Literatura barata, masiva y de quiosco, principalmente de los géneros ciencia ficción, aventuras, negra, terror, wéstern y romance. Eso fue la pulp fiction, a la que Quentin Tarantino hizo su particular homenaje en la película del mismo nombre. Pero el pulp existió en todo el mundo, y España no fue una excepción, aunque aquí se lo llamara novela popular, y fuera el género del oeste y el negro los que dominaron su producción.
Podemos despreciar aquella literatura por básica y porque fue la preferida de las masas, puro best seller, pero sus cifras y su público deberían imponer respeto. Incluso sin poder conocer el número de ejemplares publicados por falta de registros completos, puede estimarse que entre 1940 y 1970 salieron a quiosco alrededor de ochocientos millones de ejemplares. Se dice que Corín Tellado vendió ella sola la mitad de ellos, cuatrocientos millones. Es una cifra más creíble si la comparamos a las audiencias de televisión, porque una vez ese público tuvo el aparato en casa abandonó las novelas pulp, que prácticamente desaparecieron.
En esos treinta años vivieron de este mercado unos mil autores, y el más célebre de ellos, Marcial Lafuente, firmó tres mil títulos, aunque fuera gracias a una plétora de negros literarios. Pero quien realmente llevó este género a la categoría profesional con un método que puede replicarse en forma de manual fue Edward Goodman. Pseudónimo que escondía a un periodista condenado a no ejercer su oficio por el franquismo, y obligado a ganarse la vida escribiendo una novela por semana. Fue el perfecto autor pulp español.
Regla número uno del pulp: haz un esquema y síguelo de lunes a viernes
La mayor investigadora de Goodman, Noelia León Rubio, de la que hablaré al final de este artículo, y sin cuya tesis no hubiera podido escribirlo, encontró entre los papeles del autor documentos que le permitieron identificar sus esquemas narrativos. Uno de ellos, sobre El Atila del sur, una pseudobiografía de Emiliano Zapata, o como decía mi abuelo, «una novela de tiros», ilustra a la perfección su método esquemático. Consta de nueve bloques, y traza una serie de aventuras desde la introducción del personaje hasta su muerte. Cada bloque tiene sus capítulos, que con sus subtítulos mismos ya definen la acción, como en el VI: «Llamada angustiosa.- El retorno.- La joven engañada.- Todo fue una farsa.- Peleas.- Huida.- Muerte de Luisita». Plano, sencillo, asequible para el gran público, y con situaciones emocionantes. Narraciones de buenos y malos no muy distintas a las de los héroes de Marvel. Un esquema quizá influenciado por la profesión periodística del autor, en él están las cinco W: qué, cuándo, dónde, por qué, cómo; y los ladillos que anteceden, explicativamente, a los párrafos de una pieza informativa.
Tras la guerra civil, que es cuando comienza el boom del pulp español, los editores se quedaron sin acceso a obras extranjeras, y casi sin escritores españoles, muertos, exiliados, encarcelados o prohibidos por la represión franquista. Era una situación que unida a la férrea censura hacía imposible sacar títulos con regularidad a las editoriales para ser viables. Una de ellas, Molino, que existía desde los años veinte, encontró una salida en la literatura de quiosco. Su éxito de ventas fue total en un país sin diversiones: ni televisión ni aparato de radio en los hogares, y con una prensa del régimen fuertemente controlada, la única evasión asequible para las masas fue la lectura. Y lo fue sobre todo para masas poco alfabetizadas, lo que obligaba a narraciones sencillas, personajes planos, y de reducida extensión. Una literatura tan despreciada como hoy lo son los superventas de novela negra por los autores literarios cultos… que venden mucho menos. Premios Planeta aparte.
Segunda regla, el tiempo célere: para escribir, idear, e informarse
Una novela a la semana de entre cien y ciento veinticinco páginas. Eso es lo que Goodman, y cualquiera de aquellos escritores, tenía que entregar semanalmente si quería ganarse el pan escribiendo. Eso explica la importancia del esquema, había que idearlo el domingo para entregar el texto finalizado el viernes. Pero si Goodman destacó por encima de los demás fue por una imaginación desbocada unida a una gran capacidad para documentarse, sin duda aprendida en sus años como periodista, oficio que ejerció de manera autodidacta. Aprovechando historias que había oído de niño, sucesos de Madrid, sus lecturas de Hamlet o Edipo, de Poe y Goethe, y de los clásicos del teatro del Siglo de Oro, desde Fuenteovejuna a El alcalde de Zalamea, creó temas nuevos dentro de sus tres géneros de producción, wéstern, aventuras y novela negra, cosechando un notable éxito de público.
Goodman era un maníaco de la documentación. En el género negro llegó a describir con gran precisión ciudades en que no había estado nunca gracias a planos de Londres, París, Dénver, Phoenix o San Diego que tenía en casa. O con visitas a la Biblioteca Nacional. Los recortes de prensa sobre sucesos en el extranjero, sobre todo asesinatos, también le servían, y trasladaba a sus obras incluso el detalle de quién lo investigaba, si el FBI o la policía metropolitana. A lo Agatha Christie, y a lo Conan Doyle inventaba un misterio para la investigación, y una investigación para el misterio. Sus personajes principales son parejas dobles de detective-asesino o encubridor-delator y el principal un policía o detective privado, inteligente, y observador. Asediado por mujeres «fáciles» o «fatales», muy machista todo, como corresponde a su época.
Tercera regla: escóndete bajo seudónimo
Goodman había pedido a su familia en los años que estuvo en la cárcel que le enviaran un libro, un manual para aprender inglés basado en los textos del periodista y creador del moderno thriller Edward Wallace. Su estudio, junto a sus conocimientos someros de francés y alemán, le permitieron tener su primer trabajo después de pasar por prisión. La dictadura le había prohibido ejercer de periodista, así que se dedicó a traducir unos cincuenta libros políticos y literarios —incluidas obras de Virgina Wolf o William Saroyan, o una biografía de Hitler—. Se inventaba lo que no entendía, y como nadie en la editorial revisaba su trabajo, se daba por bueno. Tuvo que dejarlo por la miseria que pagaban, y entonces le ofrecieron la novelación de películas. Tenía que crear una historia según los diálogos y fotogramas de un cortometraje. Ahí es cuando notaron su talento para la escritura, y le preguntaron si escribiría también novelas del Oeste. A lo que contestó: «¿Yo? Del Oeste y de lo que sea». Era, y fue durante veinte años, un precario que usó el único oficio que había aprendido, escribir, para sostenerse. Y lo hizo como un animal de carga, porque del número de palabras producidas dependía tener lo suficiente para comer y pagar las facturas.
Era muy importante que nadie supiese quién era, que una denuncia o una recomendación no pusieran en peligro su puesto de trabajo. A las autoridades del régimen no les hubiera gustado saber que el director del principal diario anarquista de la CNT Castilla Libre, y redactor jefe de La Tierra, otro periódico de la misma ideología, andaba trabajando en el sector editorial. Los lectores tampoco debían notar que la misma semana aparecían varias novelas nuevas del mismo autor, pero en géneros distintos. En la década de 1940 aparecieron cinco nuevas editoriales para competir con Molino: Bruguera, Clíper, Toray, Cíes, y Rollán, que generaban un total de setenta colecciones distintas, saliendo todas a la vez semanalmente al quiosco. Para gestionar su éxito y la demanda que le hacían de nuevas obras, Eduardo de Guzmán se construyó cinco pseudónimos a fin de actuar como escritores distintos. Cada uno escribiendo en un género diferente.
(Continúa aquí)










Un arcano revelado. En mi juventud lejana del quehacer editorial español y sin Internet, ese misterioso verso de Serrat que dice “…se leyó todito a Don Marcial Lafuente pa no andar tras sus pasos como un penitente…” recién ahora lo entiendo. Tratando de darle un sentido en aquellos tiempos aventuré que podría haber sido una especie de teólogo. Era mucho más simple, tan simple y conmovedor como imaginarme al Gran Catalán leyendo al de marras. Gracias Don Martín por la nostalgia de esas tapas dibujadas a mano, dentro de las cuales descubrí “El halcón maltés” y de tanto en tanto a Corín Tellado.