
A la muerte de Isabel la Católica, su marido Fernando II de Aragón proclamó reina de Castilla a su hija Juana, pero encargándose él de la gobernación del reino. Aquello no gustó a su yerno, el archiduque Felipe el Hermoso, quien buscó el apoyo del enemigo habitual, la complicidad francesa. Fernando, siempre astuto, neutralizó este respaldo firmando el Tratado de Blois y casándose con Germana de Foix, sobrina del rey Luis XII de Francia. Él tenía cincuenta y tres años y ella diecisiete.
Las capitulaciones matrimoniales incluían que Germana aportaba los derechos dinásticos del reino de Nápoles y el título de rey de Jerusalén a un futuro hijo y el Rey Católico se comprometía, por su parte, a nombrar heredero a ese posible vástago del matrimonio. Aquello hizo brotar la cólera de los castellanos, que veían que la dinastía de Isabel quedaba apartada de esos acuerdos entre el monarca francés y el aragonés. Pero el mayor problema es que todo dependía de la actividad procreadora de Fernando, y a pesar de que la retahíla de hijos naturales y bastardos que había sembrado daban buena cuenta de su fecundidad, la joven reina no llegaba a concebir y cuando lo hizo, como en el caso del príncipe Juan, el bebé murió pocas horas después de nacer. En aquella época sin Viagra, Fernando recurrió al polvo de cantáridas, uno de los afrodisíacos más famosos de la época y a comer testículos de toro, considerados excelentes remedios para «cumplir» con su joven esposa. Fernando murió sin llegar a tener nueva descendencia, según algunos por la toxicidad de las cantáridas, y aquello evitó la disolución temprana de aquel nuevo reino llamado España.
La cantárida era llamada «mosca española» pero no es una mosca ni tampoco es exclusiva de España. Su nombre científico es Lytta vesicatoria, que proviene de lytta «rabia» y vesicatoria «capaz de generar ampollas». En realidad es un escarabajo de la familia Meloidae, de unos dos centímetros de longitud, presente en bosques desde el sur de Europa hasta Siberia. Su increíble fama como potente afrodisíaco se ha mantenido durante milenios. Aparece en el Papiro Ebers, un texto egipcio del 1550 a. C., considerado la primera farmacopea de la historia; aparece también en el Corpus Hippocraticum, el compendio de la medicina griega, y se cree que se usaba para producir abortos. Livia, la esposa de Augusto, lo repartía a escondidas entre los invitados a sus banquetes, al parecer para que la excitación les hiciera desvelar secretos con los que luego poder chantajearlos. También se lo administraban subrepticiamente en la comida a Luis XIV para que no cesara en su pasión por madame de Montespan y en la corte francesa del siglo XVII se repartía en las llamadas pastillas Richelieu, una sátira al cardenal y primer ministro inmortalizado por Dumas en Los tres mosqueteros.
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No tuvo hijos con los nobles mencionados pero sí con su nieto político Carlos V. Una niña a la que llamaron Isabel. Ella tenía 29 años, él 17. Parece ser que el emperador siempre la tuvo en gran consideración y estima.
Recomiendo la novela «La
Mosca Española» del economista y abogado valenciano Lorenzo Galiana. Relato vertiginoso de aventuras que arrancan en la
Serranía de la provincia de Valencia pasando por los salones de los palacios de Faubourg St Germain en el París revolucionario con la aparición del Marqués de Sade en el marco del Comercio de La cantárida.
Buen artículo que supo mezclar varios temas sin que decayera el interés.
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