
En el programa número 71 de Los felices veinte, el loquísimo late show presentado por Nacho Vigalondo —hasta que Orange TV lo canceló en febrero—, el director de Los cronocrímenes le pregunta a su invitado, el cineasta Albert Serra, qué medidas tomaría en una hipotética dictadura cultural de su propio cuño. Vestido con su habitual conjunto de traje y pajarita, zarcillo y gafas de sol, que no ha querido abandonar ni siquiera en la penumbra del plató, dice Serra: «Hombre, de entrada se tendrían que prohibir todas las películas comerciales […] todo el mundo solo tendría que mirar cine de autor». Preguntado entonces sobre qué directores españoles entrarían en ese selecto grupo, menciona como ejemplo a Buñuel. «¿Y contemporáneos?», pregunta Vigalondo. «Contemporáneos, yo…», responde Serra, dejando su enumeración en el aire mientras Evil Vigas asiente por lo bajini: «Claro».
El director de películas como Honor de cavalleria, El cant dels ocells o la extraordinaria La Mort de Louis XIV volvía a ser noticia en el pasado Festival de Cannes, donde su última obra, Pacifiction, compitió en selección oficial; todo un hito para el cine español reciente, cuya representación en los últimos años se había limitado a Almodóvar y a un puñado de coproducciones internacionales. De hecho, la nueva película de Serra es de producción francesa —como su anterior Liberté—, aunque por suerte tendrá distribución en España gracias a Filmin. El caso es que la presentación de este largometraje que, pese a no obtener ningún premio en el certamen, fue ampliamente ovacionado tras su proyección y recibió excelentes críticas, estuvo acompañada de algunas sonadas declaraciones del que ya se conoce en redes sociales como «el director de cine con mayor autoestima de la historia».
Él mismo, en una de esas entrevistas, se autoproclamaba «la madre Teresa de Calcuta del cine español». Dejando a un lado la honestidad o la ironía que se puedan interpretar en sus frecuentes exabruptos, la actitud de Serra al hablar de su obra y su propia figura parece una buena excusa para repasar cómo se ha manifestado en otros artistas la cuestión del ego; es decir: la vanidad, la megalomanía, la soberbia («apetito desordenado de ser preferido a otros», dice el DRAE) y, en resumidas cuentas, el narcisismo del creador. Todos conocemos, a grandes rasgos, el mito de Narciso. Aunque a menudo se olvida que, según lo contó Ovidio en las Metamorfosis, su maldición no era tanto el amor por sí mismo como su incapacidad de amar a otros. Nadie podía corresponderle, por tanto, y así acabó presa de las aguas donde se reflejaba su propia imagen. Una historia muy oportuna en estos tiempos, pero que nunca ha pasado de moda.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






En la dictadura de los «selfies», el narcisismo como psicopatología se ha desdibujado. Desde 2008 cada semana muere una persona por hacerse un «selfie». Hay un montón de vídeos en youtube de personas que se precipitaron por un acantilado, desde un puente, una grúa o un rascacielos, que terminaron en las garras de algún depredador o que se pegaron un tiro. Cuando perece de esta manera un «influencer» te asalta el extraño sentimiento que te daba ver a un toro dándole a un diestro un buen revolcón.
El precedente cinematográfico que recuerdo aparece en una película de Jerry Lewis, «El Profesor chiflado». Buddy Love en el minuto 01:00.
https://www.youtube.com/watch?v=zK585qB7XOg
Gracias por tan fabuloso artículo.
Serra, con sus ansias de ser la novia en el entierro del bebé, ha superado en «gilipollismo» al Michael Schott de «The Office».
Y no hablaste de arquitectos y falos gigantes… :D
Hablar de creerse el puto amo y mencionar a Almodovar solo de pasada….
Pingback: El arte de creerse el puto amo | SER+POSITIVO