
«08.49 pm: Somewhere in the Twentieth Century».
Calificar Brazil de ciencia ficción esarriesgado. Es quedarse corto, demasiado corto. De poder clasificarse, sería más exacto decir que esta película pertenece al género del delirio. En mayúsculas, en todos los sentidos y sin intención peyorativa alguna. Es un Frankenstein surrealista, un monstruo formado por fragmentos de mucha spelículas que acabó convertido en película de culto. Y mucha culpa de esto la tuvo la Universal Pictures. El montaje no es más que la última fase de escritura de una película. Eso lo sabía Terry Gilliam y también la gente de Universal. No entendieron la película y, en cierto modo, se vieron reflejados en la absurda burocracia de la historia. Y se lió.
Amparados por una cláusula de minutaje en el contrato y a espaldas del director, realizaron un montaje alternativo con final feliz que aún puede verse en YouTube bajo el (pongan aquí el adjetivo que prefieran) título con el que pretendían rebautizar el filme: Love Conquers All.
Como cuenta el documental The Battle of Brazil, las posturas se recrudecieron y, al igual que le ocurrió al personaje de De Niro, la película quedó atrapada bajo una montaña de papeleo que detuvo indefinidamente la fecha de estreno. Gilliam, sabedor de que era imposible luchar contra ellos en el frente legal, se llevó la pelea a la arena pública e incluso estrenó su versión de manera clandestina. El reconocimiento de muchos críticos, que veían la cinta como una clara candidata a mejor película en los Óscar, fue a la postre la medida de presión definitiva para que Universal pusiera punto final al secuestro.
Posteriormente solo consiguió la nominación a mejor guión original y se desplomó en taquilla, no llegando a cubrir costes con lo ingresado en territorio estadounidense. Excusa perfecta para un nuevo despropósito: sacar en VHS el montaje del estudio, algo que no fue subsanado hasta la versión DVD.
La historia en sí es un derroche de imaginación en el aspecto visual y argumental, denso en detalles y en referencias. Muestra de esto último es el título de este artículo, título felliniano provisional al que Gilliam tuvo que renunciar cuando se estrenó la versión cinematográfica de la novela de Orwell. En efecto, hay mucho de 1984 en Brazil, pero también de El proceso de Kafka. Y si uno se pone a buscar referencias cinematográficas la cosa se complica: El acorazado Potemkin, M, el vampiro de Düsseldorf, Tiempos modernos, Metrópolis, Casablanca, Kagemusha, El tercer hombre, El bueno, el feo y el malo… Al igual que pasaba en Doce monos, donde en casi todas las localizaciones se podía encontrar una televisión emitiendo imágenes de distinta naturaleza, la obsesión del departamento artístico —y más allá, pues las ramificaciones llegan al guion— son las tuberías, presentes en cada rincón, como si fuesen las venas y arterias de la sociedad. En el apartado sonoro, las mil y una variantes del «Aquarela do Brasil», repartidas a lo largo de todo el metraje, son las que finalmente dieron el nombre a la película. Y es que hay mucha disparidad en cuanto a la situación que inspiró historia. Algunas fuentes indican que Gilliam estaba en una mina claustrofóbica, una fábrica decadente o incluso en una playa con cielo encapotado. Es lo de menos. El punto en común es que allí había alguien escuchando esta canción, un tema alegre y sensual a partes iguales, creando un contraste tan fascinante que plantó la semilla en la mente del director. Y es que de esto trata Brazil, ni más ni menos. De alguien intentando ser feliz en un lugar donde es imposible conseguirlo. ¿Un futuro distópico? Codazo, codazo, guiño, guiño.









