
Viene de «Manual del escritor pulp español (1): Esquemas, seudónimos y supervivencia bajo censura»
Cuarta regla del manual: ser varios autores a la vez
Esta regla no tiene que ver con los seudónimos, sino más bien con reírse de sí mismo entre la precariedad, la sobreproducción y la necesidad de crear más y más. Muchos libros de Edward Goodman incluyen esta frase: «Traducción realizada por Eduardo de Guzmán». Como señala la profesora Noelia León Rubio, es el mismo juego que usa Cervantes en El Quijote o el de los heterónimos de Pessoa. Pero llevado al límite.
Eduardo de Guzmán fue Edward Goodman en las novelas del Oeste y Eddy Thorny en las policíacas. Dos transliteraciones al inglés de su nombre y del apodo con que le conocieron en su época de periodista. También fue Anthony Lancaster, un autor que lo mismo hacía al género de aventuras que al policíaco, pero que tuvo poco éxito comercial y dejó de escribir enseguida. En cambio tanto Richard Jackson como Charles G. Brown gozaron de éxito, buena salud, larga vida, y reportaron beneficios a su polifacético autor. Que continuaba siendo, detrás de todos ellos, el anarquista convencido de sus ideas: en sus novelas negras criticaba a la policía haciendo que los sheriffs o los agentes del FBI fueran los malos; o soltaba frases como «la ley no nace del que gobierna, sino de un pueblo que la reclama». Está en ¡No moriré solo!, una novela de Richard Jackson, cita que podría atribuirse, sin parecer apócrifa, a Kropotkin o a Bakunin.
Quinta regla: el negro no siempre es una opción
Ya he aludido a Marcial Lafuente y a su plétora de negros literarios para conseguir la escritura de tres mil novelas. El método Goodman demuestra que no es adecuado para entrar en el Libro Guinness de los Récords pero que puede ayudar a elevar extraordinariamente la productividad. Lo más singular es que su metodología no es muy distinta a la que emplean los modelos de lenguaje de las inteligencias artificiales generativas. Documentación exhaustiva, en el caso de Goodman con libros, periódicos y bibliotecas, en la IA con fuentes de internet; esquematización de la información en forma estructurada; un estilo que crea respuestas homogéneas, o novelas exactamente iguales en la forma pero distintas en el argumento. Hay una etapa de Stephen King, otro prolífico autor de novela popular, en que sus novelas parecen escritas con este método de estructura idéntica, y donde firma también con su pseudónimo Richard Bachman porque no estaba bien visto que el mismo escritor publicara dos libros en el mismo año. Christine, Cujo, Cementerio de animales y Misery tienen el mismo «andamiaje», término que emplea el rey del terror. También Goodman, obligado a cumplir plazos, estructuraba, esquematizaba, y creaba pautas narrativas y personajes estereotipados que se repetían, pero produciendo, como King para los lectores de su género, historias apasionantes.
Sexta regla: no te compliques la vida
El autor respetó siempre la tríada en sus novelas, héroe, chica y villano, más algún personaje secundario. Ello no le impidió triunfar, sus novelas pulp fueron traducidas y editadas en numerosos países, alcanzando éxito en italiano y francés, y sobre todo logrando reunir más lectores en América que en España. Según ha investigado la profesora Rubio, algunas universidades estadounidenses de prestigio tienen las obras de Edward Goodman entre sus referentes del pulp, y ello porque alcanzó el máximo estético dentro de la novela popular, incluso teniendo las grandes limitaciones en el lenguaje y estilo literario, pues no olvidemos que escribió para un público pobremente alfabetizado.
Séptima regla: aprovecha el oficio y hazte a todo
En los sesenta, cuando la difusión de la radio y la televisión hizo caer a la par la lectura de periódicos y de novelas pulp, Eduardo de Guzmán comenzó a redactar guiones cinematográficos y televisivos mientras continuaba su ingente producción pulp, que ya alcanzaba veinticinco novelas anuales (lo que equivale a unas siete novelas actuales de cualquier otro género). Necesitaba seguir comiendo, por lo que hizo guiones para películas de géneros que dominaba, como el wéstern, de los que salieron El hombre de la diligencia (1964, José María Elorrieta), pero también se animó a participar en aquella comedia española que comenzaba a triunfar y que llegaría al absurdo máximo en los años del destape. Pero ni en los Los Pedigüeños (1961) ni en Una isla con tomate (1962) de Tony Leblanc figuró su nombre, relegado al papel de negro literario.
En esa época creó un libro muy singular, Gangsterismo, una historia increíble, donde ficcionó la historia real del FBI, y las ocasiones en que detuvieron a criminales famosos. Por sus páginas desfilan los atracadores de bancos y enemigos públicos números uno John Dillinger y Baby face Nelson, o el secuestro más famoso del siglo XX, el del hijo mayor de Charles Lindbergh, primer piloto que cruzó el océano Atlántico en un vuelo sin escalas. Y lo hacen al modo del reportaje periodístico, porque Goodman creó un retrato veraz de cómo las mafias acaban adueñándose de las ciudades mediante la corrupción, creando en ellas un ambiente de terror. Como la Marbella actual, donde jóvenes sicarios suecos asesinan por un puñado de euros, porque la ciudad lleva en manos del narcotráfico desde los noventa.
Octava regla: nadie dijo que esto fuera para siempre
La suerte de Eduardo de Guzmán fue vivir lo suficiente como para ver el fin de la dictadura y la muerte de Franco, y por fin su rehabilitación como periodista y testigo excepcional de la guerra civil. Su investigación de los sucesos de Casas Viejas, que hizo junto a Ramón J. Sender, y publicó reunido con otras crónicas en La tragedia de Casas Viejas; la de la increíble figura de Hildegart Rodríguez Carballeira en Aurora de sangre; la trilogía de sus memorias sobre la guerra civil que ayudan a conocer el conflicto desde el sufrimiento y esfuerzo personal de los anarquistas y opositores a Franco, La muerte de la esperanza, El año de la victoria, y Nosotros los asesinos: memorias de la guerra de España; hacen de él un escritor imprescindible en la vertiente hispánica del género novela periodística, el cual se considera elevado a la literatura por Truman Capote en A sangre fría. Eduardo de Guzmán fue un precedente, truncado por la guerra, pero que alcanzó un cénit creativo en su trilogía de la década de 1970 sobre nuestro conflicto bélico. Debería ser leído por muchas razones, literarias, políticas y sociológicas. Especialmente ahora que el 21 % de los jóvenes españoles piensa que el franquismo fue bueno o muy bueno. La obsesión partidista española de aupar a unos escritores y degradar a otros, que ha castigado de manera especial a los autores anarquistas, y no digamos ya a quienes como Guzmán fueron autores de literatura popular, enmudece voces como la suya y nos resta esa parte del relato que nos da una visión conjunta y lúcida sobre nuestra realidad como país. Y aporta al hispanismo una figura relevante en el pulp, o novela popular.
Premio Internacional de Prensa en 1975, con su novela sobre Hildegart llevada al cine por Fernando Fernán Gómez, se aupó como autor de enorme éxito con Nosotros los asesinos, y fue nuevo colaborador periodístico asiduo en varios medios, reconocido como intelectual anarquista. El final de su vida es la del autor que abandona el manual pulp para ocupar el puesto de escritor literario y periodista. Aunque Goodman era literario también, el prejuicio de no considerarlo así es el mismo que niega el Nobel a Stephen King, aunque lo merecería por su impacto en la cultura contemporánea.
(Continúa aquí)








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Esperando la continuación. Ojalá se hable de la sci-fi y el pulp, y se mencione a Pascual Enguidanos (George H White). En cualquier caso, seguro que será muy interesante.
Gracias por acercarnos a estas personas tan interesantes.