Sociedad

Orwell y la generación X

George Orwell se quedó corto
John Hurt y Suzanna Hamilton en la adaptación cinematográfica de 1984, de George Orwell. Fotografía: Virgin.

Hace poco más de un año los demócratas estadounidenses sacaron a Eminem en andas con la idea de recuperar el voto de los señores de la generación X, esas cohortes de nacidos entre 1965 y 1981 que, según decía The New York Times el 26 de octubre de 2024, se inclinaban mayoritariamente hacia los republicanos. La razón que aportaba el faro del pensamiento progre del universo para esta estrategia a priori estrafalaria de los chicos que tienen como modelo The West Wing era que los X están obsesionados con la cultura de la cancelación y con la libertad de expresión. Su desdén por la corrección política les convertiría en una especie de anarquistas culturales a los que estaban seduciendo los mensajes del partido rojo. Siendo una generación más individualista que sus padres los boomers —y que sus hijos, los milenials y los zetas—, los hombres de esta generación, argumentaba el NYT, se sienten confusos en un mundo actual, mucho más conectado que aquel en el que se criaron. Había que orientarles.

La idea de que Eminem les convenciera de que la candidata era mucho mejor que el candidato para sus intereses se sostenía en que el rapero es un icono para esta generación. Bueno, ya sabemos cómo acabó su apuesta, pero la idea no era descabellada. Eminem se hizo conocido por su lucha contra la censura y siempre ha sido un tipo con poco miedo a decir lo que piensa a riesgo de que le partan la cara, por lo que en cierta manera epitomiza al chico blanco americano obrero urbano, un poco macarra y deslenguado, a menudo inconveniente y simple, pero siempre con ganas de expresarse. Y también es verdad que no había muchas más opciones creíbles para intentar arañar votos a través de iconos generacionales, porque Kurt Cobain está muerto.

No obstante, lo que hizo pensar a los estrategas que era necesario sacar en procesión a Eminem para que los X hicieran lo que se suponía natural en ellos (votar azul) no era solo la cultura popular o su perfil contestatario. Había algo mucho más profundo y que tiene que ver con la fábrica misma de la sociedad, con la brecha entre generaciones que va recorriendo la historia como una ola. La razón última para la apuesta fue la epifanía de que la mentalidad de buena parte de la generación X se formó a través de unos componentes culturales muy concretos, pertenecientes a la órbita de la alta cultura. Sin ellos no se puede explicar su cosmovisión. Y ahí asoma Orwell. Resulta que la generación X sería profundamente orwelliana, en el sentido de que asimiló e hizo suya la obra más famosa del británico. El diagnóstico de los West Wing Boys era estadísticamente correcto: según las encuestas, los americanos de la generación X están realmente obsesionados con la cultura de la cancelación y con la libertad de expresión, y la causa última resulta ser la educación que recibieron.

¿Es eso aplicable a nuestro país? Reflexionemos. La generación X española no es igual que la estadounidense en lo socioeconómico ni en las fechas, pero los señores de entre cuarenta y sesenta años, la generación EGB, se ha criado con referentes culturales muy parecidos. Aquellos chicos —o al menos bastantes de ellos— se formaron leyendo los Cahiers du Cinéma, y sus lecturas tótem incluyeron no solo El Víbora o Cimoc, o las obras del canon occidental, sino de manera notoria las grandes distopías de nuestra cultura. No solo 1984, sino también Fahrenheit 451, Un mundo feliz o La fuga de Logan, una novela muy mala que dio lugar a una serie también horrorosa pero cuyo argumento es tan espléndido que eso da igual.

En aquellos maravillosos años la educación en el colegio y en el instituto podía tener muchos problemas, incluyendo un innegable clima de violencia, pero por entonces se imbuían unos contenidos muy concretos que esa generación hoy tiene interiorizados. No hay que olvidar que las políticas educativas de entonces se construyeron como reacción a la dictadura, así que ideas como la separación de poderes, la presunción de inocencia, la democracia representativa, la estructura del Estado, que hay derechos por encima de mayorías o la libertad de expresión forman un núcleo tan integrado en la mente de la generación X que cualquier amenaza a alguno de esos axiomas, cincelados en su mente durante su infancia y adolescencia, se percibe en términos apocalípticos.

El problema, lo que empezó a cambiarlo todo según los cerebros dedicados a pensar en estas cosas, es que las generaciones que sucedieron a los X se han criado con otras referencias. No solo no han leído a Orwell, sino que lo desprecian. De hecho, a muchos 1984 les parece un libro demasiado duro y se confiesan incapaces de leerlo. Se han desconectado, por tanto, del mitema central de nuestra civilización desde 1948 sobre las consecuencias de la manipulación del lenguaje. Otro clásico, el libro de Bradbury, les parece arcaico viviendo en la era digital, y Un mundo feliz de Huxley hasta les seduce: nunca ha sido tan aceptable la idea de no trabajar y que todos tus problemas se acaben tomando una droga a cambio de vivir en una sociedad en la que cada uno ocupa su lugar sin rechistar y en la que se proscribe la actividad intelectual. A los que despachan un ensayo de más de tres páginas con un «Uf, mucho texto» la actitud rebelde de Juan el Salvaje les parece incomprensible. Mejor el soma.

La obra de Orwell es especialmente importante por su componente política. A un sector no despreciable de las generaciones que siguieron a la X no le resulta repulsiva la idea de la democracia asamblearia o que las denuncias de las víctimas de ciertos delitos tengan una presunción de veracidad. A ese grupo le puede parecer natural que los diputados legislen sobre lo que les parezca, porque son electos y una mayoría de un cincuenta y uno por ciento puede decidir lo que quiera; y la censura previa —siempre que se ejerza desde el lado correcto de la historia— les parece aceptable para proteger lo que entienden por democracia. Por otro lado, consideran que no se puede hablar de cualquier cosa, que hay ciertos discursos e ideas que han de ser silenciados y que se deben prohibir libros y enmendar lo publicado en la red. Les parece bien cerrar medios de comunicación si son malos para la sociedad.

Todos estos rasgos son anatema para la generación X, que puede estar de acuerdo con, por ejemplo, el espíritu y el contenido de las guías de igualdad que hay por ahí, pero al mismo tiempo parecerle que el mero documento —y no digamos su redacción en lenguaje inclusivo— es un insulto a la inteligencia generado por comisarios políticos e indigentes mentales a los que se les ha dado demasiada cancha. Lo mismo con el lenguaje políticamente correcto. Eminem puede caer mejor o peor, y hasta te puede desagradar mucho su papel en la mayoría de sus polémicas y considerarlo poco menos que un despojo humano, pero esto no es incompatible con su halo, que le viene de que su actitud era la de un tipo que decía lo que le daba la gana. Porque no es el huevo, sino el fuero.

Es difícil convencer del principio de autoridad a la generación que vivió el fin del franquismo, que fue educada en que la censura era lo peor y que pasaba las mañanas de los sábados en compañía de Alaska y los electroduendes recibiendo una doctrina entre socialdemócrata y anarquista. Pero es casi imposible convencerles de que se puede poner en suspenso la libertad de expresión si es por una buena causa, porque han sido condicionados desde la cuna a rechazar tal idea por opresora. Sucede lo mismo en el ámbito sexual. El puritanismo que emana de la reacción al anuncio de Sydney Sweeney les mueve a risa, pero la falta de entendimiento de los Y y Z sobre el mismo les preocupa. Y es que la frase «Sydney Sweeney tiene unos buenos jeans» no significa «Sydney Sweeney tiene unos buenos genes» ni aquí ni en Wyoming, sino otra cosa mucho más conspicua.

La España del mundial del 82 o la de la Barcelona del 92 no tiene nada que ver con la de hoy. Han cambiado, entre otras muchas cosas, los estándares de habitabilidad. Lo que antes se consideraba aceptable, un piso de sesenta metros para cuatro personas en un barrio de una ciudad grande, a muchos les resulta inadmisible. Los jóvenes de ahora se han ido aprovechando de lo mejor que ha ido surgiendo en los últimos treinta o cuarenta años, que ha sido mucho más de lo que están dispuestos a conceder. Objetivamente, disfrutan de un nivel de vida más alto que los de la generación X a su edad, pero muchos son incapaces de reconocerlo. Los cambios profundos en varias dimensiones dificultan el diálogo entre generaciones, porque además ellos no han sido expuestos a la verdad mítica de la serie Malcolm in the Middle (otro icono), ese estribillo que nos recuerda que «la vida es injusta» (y por eso hemos criado a Malcolm para que lo arregle: no se pierdan el capítulo final en el que los padres le revelan por qué le trataban así). Han vivido en un caparazón, entre algodones, extendiendo mucho más allá de lo deseable la benéfica despreocupación infantil y bajo la idea de que se merecen lo mejor por el mero hecho de estar vivos, aprendiendo a manejar una neolengua que distorsiona la realidad. Como resultado, todo lo que no sea tener una casa dentro de la almendra central de la M30 lo consideran una terrible injusticia provocada por la codicia de la generación anterior a la X, esos rentistas acaparapisos con pensiones máximas y abono transporte gratuito que veranean de gorra en Benidorm dándose la vida padre.

El que las generaciones que siguieron a la X no hayan sido educadas para la asimilación de la alta cultura no quiere decir que sean peores. Cada generación refina a las anteriores. Lo veo en mis estudiantes de universidad. De media, son más sociables e infinitamente más educados y cuidadosos en su trato con los demás. Se les critica que sean más blandos y quejicas, pero es que la comparación se hace con los que sobrevivieron en los barrios a la tragedia de la heroína, a la disciplina física en la escuela y en casa y a la ignorancia inherente a vivir en la era anterior a internet, cuando había que meter veinticinco pesetas en una cabina para llamar al fijo de tu novia. Esa generación de supervivientes no solo desconfiaba de las morales, sino que se hizo dura y correosa, algo que hace que sea muy difícil realizar comparaciones con las que han venido después. Lo cierto es que la sociedad en su conjunto ha mejorado una barbaridad, aunque muchos de ellos hayan decidido no aprovechar lo que saben los que pasaron antes por donde están ahora.

Un rasgo definitorio de la generación X —la gran olvidada, en el fondo— era su rebeldía. Su desconfianza por las normas y las instituciones, y por la autoridad, han sido proverbiales, y eso es bueno. La transgresión es un valor en el arte y en la ciencia, pero para los X lo es también en la vida. Lo que para las nuevas generaciones es anatema y se percibe como un rasgo primitivo, como ser directo y evitar los eufemismos administrativos, forma parte del núcleo de la cultura occidental y de una democracia sana para la generación X. El himno de esta generación podría bien ser «It’s My Life», de Bon Jovi, al igual que «My Way», de Frank Sinatra, lo pudo ser para la anterior, la de los tipos con diecinueve pisos. 

Para los X, la libertad de expresión está muy por encima de la posibilidad de que lo que se diga pueda ofender al otro. La receta de los X contra el que dice una burrada no es meterle en la cárcel, escribir su nombre en un trozo de cerámica o hundirle a multas por expresarse, sino contestarle ejercitando la misma libertad de expresión que ha tenido el otro. Es cierto que decirle al que dice una gilipollez que lo que ha dicho es una gilipollez puede exigir extender cheques con la lengua que luego el cuerpo no puede pagar, pero también que impedir la libre expresión es mucho más grave que cualquier cosa que se pueda decir. Que las nuevas generaciones afirmen que replicar o reconvenir a alguien ya es violencia no deja de ser la consecuencia de que, en primer lugar, al término se le haya cambiado su significado y, en segundo lugar, de que no se repara en que es mucho más violento (y contraproducente) intentar silenciar a alguien que tiene muchas ganas de expresarse que hacerle ver lo equivocado que está. La cancelación (i. e., el ostracismo) y la censura suelen ser mucho peores que lo que pretendas evitar con ellas.

En otro capítulo, la perplejidad con que un buen porcentaje de los X percibe la moral afectiva y sexual con la que se pretende educar a las nuevas generaciones viene del contacto que tuvieron con la moral de la dictadura y su rebufo. Hay que tener en cuenta que los X sufrieron décadas de ese adoctrinamiento religioso postconciliar de guitarras y melodías de Simon and Garfunkel con letras bíblicas, pero que eso dejó cero mella en sus mentes. Si eso no fuera suficiente para desconfiar de la eficacia de los cursos de formación en la moral de moda que sea, démonos cuenta de que la rebeldía adolescente suele poner de moda la oposición a una moral en cuanto la percibe como normativa. El horror con que algunos ven que ahora las nuevas generaciones se decanten (¡oh Dios mío!) por una opción política diferente a la suya ignora que eso fue precisamente lo que hicieron los X en su día, que si no de qué las mayorías absolutas de Felipe González.

¿Cuál es el futuro de la generación orwelliana? La demografía nos aporta información relevante. La pirámide de población de España tiene un ostentoso pico en la generación X. No hay más que seguir la publicidad para darse cuenta de que este segmento es muy importante. Sin ser una generación monolítica (habrá mucha gente que para nada se identifique con el retrato generacional que hago arriba), la mala noticia para quien no tenga una buena opinión de los chicos y chicas de los sesenta y setenta es que seguirá siendo central, porque hay millones de personas propagándose hacia arriba de la pirámide, mientras que en la base cada vez hay menos gente. Los mores y folkways, las morales y el límite entre lo correcto y lo incorrecto, y naturalmente las políticas —incluyendo lo que se haga con las pensiones y los señores con diecinueve pisos— van a seguir estando condicionados por lo que piensan las cohortes de los X. Suman más votos y, como es lógico, cuanto más mayores se hacen, más dinero e influencia de todo tipo tienen.

Los X están (estamos) muy lejos de ser una generación modelo. Como decía arriba, en muchos aspectos prefiero a mis alumnos de los primeros cursos de carrera que a mis compañeros de cuando yo estudiaba. A estos les veo más articulados, capaces de expresar mejor lo que quieren,  más respetuosos y, en general, con unos valores más sanos y altruistas. Sí, muchos son lloricas y quejicas, rebeldes sin causa, y les faltan, indefectiblemente, toneladas de las lecturas que ya teníamos nosotros a su edad, lo cual es un doble problema porque por esa razón carecen de referentes sólidos y porque el hueco mental que debía ocupar el canon occidental lo llenan consignas que pueden acabar de un día para otro con todas sus virtudes, por no hablar de su bienestar. Pero eso es —en cierta medida— culpa de mi gremio, por haber descuidado nuestra responsabilidad como profesores y haber dado cancha a teorías blandas que no son capaces de formar a personas sanas y resistentes, sino débiles y manipulables. El «háztelo tú mismo» de mi generación ha dado paso a un «esperando a Godot» que les solucione los problemas, un teatro del absurdo en el que algunos han pensado que 1984 es un manual de estilo.

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11 comentarios

  1. Gran comienzo de año. Me siento muy identificada con este retrato generacional (por edad) y con el análisis (por mi profesión) que hace el compañero Tapiador. A ver si este año que empieza dejamos de darle cancha a comisarios políticos, periodistas vendidos, aprovechados, y tontos útiles y nos centramos en lo importante, en la defensa de los valores e ideas que trajeron el bienestar. Menos lloros y echar la culpa a los demás de tus problemas, y mas asumir la responsabilidad y reconocer errores y manipulaciones. Claridad. Más luz. Análisis lúcidos como este.

  2. Excelente artículo. ¡Qué acertado retrato de la generación de los nacidos en los 60 y 70! Lo de la moneda de 25 ptas para ir a la cabina, madre mía, lo tenía olvidado. Y quedábamos a una hora en un lugar y si no aparecía tu amigo o amiga utilizabas la moneda para llamar a su casa para confirmar si había salido y debías seguir esperando o no. Y los pisos de 60 m2 para toda la familia -cuatro, cinco e incluso 14-. Y las paredes blancas sin ornamentos. Y oyendo a las vecinas hablar o cantar por el patio de luces. Luché por salir de ahí y ahora lo añoro. Vivíamos con estrecheces, pero vivíamos.

  3. «la ignorancia inherente a vivir en la era anterior a internet»

    kekw

    Vaya ridículo de texto

  4. Da la impresión de que el articulista quiere que la Generación Z haga la Revolución que la Generación X no pudo (ni quiso, no nos engañemos) hacer y que la Generación de la Transición se negó claramente a hacer. Pues el articulista ya puede esperar sentado. La situación política actual en todo Occidente es la opuesta a una situación pre-revolucionaria (una de izquierda, quiero decir). Y en cuanto a la Reforma, como sustituto/consuelo a la Revolución, pues ya la tenemos desde hace 45 años: se llama neoliberalismo, que está muy bien de salud y tiene tan gran futuro como siempre.

    Esto de enfrentar generaciones entre sí es una típica trampa de la plutocracia gobernante (divide et impera, etc) y nadie debería caer en eso. Ya sé que todas las generaciones se meten con la siguiente, pero no debería hacerse. Aunque hay que reconocer que al menos el articulista no cae en la facilonería de acusar a la Generación Z de adicta a viajes, áifons y consumismo en general. Los lloriqueos nostálgicos alrededor de la vida y milagros de la Generación X provocan un poquito de vergüenza ajena, eso sí.

    • A ver, Luisito. Los de la generación X no te van reprochar que tengas móvil caro, hayas ido a Vietnam y cenes fuera tres veces por semana. Eso es lo que hacen los boomers. Los de la generación X lo que te van a decir es que les dejes en paz con tus mierdas. Y si les insistes, te dirán que no le eches la culpa al karma de lo que te pasa por gilipollas y que te busques la vida como han hecho ellos. Life is unfair, como decía Malcolm.

      Por cierto que la fuga de Logan no es tan mala. Le dieron un oscar y todo.

  5. Lo has clavao, Robot Box

  6. Los de nuestra generación estuvimos obligados a ser maduros más incluso que los mayores. Nosotros, que no tuvimos casita de fin de semana, luchamos por nuestra parcela de libertad.

  7. Se menciona en el texto que los jóvenes de hoy día son pacíficos. Una de las razones es que los boomers fueron masivamente a la mili y allí, debido a su carencia de personalidad, se insertaron en un linaje de moral chulesca y canallesca, que su lugar de origen no tenía por qué dársela. Nosotros, los objetores, ya chocamos con ellos, y los jóvenes hoy ni ven el problema.

    • Simplicísimo

      Qué sobrado.
      «Carencia de personalidad».
      A los insumisos no les niego nada, pero los objetores se dejaron llevar por la corriente del momento.

  8. Muy buen articulo. Hace una interesante y bastante aproximada definición de la generación X y su relación con las posteriores. Añadiría que somos una generación que hemos visto como en los últimos 50 años cada vez hay menos libertad (y no solo de expresión) y más cosas están prohibidas, muchas de ellas con absurdas justificaciones ideológicas que no resisten la confrontación con la realidad.
    Como dice Robot Box, lo que queremos es que nos dejen en paz con sus tontunas, y sobre todo libertad para que ellos hagan un modo de vida que deseen, pero que no nos quieran convencer (=obligar) a los demás a seguirlo, especialmente cuando no se corresponde lo que dicen con lo que realmente hacen.
    Y finalmente, nadie les debe nada, que se esfuercen y si no les va del todo bien, bueno, la vida es injusta y tenemos que aguantarnos con lo que hay.

  9. Tergiversador de Enredos

    Parafraseemos a Yevgueni Zamiatin en su imponente novela distópica (esta sí que lo es) «Nosotros», de 1922:
    —Eso es una locura. ¿Es que no te das cuenta de que lo que proyectas es una revolución?
    —Sí, una revolución…, pero ¿por qué ha de ser una locura?
    —Porque nuestra revolución fue la última de todas, ya no puede haber una nueva revolución. Eso lo sabe todo el mundo.
    […]
    —¿Y cuál es la última revolución que tú dices? No existe ninguna revolución final o última, como quieras llamarla, pues la cifra de las revoluciones es también infinita.

    Las nuevas generaciones siempre serán diferentes de las que las precedieron. Siempre habrá causas y consecuencias. Las acciones fueron reacciones, y engendrarán sus propias reacciones. El ciclo sin fin que lo envuelve todo.

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