
Por los largos pasillos del Hotel Royal Hideaway de Canfranc, los pasos de Anna Caballé (L’Hospitalet de Llobregat, 1954) tienen un aire juvenil que se mantiene al principio de la conversación. «¿Una entrevista larga? ¡Esto va a ser un desastre!», bromea. Sin embargo, apenas empieza la conversación en uno de los salones del establecimiento, completamente desierto a esa hora de la sobremesa, comparece al mismo tiempo la profesora veterana, la estudiosa concienzuda, la mujer comprometida y la curiosa impenitente. Especializada en el género biográfico, ha trabajado sobre figuras como Umbral, Castilla del Pino, Carmen Laforet o Concepción Arenal, haciendo importantes aportaciones en el campo del feminismo como su Breve historia de la misoginia o El feminismo en España.
La entrevista tiene lugar en el marco de las Converses del premio Formentor, en el que Caballé funge como miembro del jurado. Cuando esta entrevista estaba casi lista para ser publicada, ha saltado una polémica con el escritor y director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, a cuenta de una reseña del libro de María Asunción Mateo, Mi vida con Alberti, firmada por Anna Caballé en las páginas de El País y a su réplica en Jot Down, Caballé ha accedido a responder a una pregunta más formulada a posteriori.
Usted cuenta que de niña, en lugar de libros infantiles, le regalaban o leía los de Stefan Zweig y Emil Ludwig. ¿Había ahí una especie de predestinación?
Claro, aunque hablar ahora, a toro pasado, es fácil, pero en aquel momento sí es verdad que los libros de Zweig que yo podía entender, como sus Momentos estelares de la humanidad, que me fascinó, y luego la biografía de María Antonieta, me marcaron muchísimo, aunque también leía otras cosas, como es lógico. Pero me mostraron que era posible escribir o explicar una existencia de un modo comprensible y ameno. Al principio de mi último libro, El saber biográfico, hago referencia a que yo he crecido y madurado lentamente, me ha costado entender qué es y qué no es la vida, cómo vivir, qué se puede esperar de ella. Las biografías sirven como aprendizaje, pudiendo acceder a tantas formas de entenderla e interpretarla. Si ahora tuviera que responder a la pregunta de cómo vivir diría que se resuelve en la práctica tomando decisiones, la mejor que se pueda en cada momento.
¿Por qué dice que ha madurado lentamente?
Hay personas que tienen las cosas muy claras muy pronto: aquello que quieren y lo que no. A mí me ha costado más saberlo porque mi curiosidad de joven era infinita y la inseguridad también. Por ejemplo, me costó mucho decidirme entre ciencias o letras, hasta el último momento no me decidí. Después, cuando ya estaba matriculada en Filosofía y Letras empecé Derecho y me gustó mucho al principio, tiene asignaturas preciosas, después con el Derecho Administrativo la cosa se puso más seria y en cuarto lo dejé. Lo mismo me ocurría con la política. Admiraba mucho a los compañeros de universidad que lideraban las asambleas y las manifestaciones, admiraba aquellas convicciones tan firmes. Aunque yo he sido siempre muy de sentir admiración por mucha gente. Me gusta sentirme envuelta por algo que considero superior, funciona como estímulo.
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No conocía a Anna y me ha parecido una persona sumamente cabal, culta e inteligente. Aunque discrepe en alguno de sus argumentos, personas como ella son más necesarias ahora que nunca.
Creo sinceramente que alguien como Anna podría ser una excelente directora del Instituto Cervantes.
Qué maravilla son las entrevista largas, con ese flujo del pensamiento y el hilado de la conversación como un río con afluentes. Y esas frases de Caballé, que conjugan la sensibilidad y el vigor, siempre admirable.
imbricar las reflexiones de Anna Caballé en el expositorio de Ana Rosa Gómez Rosal, leído inmediatamente antes, ha sido un bálsamo reconfortante al fermento de pesadumbre inconfortable, que derivaban en mala leche mis lágrimas masculinas. Gracias, Anna.
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