
«Voy a salir de la sala. Estaré observando tus reacciones tras el cristal. Déjate llevar por lo que sientas o te ordene tu cerebro al ver las imágenes». Poco después, el científico cierra la puerta y el paciente 19 se queda a oscuras. En unos instantes, comenzará una sucesión de imágenes de contenido sexual que irá in crescendo hasta mostrar las escenas más salvajes del cine pornográfico. Con una salvedad: solo sexo heterosexual. Cuando la pantalla se enciende, el joven, rodeado de cables en la cabeza y con un implante de electrodos de acero inoxidable con aislamiento de teflón en la región septal del cerebro, no puede dejar de preguntarse, ¿cómo demonios he llegado hasta aquí?
La escena en cuestión ocurrió en una época donde la ciencia experimentaba con los límites de la ética, sin embargo, había algo mucho más profundo y poderoso tras el trabajo que se inició en aquel laboratorio. Estaba en juego demostrar al mundo entero que el placer más imposible e indescriptible, aquel capaz de aunar el gusto, el deleite, la satisfacción más suprema y el regocijo más indescriptible, no necesitaba de químicos ni de libido, tan solo de un dedo que fuera capaz de apretar el botón de la felicidad. Una descarga de electricidad que iba a recorrer en milésimas de segundo los resortes del organismo hasta llegar directamente al centro de recompensa del cerebro y, llegado el caso, a un clímax que escapa a la razón.
Lo más curioso de toda esta historia es que esa caja de pandora de la búsqueda del placer, ese «botón» de la felicidad sin necesidad de aditivos, existe desde entonces, pero está guardado con llave en el conjunto de experimentos que, al menos por ahora, no conviene sacar. Al fin y al cabo, un poder semejante tiene el cariz de cambiarlo absolutamente todo.
Y como tantas veces, los acontecimientos surgieron de forma accidental.
El descubrimiento de la recompensa
En 1936, la pareja formada por Erna y Frederic Gibbs informaron que la estimulación eléctrica de gatos despiertos podría provocar ronroneos. Después de probar centenares de sitios en todo el cerebro, dicha respuesta ocurrió solo en tres, todos en el hipotálamo lateral posterior. Una década más tarde, el fisiólogo suizo Walter R. Hess exploró las mismas áreas del cerebro utilizando estimulación eléctrica focal en gatos despiertos, un esfuerzo que contribuyó a que ganara el Premio Nobel en 1949.
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