Arte y Letras Literatura

FBR y los monstruos

Felipe Benítez Reyes. Fotografía cedida por FBR.
Felipe Benítez Reyes. Fotografía cedida por FBR.

Los llamo autores estantería. Son unos cuantos: ahí está Umbral, desde luego —setenta libros—, Valle-Inclán —sesenta—, Baroja —sesenta y tres—, Cansinos —un montón—, Gómez de la Serna —otro montón—, Azorín —me canso cuando llego a contar cincuenta preguntándome por qué habré leído cincuenta libros de Azorín—, Pla —setenta y dos—, Camba —cuarenta y siete—, Nuria Amat —todo—, Vargas Llosa y algunos otros. El más joven es Felipe Benítez Reyes —ochenta y tres—. Lo empecé a leer de adolescente y su primer libro, Paraíso manuscrito, publicado en la colección Calle del Aire, entró en mi casa de un modo simpático. Había en la calle Larga de Jerez una librería llamada Papel y Tinta que llevaban unas hermanas, saborías a primer golpe de vista pero encantadoras cuando tenías trato. Una mañana, un muchacho sacó de las baldas el delgado volumen blanco con los primeros poemas de FBR y quiso comprarlo, pero no estaba marcado y la hermana de la mañana le dijo que se pasara por la tarde porque ella no sabía el precio. Por la tarde, pasé yo por la librería, vi el volumen de FBR allí, sobre la mesa de la librera, y pregunté por él y, creyendo la hermana de la tarde que yo era el que había pasado por la mañana, me lo vendió. El muchacho de la mañana era Fernando Taboada, Guinness de los récords en la categoría de «seres humanos que más carcajadas han soltado a lo largo de una vida». Me paro a pensarlo y son más de cuarenta años leyendo a un autor. De hecho, lo primero que publiqué en un periódico fue una reseña de su segundo libro de poemas, Los vanos mundos. Pero leerlo mientras producía sus libros —o sea, ser contemporáneo suyo— no puede considerarse de otro modo que como una inmensa suerte.

El último volumen que ha venido a la estantería FBR se titula La gente. Es una novela muy breve que hace saltar las costuras del género —cosa que el género siempre ha agradecido porque desde hace siglos fue su manera de ir ganando territorio—. Corriendo el riesgo de ser considerada una gavilla de estampas en un pueblo costero escogido en 1953 por las autoridades franquistas para instalar una base militar yanqui, propone un retrato fantasmagórico que, por debajo de sus líneas, indaga en el misterio de la identidad. La identidad, o sea, cómo cada cual se interpreta a sí mismo a través de la indulgencia de la voz de la conciencia, que además es juez severo a la hora de evaluar a los otros a partir de los pocos datos, muy a menudo insignificantes, cuando no directamente falaces, que es capaz de acopiar. Así, la novela, como a menudo sucede en algunas de las mejores obras de FBR (pienso en Tratándose de ustedes), tiene una fachada que pudiera ser engañosa: una humilde casa de pueblo que, traspasada la puerta, contuviera dentro una catedral.

Una vez le dije a FBR —cuando estaba haciendo su precioso prontuario de conceptos literarios titulado El intruso honorífico— que novela coral era aquella que tenía más personajes que lectores. Espero que la suya no sea una novela coral, aunque no dejan de aparecer personajes y más personajes, cada cual con sus fantasmas, su manera de amargarse la existencia, sus deliquios y delirios, su ángel y su demonio, elaborando entre todos ese tapiz incomprensible que es la realidad, palabra que ya decía Nabokov que solo debía escribirse entre comillas. La capacidad de FBR para transfigurar la realidad por el aparentemente sencillo método de reflejarla —un vecino que le regala un caballo a Eisenhower para quitárselo de encima (al caballo) y recibe una carta de la embajada norteamericana diciéndole que muy agradecidos y que el presidente acepta el regalo, pero no puede hacerse cargo de él y le agradecería que lo mantuviera cuidado y en buena forma, de manera que Eisenhower queda como dueño de un caballo que nunca verá y el vecino sigue cuidando del caballo que ya no es suyo— siembra cada página de la duda de si el autor se está inventando algunas disparatadas y encantadoras escenas o, dado el humor que la realidad se gasta en la Baja Andalucía, no ha tenido más que hacer cala en periódicos de época o poner el oído para escuchar historias de la gente para alzarlas luego con esa prosa limpia suya, alborotada de relámpagos que son imágenes antológicas. «Mural de espectros» se subtitula, y sirve el subtítulo —el mural se presenta como un manuscrito de un vecino al que no se le conocían veleidades literarias y vivió de 1918 a 1985, dejando esas páginas que vamos a leer— para toda la obra de FBR. El texto va adelantado por un prólogo del sobrino nieto del autor donde leemos: «En los pueblos pequeños se establece una especie de genealogía colectiva: todo el mundo está relacionado con todo el mundo por un vínculo a menudo imprecisable, y ese vínculo tengo la impresión que se establece y se mantiene gracias al rumor, a una narratividad basada más o menos proporcionalmente en las conjeturas infundadas y en los hechos veraces. Esa novela, en suma, que no escribe nadie y escribimos entre todos. Una novela con un planteamiento azaroso y poliédrico, con un nudo extrañamente estático y con un desenlace abierto y bastante incoherente».

No es exagerado decir que donde dice «pueblo pequeño» podemos leer cualquier parte, el planeta entero, la realidad delimitada de cada cual.

Dada su condición de poeta reconocido como uno de los capitanes esenciales de la poesía española de la Transición —la generación de los ochenta, para entendernos, junto con Luis García Montero, Carlos Marzal o Vicente Gallego—, a las novelas de FBR las acompaña siempre la sombra de esa etiqueta tantas veces perniciosa que es «la novela de poeta», entendiendo por tal cosa aquella en la que al lenguaje se le da prevalencia sobre los sucesos que se cuentan. Bobadas. La novela de poeta es un invento de Ortega y Gasset en cuyo ejercicio solo cayeron novelistas que no tenían nada que contar y muchas ganas de hacer acrobacias. Ortega estaba harto de Pío Baroja y sus novelas tipo «voy a contar a ver dónde llego y, cuando me canse, lo dejo», y propuso alimentar de lirismo y solo lirismo la narrativa: siguiendo sus lecciones, la literatura española se musculó con algunas obras hoy completamente ilegibles que se enorgullecían de que en doscientas páginas no pasara absolutamente nada. Curiosamente, el propio Ortega, a pesar de que teorizó mucho sobre la cosa, y lo hizo de forma brillante y convincente para probar que las teorías estéticas también tienen algo de ficción, no cometió nunca el error de hacer una novela con sus propios preceptos. Debió ver que las novelas orteguianas las vendían más los farmacéuticos como ansiolíticos que los libreros.

Mi generación ha producido algunas novelas excelentes: La flaqueza del bolchevique, de Lorenzo Silva; Enterrar a los muertos, de Martínez de Pisón; Lo peor de todo, de Loriga; La mentira, de M. J. Furió; Fabulosas narraciones por historias, de Orejudo; yo qué sé, una docena más. Es imposible no contar entre lo más deslumbrante de esa producción varias novelas de FBR: El novio del mundo —yo creo que su obra maestra—, El azar y viceversa, La propiedad del paraíso, El pensamiento de los monstruos. Son novelas elegantes, arrebatadas, rebosantes de risa y lirismo, erigidas con una sabiduría narrativa envidiable y sostenidas por una prosa con el don de la gracia (en el sentido de la destreza y la soltura que generan aquello que para Stevenson era la cualidad esencial de las narraciones: el encanto). Encanto es palabra determinante para referirse a las novelas de FBR: tanto por lo que convoca al hechizo como por lo que tienen de conjuro (encanto, etimológicamente, significa «hacia el canto»). Su meta, se diría, queda establecida en el acto de transformar la realidad en una plantación de espejismos: o sea, retratarla de la forma más real posible, porque al fin y al cabo la realidad es un campo minado de simulacros. Nadie como FBR consigue colocar la realidad en la lente de aumento de su microscopio para mostrarnos que lo que superficialmente nos parece aureolado de cotidianeidad guarda siempre algo espectral, a menudo monstruoso, siempre tintado de extrañeza y melancolía. Por eso su herramienta más eficaz es la que le permite poner sobre el lienzo de sus narraciones una inquebrantable perplejidad que acaba convenciéndonos de que nada es normal, de que la cotidianeidad no es normal, de que hay monstruos por todas partes porque todos somos monstruos —entendiendo por monstruo aquella especie de la que solo hay un ejemplar… y ya me dirás si no es así, dado que, estando hechos todos de lo mismo, nos consideramos cada cual ejemplar único e irrepetible—. Somos todos iguales en el hecho de ser únicos.

FBR monumentaliza insignificancias como quien encuentra oro —o poesía o disparate o ternura— donde de ninguna manera los demás lo hubiéramos visto. Su mirada —quiero decir, su prosa— ensalza lo cotidiano delineándolo con un no sé qué espectral y convirtiendo el terreno de juego de la rutina en un teatro repentino en el que en cualquier momento se puede producir la magia, lo inexplicable, la maravilla… pero también el espanto, claro, también la desgracia. Juguetes del azar y las circunstancias, sus personajes acaban sirviéndonos un espejo deformante que sabe convencernos de que tampoco hace falta inventar monstruos ni espectros. «La imaginación literaria de muchos ha dado forma a la monstruosidad, que se resiste a ser un concepto abstracto. De ahí que resulte tan variado el catálogo de monstruos irreales: vampiros sedientos de vida, licántropos enajenados por el plenilunio, gorgonas y dragones con entrañas de fuego… Un bestiario concebido para suplir una carencia iconográfica de la realidad y colmarla de prodigios aterradores con lo importado del sueño… Pero el caso es que los monstruos verdaderos viven junto a nosotros, visten como nosotros, simulando acatar las convenciones y las leyes, camuflados en el desierto de la multitud. Algunos acaban siendo admirados por la plebe y condecorados por los oligarcas. A veces se les encumbra al sillón solemne de los regidores. Ninguna señal los distingue, ningún estigma. El monstruo lo llevan dentro, y en ese adentro ruge y trama. Sales a la calle y allí están. Y allí estás también tú, sin saber si eres uno de ellos para ellos. Una complicidad secreta. Una confabulación tácita. Y en eso andamos todos, poco más o menos, mientras andamos por aquí».

Festivas y, sin embargo, hondas, sabrosas y, sin embargo, reflexivas, las novelas de FBR indagan en una realidad que, al alcanzarse solo mediante la conciencia de cada cual, queda siempre transfigurada, puro espejismo, fábrica de espectrales certezas que cada cual se monta para ir tirando. Ahora lo he visto asegurar en una entrevista que ya solo va a escribir una novela más y un libro de poemas lento que le tenga ocupado lo que quede —que será mucho, seguro— de ilegible futuro. Mi estantería FBR agradece esa contención porque ya apenas hay sitio para más, pero al lector que soy no le importaría lo más mínimo empezar una segunda estantería para seguir acogiendo su inconfundible manera de atrapar los enigmas del mundo para transformarlos en excelente literatura.

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