
Me duermo con esa sensación en mi pecho que se expande por todo el cuerpo. Siento un ahogo que anuncia un peligro inminente que amenaza mi vida, pero no sé a qué. Anochece, la luz del mundo se apaga mientras se enciende la de la pantalla de mi imaginación.
No recuerdo cuándo se instaló en mí esta sensación. Diría que convivo con ella desde siempre. Tiene aspecto de alienígena que me ocupa entera y pensando en ella, mi sueño vuela bajo el radar de mi conciencia y al olvidarlo me vence y duermo.
Comienzo a soñar. La presión en el pecho me acompaña. Viajo al recuerdo de hace unos días en el que siento lo mismo. Estoy con mis alumnos en el aula, es principio de curso y temo que mi sensación avance y no pueda continuar la clase. No sé cómo evitarlo, no sé qué hacer, me aterra perder el control. Mis alumnos me miran, creo que están algo preocupados pero no dicen nada.
Mi memoria olvida ese episodio y me disocio de mí misma, vuelo hacia arriba del aula y cuando alcanzo seis o siete metros de altura voy hacia atrás. Regreso a otro escenario, quizá hace ocho o nueve años. Estamos en verano y preparamos un viaje en familia y con algunos amigos. Se trata de caminatas por los Pirineos. Mi tenaza en el pecho se intensifica, lo asocio al temor por alejarme de mi centro de seguridad, aunque por otro lado quiero hacer el viaje. En el momento en el que me dispongo a hacer la maleta me despego de la escena, vuelvo a elevarme y, a cierta altura del suelo vuelo hacia atrás.
Olvido ese recuerdo y vuelvo a volar en regresión. Mi sensación en el pecho modula mi vuelo, de repente crece y eso me hace descender a visitar otra escena. Tengo trece años y es mi primer día como alumna del instituto. Estoy nerviosa, soy nueva en el centro y estamos entrando en el aula. La profesora de francés se dirige a mí, es amable, pero no sé lo que me pregunta, no entiendo su pronunciación y no logro contestarle.
La presión en el pecho vuelve a elevarme y regreso a los seis años. Estoy en la habitación de mis padres. Mi padre acaba de morir durante la noche. Nadie me mira. Mi madre habla con mis hermanos mayores y con mi abuela. Él ha sufrido una larga enfermedad, toda mi vida lo conocí postrado. No sé qué hacer, ni cómo ayudar, no puedo estar parada, pero tampoco moverme. Siento profundamente mi expulsión del jardín del Edén. Aquí mismo acaba mi infancia y empieza otra etapa para la que no estoy preparada pero lo cierto es que no sé de qué va.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.





