
El turista cultural entra en una ciudad con la humildad de quien va a misa y la mirada de quien ha pagado por adelantado la absolución. Lleva una bolsa de tela, un calzado que promete respeto por el adoquín y una aplicación donde alguien, probablemente con flequillo y contrato discontinuo, ha marcado en color salmón los lugares donde se puede experimentar la autenticidad local sin exponerse demasiado a los locales. A veces somos nosotras. Hay que decirlo pronto, antes de que el artículo se nos llene de superioridad moral y acabemos pareciendo esos señores que desprecian Benidorm desde una terraza de Lisboa mientras fotografían azulejos como si acabaran de descubrir la teología y la geometría.
El turista vulgar, figura muy cómoda para la sátira porque suele llevar chancletas, hace ruido, bebe en vasos de tubo y pregunta dónde está el centro estando ya en el centro, tiene la decencia casi proletaria de no disfrazar demasiado su apetito. Viene a usar la ciudad. La usa con alegría animal, con torpeza, con esa falta de ceremonia que tanto tranquiliza al turista cultural, que puede mirarlo y pensar que él pertenece a otra especie, una especie leída, vacunada contra el mal gusto, incapaz de comprar un imán de nevera salvo en estado de ironía avanzada o intoxicación por mayonesa local. El turista cultural, en cambio, devora con cubiertos. Su presa favorita no es exactamente la ciudad, aunque la ciudad acabe siempre hecha picadillo, sino la sensación de haber entrado en contacto con algo que estaba allí antes de que llegaran las ruedas de su maleta a insultar el pavimento. Quiere historia, pero sin el aburrimiento de la historia. Quiere memoria, pero con horarios razonables. Quiere barrios vivos, aunque la vida vecinal le moleste cuando ocupa la mesa que había visto en Instagram. Quiere comer donde comen los de allí, expresión que debería estar perseguida por un tribunal de crímenes contra la sintaxis y la gastronomía, porque los de allí, si conservan alguna prudencia, comen en su casa, en un bar feo o en el único sitio del barrio donde todavía no han puesto una pizarra con una palabra en inglés y una burrata apuñalada.
Desconfío mucho de quienes dicen que quieren perderse por una ciudad. Casi nadie quiere perderse. Lo que se desea es ejecutar una coreografía de extravío homologado, deambular con aspecto de poeta menor mientras el móvil vibra en el bolsillo como un Virgilio con roaming. Se llama callejear, se llama dejarse llevar, se llama descubrir rincones, y suele consistir en obedecer recomendaciones de desconocidos que han puntuado con cuatro estrellas y media una plaza donde una señora de Pedralbes encontró «mucha magia» antes de que le cobraran once euros por una tostada con aguacate.
La cultura ha proporcionado al turismo una coartada maravillosa, quizá la más limpia desde que alguien decidió llamar «escapada» a dos noches de colonización sentimental. Nadie viaja ya para consumir, qué ordinariez. Viaja para conocer. Para abrir la mente. Para apoyar la economía local, frase que permite comprar cualquier porquería con la gravedad de un ministro firmando un tratado. En las tiendas de los centros históricos, ese deseo de bondad se materializa en jabones artesanales, láminas de ilustradora local, cerámica de dudosa procedencia y libros sobre leyendas urbanas que parecen escritos por un becario encerrado en un zulo con ChatGPT.
También están los museos, esos grandes digestores de culpa. Entrar en un museo durante un viaje tiene algo de penitencia ilustrada. Levas encima tres comidas indignas, dos siestas, una compra absurda y una conversación con la recepción del hotel en un inglés que habría hecho llorar a Shakespeare si Shakespeare hubiera trabajado en recepción, pero entonces aparece el museo y todo queda compensado. La humanidad pintó, esculpió, saqueó, catalogó y refrigeró durante siglos para que usted pueda atravesar siete salas en cuarenta minutos con expresión de haber entendido el barroco flamenco. Hay personas que miran un cuadro con tal intensidad que parece que estén esperando que el cuadro les devuelva el importe de la entrada.
No conviene reírse demasiado. La cultura, incluso convertida en paquete turístico, sigue teniendo restos de veneno bueno. Una iglesia puede imponerse a la idiotez del visitante. Una pintura puede arruinar una tarde perfecta. Un cementerio puede recordarnos que el mundo existía antes de nuestro cupón descuento y seguirá existiendo cuando volvamos a casa. El problema aparece cuando todo ese espesor se convierte en decoración de nuestra biografía, cuando una ciudad empieza a funcionar como gimnasio espiritual para visitantes cansados de sus propias ciudades. La ciudad turística aprende a hablar en segunda persona del plural. Bienvenidos. Descubrid. Sentid. Saboread. Explorad. El imperativo se instala en las fachadas como una plaga con tipografía amable. Las calles dejan de estar ahí y pasan a ofrecerse. Las plazas sugieren. Los mercados invitan. Los vecinos, si aún quedan, molestan un poco porque no entienden que forman parte de una experiencia inmersiva. Sacan la basura, discuten, tienden ropa, aparcan motos, compran el pan, hacen todas esas cosas tan poco patrimoniales que arruinan la ilusión de habitar un decorado preparado por una dirección artística con sensibilidad europea.
En algún momento, el turista cultural empezó a necesitar que todo tuviera relato. Una taberna no puede ser una taberna, necesita haber sobrevivido a cuatro generaciones, a una guerra, a una inundación, al neoliberalismo y a la crítica de TripAdvisor. Un puente debe tener leyenda. Una piedra debe haber sido tocada por un rey, un santo, una bruja o un funcionario del catastro con delirios de grandeza. Una receta familiar debe esconder un trauma colectivo, aunque a veces sea solo garbanzo, grasa y hambre, que ya sería bastante. La realidad, sin envoltorio narrativo, nos parece pobre, como si las cosas tuvieran que comparecer ante nosotros con expediente literario.
El canibalismo del turismo cultural tiene modales porque se practica con reserva previa. Nadie arranca un brazo a la ciudad en mitad de la calle, tomamos una loncha fina haciendo una visita guiada al barrio donde antes vivían pobres de verdad y ahora vive una pareja danesa que hace pan con masa madre y ansiedad climática. Una ruta por comercios tradicionales donde el último comercio tradicional vende camisetas con el nombre del barrio en una tipografía que sugiere resistencia aunque haya sido elegida por una agencia. Una cata de vinos en una bodega donde se explica el territorio con palabras tan solemnes que una acaba bebiendo geología y pagando por ella. Hay una vanidad preciosa en el desprecio al turista. El turista siempre es el otro, como el mal aliento, la horterada y la foto mal encuadrada. Nosotras somos viajeras, paseantes, curiosas, lectoras de placas, amigas de una amigo que vive allí, gente que sabe pedir café sin señalar la carta con el dedo como un salvaje. Nosotras nunca contribuimos al problema porque nuestra presencia es ligera, casi conceptual. Pasamos por las ciudades como una cita culta, dejando apenas una sombra, tres recibos y una presión constante sobre el alquiler de alguien que nunca conoceremos.
El turista gastronómico merece capítulo propio, aunque sea porque se ha convertido en el más religioso de todos. Antes la gente comía durante los viajes porque el cuerpo insistía. Ahora se viaja para comer con sentido histórico. Se peregrina a mercados donde cada tomate parece avalado por un notario rural, se fotografían croquetas con la concentración de un entomólogo ante un insecto venenoso y se pregunta por el producto de proximidad con una voz tan grave que el camarero debería responder desde detrás de una vidriera. Nada une tanto al europeo contemporáneo como la sospecha de que una anchoa puede redimirlo. Y ojo con el cazador de librerías independientes, criatura mucho más peligrosa porque se cree inocente. Entra a acariciar lomos, compra una edición pequeña de un ensayo que no leerá, pregunta por autores locales y sale sintiéndose parte de una resistencia cultural que cabe perfectamente en la cabina del avión. Yo lo he hecho. Lo haré de nuevo. Hasta mi vergüenza tiene programa de fidelización. La librería, como la panadería antigua, el cine superviviente o el bar con fotos amarillas, se convierte en una reliquia portátil que una visita para certificar que aún existe un mundo mejor, aunque luego compre el vuelo más barato, duerma en un apartamento que antes fue casa y vuelva explicando que la ciudad ha perdido autenticidad.
Quizá el gesto más obsceno del turismo cultural sea su capacidad para transformar el daño en melancolía estética. Vemos un centro vaciado y decimos que parece un escenario. Vemos una tienda cerrada y hablamos de decadencia. Vemos ancianos expulsados de sus rutinas por una economía de maletas y decimos que el barrio está cambiando. Hay frases que deberían venir con una multa pequeña, simbólica, pagadera en la moneda local de la vergüenza porque exigimos que el mundo se nos entregue digerido, traducido, iluminado y limpio de habitantes inconvenientes, como un menú degustación de humanidad.
Se acaba el viaje y el turista cultural sale de la ciudad con una bolsa de tela, un libro, tres fotos de puertas y la sensación de haber sido mejor persona durante cuarenta y ocho horas. Detrás queda una calle un poco más dócil, un alquiler un poco más caro, una plaza más convertida en decorado. No se oye ningún grito. El caníbal educado da las gracias, deja reseña, recomienda el sitio con prudencia exquisita y vuelve a casa convencido de que ha apoyado la cultura local. La digestión, por supuesto, la hacen quienes se quedan.





