
El pensamiento para los antiguos se caracterizaba por un suave movimiento circular. Se procesaba entre una música silenciosa a través de un engranaje con forma de meandro. Cabe empezar aquí por preguntarnos cómo se mueve nuestro pensamiento hoy y a qué ritmo lo hace. ¿Hay alguna figura que sirva para ejemplificarlo? La forma en que pensamos por estos lares no parece responder a una geometría euclidiana —la inspiración geométrica facilita el pensamiento, como quería Ramón Llull, con figuras simbólicas—, pero tampoco resuena musicalmente con armonía jónica o con algún leitmotiv wagneriano —si pensamos en Grecia o Alemania— o con un frenético indio ritmo de tabla: la sinfonía que compone no viene de las esferas y semeja a una geometría variable y de disonancias que tiende a la fanfarria fragmentaria. Hoy seguramente nos haya tocado pensar a un ritmo importado, en ecos imitativos, figuras disgregadas o invertebradas en destellos sin uniformidad ni escuelas que amalgamen. Y, por supuesto, con muy escaso influjo exterior, que tratamos en vano de explicar.
¿Cómo se piensa aquí? Comúnmente ¿tejemos las ideas en el plano formal sobre modelos? ¿Se nos entiende el pensar complejo y variable? ¿Cómo analizar la forma antes del contenido? Si tuviéramos estructuralistas o morfólogos podría indagarse si existen algunas pautas o unidades mínimas de pensamiento que fueran encajando unas con otras, si hay una cierta sintaxis con sus reglas y períodos. ¿Puede que siga procesos diferentes a otros lugares? ¿Es un pensamiento de yuxtaposición o síncopa que rehúye la concatenación? ¿Acaso es menos traducible? Otra posibilidad, se me antoja, sería figurarnos nuestro pensamiento como un uróboro que se devora a sí mismo o llega al mismo punto de partida. ¿Por qué este pensar apenas tiene recorrido más allá de su origen? ¿Es autoinmune? Y eso suponiendo que exista un pensamiento propiamente hispánico, que no sea un mito. Tal vez lo más específicamente hispano en la historia de la filosofía se haya movido anárquicamente entre el misticismo y el escepticismo, entre el barroquismo y el nihilismo.
En todo caso, resulta evidente la incuria de las grandes culturas europeas ante el pensamiento hispano actual, con honrosas excepciones. Otra cosa fue antaño, ya desde el medievo (como el citado Llull), cuando fue frontera del conocimiento entre lenguas y culturas, clásicas, orientales y vernáculas. Y luego, en la edad de oro o, en algunos casos, en la de plata, cuando se alabaron algunos de sus desarrollos —desde la mística al pesimismo existencial— que, en lo moderno, seguramente sean los más soslayados. Es fama que, desde finales del siglo XVIII, y sobre todo durante el XIX, lo que se pensaba en España se fue separando progresivamente de las corrientes globales, de las que recibió retazos. Desde entonces, la centralidad europea (Francia, Alemania, Italia) fue volviendo la espalda al pensamiento hispano, y viceversa. Acaso nos sentimos entonces periferia y se profundizó en un proceso unas veces autorreferencial y otras imitativo, siempre entre la nostalgia de la superioridad y una baja autoestima. Posteriormente, como es sabido, el centro se trasladó al mundo anglosajón —primero Inglaterra, luego EE.UU.— y lo que era una conversación científico-filosófica multipolar y multilingüe acabó en el imperio absoluto del ensayo en la koiné inglesa.
Y así llegamos a la querella de hoy: la sonrojante falta de eco de nuestro pensamiento en el mundo, la carencia casi absoluta de traducciones a otras lenguas de nuestros ensayistas —incluso de los más respetados o representativos hoy— frente a lo que ocurre en otras culturas académicas. La omnipresencia del inglés en nuestro mercado editorial de ensayo es apabullante: en una avalancha de novedades incesante, se atiende cualquier profesor anglosajón que cuente con una campaña de prensa medianamente buena en su país. Luego, casi inmediatamente, se compra y se traduce aquí, aunque sean mayoritariamente propuestas de baja calidad. Pero es que se traduce también ensayo italiano, alemán o francés, que tienen un cierto “mercado” para el pensamiento, la historia, la ciencia o las humanidades. El ensayo italiano, por compararnos con un país meridional, tiene una notable recepción internacional.
Entonces, ¿por qué no se traduce lo que investigamos? ¿Es que no interesa lo que pensamos o cómo pensamos? Claro que hay muchas excepciones –no sé si contar lo que se escribe aquí en inglés– que muestran ecos de la investigación española en humanidades, especialmente historia, filosofía o filología. Pero ¿qué ocurre con el público culto general del ensayo humanístico o filosófico en un plano global? ¿Hispanum est, non legitur? No sabemos si es un problema de forma o de contenido, o acaso una combinación de ambas cosas con una desidia global (por negarnos a conjuras “negrolegendarias”). La verdad es que no damos con respuestas fáciles a estas y otras cuestiones que han preocupado a los participantes en esta querella desde una polifonía de aproximaciones. Viene a la memoria el viejo debate en torno a la especificidad hispánica, que acaso se dé sobre todo en términos mitológicos. Puede que haya varias ideas motrices que hacen oscilar pendularmente la historia mítica de las ideas en España y que se mueven entre varios esquemas muy conocidos en la narrativa patrimonial. Algunos hablan del declive inexorable, desde un paraíso primordial, otros de la pugna arquetípica entre ortodoxia y heterodoxia, esencialismo y regeneracionismo, entre otros diversos patrones que incluyen conceptos esenciales aun para nuestro debate actual, como el atraso secular, el oscurantismo, la influencia de la iglesia, la inquisición, la monarquía, el caciquismo, etc. Pero todos estos mitos hispánicos tan arraigados y unívocos, que he tratado en otro lugar[1], tampoco son capaces de aclarar el panorama.
Volviendo a esta querella, lo cierto es que el pensamiento hispano no ha podido generar en los últimos tiempos —salvo, insisto, muy honrosas excepciones— cierta tracción en el plano internacional que fuera equivalente a otros países comparables (sobre la universidad española y su sorprendente irrelevancia global se podría hablar otro día). Tradicionalmente aquí se han imitado, en los últimos trescientos años, las revoluciones del pensamiento que venían del extranjero, primero francés, luego alemán y ahora, huelga decir, casi exclusivamente anglosajón. Pero quizá, históricamente, no hemos elegido del todo bien los modelos. En el caso del siglo XIX, cuando la filosofía fascinaba con nuevas corrientes que desembocarían en Nietzsche —con lecturas algo tardías e indirectas en España— se prefería apostar por Krause, eligiendo acaso un pensamiento más tamizado, en un crepúsculo de los ídolos frente a los semidioses emergentes. O se puede hablar de las imitaciones del existencialismo y la fenomenología en el siglo XX, en la obsesión posterior por la filosofía analítica y en el anhelo constante por estar al tanto de las interpretaciones de último momento que vienen ahora de Estados Unidos.
Es que el imperio es el siempre centro del poder, pero, en cuanto al pensamiento, hay que preguntarse si no muchas veces no forma ídolos de barro frente a los grandes dioses del pasado. En esto se diría que solo hemos hecho sucedáneos y que, últimamente, las copias parecen incluso más desvaídas. Han ido perdiendo color y forma. Cuenta Porfirio una anécdota de la Vida de Plotino: el maestro se negaba a posar para el retrato que le pedían sus alumnos. Coherente con su creencia de que nuestro mundo es una mala mímesis del mundo de las ideas, no entendía el interés en un retrato de su cuerpo, que no era sino “una copia de una copia” (eidolon eidolou). Con disculpas por la brocha gorda, a veces el pensamiento imperante hoy en EE. UU. —que se copia con entusiasmo— no parece sino, básicamente, un sucedáneo de las corrientes diversas europeas de la segunda mitad del siglo XX. No es de extrañar que el público lector internacional prefiera los originales (o por lo menos el primer sucedáneo) a los ecos que reverberan por aquí. Conque si nos ponemos platónicos, o acaso neoplatónicos, puede que no estemos haciendo otra cosa que ofrecer una anquilosada imitación de una imitación. Salvo, de nuevo, en notables excepciones.
De esos polvos, desde entonces, estos lodos lentos y espesos, que no permiten un pensamiento fresco y original. Si nos limitamos a hacer la copia de la copia no obtendremos, como quería Ortega, una filosofía original que no sea mera theoria recepta. Ya sabemos los problemas de una filosofía recibida, que se extirpa del fondo vital de las ideas. Apliquemos ahora su crítica al escolasticismo a las imitaciones actuales, de tercera mano, que transfieren conceptos e ideas pensadas en inglés en el centro actual del poder, predeterminando, con calcos nada banales, forma y contenido. Entonces puede que esta sea una querella de los ídolos, esta vez filosóficos, que tras muchas copias ya quedaron descoloridos —si fueran esperpentos, diríamos que deformados—, y el crepúsculo de un ensayo, el español, que quizá ha asumido de forma poco crítica lo que le venía de las corrientes a la moda —ahora de lo anglosajón— y que ha perpetuado aquello de “que piensen ellos”. Este seguidismo, en forma de “efecto agenda”, se ha fomentado también desde los poderes públicos, concediendo clara preferencia a proyectos de investigación con financiación pública, plazas de profesorado o de investigador, a todo aquel que invocara los temas claves (las key words casi como ensalmos o palabras mágicas); es decir, a quienes hicieran repicar las campanas ya archisabidas de los grandes lemas que, indefectiblemente, nos invaden desde los EE. UU. como “retos de la I+D” para las humanidades del siglo XXI, pero que, en realidad, responden a una agenda muy particular, interesada y parcial. El aluvión de conceptos que se transmite desde la jerga académica de las ciencias sociales al espacio público —con empoderamientos, emprendimientos, resiliencias, visibilizaciones, puestas en valor y demás fraseología imitativa— nos es bien conocido a los profesores en unos proyectos de i+D que confiesan ser “de investigación orientada”. Pero ¿por quién? ¿Hacia dónde? Quizá nos estén señalando la dirección estupendos laboratorios de investigación en ciencias sociales o humanidades, californianos o neoyorquinos, al dictado de la economía y la tecnología —todo pasa por el filtro de algoritmos, grandes plataformas y corporaciones— que moldean, ahora más que nunca, el discurso tanto académico como sociopolítico.
La falta de pensamiento libre, original y autónomo es, entonces, el problema urgente que evidencia la dependencia de esquemas ajenos. Últimamente ha estudiado parte de esta situación Juan Luis Conde[2], a la sazón especialista en el uso propagandístico de las ideas en la Roma antigua: los calcos no solo de lengua sino sobre todo de conceptos y de pensamiento de los que somos dependientes de todo lo inglés son clamorosos, hasta el punto de que define ese mecanismo como “conocimiento franquiciado”, con el conocido esquema comercial popularizado por las cadenas de hamburgueserías en todo el mundo. ¿Se puede aplicar a esta querella de los ídolos la consideración de este servil franquiciado de ideas? Si consideramos la investigación y la universidad actuales, vemos que siguen estas pautas por necesidad y supervivencia. La experiencia personal de quien suscribe, en visitas a conferencias o congresos internacionales, sirve para constatar que una abrumadora mayoría de las propuestas versan sobre los mismos temas, que realmente tendrían una importancia muy relativa en un contexto diferente, o usan la misma metodología, que viene impuesta por la gran ideología del mercado de ese gran bazar de actual de la diversidad capitalista y académica que son los EE.UU. Cada área de conocimiento es testigo, en especialidades que indefectiblemente abordan los mismos temas y de las mismas maneras, con los mismos tópicos acuñados por laboratorios de ideas que operan en otro lugar, en una agenda totalmente angloparlante y anglopensante que nos ha hecho demasiado dependientes de ese ámbito, empezando por la obsesión por la lengua en la que todos preferimos publicar o hablar en congresos para que nuestro trabajo tenga mayor difusión (hermosa lengua, por supuesto, pero, ¿de verdad es preciso pensar en ella?). Como se decía, la que se dice “investigación orientada” se nos antoja interesada y representa seguramente todo lo contrario de lo que debería nutrir un pensamiento autónomo.
Por supuesto que tenemos que imitar —Aristóteles habla de la mímesis como base del aprendizaje y connatural al hombre— pero es fundamental elegir modelos sólidos —de la mala mímesis nos advierte Platón— y ser conscientes de las motivaciones que hay detrás de lo que seguimos. Quizá no esté de moda esta idea, pero la mímesis puede estar en la base de esta querella, la elección de una escuela del pensamiento. También la antigua retórica, de Demóstenes o Quintiliano, aconsejaba como algo esencial —tras aprender las reglas básicas del arte y antes de intentar ponerlas en práctica— la elección de los buenos modelos para imitar. Si elegimos mal, optamos por sucedáneos —copias de copias— o imitamos sin conciencia de la agenda de nuestros modelos, es claro que no produciremos nada apreciable y que pocos querrán leerlo o traducirlo, pues aporta muy poco.
No sé si esto influye en la falta de ecos de nuestro pensamiento. Tal vez en etapas anteriores tuvo influencia por centrarse en sus particularidades —místicas o escépticas— o por dialogar con los clásicos grecolatinos y orientales. O sea que, si se quiere crear algo medianamente original, puede que la pugna arquetípica deba ser con los titanes del pasado, no con los posteriores mediadores desvaídos. Una idea preliminar, entonces, podría reformular esta querella española en términos casi míticos o cosmogónicos —por hablar del incipit—, proponiendo mirar de nuevo al corazón del pensamiento, a Grecia y Roma, a Bizancio y al islam, al judaísmo y a las tradiciones orientales. En definitiva, quizá convenga mirar a los olímpicos de la cultura, en vez de los diosecillos del día, de la publicidad o del tecnomercado —con sus pies de barro y su mercancía rápidamente perecedera— desde una lengua y una cultura propias y de peso que, cuando han sabido pensarse, elegir modelos, mirar a su centro y salir de sí mismas, han tenido esa originalidad clave que marca la cesura de las edades, los géneros, las ideas y las formas. Naturalmente que resuena aquí el eco medieval o renacentista de la escuela de Toledo o de Salamanca, y luego las corrientes que, desde Cervantes, Gracián o Calderón —que acuñaron ideas clave que se difundirían en la docta Europa—, hasta Unamuno, Ortega o Sánchez Ferlosio, mostraron caminos innovadores y que despiertan interés más allá de los tópicos. Si no, es difícil que fructifique algo, si se anula y se cercena lo más original que tenemos, si se insta a perseguir sombras o reflejos de reflejos.
No sé si hay respuesta a la querella, pero quizá podamos comenzar por atrevernos a hacer “lo de siempre”, en una dialéctica con los modelos y paradigmas de nuestros clásicos universales que nos permita esbozar un nuevo comienzo. Por lo pronto, podríamos cuestionar seriamente nuestra actual e inmediata dependencia de ese mercado de ideas que nos viene impuesto desde el centro imperial. Aunque es claro que habrá que dar respuesta a los debates que se planteen desde ahí, el repliegue hacia otros polos, desde nuestras periferias, en otras lenguas y tradiciones, seguramente facilitará un pensar en mayor libertad y unas propuestas que no dependan tanto de esas “orientaciones” previas, por no llamarlas sesgos, que nos vienen dadas. Para terminar, no nos hemos alejado tanto de la pregunta inicial por la especificidad del pensamiento español y de la cuestión más práctica de su carencia de eco en una conversación global dominada por otros intereses. Esta querella sobre el pensamiento (en) español empezó siendo mitológica y poliédrica, entre forma y contenido, geometría y teoría, y acaba con un tono musical algo más clásico y (neo)platónico, pero también reivindicativo, que va de lo uno a lo múltiple y de lo diverso a una sola idea motriz. ¿Por qué no volver a empezar, por una mímesis de otros modelos, una conversación multipolar con nuestros textos básicos, de oriente a occidente, contrastada por el tamiz de los siglos? Ahí están nuestros clásicos inevitables, también para vencerlos o subvertirlos. ¿Se puede convertir esta querella española, una vez más, en una querella de los antiguos y los modernos?
[1] Pequeña historia mítica de España: mitos, figuras y arquetipos. Madrid, Alianza 2024.
[2] Véase, por ejemplo, «No descuide sus pertenencias: comunidad lingüística y conocimiento franquiciado» Revista Stultifera, 1.3 (2020), 17-40 (https://doi.org/10.4206/rev.stultifera.2020.v3n1-02) o «Reto y retórica: el concepto de Franquicia Léxica», Revista Española de Retórica, 1 (2024) 112-26, (https://doi.org/10.25115/reret.vi1.9601)
David Hernández de la Fuente (Madrid, 1974) es escritor, crítico, traductor y catedrático de filología griega en la Universidad Complutense. Autor de diversos ensayos sobre literatura, filosofía y mitología clásica, entre los cuales destacan últimamente El hilo de oro: los clásicos en el laberinto de hoy (2021) y 100 fragmentos del mundo clásico (2024). Como autor de narrativa, ha recibido diversos galardones con novelas como Continental (2007) o A cubierto (2010). En su faceta de traductor ha publicado últimamente las Meditaciones de Marco Aurelio y el Manual de Epicteto.
Ensayistas, filósofos, historiadores e intelectuales abordan uno de los grandes enigmas de la cultura española: el motivo por el cual permanece apartada del fecundo diálogo de los pensadores europeos.
- «Un terco y doloso complejo», por Basilio Baltasar.
- «La lengua de Ortega y Gasset», por Víctor Gómez Pin.
- «Sin asiento en la Gran Jerga», por Miguel Herrero de Jáuregui.
- «Debilidad y fortaleza de la filosofía en España», por Norbert Bilbeny.
- «Por qué no existe la «Spanish Theory»», por Antonio Valdecantos.
- «Pensar no es cualquier cosa», por José Enrique Ruiz—Domènec.
- «Un asunto delicado», por Anna Caballé.
- «Una cultura que se desprecia a sí misma», por Ignacio Gómez de Liaño.
- «Una cuestión de fe», por Ana Rosa Gómez Rosal.
- «Las voces de las diversas periferias», por Sonia Contera.
- «Las dimensiones ocultas y el lado oscuro de la ciencia en España (que inventen ellos)», por Juan José Gómez Cadenas.
- «La obstinada singularidad ibérica», por Carlos Collado Seidel.
- «En las orillas del Sena», por Almudena Blasco Vallés.
- «La España de la insignificancia tecnológica», por Pablo Artal.
- «La excepción baladí», por Jorge Freire.
- «La periferia del imperio», por Raffaele Simone.
- «La quimera del oro: museo y campus universitarios», por Enric Bou.
- «¡Pinchemos la burbuja del español!», por David Fernández Vítores.
- «Complejo y melancolía quijotesca», por Carlos Varona Narvión.
- «A vueltas con la filosofía española y la filosofía en español», por Carlos M. Madrid Casado.
- «Trilogía sobre transferencias culturales desde Estados Unidos a España» por José María Castañé Ortega
- «La querella de los ídolos» por David Hernández de la Fuente
Réplicas a La querella española
- «Filosofía española por el mundo», por David Teira.
- «La situación actual de la filosofía española en el contexto internacional», por Antonio Diéguez.










Es divertido, porque el artículo en sí ejemplifica una de las causas de la irrelevancia del pensamiento en español en el mundo. El artículo es intraducible al inglés. Hay cuatro ideas y mucha retórica que, traducida para ser entendida por un público amplio, sería incomprensible para un lector internacional. Si destilas la prosa y las referencias para apoyarse en el criterio de autoridad y ofrecer pinceladas cultas, esto se queda en dos párrafos.
Usted mismo se retrata.
La irrelevancia del pensamiento «en español» empieza en el momento en el que se escribe «en español» pensando en la traducción al inglés.
La Academia francesa piensa en francés y escribe en francés; siempre han vivido de su «grandeur»; al contrario que España. Ya lo dice el dicho: solo hay una alucinación colectiva mayor que la Leyenda Negra Española, y es la Leyenda Rosa Francesa.
El conocimiento tecno-cientifífico apenas requiere de «retórica», y en la actualidad las traducciones son prácticamente automáticas; otra cosa muy diferente es el mundo de las Humanidades. El inglés es una lengua que no percibe la diferencia ontológica entre ser y estar; puede empezar por ahí, aunque quizá lo considere «retórica incompresible», usted mismo.
Que quede constancia: NO niego que el inglés sea la lengua franca de la actualidad; lo que critico es la obligatoriedad de publicación académica en inglés en España (ANECA).
El español es una lengua que entienden 800 Millones de personas, y por ello, la Academia Española debería actuar como lo hace la francesa.
¡Y Dios me libre de ser un afrancesado!
Un saludo.
Ay España, que has hecho de las America para abajo un calderón apagado de razas olvidadas. Pataleo porque me ha tocado al azar tu toque sonoro de zetas y jotas, sabiendo (y no queriendo) que si volviera a nacer eligiría otra vez tus cuerdas vocales abruptas y rrroncas, la de un precipicio profundo y sin fondo, como el seno de madre, o como el de dios más oscuro aun. Hay que ser pavo para elegir, dentro de tantas ofertas sonoras siempre el mismísimo viejo y usado español sin desinencias en mi caso.
Como hablante catalán, estás cosas me dan un puto lol de cojones.
Españoles llorando porqué no les hacen caso en su idioma, que pena, no?
PD: allende de los loles, la muerte de las carreras de humanidades y el traqueteo constante que solo importa producir y ganar muchos dineros, creo que también ha ayudado a todo esto. Hay poca gente que piense, la poca que hay cobra casi nada. Normal que vayan a pastar a otros campos.
Un poco como pedirle a un dibujante español que trabaja para Marvel/DC/Europa/Japón que publique directamente en España. ¿Para qué? ¿Para morirse de hambre?
No hay héroes ni pensadores porqué lo capitalista se lo ha comido todo.
Supongo que solo queda esperar que China arrase con todo y comience otra construcción social más o menos distinta/igual
No sé si usted es «hablante catalán» y se considera español o catalanista frustrado que se ve obligado a comunicarse en español (en este foro y fuera de su terruño).
Si hablamos de «llorerías»; son precisamente los catalanistas (que no catalanes en su conjunto, repito) los que andan llorando a la UE para traducir textos oficiales al catalán o a Netflix para subtitular las películas y series al catalán (todo vía el chantaje a España, que duda cabe…).
Hace tiempo que el «lol» de los catalanistas, que castigan a niños en los recreos que hablan en español y multan a los autónomos que rotulan en la lengua de Cervantes, ya no hace tanta gracia como los chiringuitos lingüísticos del extremeñú, el andalú, el bable o el cantabrú…
Tiene usted razón, esperemos que la realidad se imponga y venga China a poner un poco de orden en este entuerto.
Mientras tanto:
¡Valle de Arán Libre y Viva el Aranés!
El hablante del catalán, por hablar en catalán, no piensa a escala imperial, para eso hay que hablar y pensar en español, que es de lo que va la cosa y el artículo, de choque entre imperios y lenguas imperiales, universales. Pero el hablante de catalán, al no darle la talla ni la escala su pequeño idioma, se queda con lo particular de una risa que no entiende de lo universal.