Música

Le Parolier: «Mira qué bonitas son», de Antonio Sánchez Pecino y Camarón

Camarón de la Isla. Foto: Cordon.
Camarón de la Isla. Foto: Cordon.

He intentado quitarme trabajo de encima consultando a la IA casi desde que empezamos esta serie en Jot Down. Nunca me ha servido ninguna de las mediocridades que me ha propuesto. Debo reconocer que ChatGPT me ayudó a sistematizar los nombres de la tabla periódica de esa pesadilla que es «The Elements». Es decir, yo le pedía, por ejemplo, elementos venenosos o radiactivos… O los que llevan el nombre de su descubridor, nombres geográficos o siderales, para poder redactar mi parodia de comentario poético. Es decir: un mero Excel automático y ultrarrápido, pero cansino y tiralevitas.

Cuando ya se empieza a hablar del estallido de la burbuja de la IA, me atrevo a volver a intentarlo y le he pedido una anécdota sobre Camarón de la Isla. ChatGPT me habla de la primera actuación de Camarón en la Venta de Vargas con ocho años. «Pero esa noche, sin saberlo, Camarón de la Isla empezó a cambiar para siempre la historia del flamenco», me dice, enfangándose alegremente en el tópico, como le es habitual. Y añade: «Si quieres, puedo hacerla más corta, más periodística, más poética (…)». Le pido una anécdota menos conocida y me contesta con esa amabilidad servil de la IA: «Perfecto, aquí tienes una anécdota ideal como arranque claro de artículo. En una ocasión, siendo todavía muy joven, Camarón de la Isla se negó a cantar en una fiesta privada hasta que apagaran la televisión que sonaba de fondo. Cuando por fin quedó en silencio, cantó una soleá tan honda que nadie volvió a encenderla. Al terminar, dijo simplemente: “Pa cantar hay que escuchar”». Y, en plan sensiblero, añade: «La frase se quedó flotando en la habitación como una lección que aún hoy define su manera de entender el flamenco»… Lo cual es no decir nada.

La anécdota es bonita, ¿verdad? Y muy creíble también… Excepto que, por lo menos en internet, no aparece por ninguna parte. ¿Será una de las famosas alucinaciones de la IA? Las apps de IA se nutren de lo que está publicado online, de modo que resulta muy sospechoso no haberla encontrado con media docena de motores de búsqueda1. Lo mismo que su bella voz cargada de matices y expresión, emocionante treinta y tres años después de su prematura muerte, el arte y el duende de Camarón no tienen nada que ver con las modas y tendencias tecnológicas de última hora. El 5 de diciembre de 1950 nacía José Monge Cruz en San Fernando, que sigue siendo uno de nuestros artistas más admirados y queridos, superando calendarios, clasificaciones y etiquetas. Estamos en un buen momento para recordarle porque, además, este mismo mes terminará el Año del Pueblo Gitano, conmemoración de los seiscientos años desde su llegada al actual Estado español.

En 1974 José entró en el estudio de grabación de su discográfica, Philips, acompañado de sus guitarristas Paco de Lucía y Ramón de Algeciras. Bajo el padrinazgo del padre de ambos, Antonio Sánchez Pecino, productor y apoderado de los artistas, se iba a grabar lo que sería el sexto álbum del cantaor. Un disco que se editó sin otros créditos que los nombres de Paco y Antonio. Por posteriores reediciones, más documentadas y cuidadas, sabemos que Ramón también participó en la grabación y que el técnico de sonido fue el fijo del estudio, Rafael Jáimez. Moncho, Ricardo El Pelao y Tío Fati hicieron las palmas. La portada repite la fotografía de su disco anterior2 —un retrato bastante clásico de Pepe Lamarca—, lo cual hace sospechar que el interés que ya despertaba Camarón entre los aficionados y compradores provocaba la desidia de la discográfica. ¿Para qué esforzarse si, con un presupuesto mínimo, el artista grababa discos espectaculares y generaba respetables cifras de ventas?

Con letra de Sánchez Pecino, «Mira qué bonitas son» es un fandango de Lucena3. Sobre el marcado ritmo de este palo, Camarón canta dos únicas estrofas y en cada una va a desarrollar un tema. Una estructura sencilla de doce versos cortos de ocho sílabas. Los seis primeros nos confiesan una revelación, una conversión: el protagonista se descubre a sí mismo como una persona sensible al sufrimiento ajeno, aunque sea el de un pequeño animal. Un acontecimiento que él mismo ha provocado le hace cambiar sus costumbres y abandonar sus juegos de muerte. La segunda es una ofrenda y, sin quererlo, contradice a la persona que nos había descubierto la primera estrofa: vuelve a practicar un acto cruel y ni siquiera lo percibe como tal.

Comenzamos oyendo cantar sobre la pérdida de la libertad y sobre el poder depredador del ser humano. «Un ala le partí yo a una paloma torcaz», nos dice: la libertad que otorgaba al ave su capacidad de volar ha desaparecido a causa de una acción violenta. «Un ala le partí yo», insistirá antes de tomar una resolución drástica: «No voy más de cacería», dice, renegando del ritual masculino de persecución, destrucción y muerte. La paloma podría representar a la mujer amada o, simplemente, un sentimiento amoroso echado a perder; es posible que se trate de una declaración de arrepentimiento.

Estamos en el mundo rural, seguramente exótico y pintoresco para los urbanitas y, si Sánchez Pecino quiso crear algún simbolismo obvio para el mundo flamenco, seguramente se pierda para muchos dado el alcance del arte de Camarón entre públicos mayoritarios. La canción comenzaba en modo descriptivo, pero en seguida han hecho su aparición los sentimientos: «De la pena que me dio», dice: una reacción inevitable e instintiva que hubiera tenido igualmente un niño que un zoólogo o un filósofo. «Verla en el suelo herida» continúa, meditando sobre aquella figura derrotada y dañada que es un ser, antes viviente, ahora caído en el suelo.

En la segunda estrofa, sin embargo, va a dar marcha atrás. La admiración que siente y que nos invita a compartir —«Mira qué bonitas son»— no le va a impedir ser de nuevo cruel. «Dos tórtolas te he traído», continúa en paralelismo con la torcaz de la primera parte. Es una muestra de poder sorprendente en la misma persona que prometía no volver a cazar. Se trata de una ofrenda, quizás una prueba de amor hacia aquella mujer de la primera estrofa. Por algún resorte interno inexplicable se permite ser cruel. «Mira qué bonitas son», insiste, inconsciente. «De un árbol las he cogido», explica seguidamente, quizás con cierta arrogancia: se ha apoderado de algo que pertenece a la todopoderosa naturaleza y que le ha costado el esfuerzo de trepar para atraparlas. Parece que habla de un objeto inanimado al que atrapa porque él puede y es más rápido y más fuerte. Veremos asimismo que ha interrumpido un momento de placidez, quizás toda una vida de placidez, paz y relax, de las palomas: «Que estaban tomando el sol metiditas en su nido», dice, compartiendo una imagen típica de vida, calor y luz. Y es consciente de que las ha sacado de un entorno de protección, metáfora del hogar y del bienestar que es el nido. Si antes nos presentaba a las pobres avecillas como objetos sin más valor que esa belleza que da título al fandango, ahora observamos una cierta humanización. El uso del diminutivo incide en el tamaño de las tórtolas y seguramente quiere inspirar ternura.

Como en la buena poesía popular, la aparente sencillez y brevedad de la letra de «Mira qué bonitas son» oculta una riqueza de contenido y un dramatismo rabioso. La vida y la muerte, la libertad, la naturaleza, el bienestar y las acciones del ser humano depredador se combinan con el arrepentimiento y las decisiones graves. Y también con las contradicciones y debilidad de quien quiere creerse el rey de la creación y que los seres vivos son unos juguetes simplemente bonitos para su deleite y el de su persona amada. La interpretación de Camarón, en un momento de plenitud vocal y artística, es lo que añade la sal y pimienta que nos hacen estremecer y recibir su mensaje.


Notas

(1) Nota al amable lector aficionado al flamenco o flamencólogo: en caso de tener archivada esa anécdota como histórica, la autora ruega que nos lo notifique a fin de hacerlo constar.

(2) El Camarón de la Isla, con la colaboración de Paco de Lucía, Soy caminante (Philips, 1974).

(3) El Camarón de la Isla, con la colaboración especial de Paco de Lucía, Caminito de Totana (Philips, 1973).

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