Sociedad

Cuatro caballos y un cisne: la fauna que arrastra al mundo

Cuatro Jinetes del Apocalipsis en sus caballos, por Viktor Vasnetsov
Cuatro Jinetes del Apocalipsis en sus caballos, por Viktor Vasnetsov.

Podría escribir mil palabras sobre una especie de cuadriga romana coronada por un cisne en vez de por un águila, y desviarme luego hacia Ben-Hur, hacia las películas de inspiración religiosa, o hacia los motivos por los que la duración de los filmes ha ido fluctuando con los años, haciéndolos más cortos o más breves según diversas consideraciones psicológicas o comerciales.

Pero no, no se trata de eso. El título es un simple antepecho agridulce para no mencionar, ya de entrada, que pretendo echar un vistazo a las cuatro amenazas que acechan nuestro bienestar, y al bienestar general de este mundo, donde a pesar de los problemas que subsisten, se han reducido enormemente la pobreza, la mortalidad infantil, el hambre y las enfermedades, provocando una enorme expansión global de la esperanza de vida, con su inevitable secuela, eso sí, de expansión demográfica y envejecimiento.

En primer lugar, y para que quede claro que no respeto orden alguno de gravedad ni de importancia, está la posibilidad, dicen que siempre creciente, de una crisis económica. Los recursos naturales son cada vez más difíciles de obtener, y la energía que consumimos, aún inmersos y puede que para siempre en la transición hacia un modelo menos dependiente de las fuentes fósiles, sigue centrada en el carbono. El petróleo baja de precio, pero suben el oro y la plata, como si se fuese a agotar antes la confianza en el dinero que en los hidrocarburos, y la deuda de las economías más desarrolladas es simplemente impagable. Las criptomonedas, que parecían una respuesta, o una burla, al sistema monetario internacional, también parecen estar desinflándose en los últimos tiempos, mientras la población, al menos la de nuestro lado cultural del mundo, se empobrece a ojos vistas, aunque vistan el fenómeno de la seda angloparlante de palabros como coliving, hausharing, workation o freeganism. Tontolculing en estado puro, vaya, pero que aun así ejerce de canario de mina para señalar a qué punto hemos llegado.

En cualquier caso, cuando abres el grifo sigue saliendo agua, cuando te subes a un tren te lleva la mayor parte de las veces a tu destino, y las estanterías de los supermercados siguen repletas de productos para los que los quieran y puedan comprar. Así que la crisis económica devastadora, nacida de la escasez o inaccesibilidad de la energía (como nos han explicado magistralmente científicos tan intelectualmente solventes como mi paisano Antonio Turiel), o en el desplome de la demanda (como nos han explicado tantos economistas, como Niño Becerra, por citar a alguno) parece que no se ha materializado aún.

Ya tenemos el primer caballo y su apocalíptico jinete mantiene, de momento, el arma envainada.

En segundo lugar, tenemos la guerra. Siempre ha habido guerras, es verdad. En el siglo pasado, a estas alturas, habíamos padecido ya la mayor monstruosidad de todos los tiempos y se preparaba otra de parecidas dimensiones. Poco después, y con las espadas atómicas de la guerra fría en alto, comenzó la de Corea, luego la de Vietnam, las diversas versiones de la de Irak, etc.

Y ahora, tras unos años de relativa paz en lo que a grandes guerras se refiere, llevamos cuatro años de invasión rusa a Ucrania y acabamos de saber que Donald Trump y Netanyahu han atacado a Irán, con consecuencias imprevisibles. Y nótese bien que hablo solo de guerras con posibles consecuencias mundiales, y no de simples matanzas irrelevantes a nivel geopolítico, como ha demostrado ser la salvajada de Gaza.

El caso es que el tablero anda revuelto, puede que como consecuencia del punto primero, y ya no sabemos de qué color es cada pieza, ni por dónde va a salir cada jugador.

Aquí tenemos el segundo caballo, causando muertes por decenas de miles, como siempre, pero aún sin desbocarse.

En tercer lugar, tenemos el cambio climático. En nuestro hemisferio, cada vez que pasa el verano respiramos aliviados porque la cosa no haya ido aún peor, aunque cada año va un poquito a mayores. En ausencia de una gobernanza global, capaz de tomar medidas globales, cualquier intento de ponerle remedio a nivel local parece tan útil como tratar de achicar el agua de tu camarote cuando ves que se hunde el Titanic. O como rezar. Pero nadie dice que haya que dejar de achicar el agua en tu camarote ni de ponerle un cirio al santo que cada cual prefiera. Tampoco la danza de la lluvia creaba borrascas, pero consolaba a la tribu, y eso es siempre mejor que estar sediento y a la vez desesperado.

La cuestión es que este tercer punto, a poco que apriete, y sin contar el daño que pueda hacer por sí mismo, tiene toda la pinta de influir terriblemente en los dos anteriores, poniéndolos de muy mala leche.

Ese es el tercer caballo, y a estas alturas del año parece que sigue a lo suyo. Irritado y con visos de molernos a coces, pero aún no se encabrita.

En cuarto lugar, tenemos la irrupción de la inteligencia artificial. En los últimos tiempos, y me refiero a semanas y meses, el debate se centra en si hablamos de una tecnología realmente disruptiva o se trata de una descomunal burbuja que será incapaz de cumplir siquiera una fracción de las expectativas que ha generado, dejando atrás enormes cadáveres financieros. La respuesta, por supuesto, es que será ambas cosas, cada una en una proporción o porcentaje que todavía desconocemos.

En la parte que fracase, dejará grandes perdedores, claro que sí, pero también una enorme cantidad de infraestructura abandonada que alguien comprará por cuatro duros, como sucedió con las vías de todas las compañías de ferrocarril que quebraron tras su desmesurada eclosión. Y esto tendrá grandes consecuencias, al concentrar la propiedad de los centros de datos en menos manos. Por ejemplo.

En la parte que triunfe, habrá que ver qué tareas es capaz de colonizar y a cuánta gente expulsa del mercado laboral y financiero. Lo que está claro es que no es necesario que se imponga al cien por cien en seis meses para suponer un seísmo en la estructura económica y social de nuestro mundo. Basta con que destruya un uno por ciento de los trabajos al año para que, en cinco años, haya dejado sin empleo, solo en España, a un millón y pico de personas. Y esto, como digo, asumiendo que fracase en muchos más sectores de los que sea capaz de colonizar. La cultura, los medios de comunicación y la informática base han sido los primeros en recibir su embestida, pero no se detendrá ahí, y no bastará mirar para otro lado, porque los ganadores y perdedores de esa batalla tendrán mucho que decir respecto a los puntos primero y segundo.

Este es nuestro cuarto caballo, y su jinete viene con el cuchillo entre los dientes. Y viene, además, entre los aplausos de sus víctimas, lo que lo hace aún más temible.

Hasta aquí, como de costumbre, parece que todo podría salir bien una vez más, manteniéndose la cuadriga en marcha y sin despeñarse por los andurriales más agrestes. Todo es cuestión de equilibrio.

Pero ahora es cuando interviene el cisne. Concretamente el cisne negro de Nassim Taleb. Cualquier suceso imprevisto, desde una nueva pandemia a la explosión de un volcán o cualquier aparente chorrada como el asesinato de un archiduque en Sarajevo, puede destruir ese equilibrio.

Nuestro mundo se ha vuelto terriblemente complejo e interdependiente, y la complejidad genera fragilidad. Una mala cosecha global, un mal cálculo en las aventuras militares de cualquiera de los muchos tarados que nos gobiernan, una apuesta financiera errónea o un desarrollo demasiado rápido de la inteligencia artificial, sin tiempo para digerir sus consecuencias, pueden llevarnos de paseo con Dante.

Sin Beatriz, porque era menor, sin Cielo, porque ya no creemos en esas cosas, y sin vaselina, por no perder la costumbre de lo que hemos asumido los últimos años.

Hagan juego.

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Un comentario

  1. ¡Y dale con esto de la “invasión rusa”! El antisemitismo y rusofobia que nos han inculcado por decenios sigue vivito y coleando. Pareciera que Rusia, de un día para otro se despertara con ganas de invadir países; esta etnía eslava (esclavo proviene de eslavo), ubicada en el Oriente aprendió a desconfiar del Occidente como tantos otros países con datos históricos a la mano, siempre ubicados en el Medio como en el lejano Oriente. Ucrania tiene su historia con dos ánimas, y una de ellas es rusa, con el lenguaje como ejemplo. La otra, y con buenas razones y en el Este es rusofóbica, pero si sacás a un presidente filoruso con manifesaciones callejeras y comenzás a los tiros contra los rusos parlantes no podés esperar otra cosa que la intervención de la” Madre Patria”. Y bueno, luego viene lo de siempre: el horror y la lógica perversa de toda guerra. Soy occidental aunque de perifería, orgulloso de serlo, pero no por esto dejaré de patalear cuando se cuentan medias verdades. Y aquí no tiene nada que ver Putin o cualquier otro jerarca. Es una cuestión ideológica. Por el resto, se agradece la lectura.

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