
«Juro que acabo de ver en la tele a Finn meterse la mano por detrás del pantalón y después olérsela». (Estado de Facebook de un usuario del ídem)
«¡Qué gracia me hace tu amiga! Es tan pija… ¡si incluso habla como la Princesa Bultos!». (Conversación mantenida en la sobremesa agintonizada de una cena)
«Hoy les he explicado a mis alumnos qué es un ecosistema financiero con un ejemplo del capítulo aquel del ogro que huele mal, pero que si lo expulsan del pueblo vendrán los lobos y destrozarán las casitas». (Confesión de una profesora universitaria)
«Esto está lleno de tíos que se parecen a Paco Fiestas». (Frase cazada al vuelo en un festival de música).
Es posible que en la génesis de Hora de aventuras Pendleton Ward no se planteara que la serie fuera a desbordar su público natural (en principio, no deja de ser una ficción orientada a una audiencia infantil) para infiltrarse también en el imaginario colectivo de los adultos. Y no estamos hablando, precisamente, de padres sacrificados y/o enrollados que ven la tele con sus hijos y, a la fuerza, algo se les pega de lo que mira su prole. Estamos hablando de espectadores ya muy granaditos que miran la serie por voluntad propia, acaso como años atrás, en los años fumetas de su vida, se flipaban con los Teletubbies y un poco después se desternillaban con las ocurrencias naíf de Bob Esponja.
Las temporadas de Hora de aventuras tienen ese je ne sais quoi tan difícil de conseguir que la hace una serie que no entiende ni de targets ni de nichos ni de edades.
No se trata tampoco de una serie que, tan poblada como está de guerreros, princesas, reinos imaginarios, espadas y brujería, apele al recuerdo nostálgico de las partidas de Dragones y mazmorras que muchos de sus espectadores jugaron en sus años mozos y menos mozos. Lo de Hora de aventuras es más, ejem, proustiano. Es un mordisco a un polo de hielo de los que tintan la lengua y sacan de quicio a los nutricionistas.
Es un atracón de chucherías tras un asalto impulsivo a la tienda que hay enfrente del cine. Es la secreta, pero compartida, impresión de que la vida nos debe una piscina de bolas de un chiquipark a toda una generación. O dicho en otras palabras más estupendas: es la regresión a una niñez en la que los juegos no tenían normas o, si las tenían, se iban cambiando a placer y/o conveniencia; un estadio en el que los patrones narrativos aún no maniatan los relatos y cualquier cosa puede pasar: cualquier solución, por loca, extravagante, absurda o surrealista que parezca, es posible para resolver un conflicto. Hora de aventuras empezó como una serie para niños y terminó siendo una elegía luminosa sobre la amistad, el juego y la improbable cordura del mundo moderno.
Así son las cosas en la Tierra de Ooo, con reinos tan carismáticos como Chuchelandia, que recoge la herencia dulzona de Hansel y Gretel y Charlie y la fábrica de chocolate cien veces mejor que, por ejemplo, Rompe Ralph.
Santi Castillo, miembro del grupo Templeton y encargado de traducir y adaptar las canciones de esta serie de Cartoon Network (con jitazos tan míticos como «Bacon frito», «Una isla muy chachi», «Amor entre hielo» o «Desahucio»), asegura que lo que más le impresionó de Hora de aventuras fue «la naturalidad y la franqueza con la que los personajes se aproximaban a los asuntos de la vida de un niño. El asombroso mundo de Gumball, por ejemplo, es brillante. Me encanta. Pero cada vez que uno de los personajes que representa a un niño abre la boca puedes imaginarte al guionista adulto, frente a un ordenador, escribiendo los diálogos. Aquí no. Quiero decir: aquí no se nota. Parece todo directamente sacado del cerebro de un chaval. Esa espontaneidad es lo que más me deslumbró junto con la relación de amistad tan bonita y pura que tienen Finn y Jake. Además, muy pocas series de animación le han dado tanta importancia a la música como herramienta narrativa, y especialmente, cómica».
La música, pues, como tantas otras cosas en esta serie, parece que la esté improvisando un niño sobre la marcha. Ahí está el secreto de esta serie: que nunca parece que haya una estrategia detrás. Y si hay un plan, sin duda, es maestro.









Obra maestra
seamos sinceros, la serie se malvó a partir de cierto momento y cayó un poco víctima del lore que había creado y dejó de hacer gracia, de ser de aventuras y de ser naif.
pero, en cualquier caso…
bacon frito, bacon bacon frito, cojo bacon y lo frío un poquito
bacon frito, bacon bacon frito, bacon fritoooooooooo!
j
Sueño de amooooorrrr , de verdad me quiereeees… soy un cerdooo que vive en soledaaaaad