
(Viene de la primera parte)
Continuamos el recorrido por algunos de los horrores de la historia de la literatura, por esas fábulas que nos pusieron los pelos de punta y nos preñaron de imágenes para temer de noche.
3. Una cripta: «La caída de la Casa Usher» (1839), «Berenice» (1835) y «Los hechos en el caso del señor Valdemar» (1845), de Edgar Allan Poe. «Un suceso bajo el puente del río Owl» (1888-1891), de Ambrose Bierce, asiste al velatorio
Así me habló del objeto de mi visita, de su vehemente deseo de verme y del solaz que aguardaba de mí. Abordó con cierta extensión lo que él consideraba la naturaleza de su enfermedad. Era, dijo, un mal constitucional y familiar, y desesperaba de hallarle remedio; una simple afección nerviosa, añadió de inmediato, que indudablemente pasaría pronto. Se manifestaba en una multitud de sensaciones anormales. Algunas de ellas, cuando las detalló, me interesaron y me desconcertaron, aunque sin duda tuvieron importancia los términos y el estilo general del relato. Padecía mucho de una acuidad mórbida de los sentidos; apenas soportaba los alimentos más insípidos; no podía vestir sino ropas de cierta textura; los perfumes de todas las flores le eran opresivos; aún la luz más débil torturaba sus ojos, y solo pocos sonidos peculiares, y estos de instrumentos de cuerda, no le inspiraban horror.
«La caída de la Casa Usher», Edgar Allan Poe, (1840).
En la segunda habitación de esta casa hemos hablado de la hiperestesia que posiblemente padeció Nerval y su alter ego, el narrador de «Aurelia». Pocas descripciones más vívidas y económicas del fenómeno —del padecimiento— como la del mal que afecta a Roderick Usher. Los síntomas de un síndrome hiperestésico son el camino más directo para que la realidad se vuelva extraña y aflore en ella aquello que está oculto y quizá no debería manifestarse. Los síntomas hiperestésicos son una causa segura de delirio y de demencia, una causa más que justificada para el deseo de la muerte, para la autodestrucción. Imaginemos, por un instante, que todos nuestros sentidos son sutilísimos y están alerta; que tenemos la capacidad de escuchar simultáneamente cada sonido de nuestra ciudad: el comecome de las termitas que se alimentan de los cabeceros de caoba, los alfileres que se caen accidentalmente de una caja de costura, el crujido de la cebolla al ser atravesada de parte a parte por el cuchillo, el rascar de las uñas contra el cuero cabelludo, las sintonías de las televisiones, los gritos, las voces y los susurros. Imaginemos que nuestro olfato percibe el olor de los boquerones fritos, el de las cloacas, el almizcle, la podredumbre de algunas flores, las esencias sintetizadas de los perfumes más exquisitos y las ráfagas a cosecha y a hierba cortada que provienen de los campos y de los parques. Imaginemos que nuestro tacto se irrita con cada aproximación a los objetos, a las telas, a la piel de las personas que amamos y que nuestro gusto es capaz de captar —verdaderamente— cada matiz de un vino —la cereza, el tabaco, la madera, la nuez…— y los sabores que componen cada sabor, por ejemplo, el de la carne del conejo que ha comido tomillo que se ha nutrido de minerales que han sido erosionados por la lluvia que viene de un cielo que sabe a anhídridos, monóxidos y dióxidos, sulfuros y golpes de viento. La realidad, compuesta de todos sus estratos, se convierte para el hiperestésico en lugar inhabitable, en el infierno, en un sitio que hiere.
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