Sociedad

Creer o reventar

The Pieta, de Liviu Dumitrescu. creer
The Pieta, de Liviu Dumitrescu.

Aquello que sucede en la vida de Cristo,
sucede siempre y en todas partes.

(C. G. Jung)

Ves la publicación de una joven influencer en Instagram y el algoritmo te plantea que los menores de treinta han vuelto a creer en Dios. A la hora, otra publicación dice que hay cada vez más personas menores de cuarenta años que quieren casarse o tener una familia tradicional. Los precios de los alquileres no paran de subir y el acceso a una vida convencional se vuelve cada vez más complejo. Pasás por la puerta de la iglesia de la esquina de tu barrio y sigue igual o peor de vacía que siempre en los últimos años. Ayer se murió la señora que iba a rezar y veías de espalda. No te enteraste. Así es la vida.

Entre opiniones e imágenes, lo cierto es que, según estadísticas, datos y proyecciones, en los últimos años, desde los dos mil en adelante, el cristianismo romano católico perdió su hegemonía global de adeptos frente al islamismo sunní. Esto se debe a múltiples causas: explosión y crecimiento exponencial demográfico en países practicantes del islamismo, como también procesos de constante secularización y un crecimiento mucho menor —que ha llegado en algunos casos a decrecimiento— de la población en países históricamente vinculados con el catolicismo. Ese es el caso particular de España que, de acuerdo con los datos de la Encuesta Social Europea analizados por Funcas, en 2002 el 60 % de la población de entre 18 y 29 años se declaraba católica y en 2024 esa cifra cayó al 32 %. Dando cifras actuales, medido también en relación con los matrimonios religiosos y la elección religiosa en la escuela, solo el 55 % de los españoles mayores de edad se identifica como católico, cifra que dista considerablemente del 90 % registrado en la segunda mitad de los años setenta.

Así y todo, el año 2025 fue un año muy estimulante para la historia de la religión cristiana. En especial para la Iglesia católica apostólica romana. Se vivieron días exaltantes que no parecen haber quedado atrás. La realidad es que murió un papa (Francisco I, el humano) y se eligió otro (León XIV, el misionero) en un lapso de semanas. Entre tiras y aflojes geopolíticos, negociaciones vaticanas, cambios tectónicos que fueron explicados mediante la película Cónclave (film que parecía estrenarse para contar una historia y terminó siendo apoyo narrativo para contar un suceso histórico), la realidad es que la realidad le ganó a la ficción. Una lectura clave sobre los rituales contemporáneos para llegar a ser discípulo de san Pedro, las deudas y aciertos de los últimos papados (y las tareas que quedan pendientes) es el texto, publicado en este mismo magazine, de Antonio Yelo titulado «Anarquía en el Vaticano, por favor». Ensayo que, a pesar de su rigurosidad técnica, se apresura en igualar la tarea física de Francisco I con el fin de su papado simbólico y no le permite la picardía de ser él solo el comienzo de una revolución inconclusa hacia el interior de la Iglesia contra el clericalismo y la utilización de los credos como justificación del poder dominante.

Durante el período de la muerte de Francisco I, también en las semanas posteriores y, a fin de cuentas, durante todo el año que recién termina, la fe y la creencia, mayormente cristiana, fueron temas que volvieron a estar en auge y en el centro de la discusión o, al menos, fueron acontecidos culturalmente (porque dentro de la cultura están las redes sociales y los medios de comunicación). A ese fenómeno se le sumaron, en España, tres producciones que han logrado un gran éxito: un disco, una película y un libro que rondan a través de Dios y las ideas que la humanidad se hace de él. En primer lugar, Lux, el último disco de la cantante Rosalía; en segundo lugar, Los domingos, la última película de Alauda Ruiz de Azúa; y, en tercer lugar, El loco de Dios en el fin del mundo, el último libro del escritor Javier Cercas.

Este texto analiza estas tres formas distintas de expresión y trascendencia con una pregunta: ¿cómo lidiar, en una época profana, con lo que no tiene nombre? La bibliografía oculta que lo sostendrá será el libro Sobre Dios: pensar con Simone Weil, del filósofo coreano Byung-Chul Han, ensayo profundo y luminoso que lo llevó a ser reconocido con el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. Han recupera la figura de Weil para proponer una relectura de siete conceptos civilizatorios que se encuentran en decadencia (la atención, la descreación, el vacío, el silencio, la belleza, el dolor y la inactividad), sintetizada en una paráfrasis nietzscheana: no es Dios quien ha muerto, sino el ser al que ese Dios se revelaba.

La reinvención espiritual

¿Qué fue lo que le sucedió a Rosalía, no como persona sino como artista, para construir un disco donde la iconografía, aunque esté centrada en ella como en los últimos dos álbumes (El mal querer, en 2018, y Motomami, en 2022), se vea tan cercana a la gracia divina? Tal vez lo que le sucedió a esta artista nacida en 1992 fue lo que le sucede a gran parte de su generación: el mundo se le presenta desencantado por una fuerte desconexión con el sentido, consecuencia de la condición nihilista de una cadena de valores donde lo que se premia es la velocidad, la cantidad y la falta de límites por sobre la lentitud, la calidad y las jerarquías.

Si El mal querer sale en 2018, lo que se puede analizar es que en ese momento el mundo era otro: no había acontecido el movimiento Me Too, Pedro Sánchez no era presidente, Podemos todavía no se había fraccionado, no habían sido las revueltas estudiantiles en Chile y, aunque Instagram experimentaba un crecimiento explosivo, Facebook seguía siendo la red social con más usuarios a nivel global y en España. Ese año, publicar un disco que va desde las coplas gitanas contra el amor romántico y revisa las relaciones amorosas desde el arte español renacentista fue rupturista. El inconveniente fue la catalogación de esa obra por sectores de la socialdemocracia que decidieron ver la encarnación de lo español de Rosalía como una contraposición entre lo femenino y lo masculino y no, por ejemplo, como una redefinición de lo lorquiano desde un punto de vista poético. Esa época, marcada por una persecución biopolítica genital que alecciona hasta el día de hoy, posicionando a la religión y las tradiciones del lado del mal y quién sabe qué del lado del bien, fue la época en la que Rosalía cantó sobre una relación donde los celos, el odio y la venganza llevan a la locura posesiva. Un álbum plagado de ficción y referencias que fueron sepultadas en pos de redefinir sentimientos humanos mediante los aparatos ideológicos de este tiempo.

Cuatro años después, en el año 2022, con Motomami, Rosalía, víctima y victimaria, plantea un nuevo paradigma para su música: Dios está en Internet y ella, una diosa ahí dentro. El gran avance y la mutación subjetiva que se dio durante ese fragmento acelerado de años tienen que ver con un poder analgésico y centrípeto que tuvo su epicentro de violencia durante la pandemia. Cuando nos quedamos quietos, otro mundo, el interno, además de acelerarse, se vació. Fue todo muy fuerte y represivo. Tanto que pocos hablan de eso. Después de las hipótesis del fin del capitalismo de Slavoj Zizek, de la soledad eufórica de Bifo Berardi y el shock patronal de Toni Negri, quedó la verdad. Lo digital, como las recetas de pan de masa madre, se apoderó de la vida. Y así, Rosalía se encargó de pintar ese nuevo y otro paisaje ficcional donde la precariedad se disfrazó de libre albedrío y el aislamiento físico se transfiguró en desolación espiritual.

Con el tiempo, lo formal de ese gran álbum cobró otro significado. La autora del mismo lo recupera con la pregunta inocente y técnica de su propia hermana, que le dijo: «¿Por qué tienes que destruir la canción?», haciendo alusión al formato trash y fragmentario. Tal vez la artista de hoy sea el fruto de esa que ayer cantaba en la sexta balada del disco, anunciando que lo que estaba haciendo no era mal querer sino mal desear. Mal desear. Rosalía demostró que el aceleracionismo fue una farsa y que de la peor estafa algebraica de la historia solo quedaron buenas canciones, reflejos de una época que hizo una oda al autonomismo y al devenir cyborg como forma de conectar con algún sentimiento esperanzador de la sociedad del post trabajo y las falsas desconexiones deleuzianas.

Tres años después, Rosalía decide salir de ese mundo al que a nadie llevaría. Ya no son el ocio, el hedonismo y el autoplacer las claves de su obra, tampoco esa realidad transfigurada por TikTok y los sintetizadores donde producir y consumir son lo que le da sentido a la existencia. Rosalía entendió que del túnel no se sale excavando, sino frenando, mirando hacia arriba y no hacia abajo. Esa fue su clausura. Un año entero sin parar de estudiar, leer, escribir y componer para hacer un disco donde no hay loops ni gestos maquínicos, donde hay más duda por el presente y consideración por el pasado que una búsqueda magnánima de verdad sobre el futuro. Así, de la revisión arrabalera y las bulerías de El mal querer, pasando por el abecedario siempre joven de Motomami, Rosalía llega a Lux con un velo de sumisión para plantear que Dios es una duda.

Hay una revisión de su brújula ética y espiritual propia de este tiempo, donde la saturación digital y el individualismo propuesto en su disco anterior han sido el camino que la ha llevado a preguntarse por la trascendencia y las nuevas formas de sentido a recrear antes de que todo colapse y sea tarde. Y, para esta Rosalía, esas formas son más cercanas a lo íntimo, meditativo y modesto que tiene la loca propuesta de creer más en el mundo y menos en el apocalipsis. Sí. Rosalía cambió. Lo único que no cambia es que todo lo que hace es genuino y eso es lo que transforma sus canciones en diamantes que hacen brillar todo lo que hay a su alrededor.

Cuando Rosalía cuenta su relación con la espiritualidad en la entrevista para Apple Music lleva una aureola sobre su cabeza hecha con tintura de pelo rubia. Mientras responde, le brillan los ojos como a nadie. Parece un ángel y tal vez lo sea. Esa es la magia de lo audiovisual. Y ahí ella detalla que lo que hay que hacer para entender su disco es no entender. Es encontrar la alteridad como alteridad, como algo extraño que no es necesario interpretar con códigos propios, que no es necesario explicarle el mundo a nadie, que ella no busca eso. Por eso la cita vivencial de Rosalía es más cercana a Weil que a la estetización de la política que hace la izquierda o a la politización de la estética que hace la derecha, que hacen de Dios y de ella. Porque en esta artista lo que está en juego es la música, un lenguaje que no necesita explicación, una fórmula entre lo detallado y lo abstracto.

Por eso, en la revisión de la historia hecha en Lux, no solo plantea a las santas, las mujeres, las monjas y las locas en las que inspira como figuras teológicas, sino también como poetas, narradoras, oradoras, como fuentes de inspiración para su nuevo ser, donde la propuesta es desear menos y escuchar más. En fin, dicen que Dios le debe más creyentes a Bach que a la Iglesia; ¿ahora se los deberá a Rosalía?

El fascismo de los antifascistas

Luego del furor de San Sebastián, en una conversación para elDiario.es, el entrevistador le pregunta a la entrevistada si ella nota si hay algún reencuentro entre la juventud y la religiosidad, entre los jóvenes y la fe. La cineasta responde que ella no hace análisis sociológicos contundentes, sino que se enfoca en la singularidad de cada caso para poder nutrirse para su obra; como reflexión, por decir algo, dice que vivimos en un mundo donde pueden convivir Tinder, Bad Bunny y el sentimiento de lo religioso. En sí, Alauda Ruiz de Azúa prefiere hablar de la tolerancia que aventurarse en una hipótesis, y está bien, porque es cineasta y el cine no se pregunta por las estadísticas sino por lo singular, por eso que no se puede transmitir con un gráfico de barras, como esa historia que escuchó de una joven de Bilbao que se hizo monja a los dieciocho años y la inspiró para realizar este último batacazo en Donostia.

Después de los festivales, ni bien se estrenó en salas, la periodista Ana Iris Simón escribió una reseña para El País que se anticipó a lo que cualquier texto pudiera decir sobre esa película porque Simón mezcla experiencia con época y dice lo que tiene que decir. Los domingos es una película que trata sobre el amor y la disposición a darlo y recibirlo. Algo que parece fácil pero no lo es. Y así, con esa reflexión, le da el paso a escribir sobre la ilusión de libertad que alucinan quienes creen que no creer o no amar es la fórmula para no ser manipulados. Full idealista ese mundo donde Dios no es cool y arrodillarse a rezar un Padre nuestro una vez por semana es volver a las cruzadas del Imperio Bizantino.

De algún modo, en Los domingos, la protagonista principal, una joven que decide convertirse en monja de clausura, pone en jaque los sentimientos de su tía, quien también ofició de algún modo de madre o ideal del yo de esa niña que ha decidido abruptamente dejar de serlo. Mediante un lenguaje austero y depurado desde el punto de vista técnico, audiovisual y narrativo, Ruiz de Azúa abre una tensión entre la decisión de esta sobrina de ser monja y los ideales de libertad femenina y juvenil que su tía le propone. Ahí es donde la contradicción pone en tensión al espectador, porque eso hace buena a la película, porque es una tensión que no nace desde el cuello sino desde el estómago. Así, las preguntas reverdecen alrededor de la pieza, porque ni el más creyente ni el más agnóstico pueden decidir sobre cuál es el silencio que colma de sentido la existencia.

Los domingos es una película que enseña que amar es aceptar la decisión del otro de ser otro, que las jerarquías y las creencias son importantes en la vida porque son las herramientas que les dan a las personas la posibilidad de crear relación con el presente y entender, al final del día, que lo que nos rodea es más grande e importante que lo que pensamos. Porque ni la joven ni la tía misma pueden explicarle a la otra lo que no se explica. Y eso que perturba, en fin, es la libertad. La libertad de creer o no creer.

Solo lo vulnerable es digno de amor

El cristianismo dejó de ser la religión con más presencia en Occidente y el proceso de secularización del mundo en el que fue imperio, desde el siglo de las Luces en adelante, no le da tregua. Aunque el destino de las iglesias ya no sea el de templo de adoración y ritual, sino museo para turistas o, en su mayor fortuna, espacio de contemplación, veneración y silencio contra el aturdimiento del mercado, todavía quedan muchos creyentes. Y también son más los no creyentes que dedican su vida a estudiar a quienes creen y sus creencias. Ese es el caso de Javier Cercas, que con su último libro El loco de Dios en el fin del mundo, para perseguir a Francisco I hasta Mongolia, ha realizado un gesto de reparación eclesiástico donde planteó que no todas las iglesias son la misma Iglesia.

Puertas para adentro, los comportamientos de muchos curas y sectores conservadores de la Iglesia, al estilo Opus Dei, han sido los responsables de decisiones atroces y retrógradas sobre lo distinto. Sectores reaccionarios hay en todos lados. Específicamente dentro de la Iglesia cristiana, en los últimos años se han dedicado sobre todo a boicotear los principios de las reformas del Concilio Vaticano II. Así es que Cercas abre el paraguas sobre la totalidad y suspende el juicio entre lo malo y lo bueno de creer para preguntarse por lo misterioso que es hacerlo y, sobre todo, por lo misterioso de la forma de creer que tiene alguien muy cercano a él: su madre.

Lo más bonito del libro del periodista español es cómo este cuestiona su propio ateísmo y emprende un recorrido por su relación con lo espiritual. Primero jactándose de que eligió el camino más sencillo porque para él es mucho más fácil no creer que creer (hay muchas más formas de lo primero que de lo segundo). Al estilo Flannery O’Connor, entiende la creencia como una forma más compleja de estar en el mundo porque es un estado de pregunta permanente. En fin, como una intuición poética que no se basa en la voluntad. Ahí el libro realiza un giro copernicano donde posiciona a los ateos del lado de la certeza y a los creyentes del lado de la incertidumbre.

Partiendo de la base de que los españoles siempre van detrás de los curas: para obedecerlos o para matarlos. Cercas entrevista a los responsables de la Iglesia para diferenciar entre lo que se dice que dice la Iglesia y lo que la Iglesia dice. Ahí, el diagnóstico final se basa en que el clericalismo y el proselitismo tienen una misma raíz, y así despeja la falsa dicotomía entre creencia y sabiduría, entre religión y ciencia, para partir de la base de que es el clericalismo la verdadera enfermedad de la Iglesia y el proselitismo la verdadera enfermedad de la razón. Por eso, para Francisco, fiel seguidor del Concilio Vaticano II, lo esencial es volver al cristianismo de Cristo, un cristianismo más allá del imperio de Constantino, una Iglesia que esté más enamorada de Dios y de la gente que de Roma. Es ahí donde está la disputa y quienes la dan por dentro de la institución católica se brindan de sus propias armas, como las que utilizaron creyentes como Chesterton o Ciorán. Entre ellas, el humor. Porque eso es lo que demuestra también Cercas durante su viaje: que la gente cree y se ríe por lo mismo, porque el mundo, si no, sería todo dolor y eso, realmente, creas o no, es insoportable. Tal vez esa sea la respuesta al epígrafe de William Faulkner que lo guía: «Más allá de la derrota hay una victoria de la que el triunfador nada sabe».

Hay una entrevista donde un entrevistador mexicano le cuenta una anécdota. Luis Buñuel se hace amigo de un sacerdote, Doménico Julián Pablo, y a diario tomaban un whisky a las cinco de la tarde y, en una conversación, Buñuel, ferviente ateo y no creyente, le dijo: «Julián, usted cree en Dios, yo creo en el misterio, que son la misma cosa». Tal vez el impulso de crear un disco, una película, un libro, un Dios, se trate solo de eso: de creer y crear, que no son lo mismo.

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7 comentarios

  1. ángel Prats

    Las iglesias vacías y los chavales creen ahora en Dios. Encuentran la fe en los espacios digitales. Me temo que es un producto más del algoritmo, es lo que les vende ahora. Estos jóvenes puede que ya pertenezcan al nuevo orden. No hay liberación. Los humanos no quieren ser libres.

  2. A mí en una asociación de ideas me dicen Rosalía y contesto caja registradora. No me creo nada. Y ella tampoco.

  3. Sólo creo en mi madre con su bendita vírgen María, eternas memorias perdedoras sin dogmas ni iglesias que continúan todavía a dar vida, especialmente en los mundos de mayor pobreza.

    • Dios está en todas partes, es una buena reflexión y enseñanza la de tu madre. Gracias.

      • Usted, con su proselitismo selectivo se mete en terrenos pantanosos, estimado, pues sospecho que mi madre -campesina semianalfabeta y sufrida en el Sur de un Chile abandonado- era devota a la virgen Maria pues no confiaba en los curas. Con su comentario no ha hecho otra cosa que traer feos recuerdos de charlas con ella sobre el asunto que quedaban siempre a mitad, por decoro supongo. Y para mayor de los males días pasados vi un documental sobre un tal Jeff Warren, un “profeta” de la iglesia mormona de los santos de los últimos dias. Madre mía. Qué horror. En el tema religioso, ¿cuándo se despertarán las mujeres?

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