
Los que habían sobrevivido se comportaban como si vivieran con tiempo prestado, y no sentían que habían sobrevivido por alguna razón válida.
Richard Sennett, La corrosión del carácter.
Habla solo, parado en la esquina. También gesticula. No pasa aunque el semáforo está en verde. Se ha convertido en esa persona que veía cuando adolescente parada en la esquina, la que hablaba sola, sin ninguna prisa por cruzar, encerrada en alguna burbuja obsesiva que lo ralentizaba todo, que convertía el tiempo en algo que pesaba como una nube suicida, llamada a implosionar en aguacero.
Dos pasos hacia atrás. Despierta.
Un taxi acaba de levantar un charco y volcarlo convertido en millones de alfileres contra él que, cargado de manía persecutoria y rencor, cree que le están haciendo lo mismo que haría él si supiera ponerse al volante de algo.
Ya están aquí. Las gotas de lluvia le caen desde el toldo de un café y sobre el hombro izquierdo. Apenas cuatro o cinco. Duran poco. Lo que tarda el reflejo en sacárselas de encima. El movimiento —puro espasmo— hace que pasen de refilón junto a su cabeza. La protege porque cuando se le moja el pelo se le agudizan las entradas. La edad golpea. Gafas empañadas que resbalan hasta la punta de la nariz, torcidas. Sobacos sudados. Son las ocho de la mañana y ya lleva lamparón en la camisa. Frunce el ceño. Pelea contra una frase que trata de colonizarle el estado de ánimo. «Triste es como me siento». Se le cruza, la empuja de un codazo. Hace meses, años, que le persigue.
Perdón, dice la vieja que casi le mete la varilla del paraguas por el ojo. En esta ciudad, los paraguas se vuelven marrones al secarse tras la lluvia. Cubiertos por el mismo polvillo que se cuela en los pulmones, que escuece en la garganta al cruzar Reforma o Florencia, o Insurgentes o el circuito en dirección a Polanco.
Responde al paraguas con esbozo de sonrisa. Le gustaría tirarla al suelo. Pero sonríe, educado. Esa vieja, ese encuentro, el único espacio de violencia soterrada que se permite, domesticado por la educación, es su derrota, en un mundo con menos pudores que los suyos, donde comienza cada partida, por no querer usar el silencio y las sonrisas falsas, con varios puntos de cercanía al fracaso. Sigue caminando con el brazo derecho levantado, en tensión, paralelo al cuerpo, el puño junto a la cara, bien pegado a la pared, con ganas, ganas que nadie más que él siente, porque sabe que no lo hará, de empujar a la siguiente. Siempre son mujeres de edad, de las que tratan de pegarse a la pared pese a ir bien cubiertas por el paraguas quitándole el espacio a los que no tienen nada para cubrirse. La vida misma. Siempre hay un momento en el día en el que te abandonas sobre el débil. Aquí el catálogo de posibilidades es amplio.
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El oficio hace décadas que agoniza por falta de tratamiento.
Vocación, lápiz y libreta, grabadora o video cámara, y horas muchas horas de calle, polvo, y conversaciones.
En el oficio, las únicas sillas ocupadas deberían de ser las de aquellos que tras cubrir la noticia tienen que sentarse para redactarla.
Sobran despachos, ególatras, editores, premios y «likes»…creadores de tantos traumas.
Esta globalización se ha cargado nobles categorías impensables en otros tiempos, como el ser periodista y el obrero manual. Sobre la primera espero, talvez ingenuamente, que sea una moda que tarde o temprano pasará debido a su propia obscenidad compuesta de vanidad y arrogancia. Cualquiera escribe sobre cualquier cosas sin otra otra autoridad que no sea su proprio egocentrismo u odio. La segunda todavía es un interrogante, pero ambas con detrás ese monstruo de cien cabezas de las finanzas. Esperemos que también salgamos de esta crisis. Excelente artículo, gracias.