
Joaquín Gorrochategui nace en 1953 en Eibar, un pueblo guipuzcoano donde, según cuenta, lo suyo era hacer bicicletas, tornillos, armas, llaves inglesas… esas cosas. Serán un tío cura y un profesor de Latín «excepcional» quienes le abrirán los ojos hacia un mundo más allá de esa ensoñación maquinista. Es un chaval de letras. En casa, el euskera es la lengua de todos y para todo; la otra, la de la escuela, tampoco se le da mal. Lee y disfruta de la literatura en castellano, y también busca libros en vasco, textos antiguos, modernos, lo que sea. Pero siguen siendo los años del franquismo. En 1975 se licencia en Filología Clásica (con premio extraordinario) en Salamanca. Entre el año 1996 y el 2000 fue decano de la Facultad de Filología, Geografía e Historia de la Universidad del País Vasco, y hoy es catedrático y miembro correspondiente de la Real Academia Española y de la Academia de la Lengua Vasca. No en vano, Joaquín Gorrochategui se ha dedicado a interpretar textos e inscripciones de las lenguas de la Europa más antigua y a establecer paralelismos entre ellas, de esos que sirven incluso para reconstruir otras que rozan la entelequia. Pero una vez fueron y, en gran medida, siguen ahí. Y aquí, en estas mismas líneas: solo hay que saber mirar. Nieva en un atardecer boreal que se desploma sobre el campus de Vitoria. Desde su única estancia con luz, un científico habla con pasión de eso a lo que ha dedicado su vida.
En esta entrevista, me gustaría diseccionar la lengua para entender sus mecanismos. ¿Te parece bien que empecemos por el latín y vemos a dónde llegamos?
Perfecto.
Lo digo porque el latín me parece ideal para saber cómo funciona el motor de una lengua.
Claro. Al final tienes que tener unas nociones de lingüística que son básicas pero fundamentales. Para mucha gente, el latín supuso la primera confrontación con algo realmente diferente. Traducir un texto y ver cuáles son las relaciones internas de esa sintaxis y de esa morfología es como resolver cualquier problema: un reto intelectual que te produce una gran satisfacción, con independencia del bagaje cultural que eso tenga y de lo importante que sea para entender la historia de Europa. También hay que tener en cuenta que el latín que nosotros leemos es literatura pura y dura, no es la lengua normal que hablaban en la calle. Es la literatura de Cicerón. Es, yo qué sé, como si nos encontráramos con Quevedo.
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Un placer escuchar o leer a un sabio. Comparto con él el amor al viejo latín. Que el vascuence, bueno, euskera, no comparta la triste suerte del irlandés debería ser alegría y orgullo para todos los españoles. No fue la relación entre vascos y el estado español como lo fuera entre irlandeses y el británico; aunque dictadores y alguna banda terrorista hicieran lo suyo para empozoñarla. No sería tan absurdo que en las escuelas de toda España, en algunas clases específicas, se enseñara un sumario de la gramática, expresiones y algún vocabulario de la lengua vasca. A los profes de latín no ha de ser tan rara esa sufijación aglutinante del euskera, ni tan difícil.
Tiene usted toda la razón. Lo comparto
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