Arte y Letras Los falsificadores

Los falsificadores (2): El sinólogo Edmund Backhouse

Sir Edmund Backhouse. (DP)
Sir Edmund Backhouse. (DP)

Trevor-Roper era un joven historiador bien afincado en Oxford cuando los servicios de información del Ministerio de Asuntos Exteriores le pidieron que se hiciera cargo de la reconstrucción del fin de la cúpula nazi. Su extraordinario informe, después de concedidos los pertinentes permisos, ocasionó la publicación de The Last Days of Hitler, libro de información abrumadora e inteligencia detectivesca que habría de reportarle fama y una lluvia de millones en concepto de derechos de autor. También afiló su arrogancia y, de vuelta a Oxford, trepó fácilmente en la escala académica y en la social. Encargado de la Bodleian Library, luego de hacerse especialista sin comerlo ni beberlo en historia contemporánea aunque su especialidad era el Renacimiento (a pesar de que no sabía alemán, editó las directivas de guerra de Hitler y los diarios de Goebbels; nadie que escribiera sobre el periodo podía esperar su aquiescencia si el original no había pasado antes por su mesa, y multiplicó su fama por los palos que daba en la prensa a libros y autores que cometieran el menor desliz), después del patinazo de los Diarios de Hitler, del que ya hablaremos, que resquebrajaron su fama de imbatible a pesar de que no pasaron muchas horas entre el momento en que dijo «son auténticos» y la rueda de prensa en la que prácticamente, para espanto de los editores alemanes, se desdijo o al menos avisó de que había que tener mucha precaución y consultar a muchos peritos para no dejarse llevar por ninguna euforia, Trevor-Roper prefirió no salir más de Oxford y vivir de las rentas. Pero el patinazo ayudó a que muchos académicos le perdieran el respeto: todas las toses que hasta entonces no le habían dedicado a sus otros trabajos iban a sonar ahora. Por ejemplo, las que merecían su libro sobre el sinólogo Edmund Backhouse, personaje fascinante que fue de los primeros occidentales en instalarse en China y estudiar la historia y la cultura oriental a través de libros y ensayos que, a principios del siglo XX, tuvieron mucho éxito, sobre todo los que se dedicaban a examinar la dinastía Qing y su última emperatriz.

Backhouse murió sin que se cumpliera su voluntad de ver publicados dos tomos de memorias que había escrito, alejándose de su papel de historiador y convirtiéndose a sí mismo en resplandeciente personaje que de joven había tenido amistad íntima con Oscar Wilde, había vivido el fragor decadente de las noches simbolistas con Verlaine y, ya en China, había sido tan bien acogido en la corte de la emperatriz que acabó siendo su amante. Tuvo gran éxito con su China Under the Empress Dowager: Being the History of the Life and Times of Tzu Hsi, publicado en 1910 y firmado junto a J. O. P. Bland, con el subtítulo Compiled from State Papers and the Private Diary of the Comptroller of Her Household. En los años siguientes el libro, con casi una treintena de ilustraciones fotográficas, se reimprimió varias veces. Para su composición fue determinante que Backhouse encontrara el diario personal del juez más importante de la corte de la emperatriz.

Eso al menos es lo que él contaba en sus memorias, Decadence Mandchoue, donde hay escenas de erotismo encendido y bisexual (la más famosa de las cuales nos presenta al historiador saliendo de un burdel de muchachos donde ha pasado horas de opio y plenitud, recorre con la mente aún llena de cohetería las calles que lo separan del palacio de la emperatriz, ve cómo se cuadran ante él los vigilantes de la cámara donde su amante duerme, entra en el dormitorio y sigue la fiesta erótica: de la sauna llena de muchachos pobres a la habitación más noble de China). Quizá quería apresurar la publicación de sus memorias no solo porque se estaba muriendo, sino para no dejar tiempo suficiente a los verificadores de la Oxford University Press que le pidieran pruebas de algunas de las cosas que contaba. Muchos de los personajes que aparecen en las memorias ya estaban muertos y no podrían ni corroborar ni desmentir lo que Backhouse cuenta, pero quizá Backhouse pudiera aportar algún testimonio que aplastara la sospecha de que se inventaba sus relaciones amorosas con Wilde o Verlaine, de las que en las correspondencias y obras de estos no quedaba huella, y desde luego ofreciese algún indicio de que ni exageraba ni se sacaba de la fantasía aquella larga relación con la emperatriz Qing. Ese verificador sería Trevor-Roper. Cuando se hace cargo de la Bodleian y se enfrenta a los dos tomos de memorias del sinólogo no los lee: les hace una autopsia. El resultado: en vez de publicar las memorias de Backhouse, siguiendo el deseo del sinólogo, decide publicar un libro propio sobre Backhouse y su capacidad de invención. Para ello utiliza sus memorias y las desmiente casi capítulo a capítulo. Siluetea así a un farsante mitómano y narcisista (y eso que el DSM por aquella época aún no tenía las novecientas páginas de males mentales que tiene hoy, solo ciento ochenta) que por alguna razón, antes de despedirse de la vida, trató de colocar en la casa más prestigiosa de Inglaterra, y por lo tanto del mundo, una sarta de invenciones que no había quien se tragara. Dado que todo el archivo Backhouse fue legado a la Bodleian, Trevor-Roper pudo husmear en los papeles privados del sinólogo y no se espantó; más bien podemos intuir que trabajó con una maligna sonrisa constante cruzándole el rostro cuando empezó a comprobar que en la mucha correspondencia acumulada durante años, en viejas carpetas con documentos de varia estirpe, en los ejemplares de su no muy abundante biblioteca, no había rastro que permitiera apoyar casi ninguna de las cosas que contaba el erudito. A su vejez, el hombre miraba atrás y decidió no poner por escrito lo que había vivido, sino lo que le hubiera gustado vivir.

Ahora bien, ¿qué sentido tenía escribir todo un libro citando párrafos y párrafos de unas memorias inéditas para desmentirlos copiosamente y ametrallar sin piedad a su autor, rebajándole la leyenda de gran sinólogo para colocarlo en la estantería de los dementes? ¿No hubiera sido más apropiado cumplir con el deseo del erudito y publicar sus memorias, acompañándolas en todo caso de un aparato que pusiera en solfa cuanto en ellas contara o precediéndolas de un estudio en el que se demostrara que Backhouse falsificó su pasado, se dedicó en sus años finales a inventar una vida de la que, por cierto, nadie había oído hablar, de la que no había dejado el menor rastro en ninguno de sus anteriores escritos ni en su correspondencia? ¿Era honesto publicar un libro propio a partir de unas memorias sin publicar a las que habías tenido acceso gracias a una posición privilegiada en el lugar donde se habían depositado? Es verdad que Trevor-Roper citaba abundantemente el texto al que afligiría desmintiéndolo pelusa a pelusa, pero también lo es que se escatimaba cuanto en él pudiera haber de fidedigno, pues un lector que no tuviera acceso a los fondos de la Bodleian —y, naturalmente, eran muy pocos los consentidos— tampoco podía saber si aquella deriva hacia la fantasía de Backhouse se emprendía solo en lo tocante a la vida erótica y sentimental o afectaba también a sus propios trabajos académicos. Y también es cierto que Trevor-Roper daba algunas pautas para indicar que la fantasía de Backhouse le permitió, dado que era uno de los pocos occidentales con acceso a la corte imperial china, inventarse ritos y costumbres de los que solo se daba noticia en sus libros eruditos. Pero las pruebas no resultaban tan concluyentes como en el caso de la vida sentimental del autor, aunque solo fuera porque el rebaño de discípulos que siguió a Backhouse no podía consentir que se presentaran algunas de sus informaciones sobre los ritos y leyendas de la corte manchú como falsificaciones ideadas por su maestro, ya que ellos lo habían seguido para agrandarlo y, si el comienzo resultaba ser mera invención, todo lo que ellos hubieran hecho se quedaba sin cimientos. Backhouse, según Trevor-Roper, aprovechaba lo poco que se sabía de China en Occidente para recrearse con mixtificaciones que estuvieran más o menos inspiradas en el exotismo de los simbolistas, como si estos no se hubiesen inventado la China que aparece en tantos poemas de esa cuerda y hubiesen hecho mero costumbrismo que, al tintarse de lejanía, adquiriese esa bruma, ese encanto, esa reverencia que goteaba todo lo oriental.

El texto que le servía de base para lograr su primer triunfo editorial y presentar una corte misteriosa y exótica, llena de atractivo y delicadeza, pero también de laberintos, era nada menos que el Diario de Jǐngshàn, excelencia de la Corte Suprema. Según testimoniaba Backhouse, lo encontró por puro azar, después del fallecimiento del juez más poderoso de la China manchú, cuando se produjo el levantamiento de los bóxers en 1900. Era un documento de imponente importancia para la reconstrucción de la estructura social china en tiempos de la emperatriz Cixi. Solo tenía un defecto: cabía la posibilidad de que quien dijo haberlo encontrado en la casa que, por sorteo, se le destinó después del levantamiento de los bóxers en 1900 —que era la casa en la que falleció el juez— se lo hubiera inventado todo. Ya en vida de Backhouse se discutió la autenticidad del texto, pero el sinólogo se las arregló para rebatir a todos los que se atrevían a cuestionarle. Trevor-Roper, deduciendo que si un hombre en el crepúsculo de su vida era capaz de inventarse que fue a entrevistar a Tolstói —momento del que no quedaba huella en parte alguna— y compartió tablas con Sarah Bernhardt —tampoco quedaba registro—, aparte de haber sido el favorito de Oscar Wilde y quien hizo olvidarse de Rimbaud a Paul Verlaine, además de enjugar las penas viudas de la emperatriz de China, también lo era de falsear cuanto documento sirviera a sus intereses. El Oxford Dictionary of National Biography daría la puntilla a Backhouse llamándole estafador y admitiendo que «en sus memorias comparece el cronista de, por ejemplo, la vida masculina en el burdel imperial tardío de Pekín, y no es descartable que haya muchas pequeñas verdades en esos manuscritos que completan la imagen de su vida, pero ahora sabemos que no se puede confiar en una sola palabra de lo que dijo o escribió».

Del libro de Trevor-Roper salía, desde luego, un Backhouse desbaratado como académico y, paradójicamente, más interesante: alguien que, a la vejez, se inventa que tuvo amores con los grandes poetas de finales del XIX y luego se va a China y enamora nada menos que a la emperatriz, luego de que esta enviudara. Parecía un personaje más apropiado para una película que un erudito aristócrata que emprende el viaje a Oriente y regresa de vez en cuando para ver publicados sus estudios sobre la historia, la vida y las costumbres en la corte imperial. Para colmo de males, el libro despiadado de Trevor-Roper vendió miles de ejemplares, primero con el título de Vida escondida y luego con el de El eremita de Pekín.

No fue hasta muy entrado el nuevo milenio cuando a Backhouse le salió un valedor dispuesto a enmendarle la plana al catedrático oxoniense. Derek Sandhaus le puso una larga introducción a las memorias de Backhouse, rebatiendo muchas de las consideraciones de Trevor-Roper y demostrando que, si bien no había pruebas de que lo que el sinólogo contaba fuera cierto, tampoco el historiador aportaba evidencia categórica alguna de lo contrario. Sus extrañezas ante algunas de las confesiones de Backhouse podían deberse más a su homofobia que a que Backhouse inventase qué amores tuvo con quien fuese, y le recordaba que el propio Wilde se vanagloriaba de haber gozado de la juventud de no pocos aristócratas ingleses antes de caer enamorado de lord Alfred Douglas. Sandhaus reprochaba a Trevor-Roper que, sin saber chino, ni manchú ni mongol —los idiomas oficiales de la corte de la casa imperial, que Backhouse sí dominaba—, se atreviese a enmendarle la plana al sinólogo más importante de su época: no sabía nada de China, de su historia ni de sus costumbres; se veía en su propio libro que su acercamiento a Oriente era lateral, solo propiciado por el afán de ridiculizar a Backhouse, cuyas memorias, sin duda, tenían algunas inconsistencias, pero en ningún caso merecían ser despachadas con el desdén del que hacía gala Trevor-Roper. Con harta razón, Sandhaus reprochaba al historiador oxoniense que no cumpliera con los deseos del sinólogo y diese a la imprenta sus memorias —repartidas en dos tomos, El pasado muerto y Decadencia manchú—, sobre cuyos textos pudo operar como mejor le conviniese a base de notas o una introducción que pusiera sobre el tapete todas las dudas que se le antojasen. Era precisamente lo que hizo Sandhaus: editar el texto y publicarlo con una introducción que no lo salva, ni mucho menos, de las severas reprimendas que había padecido, pues su defensa, más que demostrar que Backhouse no se inventó una vida en China, lo que viene a decirnos es que no todo lo que contó en sus memorias era falso, ya que podía demostrar que muchas de las cosas que narraba habían sido comprobadas por estudiosos posteriores —naturalmente, se refería a las descripciones de la estructura social, las viviendas, la rutina de la corte, los hábitos de vida, etcétera—. Era como decir que la escenografía resultaba real aunque lo que se representase ante ella fuera inventado. Los propios académicos asiáticos tomaron el libro de Backhouse como lo que en Occidente denominamos «un cuento chino», la típica representación rebosante de exotismo y misterio interesado que gustaba por estos lares. «Un libro entretenido e interesante, pero cuyas informaciones merecen toda la cautela del mundo», opinó el crítico de Asia Times.

El caso de Backhouse tiene un estatus propio en la historia de la falsificación literaria, pues no habrá muchos más ejemplos de falsario que sea expuesto ante la comunidad antes aún de que se publique su falsificación. Si Trevor-Roper hubiera dejado reposar su encono y no hubiera emitido sus dos centenares de páginas decapitando las memorias del sinólogo, si se hubiera conformado con lanzar sospechas sobre sus libros publicados —como su edición de un magistrado del Supremo Imperial—, Backhouse no se habría convertido en sinónimo de aquel que se inventa una vida por encima de sus posibilidades. Pero alguien como el historiador que recompuso fidedignamente los últimos días del Führer no podía dejar pasar un caso tan delirante como el de un barón inglés que, después de pasear su juventud por el París de absenta donde se lo disputan Verlaine y Wilde, decide emprender rumbo a Oriente —perdiendo del todo el norte—, donde le espera un destino tan jugoso como el de amante occidental de la emperatriz. No hay más que imaginar a Backhouse en la apresurada redacción de sus memorias, que necesitaba ver impresas antes de que se le acabara el tiempo, para sentir lástima y compasión —mezcladas inevitablemente con la carcajada— por quien, mirando atrás, se dio cuenta de que su vida no daba para una narración suficientemente interesante y necesitó crear todos aquellos espejismos de prestigio para alzarla sobre lo que, seguramente, fue una cabalgata de horas de estudio, rutinas impuestas y deseos insatisfechos. O sea, una vida cualquiera, por muy lejos que se hubiera ido a procurársela (no tanto, acaso, para conquistar aventuras memorables como para asegurarse de que no hubiera testigos que pudiesen desmentir las memorables aventuras que nunca llegó a vivir).

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2 comentarios

  1. ¿Esto lo ha escrito una IA? ¿Por qué se repite constantemente los mismos datos en cada párrafo?

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