Compost para el Facebook

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San Francisco, 1945. Fotografía: Getty.

Los que habían sobrevivido se comportaban como si vivieran con tiempo prestado, y no sentían que habían sobrevivido por alguna razón válida.

Richard Sennett, La corrosión del carácter.

Habla solo, parado en la esquina. También gesticula. No pasa aunque el semáforo está en verde. Se ha convertido en esa persona que veía cuando adolescente parada en la esquina, la que hablaba sola, sin ninguna prisa por cruzar, encerrada en alguna burbuja obsesiva que lo ralentizaba todo, que convertía el tiempo en algo que pesaba como una nube suicida, llamada a implosionar en aguacero.

Dos pasos hacia atrás. Despierta.

Un taxi acaba de levantar un charco y volcarlo convertido en millones de alfileres contra él que, cargado de manía persecutoria y rencor, cree que le están haciendo lo mismo que haría él si supiera ponerse al volante de algo.

Ya están aquí. Las gotas de lluvia le caen desde el toldo de un café y sobre el hombro izquierdo. Apenas cuatro o cinco. Duran poco. Lo que tarda el reflejo en sacárselas de encima. El movimiento —puro espasmo— hace que pasen de refilón junto a su cabeza. La protege porque cuando se le moja el pelo se le agudizan las entradas. La edad golpea. Gafas empañadas que resbalan hasta la punta de la nariz, torcidas. Sobacos sudados. Son las ocho de la mañana y ya lleva lamparón en la camisa. Frunce el ceño. Pelea contra una frase que trata de colonizarle el estado de ánimo. «Triste es como me siento». Se le cruza, la empuja de un codazo. Hace meses, años, que le persigue.

Perdón, dice la vieja que casi le mete la varilla del paraguas por el ojo. En esta ciudad, los paraguas se vuelven marrones al secarse tras la lluvia. Cubiertos por el mismo polvillo que se cuela en los pulmones, que escuece en la garganta al cruzar Reforma o Florencia, o Insurgentes o el circuito en dirección a Polanco.

Responde al paraguas con esbozo de sonrisa. Le gustaría tirarla al suelo. Pero sonríe, educado. Esa vieja, ese encuentro, el único espacio de violencia soterrada que se permite, domesticado por la educación, es su derrota, en un mundo con menos pudores que los suyos, donde comienza cada partida, por no querer usar el silencio y las sonrisas falsas, con varios puntos de cercanía al fracaso. Sigue caminando con el brazo derecho levantado, en tensión, paralelo al cuerpo, el puño junto a la cara, bien pegado a la pared, con ganas, ganas que nadie más que él siente, porque sabe que no lo hará, de empujar a la siguiente. Siempre son mujeres de edad, de las que tratan de pegarse a la pared pese a ir bien cubiertas por el paraguas quitándole el espacio a los que no tienen nada para cubrirse. La vida misma. Siempre hay un momento en el día en el que te abandonas sobre el débil. Aquí el catálogo de posibilidades es amplio.

Sigue caminando. Fuma compulsivamente, tres, cuatro, cinco, antes de entrar en el cubículo. A veces se mete dos tiros de Ventolin entre uno y otro. Sabe que eso le va a matar. Una gota, grande, apaga el cigarro casi a la altura del filtro. Piensa en ellas, en dejarlas solas demasiado pronto. Le dura poco la mala conciencia. Tercer café, malo, de plástico, con dos de azúcar. Para tener excusa y fumarse otro haciendo tiempo en la puerta.

Trata de retrasar lo inevitable. Que no quiere estar ahí sentado. Que hace meses que no quiere ir a trabajar. Hace meses que no quiere ir a trabajar. Que le deprime sentarse en esa mesa. Que le deprime saberse inútil. Que antes le agarraron, le exprimieron, se bebieron el jugo y le tiraron a la basura. Que ni fue tan bueno antes ni es tan malo ahora. Que se acabó igual de rápido que comenzó, despegó, voló a toda velocidad y se estrelló. A la basura. Que se acabó.

***

Siempre llega pronto. Como si ser puntual o inventarle brío al comienzo mejorara la situación. Como si de actitud se tratara. Cuando camina hacia el hoyo en el que se ahoga va pensando que ese día va a ser diferente. Sabe que tiene que serlo. Por su bien. Se engaña y se dice que una sonrisa, que una conversación fútil, que simular que uno está allí para trabajar, recibir un sueldo y esperar que todo pase rápido, podría terminar con la apatía. Normalidad estadística, que no ética. Sabe que si deja de esperar que las cosas mejoren será más feliz. También que eso es algo que ya no va a pasar. Sabe que una vez más terminará proponiendo algo que le parezca lógico y útil para sí mismo y la empresa, batallando, intentándolo. Que perderá. Que terminará protestando por algo. Llevándolo a la espalda en fumadas de esquina, regodeo de nuevo en lo mal que va todo, en que nadie sabe dónde va a acabar esto, en el miedo de saber que ahí fuera quizás no haya nada, en la cobardía, en la parálisis que carcome el carácter, en olerse mal hasta a uno mismo. En apagar la colilla y regresar a la cara de cera que nadie se cree.

Cada vez piensa menos veces en que es culpa suya. En que sea culpa de nadie. Del tiempo quizás, de estar aquí ahora y no hace diez años. De la sonrisa. Del bienqueda, de la política. De su ausencia. Solo de eso. De la época. No hay culpas, solo casualidades. En otro momento había espacio para el esfuerzo. Ahora es la sonrisa, la apariencia y mucho de aleatorio en el reparto de la suerte. No se lleva el dolor. Saberlo nunca ha servido para quitarse nada de encima.

Han triunfado. No hay reglas. La partida dura siempre, todo el tiempo, y comienza de nuevo cada poco. Se ha impuesto el «las cosas son así». Desprovistas de toda lógica. Intocables. Inmutables. Como si fueran el tictac o el ruido de las hojas del calendario los que toman las decisiones y no personas tan egoístas como él, egoístas como todos, solo que con más poder —política— acumulado. El resumen de todo esto. La política de la supervivencia en el juego de las sillas. Desaparecida, negada la posibilidad de conflicto, con la sonrisa como moneda de intercambio en ese mercado. Gente con ganas de recibir sonrisas. Como todos. Pero que además saben cultivarlas.

Eso sí, diversidad. Muchísima. Para elegir todo aquello que no implica confrontación. Las sillas. Cerveza. Terrazas. Todo muy casual. Género, origen, color, tatuajes, los que quieras. Conflicto y confrontación, al ámbito de lo estético. Transgresión de un duro que estremece.

La realidad, en el pasillo que lleva al ascensor, lleno. Al abrirse las puertas, los hombres se organizan en abanico para que las mujeres pasen primero. No lo entiende. No le gusta, trata de pasar, le detienen con suavidad, le miran mal. Las mujeres aceptan caminar primero, indiferentes. Pero lo hacen. Se dejan el mirar el culo —saben que les miran el culo— por hombres que se guiñan cómplices por detrás, sintiéndose además caballeros, educados. La vida misma.

Se dice, cállate, cállate, esta vez no digas nada, cállate, entra, sonríe, pregunta como si te importara, escucha como si te importara, sonríe, pregunta, escucha. Genera empatía. Primer piso, segundo piso, tercer piso. Lo cuenta arriba, al cruzar la puerta. Lo del ascensor. Le miran, se ríen. Esa risa que no significa nada. Ni acuerdo ni desacuerdo. Esa risa de oficina.

Sigue la cadena de inacciones para lo que queda de día. Recibir y enviar e-mails constantes de felicitación a la superioridad y el equipo tan falsos como obligados. Los únicos a responder. La nueva ciencia del mundo de la empresa. Como si quedara alguien que no supiera que esos e-mails los ponen en los libros, los repiten en las charlas, los han vendido como un gran factor motivacional aunque nadie los lea ya con ningún interés más allá de responder con copia a todo el mundo con algún signo de admiración para ser constructivo y reforzar un equipo que nunca existió.

El ascenso fue así: Tres años sin permiso de trabajo, mojado. Saliendo del país cada tres meses, peleando, pasaporte europeo en mano, con oficiales de aduanas y embarques de Avianca. Mintiendo. El blanco puede hacerlo. Para seguir violando la ley mientras escribe, mientras le premian por hacer de controlador para que los demás la cumplan. Hipocresía normalizada. ¿Seguro médico? No, eso es del mundo viejo. Calla. No hay seguro médico. Los contratos, cuando llegan, del tercer mundo. Hasta entre los blancos —no significa nada— hay castas. Castas. Estamentos. Antiguo Régimen. Contrato local, lo llaman. Los españoles, hoy, somos muy de contrato local. Se llevan a precio barato formación nivel estado de bienestar agradecida por tener una segunda oportunidad. Ejército de reserva bien surtido. No se ve el final de la cola. Que pase el siguiente.

Je.

***

Intenta sonar agradable. Sabe que no lo es. Los pies le tiemblan. La espalda, encorvada pero en tensión. Se sienta mal, con la pierna cruzada por debajo del culo. Siempre termina doliéndole todo. Aunque trata de evitarlo, chasquea la lengua cada tanto. Resopla. Siente presión en la sien. Corrosión. Batalla por concentrarse en algo que no le aporta lo más mínimo. Pelea contra las pantallas abiertas. Siente que cada una le quita algo de vida. Las usa como vía de escape. Trata de no levantar la mirada para no cruzarse con la de otro y regalarle el odio que siente, la sensación de injusticia, lo ridículo del cuartucho sin teléfono. Lo ridículo de las redacciones del siglo xxi más caras de lo que valen, de nombre cool y pura pretensión destinada a Instagram. La de la medición, en tiempo real de los resultados. En su novela El círculo, Dave Eggers no se ha inventado nada. Es cualquier cosa menos distópica. Es descriptiva. Esas reglas que los supervivientes defenderán sumisos hasta más allá de la razón como lógica delante del poder y criticarán por detrás. Saben que es la cicuta autoingerida. Defenderlo solo retrasará el momento en que atravesará la glotis. El miedo. Cuánto reduce y humilla el miedo.

La meritocracia no es más que un jarrón de porcelana que hay que tener en la entrada para mostrarlo. Se ha convertido en eso. Solidificado. Cocido hasta ladrillo. Apartamento burgués de principios de siglo pasado. Zona social, un par de cuartos que las visitas pueden ver. El jarrón grande y recargado que repartir como tarjeta de visita, o el reloj de mesa contrachapado en algo que parezca valioso. Se sabe así. Le han arrastrado por pasillos cuando convino, bajo palio, disfrazado de mentira. Dama de compañía de quien sabe circular cubículos. Ornato de plástico. Del de tirar a la basura cuando se vaya el último invitado. Quedaban seis meses para acabar el año, ponte a trabajar en un paquete de Pulitzer —a nadie le amarga un dulce, esto se diseña y planifica—, trabajo a destajo. Medios, tiempo, espacio, cuidado, cariño. No se pudo, pues inversión amortizada. Pasamos a otra cosa. Puedes pasar al montón de gente para reciclar. Y no protestes.

Cambio de empresa: Tres mezcales. Acuerdo verbal. Estamos aquí para aprender. Somos una start up, vamos a ir mejorando, nuestro enfoque es modesto y humilde, le dicen. Hubo que confiar.

Ascot, 1973. Fotografía: Eamonn McCabe / Getty.

Lo único humilde eran los costes. Porque de palabra, venden el mejor producto del mundo. Una marca, un nombre, una apisonadora de la que no saben cuánto más tiempo podrán extraer ese jugo descompuesto que ya no aporta más que el abono, puro compost, para que crezca rápido el analytics, la cicuta, el futuro. Estamos aquí para ir aprendiendo de manera gradual. Juntos. En equipo. Tanto por delante. Tanto crecimiento. Tantos planes. Tantas palabras grandilocuentes. De manual de autoayuda. Letanía, en voz alta. Con palabras clave enfatizadas para que nadie se duerma cuando la mera repetición del mantra deja de surtir efecto, que es pronto.

Para aprender, iría a la universidad. Para aprender, buscaría maestros. Gente que supiera mucho más, piensa. Pero esa gente no va a perder tiempo aquí. Es cara, podría frustrarse por no hacer nada. Como él. O tiene dignidad. La que él perdió. Simulacro y simulación.

Todo es mentira. A Cuenca habría que irse.

No.

Siéntate y calla. Solo te queríamos ahí sentado. No queríamos que hicieras nada más. Somos un equipo, estamos aquí para aprender juntos. Aunque de ti no haya nada que aprender. Aunque todos pasen por encima de ti. Si te contratamos para un puesto que no existía, y eres tan insolente como para protestar, solo podemos pedirte perdón. Y si no te gusta, siempre puedes irte. Solo te hemos engañado. Ni eso. Porque para engañar hay que ser consciente de la diferencia entre mentira y realidad, además de incompetente para ser capaz de asumir delirios como parte de la realidad. Que no falte. Un toque moderno, de ahora, un gordito saltarín que no se quita el sombrero ni bajo techo, de profunda que es su mala —ausente total— educación, formal e informal, cómodo tan solo en el titubeo entre corifeos. Sin más. Estás aquí para aprender. No para hacer lo que sabes. A sonreír y a esperar que a alguien le convenga tocarte con una varita mágica que vender como promoción. Cuando convenga. Cuando les convenga a otros. Cuando la promoción sea la de otro.

No seas víctima. Eres un resentido. Ganas mucho. Todo el mundo quisiera estar donde tú. Mira lo que has conseguido. Ahí fuera hay hostias para sentarse a simular aquí. Dentro también. Simular. Etiquetas. Sonríe, calla, miente. Entra al juego de las sillas. Para la música, corre.

Vomita de nuevo sus quejas, su escozor, la espalda encorvada. El gesto tosco.

Pone la directa. Se aísla. Traduce algo de hace dos semanas para que salga dentro de varias más, edita algo que hace dos días sacaron todos los demás, se convierte así, reciclando —separando orgánico de inorgánico justo cuando empieza a oler, no antes—, en parte fundamental de la vida de un lector tragamierda. Cuenta las horas que le quedan para irse sin hacer nada que vaya a permanecer, que sirva para nada, sin pensar. Sin esperar. Una y otra vez. Un día más.

Y hoy editará una traducción —mala pero cara— de un texto escrito en una mesa de Mordor sobre la libido del oso panda en China. Que traerá clics en Facebook. Que se compartirá y comentará. Que conectará con la audiencia. Que, en los informes del editor y ante los accionistas, dicen, es importante para la vida de la gente. Que no engaña a nadie. Que pagará su sueldo de oficinista.

El síndrome identificado. El delirio, malsano, del reportero pegado a una mesa alimentando Facebook de una manera tan cruel que si Sísifo lo hubiera conocido habría dicho: «Traedme la puta piedra de vuelta ya».

***

Esa piedra llegó, cayó en Nueva York, hizo sangre. Un enero frío, pero sin nieve. Durante una cena con ostras y cerveza mexicana en un pequeño restaurante del Village. Pagamos la cuenta a medias. Salió inmensamente más barata que una sesión real de análisis a precio de mercado. Frank Ochberg es uno de los mayores expertos mundiales en el estudio del trauma. Del estrés postraumático. Hoy defiende un cambio sustancial en la disciplina: que se hable más de «herida moral» (moral injury) que de una enfermedad, una condición médica (postraumatic stress disorder).

Antes de hablar de medicina a Ochberg le gusta contextualizar su formación académica, política, personal. El origen de su relación con las heridas que provoca la violencia. Estudió Medicina en Harvard a finales de la década de los sesenta y se especializó en Psiquiatría en Stanford. Eso, mientras morían asesinados John y Robert Kennedy y Martin Luther King. Aquella época. De principios.

Liberal —se define—, comenzó a reflexionar sobre el trauma y sus consecuencias, sobre la salud de los pacientes, con preguntas que giraban en torno a estos magnicidios. También, como le gusta explicar, a través de sus sesiones con un paciente, judío ortodoxo, superviviente del Holocausto, que se preguntaba una y otra vez dónde estaba Dios cuando más lo habían necesitado. La ausencia de respuesta a los porqués del horror, la violencia o la injusticia puede, a fin de cuentas, atormentar más que el dolor en sí cuando es entendido tan solo como daño físico.

Al comienzo de cualquier conversación, Ochberg deja claro que no fue casualidad que poco después de terminar sus estudios comenzara a trabajar con un grupo de psiquiatras que sistematizaron cómo los soldados que regresaban de Vietnam y habían pasado por las mismas experiencias tenían reacciones en común en su vida diaria. «Pensaban en ello cuando no querían pensar en ello», explica. «La memoria les obligaba a repetir la misma imagen una y otra vez, y cuando pasaba de ser una idea a esa experiencia intensa, profunda, no deseada, física, que salía al exterior, que sangraba, que afectaba a su comportamiento, buscaban ayuda». Así comenzó el estudio de la disciplina. Cuando existía el colectivo. Cuando el común significaba algo en el trabajo, en la vida.

Ochberg suele perder tiempo, todo el que haga falta, haciendo hincapié en uno de los aspectos que cree menos comprendidos en todo lo relacionado con el estrés postraumático. En algo que, pese a evidencias que nadie cuestiona en la comunidad científica, conlleva aún el estigma social: que el estrés postraumático afecta a la función cerebral. Ciertos estímulos llegan a provocar que la amígdala, el interruptor que procesa la respuesta cerebral, deje de hacer su trabajo correctamente y ese estímulo tenga una consecuencia física, una marca. Es decir, que a medio plazo hay diferencias físicas entre el cerebro de quien lo sufre y el de quien no lo sufre.

Y esto tiene que ver con el fin de una idea incorrecta. Es hora de dejar de pensar que algunas personas que han estado en peligro, en alguno de los muchos tipos de peligro que pueden crear trauma, tienen caracteres más o menos ansiosos, nerviosos, inadaptados, resistentes o pesimistas de inicio, no. No los tienen.

Va mucho más allá.

Han sido físicamente heridos y eso les ha afectado. Llega un momento en que se tiene miedo en situaciones en las que no debería tenerse miedo. Porque ver muertos, muchos muertos, oír disparos, muchos disparos, o pasar miedo, demasiado miedo, al detenerse ante un semáforo, creer en algo y ser traicionado, debilita el filtro que teóricamente debe asumir esa experiencia para ponerla en su lugar. Lo hace hasta que ese filtro se deshace, hasta que la respuesta deja de funcionar bien, incluso desaparece. Y se siguen sintiendo los muertos y los tiros y se sigue teniendo el miedo cuando ya no hay muertos ni tiros y eso debilita. Mucho. La memoria se convierte en algo autónomo, independiente de la voluntad, y es necesario tratarla para volver a tener control sobre ella, para limitar el impacto, desbocado, dañino, feo, del pasado en el presente.

Es algo digno de entender sin sentimiento de culpa, ni de fracaso. Tan habituales ambos. Sin señalamientos. Sin dedo acusador, ni victorias o derrotas. La diferencia entre una forma de reaccionar a ciertos estímulos y otra es biológica. Tiene que ver con las situaciones vividas y la resistencia neurológica de quien se ve expuesto a las situaciones. Punto.

Y esto no solo afecta a los soldados. Afecta a los civiles que viven la guerra, a las mujeres que han sufrido abusos, a los niños golpeados, a los trabajadores que intervienen en accidentes de tráfico, a los bomberos. Por supuesto, a algunos periodistas. Solo a algunos. A los que han vivido eso y no han sabido o no han podido sacárselo de encima porque no tenían cómo o porque trataron de hacerlo en la dirección equivocada.

Para ayudarles, Frank Ochberg ha fundado el Dart Center, que en su nombre convoca cada año en la escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia la Ochberg Fellowship. Una semana de debate y sesiones académicas para que un grupo de periodistas comparta experiencias complicadas, violentas, duras, debilitantes incluso. Para hablar del trauma, en todas sus variantes, con algunos psiquiatras y psicólogos de primer nivel mundial expertos en la cuestión.

Un encuentro donde muchos descubrimos un concepto nuevo, otra forma de acercarse a las consecuencias de la profesión: donde hablar de algo que va más allá de los muertos y los tiros —del ejemplo tradicional, el que tanto ha salpicado—. De algo que va mucho más allá de la adrenalina y lo físico. Donde nos enfocamos en lo emocional. En eso que llaman moral injury, la herida moral.

Nueva York, 1963. Fotografía: Getty.

Por ahora, el síndrome de estrés postraumático se considera un trastorno, una condición médica, una enfermedad. Y mucha gente no quiere reconocer que tiene un trastorno. Es evidente. Puede afectar, afecta seriamente, a su futuro laboral. Por eso Ochberg cree que, además de más preciso, el concepto de «herida moral», aporta cierta dignidad a quienes la reivindican ante quienes creen que hay un punto de locura en el origen de ciertos comportamientos.

Escuchen, periodistas, se siente así: «Tu integridad ha sido sometida a un ataque que te ha dejado herido. Se detecta una situación médica, como resultado de una situación que ha sido demasiado para tu capacidad de admisión ha cambiado algo en la fisiología de tu cerebro. Has perdido cualquier esperanza ante el futuro porque el cerebro ha sido sometido a un evento o serie de eventos de tal intensidad que prevés que el futuro no será tan bueno como el pasado. Te sientes como alguien que no sirve para mucho».

Como diagnóstico, para Ochberg, «es evidente que la depresión es una de las consecuencias de la herida traumática» y que hay síntomas como «sensación de alienación, problemas para dormir, ansiedad y sensación de culpa» por «haber sido testigo de acciones que no puedes comprender, con las que no puedes estar éticamente de acuerdo», que «te llevan a un comportamiento agrio, cínico, negativo. Al reconocimiento racional de que ahí, fuera de ti, está el mal, la mezquindad, y que lo has visto cara a cara».

¿Quién no ha sentido, ante la crisis mil veces advertida, analizada, denunciada, de una profesión que, es sabido, hace aguas y está sometida a una transformación de futuro muy incierto, que ha sido testigo de situaciones que violan la ética de la profesión? Por parte de grupos armados, de poderosos corruptos, siempre y primero, como hecho incuestionable, pero, peor aún, también por parte del entorno de la vida diaria, de una redacción o, más en concreto, de su ausencia.

¿Quién, en esta profesión, no ha sentido que se violan en privado, día a día, los principios de independencia, de objetividad, de honestidad, de profesionalidad, de verificación de la información, de sometimiento a los hechos, de eliminación de los dobles raseros, de pago de un precio justo? ¿Que eso sucede mientras en público los golpes de pecho tienen miles de retuits y el doble discurso, el de hechos que contradicen a las palabras, es la norma y el éxito?

¿Quién no siente que nos encontramos inmersos en una crisis económica que se lleva por delante —en la competición feroz y sin cuartel por el clic y la presencia, la supervivencia, en la maraña de la red— muchos de los criterios profesionales, humanos, para los que nos educamos? ¿En la que criterios mezquinos relacionados con la lucha en el barro por los recursos menguantes se llevan por delante la meritocracia mientras triunfan el cainismo y la omertá?

¿Quién no siente que baila sobre el filo, incisivo, dañino, que abren la herida moral y el estrés organizacional de esta profesión, hoy, aquí, ahora, casi cada día? Una herida que ahora tiene que ver con que las expectativas, las creencias, los dichos enunciados en público, con que la utilidad, el porqué del periodismo y los principios que conforman la voluntad que nos mueve a actuar ya no valen más. Con la distancia entre lo dicho y lo hecho. Con encontrarse con una orden y, simultáneamente, la contraria. Con el fin de la seguridad ontológica que te permite ser. Algo que mina profundamente la seguridad depositada en el conjunto de ideas que permiten trabajar.

Herida moral: el mercado expulsa periodistas a miles debido a la crisis. Todos estamos amenazados. Aceptamos nuevas reglas. Lo que sea. Se hace periodismo en redacciones sin teléfono. Donde órdenes, lógicas para quien no ha desarrollado su vida periodística fuera de internet (tantos hoy), pasan por hacer periodismo, por ejemplo, por Skype. Como si un policía o un migrante diesen entrevistas por Skype. Ese fue el día que entendí el mansplaining, así, de frente, y sin estallar de la risa, anulada por la pena que invade por dentro. Alguien cree que está haciendo su trabajo por explicarte una tontería. Por jerarquía. Como si, por ser editor, supiera cómo se reportea. Porque se hace periodismo sin salir de la pantalla. Es más, asumiendo con total naturalidad que hay que llevar la pantalla como en el xix los mineros se agenciaban su propia lámpara. Se hace periodismo sobre informes de parte sin verificarlos por prisa. Se hace periodismo copy-paste. Se hace periodismo sobre lo viral. Se hace periodismo por y para las redes sociales. Se confunden lectores con likes y retuits. Rumores con hechos. Se hace periodismo de reacción inmediata. De titular sensacionalista. Se hace periodismo para engullir dedos que se deslizan por la pantalla. Se hace periodismo que no cuenta el mundo, en una deriva autorreferencial que trata, se identifica demasiado, con la supervivencia de un grupo muy minoritario y demasiado entrelazado entre sí, hasta lo carnal, en un contexto de relaciones humanas de carácter precapitalista ante la ruptura del mercado e invadido por una toxicidad extrema. Hoy deciden cómo hacer periodismo personas que no saben más que de compartir en redes sociales o de llenarse los bolsillos a toda prisa antes de que el barco se hunda del todo.

Cuando se rompe el compromiso ético de la profesión es como si se rompiera el radio de la rueda de la bicicleta. Un radio que provoca que la rueda se debilite e incluso se rompa también. Zas. Al suelo. Se viola el contrato. El periodista lo viola, para sobrevivir. Por miedo, por imposición, por falta de perspectiva. El periodista acaba practicando antiperiodismo. Ha perdido el norte, la brújula que permitía seguir la línea recta. Se habla de la oncología del periodismo, que se presenta en diversos grados de invasión de la capacidad de trabajo y evoluciona de diversas maneras. Debilita, hace caer, deja heridos. Arrebata la capacidad de trabajar, de seguir siendo periodista. Aísla del entorno. En la soledad, surge la herida social. La herida moral. El nuevo estrés postraumático.

Ochberg escribió una comunicación para un congreso médico en Oklahoma hace mucho. A finales del siglo pasado. Antes, incluso, de que internet irrumpiese en el periodismo. «Los tres actos de las noticias y su trauma», se llamaba.

El acto I incluye aquellas historias horribles que, precisamente por horribles, se venden solas, que tratan de saciar y confrontar ese apetito por lo violento y lo cruel que tiene el lector. Generan disgusto, asco, miedo. Decimos que no nos gustan, pero las producimos y las consumimos. Son evidentes. Las identificamos inmediatamente, despiertan la alarma. Al menos, avisan. La sociedad las pide y nosotros se las damos. Tienen un lugar evidente. Somos capaces de superarlas. Suponen la pérdida de la inocencia. Contribuyen al mercado, a las ventas. Sirven para sobrevivir. Hay que hacerlo. Dejar constancia de. Recontar noches de nota roja y cuerpos destazados en alguna ciudad centroamericana. Para decir que se ha estado en el lugar más locamente homicida del planeta. La regla, clara. Nadie se equivoca.

El acto II aporta la moralina. La empatía. Hay historias que, más allá del evento traumático que muestran, educan al lector y desarrollan su conocimiento de una crueldad de la que nunca serán víctimas ni testigos. Generan compasión, aprendizaje, utilidad, reflexión. Se convierten en tragedias clásicas, edificantes incluso. Representan, con sobriedad, un papel en la vida. Sirven. Satisfacen. Las historias del segundo acto sirven como antídoto a las historias del primer acto. Son las de quienes podemos presentar en arco de tensión dramática como héroes que luchan contra la injusticia. Triunfen o no.

El acto III son todas esas historias que tenemos que escribir y no aportan nada. Ni siquiera lo anterior. En lo que se refiere a la violencia, son esas historias que te hacen sentir como un médico que le transmite a la familia que el cáncer está en su última fase y ya solo se puede esperar. Esas historias que se resumen en el reportero que llega y pregunta: «¿Hay alguna mujer que haya sido violada y hable mi idioma?». Exponerse al trauma sin posibilidad de respuesta ni aprendizaje. Que insensibilizan en su repetición. Que no ayudan a nadie para nada en nada. Sucedió y fue el infierno. No tengan esperanza después de leer o ver. No hay nada. Sin mayor implicación. Son una mezcla, dañina, sin significado ni aprendizaje, de los dos actos anteriores.

Aventuro que, de escribir de nuevo en el siglo xxi sobre los tres actos de las noticias y el trauma, Frank Ochberg abriría un espacio para analizar las consecuencias más evidentes de internet: los rumores, los cotilleos, la repetición continua de hechos sin contrastar y sin análisis por parte de tantos medios o los titulares explosivos que conllevan el vacío y la negación de los principios del periodismo: el servicio público, la veracidad, la exposición fundamentada de hechos que violan el contrato social con una intención, solo una: la de la asunción de responsabilidades. Que se llevan por delante la experiencia, el criterio, la incomodidad, periodistas como personas que controlan excesos, que no resultan agradables. Cómo sobrevivir siendo el perro que mira y que, si entras en el jardín, ladra, fiero, para avisar, y no como el gato que arrulla, traidor, antes de arañar por la espalda y conseguir muchos abrazos y fans.

La rendición a la madre de todas las confusiones de esta profesión. La que ha fusionado periodismo y entretenimiento. La quinceañera mexicana que todos replicaron, por ejemplo. Y la que llama periodismo a la propaganda. Los héroes que cubren a Podemos en Madrid y ese comunicado fantasma del lobby más rancio del periodismo madrileño sin pruebas ni fuentes de nada de aquello con lo que estremece. La rendición a lo viral, de consumo rápido, la de las polémicas en redes, la del ruido, la del tráfico, la del servilismo, la de los chicos y chicas cómodos y funcionales —funcionariales— atascados en la mesa, necesarios para la supervivencia de jerarquías de poder, porque no son más que poder a la espera de turno.

Como diría Ochberg, lo que deben superar el periodismo y los periodistas para evitar la herida moral es «todo aquello que distorsiona nuestra percepción y la comprensión del mundo real».

Algo que, no me quedan demasiadas dudas, quizá sea ya imposible cuando sucedáneo y realidad se han mimetizado tanto que solo queda observar el río de sangre que sale de la herida y aplaudir al tiempo que retuiteamos que lo llaman miel.

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2 comentarios

  1. Amaia López de Munain

    El oficio hace décadas que agoniza por falta de tratamiento.
    Vocación, lápiz y libreta, grabadora o video cámara, y horas muchas horas de calle, polvo, y conversaciones.
    En el oficio, las únicas sillas ocupadas deberían de ser las de aquellos que tras cubrir la noticia tienen que sentarse para redactarla.
    Sobran despachos, ególatras, editores, premios y “likes”…creadores de tantos traumas.

  2. Esta globalización se ha cargado nobles categorías impensables en otros tiempos, como el ser periodista y el obrero manual. Sobre la primera espero, talvez ingenuamente, que sea una moda que tarde o temprano pasará debido a su propia obscenidad compuesta de vanidad y arrogancia. Cualquiera escribe sobre cualquier cosas sin otra otra autoridad que no sea su proprio egocentrismo u odio. La segunda todavía es un interrogante, pero ambas con detrás ese monstruo de cien cabezas de las finanzas. Esperemos que también salgamos de esta crisis. Excelente artículo, gracias.

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