Ciencias Política y Economía

Amor, finanzas y palomitas

CC0

Una bolsita de pasas Thompson de marca blanca: doscientos cincuenta gramos de frutos secos que podrían ser la razón de mi divorcio. A veces también son cien gramos de té Oolong importado de China, o un paquetito de almendras Carmel, «aptas para ser horneadas y la mejor opción para sus ensaladas y yogures». También el bote de cúrcuma, marca Santa María, que compró en 2018 para preparar una versión libre de pollo tikka masala y que sigue prácticamente lleno en la repisa, junto al curry, la cayena y el fenogreco. Nuestras discusiones siempre acaban trasladándose a los pasillos del supermercado: qué comprar, cuánto gastar, qué caprichos merecemos o cuáles rozan el límite de lo indecente. La última vez, fue un duelo a muerte entre una bolsa de rosetas ya preparadas y los granos de maíz crudos para cocinar palomitas de color azul en la sartén. Ese día, mientras nos alejábamos definitivamente del campo de batalla/pasillo de los snacks, no puede evitar pensar que los centros comerciales deben ser el escenario perfecto para estudiar los rasgos de interacción de las parejas en su hábitat natural. Amor y finanzas: el romance y la decisión de compra entre las secciones de lácteos y congelados. Así se llamaría la tesis.

Esa misma tarde, alguien muy original preguntó en Twitter si «era el único que…» discutía con su churri cada vez que salían a comprar ropa. Evidentemente no, no era el único, pero su comentario me hizo reparar en la cantidad de gente que, efectivamente y por alguna perversión que no alcanzo a comprender, escoge irse de compras con su churri. También en la cantidad de cosas que pueden salir mal si se mezcla dinero y amor en cualquier proporción. Sin ir más lejos, hace poco, el conocido de un conocido pidió el divorcio solo porque consideraba que su mujer despilfarraba demasiado; un dinero que, por cierto, era herencia de ella. Conozco parejas que se han tomado un descanso tras una compra masiva de Blu-ray y amigas que no soportarían un día más tomando el café gratis de los miércoles de promoción con su cita, pero recuerdo también a ese antiguo conocido que, con el subidón del romance, se apuntó a un curso de magia, se compró un set de DJ y a punto estuvo de sacarse el título de patrón de yate «por probar», «porque la vida son dos días», «porque me siento joven» o por alguna otra razón cuestionable. Pero quién soy yo para hablar si días más tarde, en otra visita al súper, eché a la cesta de la compra los dichos granos de maíz para hacer palomitas azules. ¿Quién nos entiende? ¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Qué nos lleva a cuestionar las decisiones de compra de nuestras parejas? ¿Por qué insistimos en ir de tiendas acompañados? ¿Compramos igual cuando estamos enamorados? 

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