Arte y Letras Editorial

Granta en español y el arte de leer la mano

Este año, en Jot Down, nos hemos puesto como propósito hablar de revistas culturales impresas, darles la relevancia que se merecen en este panorama de literatura de refritos para reivindicar un modo de edición que no depende de la velocidad ni del algoritmo, que no confunde actualidad con urgencia y que sigue entendiendo la cultura como una conversación sostenida en el tiempo, exigente con el lector y responsable con la memoria. Y queremos empezar por una gran revista que apenas ocupa espacio en los suplementos culturales y que, sin embargo, sostiene desde hace décadas una de las conversaciones literarias más interesantes en lengua española. Granta en español no es una novedad, pero cada número nuevo que aparece sí lo es. El 26, dedicado a Centroamérica, es un ejemplo perfecto de esa forma de entender la edición como un arte de leer la mano, de interpretar líneas de fuerza, trayectorias ocultas, cruces que no siempre son evidentes a simple vista.

Conozco Granta desde hace años y, como editor, siempre me ha producido una mezcla de admiración y extrañeza comprobar hasta qué punto su impacto real es inversamente proporcional a su presencia mediática. No hay estrenos, no hay campañas ruidosas, no hay cifras espectaculares que exhibir. Hay otra cosa: un trabajo paciente de edición, una construcción de sentido a largo plazo y una confianza radical en la literatura como espacio de conocimiento. En el centro de todo eso está Valerie Miles, una editora que no solo selecciona textos, sino que crea contextos, pone en relación voces, tiempos y geografías, y entiende la revista como una forma de pensamiento.

granta26 frontal

Escuchar a Valerie Miles en la presentación del número 26 de Granta en español en el Instituto Cervantes, que además patrocina este volumen, fue confirmar que este edición no nace de una ocurrencia ni de una coyuntura editorial oportunista, sino de una conversación sostenida durante décadas. No una conversación metafórica, sino real, hecha de encuentros, archivos revisados, textos que regresan transformados por el tiempo y autores que vuelven a escribir desde otro lugar vital e histórico. Hay algo profundamente contracultural en esa idea de la edición como diálogo prolongado, como relación intelectual que no se agota en un encargo ni se cierra con una publicación.

Cuando Valerie recuerda la entrevista que Christopher Hitchens hizo a Sergio Ramírez en Managua en los años ochenta y cómo, muchos años después, le propone escribir de nuevo, no para actualizar aquel texto sino para mirarlo desde la distancia, está explicando sin subrayarlo qué significa editar con memoria y con perspectiva. No se trata de fijar un canon ni de certificar trayectorias, sino de observar cómo cambian las preguntas cuando el tiempo hace su trabajo y cómo la literatura es uno de los pocos espacios donde ese cambio puede leerse sin trampas.

Ese rechazo explícito de la idea de canon atraviesa toda la publicación. Valerie lo dice con claridad en el prólogo que abre la revista, titulado Literatura como arte de leer la mano: «cada número escribe su propia intrahistoria, moldeada tanto por el azar y la restricción —a veces oulipiana. A veces simple y dura realidad —como por diseño». Cada entrega de Granta es una exploración, no una lista de consagrados ni un mapa definitivo. Explorar implica aceptar el riesgo, asumir que pasarán cosas imprevistas, que aparecerán voces inesperadas y que otras, quizá más previsibles o más cómodas, quedarán fuera. Esa actitud resulta especialmente pertinente cuando se trata de Centroamérica, un territorio que, incluso dentro del ámbito hispanohablante, sigue siendo leído de manera fragmentaria, simplificada o directamente exótica.

Sergio Ramírez, reciente ganador del Premio de novela Vargas Llosa, lo formula con una mezcla de lucidez y pudor cuando afirma que Centroamérica es un universo completo, diverso, pero marginal en el conocimiento público, no solo en su cultura sino también en su vida cotidiana y en sus conflictos. Este número huye deliberadamente de la postal y del resumen complaciente. No hay aquí una región convertida en catálogo de desgracias ni una literatura reducida a testimonio sociológico. Hay violencia, sí, pero también humor, imaginación, naturaleza, sátira, memoria íntima y pequeñas victorias que rara vez encuentran espacio en los relatos dominantes.

El índice del libro ya anuncia esa complejidad. El texto de Sergio Ramírez, «Recuerdos de la muerte», abre el número con una narración en primera persona de la masacre estudiantil de León en 1959, una escena fundacional donde la experiencia individual se cruza de manera brutal con la historia colectiva. No es un texto retrospectivo en el sentido cómodo del término, sino una inmersión en el instante en que un joven se encuentra cara a cara con la muerte y entiende que la violencia no es una abstracción ni un concepto político, sino algo que irrumpe en el cuerpo y deja una marca definitiva. Esa intensidad inicial marca el tono de un número que no busca suavizar la entrada ni proteger al lector, sino situarlo desde el principio en un lugar de responsabilidad.

A partir de ahí, los textos se refractan unos en otros. Los reportajes de Martha Gellhorn sobre la invasión de Panamá y de Joan Didion sobre El Salvador funcionan como espejos históricos que obligan a mirar el presente desde una perspectiva incómoda. No están ahí por nostalgia ni por prestigio, sino porque muestran cómo ciertas estructuras de violencia, intervención y cinismo político se repiten con otros nombres y otros discursos. Leer hoy a Gellhorn o a Didion no es un ejercicio arqueológico, sino una forma de entender mejor por qué determinadas lógicas siguen activas. Esa dimensión especular se prolonga en textos como el de Carlos Wynter Melo, que conecta la invasión de Panamá con el presente político estadounidense, o en el de Reed Brody, que trae al centro del número la situación actual de Nicaragua desde la perspectiva de los derechos humanos. La literatura aquí no se presenta como refugio frente a la realidad, sino como herramienta para atravesarla sin reducirla a consigna.

Uno de los aciertos más notables del número es la inclusión de voces menos visibles o directamente olvidadas. El caso de la escritora beliceña Zee Edgell es paradigmático. Belice aparece como un territorio doblemente marginal, por lengua y por tradición editorial, incluso dentro de Centroamérica. El fragmento de su novela Beka Lamb no solo amplía el mapa literario del número, sino que cuestiona la propia idea de periferia. Valerie cuenta cómo el descubrimiento de esa obra fue casi un acto de asombro: cómo podía existir una novela fundacional de un país entero sin traducción al español durante décadas. Ese gesto de rescate no es anecdótico, sino coherente con una forma de editar que entiende la justicia literaria como parte del trabajo. Algo similar ocurre con la recuperación de la escritora costarricense Virginia Grütter, cuya obra fue en gran medida silenciada por escribir sobre el deseo femenino desde una perspectiva incómoda para su tiempo. Redescubrirla no es solo un ajuste de cuentas con el pasado, sino una afirmación de que la literatura tiene memoria propia y que esa memoria puede reactivarse si alguien se toma el trabajo de buscarla.

La presentación del magacín literario en el Cervantes dejó también algunas frases que merecen ser destacadas como cuando Sergio Ramírez explica que los poderes antidemocráticos pueden apropiarse de los espacios físicos, las fundaciones, las bibliotecas, pero no las palabras. Esa verdad, atraviesa todo el número. La confiscación de la Fundación Luisa Mercado en Masatepe, creada como espacio cultural y formativo, es un episodio concreto, pero su sentido es universal. La literatura, cuando es real, sobrevive a la clausura administrativa y a la violencia institucional. Gioconda Belli aporta otra clave decisiva cuando describe el número como un mosaico donde conviven pasado y presente, horror y belleza, imaginación y denuncia. Habla de las «pequeñas victorias» como aquello que permite seguir escribiendo en medio de grandes derrotas históricas. Esa idea conecta con textos como el de Carlos Dada, donde la sátira funciona como un acto mínimo de rebeldía, o con el relato de Francisco Goldman, que encuentra su propio Kurtz en un río entre Nicaragua y Honduras, explorando la ambigüedad moral sin necesidad de subrayados.

Hay también una presencia constante de la naturaleza, no como decorado, sino como fuerza narrativa. Selvas, ríos, pájaros, lluvias, territorios que condicionan la vida y la violencia tanto como las ideologías. En ese sentido, el ciclo poético en lengua maya k’iche’ de Pablo García Talé, que cierra la revista, introduce una dimensión distinta del tiempo y del lenguaje y visualmente le da «color» a la revista. No es un gesto folclórico ni simbólico, sino la afirmación de que otras formas de pensamiento y de expresión siguen vivas y dialogan con el resto del conjunto.

Como editor de Jot Down, me interesa especialmente esa forma de entender la edición como un trabajo de conexión a uno y otro lado del Atlántico. Valerie Miles ha sido durante años un puente entre escritores, editores y lectores que no siempre comparten mercado, pero sí una tradición literaria común atravesada por tensiones históricas, políticas y lingüísticas. Granta en español no es una simple traducción ni una franquicia, sino un espacio propio donde la literatura en lengua española se piensa a sí misma desde múltiples centros. En un ecosistema mediático obsesionado con la novedad inmediata y el rendimiento cuantificable, una revista sin periodicidad puede parecer un anacronismo. Yo lo veo al revés. Es una forma de resistencia. Publicar cuando hay algo que decir, dedicar el tiempo necesario a construir un artefacto literario que funcione como un todo, confiar en la inteligencia del lector y en la capacidad de la literatura para crear sentido a largo plazo. Todo eso tiene una trascendencia que no siempre se mide en titulares, pero que deja huella.

Hay una frase de Cardoza y Aragón que Valerie recupera al final del prólogo y que resume muy bien el espíritu de este número: «Pongo mi tierra sobre mis rodillas, en la palma de mi mano». Leer Granta en español, y en particular este Granta 26 dedicado a Centroamérica, es aceptar esa invitación a sostener un territorio complejo, contradictorio, íntimo y profético, y a entender la literatura no como un escaparate, sino como un saber secreto que traza lo vivido y lo que aún está por venir.

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4 comentarios

  1. Es una sorpresa esta divulgación sobre una region de nuestro continente. Bien venida sea. Gracias tantas JD. Era hora de que comenzáramos a “mirarnos el ombligo”, no aquel de nuestro confort o vanidad occidental, aun aquel de perifería, sino el del centro, diría “geocarnal” de nuestro ser “americanos” por la fuerza. Yéndome por las ramas diría que hubiese sido mejor dejar el gentilicio de Colón que esperaba encontrar la India, o sea Indios que siempre sonó y suena mal, y no el de Vespuccio. Norindios, Centrindios y Surindios. He tomado debida nota. ¿Alguna sugerencia de cómo agenciarme ese número, por ejemplo en Barcelona? Gracias de cualquier manera.

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