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Cristina Fernández Cubas, del relato inquietante a la prosa autobiográfica

Cristina Fernández Cubas. Foto: Pilar Aymerich — Firmamento.
Cristina Fernández Cubas. Foto: Pilar Aymerich — Firmamento.

«He cruzado fronteras raras a lo largo de mi vida, pero ninguna como Pocitos, entre Argentina y Bolivia». Este comentario del escritor Carlos Trías Sagnier, compañero hasta su muerte de Cristina Fernández Cubas, marca el inicio de uno de los capítulos de Cosas que ya no existen, un libro de 2011 y que se acaba de reeditar por Tusquets —su editorial de toda la vida— hace unos meses como anticipo a Lo que no se ve, un conjunto de seis relatos marca de la casa después de años de no publicar. Cristina se ha movido en literatura sigilosamente, casi como las hermanas protagonistas de su último libro: ámbitos familiares, casas y objetos personales y las dosis necesarias de intriga para mantener avivado el interés, la imaginación del lector, con el que Cristina mantuvo desde sus inicios un pacto tácito, una complicidad por encima del mundo. A sus ochenta años, algunas de las esculturas de sus premios adornan la terraza de su sobreático en el Ensanche barcelonés. Acaba de ser distinguida con el premio que lleva el nombre de su amigo José Luis Giménez Frontín, con quien viajó en un sidecar por Marruecos en los años setenta. Antes recibió el Nacional de las Letras Españolas de 2023, el Ciutat de Barcelona, el Salambó, el Calamo, el televisivo Qwerty, el de la Crítica y el Nacional de Narrativa de 2016.

Desde la aparición de los cuatro relatos que aparecían en Mi hermana Elba, la narrativa de Cristina Fernández Cubas llegó para quedarse. Su estilo envolvente, que busca una ingenuidad deliberada, nos captura en las esferas del terror y la fantasía como uno de los auténticos maestros del simbolismo y de la literatura gótica poco cultivada en nuestro país. Esa necesidad de imprimir un velo inquietante a su estilo clásico, casi realista, resulta un choque para el lector, que llega a tener miedo, como me sucediese con Jean Lorrain, con El monje de Matthew Lewis e incluso con los ultracitados Poe y Bécquer. Desde la historia vampírica que abría la edición del lejano 1980 hasta el cuento que da título al volumen, en que la inocente niña protagonista deriva hacia una Carrie, gran parte de su obra se ha movido en este ámbito. Ambientado en el verano de 1954, sus problemas de percepción aparecen a través de un diario en el que la evocación de una niña perturbada se une a los recuerdos de la narradora, que no sabemos a ciencia cierta si es su hermana o no. El último relato, «El provocador de imágenes», es casi una poética, también en la línea de Brian de Palma, en la que se alude a la destrucción a partir de nosotros mismos: «El brillo de sus ojos estaba dejando paso a su acostumbrada transparencia inhumana». Vivimos ese postrer párrafo a partir de la «nube de sombras y murmullos» que invaden ese cuento y todo el volumen.

Cuatro relatos más reunió en el volumen Los altillos de Brumal, tres años después. Las narraciones también contenían niños, magia, misterio e incitación al terror. La pesadilla volvía a formar parte de esa cotidianidad de la que Cristina no hacía partícipes. El que da título al libro es una pequeña maravilla, un logro por el trabajo de síntesis y también de ese realismo, de ese rumor que la narradora explica al lector al oído. Sus orígenes se mezclan con las descripciones en un ejercicio de contención único. No se supo apreciar su valor, pero en perspectiva fue un logro, fruto del trabajo intenso, casi de lijadora hasta conseguir esa naturalidad desbordante, con los conflictos familiares y sus secretos como trasfondo.

En 1985, Cristina vuelve al ruedo, como hemos dicho, de la mano de Tusquets, para firmar una primera novela, El año de gracia, cargada explícitamente de algunos de sus maestros, London, Stevenson, Melville, Poe y los otros. La aventura exigía su complicidad y la novela conserva una crítica que se antepone a las denuncias ecológicas y medioambientales masivas de la actualidad. Estábamos en el tránsito de la narrativa y el cómic apocalíptico hacia otros vericuetos, que narradores como Cristina exploraron para abrir senderos en la selva dentro de una novela entretenida y exuberante.

Cristina también ha sido una escritora de silencios. Desde ese lustro inicial de los años ochenta ha generado una obra breve, que en alguna ocasión dio pie a creer que se había retirado: un total de cinco libros de relatos, dos novelas, un libro de teatro y otro de memorias casi heterodoxas, Cosas que ya no existen. Después de la muerte de su compañero de toda la vida, Carlos Trías, Cristina lo resucitó y evocó un largo viaje por América a mediados de los setenta en este libro. Con ellos se apuntó el hermano de Carlos, el filósofo Eugenio Trías, desde la singladura casi surrealista en el barco que los llevaría por diferentes destinos rumbo a Buenos Aires. El viaje duró muchos meses, más de dos años. En Cosas que ya no existen viajamos por su casa natal de Arenys, población del Maresme mitificada por Espriu y donde el padre de Cristina fue destinado, por diferentes bibliotecas, por jardines, por el retrato de su madre, que preside actualmente una de las salas de la residencia de Cristina en la calle Balmes de Barcelona y, sobre todo, por el periplo por Brasil, Buenos Aires, el Amazonas, Guayaquil y Lima, donde trabajaron en el diario La Crónica, en 1975. El libro es de locura, mezcla la naturalidad de su estilo, la pericia de la diseñadora de cuentos, el deseo de volver a la literatura, el testimonio personal, la memoria y la intimidad cómplice referida. Solo por el miedo que compartimos cuando la niña de once años, de uno de los primeros capítulos, sufre ante una monja autoritaria y frustrada, el libro ya valdría la pena.

Llegamos hasta Lo que no se ve, una nueva incursión en la narrativa fantástica, que acaba de publicarse. Humor y perversidad, relaciones enfermizas entre hermanas ya ancianas, con miradas retrospectivas que nos sirven de guía: «Hubo un tiempo en que casi todo estaba prohibido. Un tiempo que no puedo olvidar». Esa sensación de confidencia, de recuerdos del pasado, del tiempo olvidadizo son algunas de las bazas que Cristina expone a través de textos de una limpieza fruto del trabajo de pulir, de la garlopa que citamos antes. En una interesante entrevista en el Diario de Ibiza, Cristina contesta que «me interesa la inquietud, que el lector se pregunte qué pasa después del fin»: «Y la pregunta es: ¿qué pasa después del final? Es la misma pregunta que se hacen las dos protagonistas del primer relato del libro, Joan y Beth: ¿qué pasa cuando van al cine y aparece la palabra fin? Me gusta que el lector se pregunte qué pasa después». El final del último cuento resulta revelador: «se sentía descansada y feliz. Extrañamente descansada y feliz. Y ahora sí. Por fin. SATISFECHA».

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