar interpretar a las IA como si fueran personas. Antropomorfizamos a casi cualquier animal que interactúe mínimamente con nosotros, ¿qué no vamos a hacer con algo que conversa de forma aparentemente perfecta? Nuestros mecanismos de percepción social no están calibrados para detectar la diferencia, igual que nuestro metabolismo no está calibrado para resistir el azúcar industrial: lo percibe como bueno porque en el entorno en que evolucionó lo era. La IA es eso: azúcar cognitivo. Percibimos compatibilidad porque nuestros mecanismos de percepción social fueron seleccionados y calibrados para otro tipo de interlocutor. Pero no podemos esperar compatibilidad cognitiva real, en el sentido en que la hemos definido aquí, porque su lógica de construcción de sentido es, al menos por ahora, radicalmente distinta de la nuestra, aunque a nosotros nos parezca que no. Y que no percibamos nuestra relación con la IA como insana —en el sentido en el que el exceso de azúcar lo es— no es el único problema. Al producir modelos extraordinariamente eficaces en su relación con nosotros, están elevando nuestro umbral de percepción del «dulzor social». Y eso puede que perjudique la calibración de nuestros mecanismos naturales de búsqueda de mentes compatibles: la conversación y el arte.
Diría que las IA están hablándonos en clave de reguetón: simple y fácil de digerir, tan predecible como fácil de producir, adornado con distorsiones orales más que con arreglos musicales o complejidad poética. Pero lo que necesitamos es que nos hablen de forma más parecida al jazz: capas de complejidad que demandan atención al detalle, haciendo equilibrios entre lo predecible y la sorpresa, lo inesperado, donde reside la individualidad y lo irrepetible. ¿Nuestras conversaciones con una IA se han vuelto tan dulces que cada vez es más difícil encontrar personas con las que mantener conversaciones que no resulten comparativa e insoportablemente amargas? ¿Eso que produce ahora la IA y que algunos también llaman «arte» está perjudicando nuestra percepción y valoración del arte real, el humano? ¿El uso de IA para crear arte compromete su posible «honestidad zahaviana»? La IA no solo está generando problemas de índole económica, política o laboral. Tal vez el problema más profundo sea que podría erosionar progresivamente nuestra capacidad de reconocer y compartir arquitecturas cognitivas humanas de forma adecuada.
Pero hay otra perspectiva que es tan inquietante como esperanzadora. Si la IA actual busca nuestro engagement y para ello se adapta a nuestro modelo del mundo como un espejo, ¿no nos está devolviendo, en realidad, un reflejo de nosotros mismos? ¿No nos está mostrando nuestro propio modelo, amplificado y sin fricción, sin autoengaños y maquillajes? Tal vez por eso la IA nos inquieta de una forma que va más allá del vértigo ante lo desconocido o el miedo a perder su control. Lo que reconocemos en ella no son las virtudes que le proyectamos, sino nuestros propios demonios. El fantasma de la IA que tememos no es el recurrente Terminator, sino algo más cercano a ese Superman oscuro de Superman III: no es la otredad radical de la máquina, sino su perturbadora familiaridad. Reconocemos en ella nuestra propia inteligencia simplificada —lo que más valorábamos de nosotros mismos— y, además, desvinculada de cualquier freno moral. Es miedo a nosotros mismos, en el fondo. Y en ese miedo hay también algo de culpa.
Sin embargo, quizá haya ahí una oportunidad. Nunca antes habíamos podido observar desde fuera, con esta nitidez, nuestras propias limitaciones y el peligro que entrañamos. Quizá enfrentarnos a nuestro reflejo en la IA nos obligue a conocernos mejor como especie. Y quizá el arte termine convirtiéndose en el verdadero test de Turing que revele si una IA puede desarrollar una poética cognitiva singular, incluso consciente… La compatibilidad real requiere resistencia, opacidad parcial, la posibilidad del malentendido entre dos sujetos singulares. ¿Podrá una IA sostener tensiones internas, fricciones, obsesiones persistentes? ¿Podría entonces exteriorizar ese fenotipo cognitivo genuino, es decir, producir arte en el sentido antes definido, como señal de su singular forma de «autoprogramarse» y construir su propio modelo del mundo, más allá de la imitación estadística que hace ahora? Quién sabe. Pero si logramos desarrollar IA con esa clase de singularidad —interlocutores con fricción propia, en clave de jazz— tal vez el proceso nos enseñe algo sobre lo que significa tener consciencia. O tal vez demostremos que el arte tiene mucho que ver con ella.
(*) Véase «¿Una singularidad locuaz?», Jot Down, enero de 2026.
Notas
(1) Wilson EO (1998). Consilience: The Unity of Knowledge. Knopf.
(2) Maynard Smith J, Price GR (1973). «The logic of animal conflict». Nature, 246 (5427): 15–18.
(3) Feynman RP (1949). «Space-time approach to quantum electrodynamics». Physical Review, 76 (6): 769–789.
(4) Ellis M (2015). «Coffeehouses and Print Shops». En The Cambridge History of Science, vol. 3. Cambridge University Press.
(5) Sinervo B, Lively CM (1996). «The rock-paper-scissors game and the evolution of alternative male strategies». Nature, 380: 240–243.
(6) Winternitz J, Abbate JL, Huchard E, Havlíček J, Garamszegi LZ (2017). «Patterns of MHC-dependent mate selection in humans and nonhuman primates: a meta-analysis». Mol. Ecol. 26: 668-688.
(7) Havlíček J, Roberts SC (2009). «MHC-correlated mate choice in humans: A review». Psychoneuroendocrinology, 34: 497–512.
(8) Jackson E, Galvin J, Warrier V, Baron-Cohen S, Luo S, Dunbar RI, Proctor H, Lee E, Richards G (2022). «Evidence of assortative mating for theory of mind via facial expressions but not language». J. Soc. Pers. Relat., 39: 3660-3679.
(9) Acord MA, Anthony CD, Hickerson CAM (2013). «Assortative mating in a polymorphic salamander». Copeia, 2013(4): 676–683.
(10) Bouchard TJ, McGue M (1981). «Familial studies of intelligence: a review». Science, 212 (4498): 1055–1059.
(11) Hugh-Jones D, Verweij KJH, St. Pourcain B, Abdellaoui A (2016). «Assortative mating on educational attainment leads to genetic spousal resemblance for polygenic scores». Intelligence, 59: 103-108.
(12) Darwin C (1871). The Descent of Man, and Selection in Relation to Sex. John Murray.
(13) Miller G (2000). The Mating Mind: How Sexual Choice Shaped the Evolution of Human Nature. Doubleday.
(14) Zahavi A (1975). «Mate selection: a selection for a handicap». Journal of Theoretical Biology, 53: 205–214.
(15) Pinker S (1997). How the Mind Works. Norton.







