Arte Arte y Letras

Del arte a la propaganda

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Moscú, 1946. Fotografía: Cordon Press.

Una cosa tenían clara los vanguardistas legendarios de los años diez: su misión no podía pararse en revolucionar las artes, había que avanzar más allá, dar el salto, ganar el poder y convertirse así en arte de Estado. Solo desde el poder podrían arrostrar su verdadero cometido: cambiar la vida, transformar la realidad. Si no se podía transformar la realidad con el arte y la poesía, entonces el arte y la poesía no eran más que armas para que todo siguiera igual, como poco para embellecer la miseria de la realidad, como mucho para denunciarla. Ni la denuncia ni el embellecimiento eran suficientes. Había que apostar a todo o nada, y la palabra clave era transformación. En su fascinante ingenuidad creían de veras que una vez escaladas las empinadas laderas a las que se enfrentarían en su aventura, iniciada, todo hay que decirlo, con unas imponentes ganas de bronca, las autoridades iban a permitirles que mantuvieran su nivel de agitación, osadía, burla y carcajada. En ninguna de las ambiciosas idealizaciones de su cometido podían rebajarse a suponer que, una vez conquistado el poder, el poder iba a someterlos convirtiéndolos en meros decoradores. Pero hay que reconocer que, por lo que respecta a la primera de sus pugnas, tuvieron un indudable éxito: en el México revolucionario, en la Italia fascista, en la Rusia bolchevique, la vanguardia se convirtió en arte de Estado. Vasconcelos en México potenció el auge del muralismo para darle una seña de identidad a ese arte de Estado, es decir: el pueblo ha conquistado el poder y va a expresarse desde ahí a través de sus especialistas, los artistas. En Italia Marinetti se puso al servicio de Mussolini y los futuristas rebajaron sus impulsos guerreros para volverse elegantes propagandistas del fascismo: consiguieron algunos cromos verdaderamente imponentes y majestuosos. Y en Rusia un dramaturgo como Lunacharski supo —siguiendo las consignas de Trotski— repartir juego entre los alborotados cubofuturistas y constructivistas como Mayakovski, Ródchenko y Stepánova.

En realidad, se trataba de un movimiento que se atenía a la lógica política revolucionaria, pues si el arte debía servir al pueblo, es decir, subrayar su utilidad, no podía haber peldaño más alto del arte que el regreso a la artesanía y, para renunciar a la grandeza vacía y egocéntrica del artista, convenía que los talentos de los distintos artistas de la causa proletaria no perdieran de vista que sus obras habían de ser un servicio: fue el momento dorado de las artes aplicadas. Por otra parte, las artes aplicadas tenían una meta mucho más concreta y pertinente que el arte, siempre atento a discusiones bizantinas acerca de su horizonte o sus querencias, siempre demasiado ambicioso para pisar en los terrenos de la trascendencia. De alguna manera, se quitaba de en medio uno de los enemigos esenciales de los bolcheviques: el espíritu. Cualquier referencia a una intención metafísica o trascendental de la actividad artística quedaba afectada por el sello de lo antiguo, lo caduco, lo inútil. Y otra de las ventajas fundamentales de la artesanía sobre el arte radicaba en el hecho de que todo en ella era un combate contra el individuo: se producía para muchos, muchos disfrutarían de los hallazgos o creaciones que se produjeran, se acabó la tontería de que un solo propietario disfrutara en su saloncito de un cuadro del que no había copia en ningún lugar del mundo. Se abolía además una de las banderas del arte como expresión máxima del individuo tocado por la gracia divina: la firma. (A pesar de lo cual hoy se buscan teteras y ceniceros no por ser teteras y ceniceros, sino porque las diseñó un genio cuyo nombre propio hace que esos utensilios se merquen para ser expuestos en vitrinas controladas por cámaras de seguridad). Si alguien, daba igual quién, producía una obra maestra, esa obra maestra podría reproducirse tantas veces como se necesitara: era una hora perfecta para el cartel y una hora perfecta para las cosas de uso diario. Cambiar la vida empezaba por cambiar el vestido que te ponías, el plato donde comías, el cenicero donde apagabas el cigarrillo, el modo en que estaban redactadas las noticias que escuchabas.

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Un comentario

  1. «El fotomontaje era una herramienta idónea para expresar los avances de la sociedad soviética —es decir, el fotomontaje era idóneo para la ficción»
    ¿Por qué ficción? Estando de acuerdo o no, como en cualquier otro periodo hubo avances. En el caso de la URSS fueron notables en muchos campos. Entonces, me preguntó qué tiene de ficción «expresar los avances de la sociedad soviética».

    También me llama la atención este otro enunciado:
    «Medidas por su propio valor estético, no hay duda de que algunas de aquellas piezas conservan hoy un vigor de excelencia, pero basta recordar en qué momento se emitieron para que todo ese vigor estético se vuelva humo.»
    ¿Una obra de arte pierde validez como tal atendiendo a qué criterios? El vigor estético seguirá ahí, digo yo. ¿Por qué humo? ¿Estamos juzgando la obra o el contexto?

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