Arte y Letras

El artista monstruoso

The Connoisseur, de Honoré Daumier. artista monstruo
The Connoisseur, de Honoré Daumier.

La cultura tiene una habilidad repugnante para convertir el daño en anécdota cuando el culpable dejó una obra rentable, una firma prestigiosa o una colección de frases que todavía sirven para decorar sobremesas con aspecto de inteligencia. Lo que en cualquier vecino de rellano recibiría el nombre normal de conducta miserable, en ciertos creadores pasa por temperamento, por exceso, por vida complicada, por ese desorden biográfico que los suplementos culturales envuelven con papel fino para que el olor tarde un poco más en llegar al comedor. A nadie le gusta descubrir que sus libros favoritos, sus películas de juventud o los discos que le ayudaron a atravesar una ruptura vienen acompañados de una lista de humillaciones, abusos, cobardías y víctimas que estropean bastante la edición restaurada. La belleza, mezclada con la mierda, nos obliga a calcular cuánta mierda estamos dispuestos a llamar contexto.

Durante siglos se le ha concedido al artista un lugar extraño en la moral común. El médico que maltrata, el abogado que acosa, el camarero que pega a su pareja o el funcionario que usa su poder para tocar donde nadie le invitó reciben, al menos sobre el papel, el nombre de lo que hacen. El artista ha disfrutado de una coartada más perfumada. Si su obra impresiona, si su apellido sostiene retrospectivas, si varias generaciones aprendieron a emocionarse con su firma, aparece enseguida un grupo de adultos muy serios dispuesto a recordarnos que la grandeza suele traer zonas difíciles. Curiosa dificultad, siempre tan puntual cuando hay que proteger al hombre célebre y tan nebulosa cuando toca escuchar a quien lo padeció. El culto al artista monstruoso se mantiene con una maquinaria amplia. Críticos, galeristas, editoriales, herederos, académicos y festivales hacen su parte, porque el prestigio también paga facturas, llena auditorios, vende catálogos y da conversación a quienes necesitan sentirse profundos sin mancharse demasiado. Pero el público participa con una energía bastante poco confesable. Queremos seguir leyendo en paz. Queremos seguir llorando en la misma escena. Queremos conservar intacto el placer de haber amado algo antes de saber de dónde venía. Cuando la denuncia afecta a un autor que detestábamos, la conciencia se pone firme y habla con una claridad militar. Cuando toca una obra que nos formó, la conciencia empieza a redactar notas al pie.

Entonces aparece la frase más gastada del repertorio, esa de separar la obra del autor. Lleva décadas circulando con la solemnidad cansina de un mueble heredado, y a fuerza de repetirla ha terminado funcionando muchas veces como somnífero. Se coloca sobre la mesa y todo queda ordenado de golpe, como si la obra hubiera nacido en un frasco esterilizado, lejos de los contratos, las casas, los rodajes, las alumnas, las parejas, los hijos, los camerinos, los despachos cerrados y los silencios comprados por cansancio, miedo o dependencia económica. La frase puede servir para pensar mejor. En la práctica se usa a menudo para cerrar la persiana.

La gracia amarga está en que la separación crece en proporción exacta al cariño que ya le teníamos a la obra. Nadie exige matices infinitos para el poeta mediocre del bando contrario, para el director que siempre pareció un pesado o para el músico cuya discografía nos importaba aproximadamente lo mismo que una junta de vecinos. Ahí la ética se vuelve velocísima. El problema empieza cuando el monstruo escribió la novela que nos enseñó a desear, rodó la película que nos ordenó una tristeza privada o compuso la canción que todavía nos devuelve a una edad en la que éramos más imbéciles, más intensos y más fáciles de engañar por cualquier estribillo con complejo de revelación.

Casi nada pertenece de forma limpia. Tampoco hace falta convertir la cultura en una comisaría donde cada cuadro pase un control de antecedentes antes de colgarse. Esa fantasía punitiva tiene algo de purga barata y suele excitar mucho a personas con demasiada afición al fuego. La cuestión incómoda empieza cuando el respeto por la obra exige silencio alrededor del daño, cuando se pide a las víctimas que calculen el volumen de su relato para no estropear la acústica, cuando la biografía del genio se dobla con cuidado para que quepa debajo del pedestal y no moleste durante el brindis.

Ese silencio ha sido el verdadero lujo del monstruo. Mientras el genio firmaba, viajaba, bebía, daba entrevistas o posaba con gesto de haber mirado más hondo que los demás, alrededor había gente administrando los desperfectos. Mujeres que aprendían a explicarlo. Hijos entrenados en no molestar. Actrices que descubrían el precio de una oportunidad. Alumnos convencidos de que la admiración debía traer incorporada alguna forma de servidumbre. Colaboradoras que hacían el trabajo invisible y recibían una palmadita conceptual. A veces había delitos. A veces había algo más difícil de archivar en una carpeta judicial, esa suma de crueldad, dependencia y poder que puede destrozar una vida sin dejar una escena perfecta para el atestado.

La cultura oficial ha tenido mucha imaginación para rebajar esa violencia. El maltrato se vuelve carácter fuerte. El acoso se disuelve en seducción de época. La explotación laboral adquiere el brillo del perfeccionismo. La crueldad doméstica queda reducida a tormento privado. El ego descomunal pasa por exigencia artística. Todo el idioma se inclina un poco para que el prestigio siga caminando sin tropezar. Quien protesta suele cargar con la acusación de simpleza, rencor o puritanismo, tres palabras muy útiles para convertir cualquier incomodidad ética en berrinche de gente que leyó poco o leyó mal.

Hay obras magníficas hechas por personas repulsivas. Algunas seguirán siendo magníficas después de que sepamos más de lo que queríamos saber. La información nueva puede no destruir la experiencia estética, aunque la infecta, la cambia de temperatura, le mete ruido en las juntas. Ese ruido forma parte de una escucha adulta. Lo infantil sería exigir que nadie toque el altar, que nadie acerque un testimonio, que nadie mencione la sangre durante la proyección, que la víctima tenga la delicadeza de esperar a que termine el ciclo de homenaje y se apaguen los focos, por favor, que ahora estamos celebrando el centenario. El momento más revelador llega cuando el espectador se enfada con quien trae la mala noticia. La persona que cuenta el abuso queda convertida en aguafiestas del patrimonio, como si su mayor pecado hubiera sido escoger mal el calendario. Qué inoportuno hablar ahora, justo cuando se reeditaba la obra completa. Qué incómodo recordar aquello, con lo bonita que estaba quedando la retrospectiva. La prioridad real asoma enseguida. Primero la experiencia estética. Después, si sobra sitio y el cadáver no abulta demasiado, se le buscará una esquina discreta.

El artista monstruoso resulta muy útil porque desplaza la discusión hacia un individuo excepcional, una anomalía pintoresca con chaqueta cara y frases memorables. Un señor insoportable con talento. Un genio incapaz de vivir como la gente decente. Un caso difícil. Esa lectura tranquiliza porque reduce el asunto a psicología privada. La parte desagradable aparece al mirar la red que lo sostuvo, la cantidad de gente que prefirió no enterarse, el crítico que confundió miedo con respeto, la institución que calculó el coste reputacional de hacer lo correcto y decidió sentarse a esperar. Ahí el monstruo deja de parecer una figura fascinante y empieza a volverse administrativo. Firma contratos. Recibe premios. Tiene agenda. Cuenta con amigos que llaman por teléfono. Dispone de herederos simbólicos que vigilan su estatua.

La monstruosidad cultural rara vez se parece al relámpago sobre una torre. Se parece más a una oficina con moqueta, a una cena donde todo el mundo sabe algo, a un correo que nadie responde, a una puerta que se cierra porque resulta más práctico no escuchar.

Tampoco conviene olvidar al monstruo mediocre, mucho más revelador de lo que parece. El genio terrible, por lo menos, obliga a pelearse con una obra que respira sola, esa bastarda magnífica que sigue en pie aunque su padre moral merezca ser enterrado boca abajo en una cuneta del canon. El monstruo de segunda fila deja al descubierto la verdadera estructura del culto. A veces hacía falta poquísimo para levantar el altar. Un grupo de amigos, una editorial complaciente, una revista que confundía miedo con respeto, un productor con las llaves del pasillo, un profesor con despacho y mano larga. La monstruosidad también tiene becarios. Nadie va a regalarnos una solución limpia, porque las soluciones limpias en estos asuntos suelen pertenecer a fanáticos, contables o idiotas con buena dicción. Leer, mirar o escuchar con conciencia no vuelve limpio a nadie. Renunciar a todo tampoco garantiza una superioridad moral especialmente interesante. La decencia empieza en un lugar menos vistoso, bastante más incómodo, donde la reverencia automática se rompe y el artista pierde el derecho a ocupar todo el aire de la sala. La víctima entra en el encuadre. El contexto deja de funcionar como detergente. La admiración aprende a estar de pie sin arrodillarse. Puede que haga falta una forma menos servil de amar ciertas obras. Una admiración que no pida absoluciones, que no convierta el talento en bula, que no trate cada denuncia como una amenaza contra nuestra biblioteca personal. Algunas piezas sobrevivirán a esa luz más fea. Otras quedarán dañadas para siempre. En ambos casos, el problema no será la pérdida de inocencia, porque la inocencia cultural suele ser otro nombre para la comodidad de quien nunca tuvo que limpiar después.

El museo seguirá abierto. Las películas seguirán proyectándose. Los libros continuarán en las estanterías, con ese aire de animales quietos que tienen los libros cuando esperan que volvamos a ellos. Lo que puede cambiar es la postura del cuerpo ante la vitrina. Menos genuflexión. Menos prisa por llamar turbulencia a lo que dejó a otros recogiendo platos rotos durante años. Porque el carnicero puede haber cortado con una destreza admirable, de acuerdo, pero sigue siendo una obscenidad pedirle a la sangre que no estropee la cena.

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