
Podría escribir mil palabras sobre una especie de cuadriga romana coronada por un cisne en vez de por un águila, y desviarme luego hacia Ben-Hur, hacia las películas de inspiración religiosa, o hacia los motivos por los que la duración de los filmes ha ido fluctuando con los años, haciéndolos más cortos o más breves según diversas consideraciones psicológicas o comerciales.
Pero no, no se trata de eso. El título es un simple antepecho agridulce para no mencionar, ya de entrada, que pretendo echar un vistazo a las cuatro amenazas que acechan nuestro bienestar, y al bienestar general de este mundo, donde a pesar de los problemas que subsisten, se han reducido enormemente la pobreza, la mortalidad infantil, el hambre y las enfermedades, provocando una enorme expansión global de la esperanza de vida, con su inevitable secuela, eso sí, de expansión demográfica y envejecimiento.
En primer lugar, y para que quede claro que no respeto orden alguno de gravedad ni de importancia, está la posibilidad, dicen que siempre creciente, de una crisis económica. Los recursos naturales son cada vez más difíciles de obtener, y la energía que consumimos, aún inmersos y puede que para siempre en la transición hacia un modelo menos dependiente de las fuentes fósiles, sigue centrada en el carbono. El petróleo baja de precio, pero suben el oro y la plata, como si se fuese a agotar antes la confianza en el dinero que en los hidrocarburos, y la deuda de las economías más desarrolladas es simplemente impagable. Las criptomonedas, que parecían una respuesta, o una burla, al sistema monetario internacional, también parecen estar desinflándose en los últimos tiempos, mientras la población, al menos la de nuestro lado cultural del mundo, se empobrece a ojos vistas, aunque vistan el fenómeno de la seda angloparlante de palabros como coliving, hausharing, workation o freeganism. Tontolculing en estado puro, vaya, pero que aun así ejerce de canario de mina para señalar a qué punto hemos llegado.
En cualquier caso, cuando abres el grifo sigue saliendo agua, cuando te subes a un tren te lleva la mayor parte de las veces a tu destino, y las estanterías de los supermercados siguen repletas de productos para los que los quieran y puedan comprar. Así que la crisis económica devastadora, nacida de la escasez o inaccesibilidad de la energía (como nos han explicado magistralmente científicos tan intelectualmente solventes como mi paisano Antonio Turiel), o en el desplome de la demanda (como nos han explicado tantos economistas, como Niño Becerra, por citar a alguno) parece que no se ha materializado aún.
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¡Y dale con esto de la “invasión rusa”! El antisemitismo y rusofobia que nos han inculcado por decenios sigue vivito y coleando. Pareciera que Rusia, de un día para otro se despertara con ganas de invadir países; esta etnía eslava (esclavo proviene de eslavo), ubicada en el Oriente aprendió a desconfiar del Occidente como tantos otros países con datos históricos a la mano, siempre ubicados en el Medio como en el lejano Oriente. Ucrania tiene su historia con dos ánimas, y una de ellas es rusa, con el lenguaje como ejemplo. La otra, y con buenas razones y en el Este es rusofóbica, pero si sacás a un presidente filoruso con manifesaciones callejeras y comenzás a los tiros contra los rusos parlantes no podés esperar otra cosa que la intervención de la” Madre Patria”. Y bueno, luego viene lo de siempre: el horror y la lógica perversa de toda guerra. Soy occidental aunque de perifería, orgulloso de serlo, pero no por esto dejaré de patalear cuando se cuentan medias verdades. Y aquí no tiene nada que ver Putin o cualquier otro jerarca. Es una cuestión ideológica. Por el resto, se agradece la lectura.