
Y cuanto más claramente vemos el terror, tanto menos impacto nos produce el arte. (Don DeLillo, Mao II).
Comencemos con un escudo moral en forma de frase común: el tema es muy delicado. Vamos a hablar de la atracción que provoca el terror, la sangre, el dolor y el drama. La fascinación por el mal. La estética del asesinato. El amor por la tragedia. El erotismo de la crueldad. La violencia como antítesis del aburrimiento. La glorificación de las bajas pasiones. Delicado, sí. Hay quien sostiene que algunos asesinatos, en cierto sentido, son obras de arte. Que hay belleza en el horror. Que sentimos placer al contemplarlo. Recordamos a De Quincey, pero son muchos más. Y en los últimos años —porque cualquier horror es susceptible de convertirse en mercado— el llamado «turismo negro», el morbo del malestar: hospedarse en antiguas cárceles o desayunar donde se torturó a cientos de personas. Por no mencionar las portadas de periódicos con titulares, a cuatro columnas, del tipo «El selfie del asesino con la víctima». Más imágenes en el interior. Se vendieron como rosquillas.
La fascinación que suscita la sangre es evidente. Sexo y muerte encabezan la lista de las noticias más leídas en cualquier formato. El cóctel infalible: sexo y muerte juntos, top de tops. Es palpable —y rentable (para algunos)— la crueldad cotidiana de las noticias en televisión. Aderezada con algún detalle siniestro: un hacha, una radial, un cuchillo jamonero. Hijos que matan a sus padres, padres que matan a sus hijos, bebés mutilados, exparejas sádicas, violadores despechados, pederastas al acecho, periodistas asesinadas en directo… Y somos muchos los que escuchamos/leemos/vemos el análisis de los detalles truculentos o del perfil del asesino realizado por los considerados expertos de turno. Vomitivo, sí, pero número uno en audiencia. ¿Por qué? Porque emociona, nos llega adentro, a las tripas, a nuestro lado oscuro.
Ya en los preámbulos de la Revolución francesa, grupos enormes de personas se echaban a la calle, emocionados, para contemplar (de cerca) cómo degollaban a algún traidor. Eran finales del siglo XVIII, momento histórico que elige el escritor Servando Rocha (Santa Cruz de la Palma, 1974) para adentrarse en las profundas aguas de la belleza del crimen con su inquietante libro La facción caníbal. Historia del vandalismo ilustrado (La Felguera Editores, 2012). La obra comienza con los pasos de un joven de veintidós años que sale a la calle, desde su casa, y es inmediatamente absorbido por una turba enloquecida de maleantes que iba a asaltar una prisión. Se une a ellos. El caos y el horror están por todas partes. El joven es el poeta William Blake, la ciudad es Londres y el año, 1780. En los conocidos como «disturbios de Gordon» —los mayores en la historia de Inglaterra— «se destruyeron más de un centenar de viviendas pertenecientes a la aristocracia y la Iglesia, además de media docena de prisiones, que ardieron por completo siendo sus presos liberados». Después de varios saltos temporales, llegamos a la toma de la Bastilla, ahora en Francia, como inauguración del estilo del Terror. La muchedumbre había asesinado a Launay, gobernador de la fortaleza. Su forma de morir y la celebración de cada detalle (su cabeza clavada en la punta de una lanza, por ejemplo) serían la première, en 1792, de la ritualización del horror durante la Revolución francesa.
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La foto de los infanticidas es genial. Me ha recordado al juego de diferenciar a un asesino en serie de un hipster: http://noussommesbobbywatson.fr/serialkillerorhipster/
no es spam ni mierdas de esa :)
Ese juego es una genialidad. Joder.
Por lo demás todo esto, la atracción a veces hasta sexual por los asesinos en serie, la fascinación por los supervillanos y cuestiones parecidas no deja de ser una aplicación a pequeña escala que el ser humano siente por las batallas por ejemplo. La belleza de la supuesta épica de una carga de caballería y esas cosas que también han tenido honda plasmación en el cine, la literatura y el arte pero que en el fondo no dejan de ser escabechinas.
El ser humano es en esencia un animal dotado de moral, algo necesario para vivir en sociedad. No obstante creo que echamos de menos algo de la parte puramente instintiva y animal que hemos perdido al civilizarnos. Tendencia que se manifiesta sobre todo en las ocasionales relaciones de nuestro subconsciente con la violencia y el sexo.
El que en muchos casos no se den diagnósticos no significa que los asesinos no hayan sufrido cierta enfermedad mental al momento de cometer el crimen. La teoría freudiana deja clara las bases sobre el funcionar de la psiquis y la misma sostiene que toda la diferencia entre una mente «sana» y una enferma es cuestión de intensidad. Por lo que alguien puede ser un tipo normal y de repente verse arrebatado por un episodio psicótico si algún tipo de trauma le sucede.
Por ninguna parte encuentro belleza en el terrorismo, ni el cualquier tipo de violencia que no sea la consensuada (la relación sexual, el deporte, si se quieren los duelos de antes). Tanto y más sublime es encontrarse bajo un cielo de estrellas o maravillarse frente a las pirámides. Hablar de la belleza en el terrorismo no es sino revelar la fealdad de una especie reacia al saber y a crecer. Pero bueno, tal vez revisando la historia entendemos que la violencia y la destrucción es inherente en el ser humano. Ahí sí, tal vez, pudiera haber poesía.
Y no son las pirámides un momento a la muerte?
Recomiendo la lectura de «Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos» de Elisabeth Roudinesco. Libro en el que se repasan las modalidades de perversión a lo largo de la Historia, las razones de aceptar un hecho como perverso según la cultura en la que se enmarque, así como la belleza de lo abyecto. Una autora que además, tampoco entra a hablar de las enfermedades mentales.
No adivino en Myra Hindley, algo extraordinariamente fuera de lo normal, podría ser la foto de cualquiera, de una adolescente rebelde de cualquier época. Lo que cambia es el referente, si se informa que fue una asesina en serie entonces mi perspectiva se trastoca. Lo mismo que su acompañante.
Los crímenes de la secta de los Manson siguen dando mucho de que hablar, porque se recicla constantemente esa fascinacion por el asesinato. Y por supuesto, en cada país hay una réplica.
En la línea de lo que comenta John Surena… El hombre como animal dotado de moral… Creo que en cierto modo nos atrae la estética de lo prohibido. Algo que sabemos que somos capaces de hacer pero no hacemos porque nos inhibimos de hacerlo, porque carecemos de motivación para ello.
Todos estamos «capacitados» para hacer el mal. Sólo hay que colocarnos en la situación adecuada.
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