
Que la edad te da sabiduría es, probablemente, una trola similar a la de que los Reyes Magos son los padres. No sé si has llegado al punto de la edad para que te revelen esta segunda epifanía; si no es así, disculpa por pincharte el globo y tu proyección de ilusión nihilista. Decía que la acumulación de tiempo vivo no te hace atragantarte con la fuente del conocimiento, ni muchísimo menos. Lo único que te da es jurisprudencia y herramientas para usarla —y manipularla—. En el caso del cine todavía más, por acumulativa, tropecientas mil películas en cada festival de turno, que no están solo en la roja punta del iceberg, ni en ciertas miradas, sino en el submundo de los Marché du Film, plaza de abastos del negro acetato. Si, además, eres tan masoquista como para jactarte de haber seguido las crónicas, reportajes, críticas y entrevistas de los vocingleros festivaleros patrios en el recién clausurado Cannes, habrás comprobado que, si te dejas guiar por ellos, acabarás chocando el casco de tu chalupa contra el decorado, como le pasó al pobre Truman Burbank. Y vuelta a empezar con la misma carraca.
El último Festival de Cannes del siglo XX fue el paradigma de esta hoja de ruta cateta. Nadie había —o eso trasladaban desde la Croisette— que pusiera en duda que la Palma de Oro iba a recaer en Todo sobre mi madre, de Pedro Almodóvar. De hecho, sirvió para inaugurar el mito de El Deseo como maquinaria propagandística que se ha mantenido incólume hasta ahora, agitprop del séptimo arte. Hasta a mí, que considero esta obra como el final del gran transgresor y el inicio del «otro» —dejémoslo ahí— Pedro, con la única excepción de Volver y algún acto de Dolor y gloria, me molestó que se fuera de vacío. Bueno, ganó el premio al mejor director, igual que Ambrossi y Calvo este año, pero, a juzgar por su careto y el de toda su troupe, pareció que Gilles Jacob, el jefe de todo esto por entonces, les había hecho barrer el Grand Théâtre Lumière. La gota malaya que dieron los medios españoles, encabezados por El País, es de las que todavía hacen sangrar los ojos. Y eso que aún no existía Kinótico ni sus barricadas. El caso es que, desde aquel año seminal para la propaganda, hay quienes circulan por la izquierda real y metafórica, comprando la suspensión de incredulidad y vendiendo por treinta monedas el principio de realidad, mientras la lógica de un festival internacional va por el carril central. La jurisprudencia no engaña, y año tras año vuelve a pasar lo mismo, eterno retorno del cine.
Pero, de un tiempo a esta parte, el departamento de marketing ha añadido al espectáculo una divertidísima mascota oficial: el Aplausómetro.
Como aquel invento que proyectaba un mundo ficcionado en La invención de Morel, de Bioy Casares, en este caso la máquina inasible se llama el Aplausómetro, no confundir con El Semáforo, aquel concurso de televisión con parecido mecanismo. Este es mucho más divertido: consiste en disfrazar a cientos de buenistas con tuxedo y hacerlos aplaudir hasta perforar los tímpanos. Excelente metáfora de los tiempos líquidos en los que vivimos y en los que, al igual que en el patafísico show de Chicho Ibáñez Serrador, se medía el éxito por el ruido, cambiando únicamente a Cañita Brava por Rodrigo Sorogoyen. La cosa no pasaría de fantástico divertimento en el interludio, que baja a tierra cualquier predicción fatua, si no fuera porque los medios antes referidos, y otros muchos más, le dan un pábulo que traspasa la vergüenza ajena.
Parafraseando aquella mítica obra teatral de Els Joglars, Yo tengo un tío en América, yo tengo un tío en Cannes que me ha estado informando con puntualidad y pulcritud germánica sobre la verdadera realidad del festival, que no es una anáfora, a diez mil kilómetros de ese invento del demonio del cringe, que por sí solo se ha cargado décadas de historia, teoría y análisis cinematográfico, incluida la cátedra de cine de la Universidad de Valladolid, y ha borrado de un plumazo a los Pauline Kael, André Bazin, Roger Ebert, hasta a Oti, que le gustan todas. Resulta que ahora, en función de la duración del Aplausómetro, se determina cuáles de las alhajas que Thierry Frémaux se ha comprado para su expositor son las que más o menos posibilidades tienen de llevarse la palma. A tocar las ídem, dicen por ahí. Si son más de veinte, que ya son minutos, en el caso de La bola negra, pues la cosa no va mal. Si bajas de diez, como los ocho de Amarga Navidad, Autofiction para los franceses, mejor ve a por un croissant al Hôtel Martinez. Luego, claro, te lo crees, ya sabes, que si «los Reyes son los padres». Así las cosas, el mejor titular de Cannes lo ha dado el academicista El Mundo Today: «Un avión lleno de críticos de cine aterriza en Cannes y el piloto recibe dos horas de aplausos».
Y luego está el localismo, ese fatal localismo que arroja predicciones que son cabras en un campanario, de fase previa del Mundial. Hombre, yo entiendo que en el fútbol se dé esa interacción entre el aficionado y el club de sus pasiones, aunque la mayoría pertenezcan a fondos de inversión. Pero en el cine, que se supone que es una de las bellas artes, la séptima en concreto, que el aldeanismo se instale en la crítica y en los cronistas, es más sonrojante que el Aplausómetro. Cualquiera que sea tan friki como yo, de consultar cada día los medios propios, europeos, latinoamericanos y estadounidenses, verá el enorme abismo que hay entre unos y otros en la agenda del festival. Es verdad que este año ha sido un éxito enorme —más para Movistar Plus que para la industria patria— que hayan llegado tres películas españolas a competir en la Sección Oficial. Olé, olé y olé, sin tan siquiera entrar en ditirambos opinativos sobre la calidad o no de las propuestas. Pero hombre, si te centras en la crítica ibérica, parecía una certeza descartiana primero, que la fuera a ganar, por orden de aparición, El ser querido; después, aunque menos porque todo el mundo ha visto las costuras de Amarga Navidad, su ansiada palmadita en la espalda a Pedro, y, por último en el espinazo y con la alfombra pelada como la hierba de Wimbledon, La bola negra de los Javis, reventando la maquinita infernal: al igual que el premio Nobel de la FIFA para Trump, la Palma de Oro estaba ya otorgada y solo faltaba ver el outfit de los muchachos al subir a recogerla.
Esto puede pasar en los mundos que los cineastas inventan, pero en la recientísima historia no ha ocurrido nada de esto. Una vez que se cae el trampantojo rojigualdo, pues gana la favorita real, Fjord, otra vez Cristian Mungiu, que entró como un elefante en el ecuador del festival.
¿Cómo se dice el Aplausómetro en rumano?







