
Trevor-Roper era un joven historiador bien afincado en Oxford cuando los servicios de información del Ministerio de Asuntos Exteriores le pidieron que se hiciera cargo de la reconstrucción del fin de la cúpula nazi. Su extraordinario informe, después de concedidos los pertinentes permisos, ocasionó la publicación de The Last Days of Hitler, libro de información abrumadora e inteligencia detectivesca que habría de reportarle fama y una lluvia de millones en concepto de derechos de autor. También afiló su arrogancia y, de vuelta a Oxford, trepó fácilmente en la escala académica y en la social. Encargado de la Bodleian Library, luego de hacerse especialista sin comerlo ni beberlo en historia contemporánea aunque su especialidad era el Renacimiento (a pesar de que no sabía alemán, editó las directivas de guerra de Hitler y los diarios de Goebbels; nadie que escribiera sobre el periodo podía esperar su aquiescencia si el original no había pasado antes por su mesa, y multiplicó su fama por los palos que daba en la prensa a libros y autores que cometieran el menor desliz), después del patinazo de los Diarios de Hitler, del que ya hablaremos, que resquebrajaron su fama de imbatible a pesar de que no pasaron muchas horas entre el momento en que dijo «son auténticos» y la rueda de prensa en la que prácticamente, para espanto de los editores alemanes, se desdijo o al menos avisó de que había que tener mucha precaución y consultar a muchos peritos para no dejarse llevar por ninguna euforia, Trevor-Roper prefirió no salir más de Oxford y vivir de las rentas. Pero el patinazo ayudó a que muchos académicos le perdieran el respeto: todas las toses que hasta entonces no le habían dedicado a sus otros trabajos iban a sonar ahora. Por ejemplo, las que merecían su libro sobre el sinólogo Edmund Backhouse, personaje fascinante que fue de los primeros occidentales en instalarse en China y estudiar la historia y la cultura oriental a través de libros y ensayos que, a principios del siglo XX, tuvieron mucho éxito, sobre todo los que se dedicaban a examinar la dinastía Qing y su última emperatriz.
Backhouse murió sin que se cumpliera su voluntad de ver publicados dos tomos de memorias que había escrito, alejándose de su papel de historiador y convirtiéndose a sí mismo en resplandeciente personaje que de joven había tenido amistad íntima con Oscar Wilde, había vivido el fragor decadente de las noches simbolistas con Verlaine y, ya en China, había sido tan bien acogido en la corte de la emperatriz que acabó siendo su amante. Tuvo gran éxito con su China Under the Empress Dowager: Being the History of the Life and Times of Tzu Hsi, publicado en 1910 y firmado junto a J. O. P. Bland, con el subtítulo Compiled from State Papers and the Private Diary of the Comptroller of Her Household. En los años siguientes el libro, con casi una treintena de ilustraciones fotográficas, se reimprimió varias veces. Para su composición fue determinante que Backhouse encontrara el diario personal del juez más importante de la corte de la emperatriz.
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¿Esto lo ha escrito una IA? ¿Por qué se repite constantemente los mismos datos en cada párrafo?
Si lo hubiera escrito una IA habría sido más claro y ameno. Pero es verdad que no parece de Juan Bonilla.