
Este artículo es un adelanto de nuestra revista trimestral Jot Down #53 «Intimidad», ya disponible aquí.
«Por suerte la opinión pública todavía no se ha dado cuenta de que opina lo que quiere la opinión privada». (Quino)
Irimiás ya no vive aquí. Hace años abandonó la aldea y nadie lo espera de vuelta. Vació su casa, tapió la entrada y, al poco tiempo, se hundió parte del tejado y se cuelan palomas y otras aves que anidan entre las vigas abiertas. En esta parte del mundo solo éramos nosotros y no había espacio para el individuo, porque el individuo se había encomendado al Estado, y el Estado velaba por nosotros. Cuentan que, en otros lugares, es Dios quien vela por las personas, pero nosotros no creemos en Dios y, por tanto, dejamos de ser personas: solo éramos nosotros. Cada día nos levantábamos con el propósito que este Estado había provisto para cada uno. Como piezas de engranaje de la comuna rural, así como otros en una fábrica o en una ciudad, el Estado decidía qué oficio sería más útil para que todo tuviese sentido. Había una cierta belleza en saber que todos éramos necesarios, que la comunidad solo saldría adelante si cada uno cumplía con la función delegada, por penosa que fuese.
Pero un día el Estado que conocíamos desapareció y, con él, el sentido por el que nos levantábamos cada mañana. Las piezas del engranaje seguían girando sobre sí mismas, sin producir nada excepto el ruido de su propio desgaste. Cuando no hay nada más allá de la funcionalidad inmediata, el movimiento se vuelve circular, interminable, dantesco. Como los condenados del infierno, que caminan en círculos eternos sin llegar a ninguna parte, nosotros también girábamos en una danza macabra que confundíamos con progreso y se tornó en supervivencia.
Recuerdo noches en la aldea cuando nos reuníamos en la casa comunal y fingíamos que éramos felices. Bebíamos el brandy de frutas malo que destilábamos en los cobertizos, bailábamos las mismas danzas que habían bailado nuestros padres y nos contábamos unos a otros que esto era la solidaridad, la fraternidad, el futuro luminoso. Pero en los ojos de cada uno había algo que desmentía las palabras: una soledad tan profunda que no tenía nombre, porque nombrarla habría sido admitir que el individuo seguía existiendo, obstinado, irreductible, incluso después de haberlo entregado oficialmente al colectivo.
Irimiás lo entendió antes que el resto. Vio que la verdadera traición no era abandonar la comuna, sino permanecer en ella sabiendo que cada día te vaciabas un poco más de ti mismo. Que la comunidad perfecta era, en realidad, la muerte perfecta del individuo. Y que, sin individuos, sin esa chispa irreductible que nos hace únicos, lo que quedaba era un rebaño de fantasmas interpretando una coreografía sin coreógrafo. La intimidad era el último territorio por conquistar.
Una porción de nosotros se resistía a ser socializada y guardaba sus secretos como se guarda la última moneda en tiempos de hambruna. Los amantes se encontraban a escondidas, los que todavía leían libros antiguos los escondían en cajas de herramientas. Hasta los que rezaban —y había más de los que admitíamos— lo hacían en voz tan baja que ni ellos mismos estaban seguros de estar rezando. El doctor, que llegó de la ciudad y había visto mucho más mundo, fue el primero que se encerró en su casa. La Sra. Kraner, que acude una vez a la semana allí para limpiar y cocinar, dice que al doctor solo le interesa seguir la vida de los vecinos, a los que observa desde su ventana, anotando meticulosamente en sus cuadernos todo lo que acontece.
Dicen que Dios es una línea que se bifurca. No es una línea recta hacia la salvación ni un círculo de condena, sino una encrucijada perpetua donde cada elección importa precisamente porque no está predeterminada. Este Estado, en cambio, se cierra sobre sí mismo y llama a eso «el bien común». No hay bifurcación posible cuando todas las decisiones ya están tomadas, cuando el yo ha sido delegado tan completamente que ya no queda nada que pueda elegir. Pero Dios, decíamos, era un invento para controlar a las masas. ¿Y qué era el Estado sino otro invento para hacer exactamente lo mismo? Al menos Dios, en su versión más generosa, te prometía el libre albedrío. Te condenaba si elegías mal, sí, pero al menos te dejaba elegir. Este Estado ni siquiera confiaba en ti lo suficiente como para eso. Decidía por ti y luego te convencía de que esa decisión había sido tuya desde el principio.
La trascendencia —palabra que sonaba a superstición burguesa en boca de los comisarios— simplemente era la capacidad de ir más allá, de imaginar que existe algo fuera del círculo. Sin trascendencia, solo queda el nihilismo. Y el nihilismo es cómodo, no exige nada. Permite que te levantes cada mañana, cumplas con tu función y te acuestes cada noche sin preguntarte por qué. Es el anestésico perfecto para una vida que ha dejado de doler porque ha dejado de sentir. Por eso este Estado y el nihilismo se llevan tan bien: ambos prometen liberarte del peso de tener que decidir quién eres. La línea que se bifurca es aterradora porque implica responsabilidad. En cada bifurcación tienes que elegir, y cada elección es una renuncia a todos los otros caminos posibles. Es más fácil seguir una línea recta, o mejor aún, un círculo donde no hay que elegir nada porque siempre vuelves al mismo punto. Pero esa facilidad es la muerte del espíritu. Es cambiar la agonía de la libertad por la comodidad de la esclavitud voluntaria.
Pienso en Dante, que entendió mejor que nadie la topografía del castigo. Su infierno no es un lugar de tortura arbitraria, sino de justicia poética: cada pecador sufre una condena que refleja perfectamente su pecado. Los que en vida caminaron en círculos —los indecisos, los que nunca eligieron un bando— están condenados a perseguir eternamente un estandarte que nunca alcanzarán. ¿No éramos nosotros exactamente eso? Persiguiendo el fantasma del futuro radiante, corriendo en círculos alrededor de nuestra pequeña aldea, porque no hubo nunca ningún otro sitio al que llegar.
La trascendencia es la única salida del círculo. Es la capacidad de imaginar que existe algo fuera del sistema cerrado. Es lo que nos hace humanos en lugar de máquinas eficientes, de piezas de su engranaje. Y por eso los sistemas totalitarios, religiosos o seculares, la temen tanto. Porque una vez que trasciende, una persona se vuelve ingobernable. Puede obedecer por conveniencia, por miedo, por estrategia, pero nunca por completo. Siempre quedará una parte de ella que habita en otro lugar, en el espacio interior que ningún comisario puede requisar.
La intimidad es el último reducto de la trascendencia. Es donde guardamos lo que somos cuando nadie nos mira, cuando no tenemos que representar ningún papel en el gran teatro del bien común. Es el lugar donde podemos ser egoístas, mezquinos, generosos, santos, perversos —todo lo que constituye la complejidad irreductible de ser humano—. Y por eso debe ser protegida con más ferocidad que ninguna otra cosa.
Irimiás entendió que quedarse era perder esa intimidad. Que cada día en la comuna era un día más en el que su yo se disolvía en el nosotros, hasta que no quedara nada de él excepto una función: el que arregla tractores, el que lleva las cuentas, el que dice los discursos en las reuniones. Y decidió que prefería ser un traidor vivo que un miembro leal muerto.
La casa abandonada de Irimiás se convirtió en un símbolo involuntario. Las palomas que anidaban en las vigas rotas eran más libres que nosotros, que teníamos aún los techos intactos y las vidas planificadas. La pregunta que nadie hacía en voz alta era: ¿qué pasaría si todos nos fuéramos? Quizá algún día tengamos el valor de seguir sus pasos. Quizá algún día entendamos que la verdadera traición no es abandonar al colectivo, sino abandonarnos a nosotros mismos. Si la comuna se vaciara como la casa de Irimiás, si las vigas se desplomaran y dejaran entrar la lluvia, el viento y las aves, ¿sería eso el fracaso del sistema o su lógica conclusión? Porque un sistema que necesita tu renuncia al yo para funcionar es un sistema que, en el fondo, ya ha fracasado. Solo está esperando que alguien tenga el valor de señalarlo.
Cuando Irimiás se fue, algunos dijimos que era un cobarde. Otros, que era un traidor. Pero, en el fondo, todos sabíamos que era simplemente el primero en admitir que la aldea se había convertido en una cárcel demasiado pequeña incluso para las versiones diminutas de nosotros mismos que el sistema nos permitía ser. Se fue sin dramatismo, sin discursos de despedida, sin denuncias. Simplemente dejó de estar. Y su ausencia era más ruidosa que cualquier presencia. Pero yo sé que un día volverá, y se vengará de nosotros.







No creo que haya mucha gente a la que después de ver «Sátántangó», en el bastante improbable caso de que hayan conseguido terminar con ese alucinado engendro, le queden demasiadas ganas de hacer, ver o leer algo. Desde luego, no este artículo que vendría a ser como la puntilla para el toro.