
Entre las azoteas, cada noche
se encendían las luces
del ático de nuestra juventud.
Entre las voces suaves y lejanas,
alguna vez, se oye un grito de pánico.
Pero una herida
es también un lugar donde vivir.
(«Nuestro tiempo», de Joan Margarit)
No es ningún secreto que el tiempo es un experimentado corredor. Se ha advertido acerca de su carácter relativo en los libros de física y de filosofía, en la televisión, en la poesía y en la literatura, en el cine, en el teatro, en la música, en los entierros, en las bodas, en las graduaciones y en las bocas de las familias. No debería sorprender a nadie y, sin embargo, consigue normalmente descolocar a todo el que experimenta sus efectos, tarde o temprano. Por mucho que se prevenga acerca de sus actos, son imperceptibles hasta que se vive en las carnes propias, del mismo modo que ocurre con la pérdida, con el enamoramiento o con la soledad.
Quizás por esta misma razón el paso del tiempo obsesiona a un gran número de personas que necesitan, de algún modo, expresar y canalizar esta inquietud a través de la creación de otros espacios en los que poder controlar su curso, como lo pretendían Chris Marker en La Jetée y Christopher Nolan en Interestellar. Otros simplemente reflexionan sobre el mismo, como Marcel Proust en En busca del tiempo perdido o tratan de materializar la relatividad que lo caracteriza, como Sofia Coppola en Lost in Translation. Según Wim Wenders en Paris, Texas la vista atrás se realiza con melancolía, como se mira a un sueño que permanece vivo pero intocable al otro lado de un cristal.
Esta sensación de vacío y de nostalgia puede desencadenar una ansiedad que comienza manifestándose en gestos pequeños, en hábitos e inseguridades a priori inocentes, y que termina engordando e inundándolo todo de preguntas existencialistas de la friolera de «¿quién soy», «¿para qué estoy aquí?», «¿estaré aprovechando mi vida como debería?» o «¿estaré satisfecho cuando llegue el fin?». No solo ocurre en la actualidad, ya que estas preguntas son más viejas que la peste y ya se las hacían ilustres y reconocidos personajes que vestían con túnicas, hacían sacrificios de animales para los dioses y se fijaban en las constelaciones para determinar las actividades agrarias. Lamentablemente, en la actualidad se sigue sin noticias acerca de la solución a estas problemáticas, pero Homero venía a decir en la Odisea algo así como que la gracia está en el camino y no en la meta.
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Bravo por tu mirada cinematográfica. Una reflexión existencial muy bien acompañada de mano del cine. Ahora sólo tengo ganas de ver algunas de las películas que mencionas que todavía no he visto, pero bajo tu mirada. Gracias por descubrirmelas de esta manera…