
Que la voz de los españoles falta en el debate filosófico internacional, con todas las excepciones que se quiera, no es algo discutible, sino una realidad tan sorprendente que lleva a indagar sus causas e imaginar remedios. Tómese aquí el término «filosófico» en su máxima amplitud, para abarcar aquellas disciplinas humanísticas y sociales cuyos datos puros necesitan de una interpretación discursiva, fundamentada en un marco teórico con pretensión de validez general, que suscita reacciones y controversias. En la mayoría de estos campos del saber, otras tradiciones culturales, anglosajona, francesa, alemana e italiana por lo menos, teorizan en su jerga desde hace mucho tiempo con enorme ventaja sobre nosotros, una distancia más grande incluso de lo que cabría esperar si nos comparamos con ellos en otras magnitudes. Pues nuestra flagrante ausencia en aquellas conversaciones filosóficas que rebasan fronteras contrasta con la notable representación española a escala mundial, bastante por encima de nuestro tamaño político y económico, en las artes, la literatura, e incluso en no pocas ciencias y técnicas aplicadas.
Esta intrigante paradoja tiene diversas causas, muchas de ellas fácilmente intuibles y estudiadas hasta la saciedad: el aislamiento político en nuestro siglo XIX y buena parte del XX, nuestra relación conflictiva con la modernidad (en expresión de Javier Gomá), el error de tantos intelectuales afrancesados en la guerra de la Independencia, el exilio de tantos otros en la guerra civil, el predominio de las universidades anglosajonas hoy y de las alemanas ayer, el prestigio entre nuestras élites del derecho y la ingeniería frente al que en otros países gozan las letras y la filosofía. Otros factores quizá provienen de inercias anteriores que arrancan de nuestros Siglos de Oro, sin necesidad de aferrarse a los manidos tópicos sobre la Inquisición: se mire por donde se mire, la pluralidad religiosa que hace coexistir a católicos, protestantes y judíos es un ambiente más fértil para la discusión filosófica que el creado por la Contrarreforma.
Quiero detenerme, gracias a la amable invitación de esta revista a considerar la cuestión, en algunos factores lingüísticos que acompañan esta historia, triste, sí, pero que esta vez, como veremos, no tiene por qué terminar mal. La tesis de partida es que toda discusión necesita y al mismo tiempo crea un cierto registro de lengua compartido, y el aislamiento de la especulación filosófica española redunda en un lenguaje diferente de la koiné que rige la conversación filosófica europea desde hace siglos. Esta lengua común de especulación y reflexión se genera poco a poco, en buena parte merced a las traducciones de los textos bíblicos y clásicos, que posibilitan la creación de un registro vernáculo paralelo al latino y en diálogo con éste. Y en este largo proceso la participación de otros países europeos ha sido históricamente mucho más enjundiosa y entusiasta que la nuestra.
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