Música

Frédéric Chopin o el genio de la expresión 

Chopin tocando frente a la familia aristocrática de los Radziwiłł, de Henryk Siemiradzki.
Chopin tocando frente a la familia aristocrática de los Radziwiłł, de Henryk Siemiradzki.

Los elogios se renuevan. Van pasando los Zeitgeist y la visión del genio mejora, en juicios compartidos por la crítica, el público y por quienes no tienen ni idea de música clásica, debilitados tras la repetida escucha del nocturno. En la historia, no hay nadie que pueda gozar de la popularidad en los tres mundos, ni siquiera Mozart, su gran ídolo, el modelo a seguir frente a la encrucijada idealista beethoveniana. Y es que Chopin prefiere escalar el muro de la melodía infinita mozartiana, atrapado con divino gusto en las alturas de su propia belleza. Frente a él, la pretendida música seria sigue el camino trazado por Beethoven y Hegel de la conquista humana en el periplo horizontal. El espíritu absoluto aparece fugazmente, mientras del encierro en la intimidad de la torre de marfil se escapan los primeros rayos del diamante extremo de la simplicidad. 

Melodía versus armonía, éxtasis versus lucha: verticalidad exquisita cuyo payback temprano fue su encierro en el salón, en el desliz de la lágrima, en enfermedades románticas, en los brotes femeninos de un hombre indomable, un hombre contradictorio, muy difícil de definir dentro los parámetros del movimiento romántico de la primera mitad del siglo XIX. Porque para Chopin no había nada más mezquino que las fantásticas efusiones aforísticas de un Schumann, o las florituras rimbombantes del Liszt virtuoso, contemporáneos ambos y los mejores transmisores de la música del polaco. Fue Schumann, en su calidad de crítico musical más influyente de Alemania, quien escribió en el Allgemeine Musikalische Zeitung de diciembre de 1831, a propósito de las Variaciones «Là ci darem la mano» op.2:  «Me quito el sombrero caballeros, un genio». Más tarde, en 1838, Schumann dedicó a Chopin una de sus obras maestras, la Kreisleriana op.16. Al recibirla, Chopin se limitó a hablar favorablemente del diseño en la portada, sin ni siquiera abrir la partitura. Con Liszt la historia era distinta, aunque los mismos tintes de desprecio se hacían visibles en términos de técnica pianística. Es cierto que Chopin envidiaba la manera de Liszt de ejecutar sus dos cuadernos de Estudios, « ¡ojalá pudiera robarle su forma de tocarlos», pero cuando el húngaro —que por cierto fue quien le presento al último amor de su vida, George Sand— interpretó uno de sus nocturnos en público, añadiéndole ornamentos y florituras, Chopin dictó sentencia: «mantened a ese cerdo fuera de mi jardín». 

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