Sociedad Eros Ocio y Vicio

Catorce apuntes sobre pornografía

Detalle de La femme damnée, de Nicolas-François Octave Tassaert. pornografía
Detalle de La femme damnée, de Nicolas-François Octave Tassaert.

«Quiero, luego soy». (Arthur Schopenhauer)

Uno

La pornografía digital no busca necesariamente satisfacer el deseo; busca prolongarlo. El algoritmo se comporta como fetiche y el fetiche se comporta como algoritmo. La pregunta no está en el origen —¿qué vino primero, el algoritmo o el fetiche?—, sino en la base del comportamiento humano.

Si buscás en el motor de búsqueda de alguna de las empresas de Mark Zuckerberg, Elon Musk o Zhang Yiming las palabras «pies», «mujeres» y «adultas» e ingresás en las tres primeras imágenes o videos que te recomienda, es muy probable que, cuando vuelvas a hacerlo, el algoritmo te muestre con mayor insistencia contenido similar al que has buscado.

El algoritmo es una fijación.

Se puede inclinar más la visión, pero también, si buscás camiones, autos o carreteras, es probable que, en algún momento, la lupa de Instagram te sugiera videos de trabajadoras sexys en gasolineras, en escenas de cautivante incitación sexual.

El algoritmo es una provocación.

Dos

Instagram, X y TikTok se han llenado de contenido pornográfico. Muchas veces se trata de fórmulas de clickbait para lograr que ingreses en canales de Telegram que buscan, en última instancia, la suscripción a OnlyFans. No es muy difícil encontrar o reconocer este tipo de publicaciones: solo tenés que sentir la necesidad de masturbarte o tener el día un poco aturdido para ingresar en esa jungla de displaceres instantáneos.

El algoritmo es dinero.

Los niveles de dopamina y la fragmentación de la cognición son dos de las principales variables utilizadas por estas herramientas de control molecular. La lógica del mercado está pensada para capturar tu tiempo utilizando tu mayor debilidad. Y una de las debilidades de las personas es la carne. Las plataformas capitalistas lo saben y, como buscan expandirse cada vez más, intentan correr los límites de lo cognoscible y de lo mercantilizable. Así, el erotismo se ha convertido en uno de sus últimos campos de batalla.

El algoritmo es pulsión sexual.

Tres

Según Sayak Valencia, hace algunos años el temor era que el capitalismo se convirtiera en el infierno. Ahora, para ella, el mayor riesgo es que el infierno se capitalice.

En Capitalismo gore, la escritora mexicana plantea que la violencia es la nueva commodity. No ya un medio para lograr un fin, sino un fin en sí mismo. Lo lleva a casos extremos del contexto de las culturas narcotraficantes mexicanas y agrega que el eje central es la relación con los cuerpos y cómo estos han sido capturados, feminizados en gran medida, como instrumentos de poder y riqueza.

En los últimos tiempos, mediante la transmutación de los medios y los fines, se ha llegado en varias redes sociales a un tipo de fenómeno relacionado con lo tántrico. La gente mira videos sugerentes, pero nunca termina concretando el acto masturbatorio. O se queda una tarde entera mirando perfiles de Tinder o Bumble, pero jamás concreta una cita.

Es más placentero deslizar el dedo por la pantalla que tener un orgasmo —compartido o no— a oscuras, en el silencio de la habitación.

Si la fórmula antigua era excitación-descarga, ahora es excitación-excitación.

Cuatro

Desde hace varios años existe el movimiento NoFap. Es llamativo: si les preguntás a jóvenes de veinte a treinta años, con ideas mayormente de derechas, si creen que ese es el camino, es probable que te digan que sí. Todo esto son puros prejuicios, pero de eso está hecha en parte la opinión. Varones que van al gimnasio y buscan una motivación moral de rectitud en el gesto maniático de la prohibición masturbatoria.

El problema es que la fantasía de David contra Goliat es lo más pornográfico que existe. La prohibición de ver pornografía y la autoimposición de ciertos hábitos terminan produciendo comportamientos maquínicos. Muchas veces, estos experimentos, fomentados y fogueados en foros lumpen de internet, tienen un impacto real en las personas.

A pesar de todo, el NoFap es una forma de parar, y parar muchas veces suele ser útil. El problema surge cuando esa red de apoyo se transforma en una forma de vivir, en una especie de regla.

Tal vez la pregunta esté relacionada con qué mundo se está construyendo para que la gente tenga que unirse a este tipo de grupos antimasturbatorios.

Son grupos del mismo tipo que Narcóticos Anónimos o Alcohólicos Anónimos, la solución yanqui a un problema estadounidense. Solo que aquí no hay sillas de plástico, rondas incómodas ni una presentación del estilo: «Hola, soy Billy, tengo veinticinco años y hace tres días que no miro pornografía».

Cinco

Jorge Dioni López estudia la pornografía y sus múltiples formas desde mediados de la década de los noventa. Ha presenciado su persistencia y sus cambios desde los puntos de vista técnico y conceptual. En Pornocracia, sus diagnósticos actuales detectan que en la industria ya casi no existen el mainstream ni las actrices. Y, lo más importante, que desde hace varios años se ha pasado de las películas a las escenas.

Con internet, la narración se ha transferido al formato y, como se sabe, en internet no hay mainstream porque internet es el mainstream. Tampoco hay márgenes porque internet es una red, no hay centro; a lo sumo, puede que el centro sea la electricidad. De internet solo hay un afuera, cada vez más pequeño y costoso.

Lo que sostiene el libro es que las transgresiones —de índole moral y visual— son la clave del éxito actual. Y en la persistencia de las páginas de pornografía se encuentra la violencia, la fuerza tanática, como ingrediente principal.

Esto puede darse porque los nuevos formatos permiten que no haya contextos y esa descontextualización, es decir, la ausencia de la necesidad de relacionarse con lo que se ve, la apatía, podría decirse, es la clave para que alguien disfrute viendo una escena de doble o triple penetración.

Al no haber nombres propios, la satisfacción está ligada a un imposible. Y en ese imposible siempre se quiere más y siempre habrá más. Así funciona la enajenación actual. La pornografía es insatisfacción, consumo masivo y repetitivo, falta de límites.

En una entrevista radiofónica, Dioni rebate al entrevistador cuando este le replica que actualmente vivimos en una sociedad hedonista. Con gran acierto y templanza, responde que el hedonismo requiere tiempo y espacio, y que ni la pornografía ni el capitalismo quieren eso, sino más bien todo lo contrario.

El hedonismo está relacionado con el placer. La pornografía, con una búsqueda enloquecida de la satisfacción de demandas inexistentes. En gran medida, la pornografía actual está apegada a un goce mortífero, y ese goce mortífero es propio de una sociedad altamente precarizada que consume lo que hay con el poco tiempo que le queda. Correrse en dos minutos es una derrota política y cultural.

El algoritmo solo tiene tiempo para eyacular; a veces, ni para eso.

Seis

La escritora y traductora británica Polly Barton, autora de Porn: An Oral History, se encuentra una tarde con la periodista británico-australiana Jenny Valentish en The Wheeler Centre. Ambas sostienen un diagnóstico común y hablan sobre el libro —un relato coral de testimonios anónimos acerca de cómo se vive el consumo de pornografía—: la gente no habla de pornografía.

Ellas, con la excusa de la presentación pública del objeto, lo hacen durante una hora. No se trata del delirio o la fantasía intimista de dos mujeres que cuentan qué consumen, cuánto consumen y cómo lo consumen; tampoco hay un debate sobre si es mejor Pornhub o YouPorn. No. Eso no es lo que pasa.

Lo que pasa es que hablan de un tipo de testimonio que relaciona la culpa con el deseo, la productividad con la pornografía y el erotismo con la muerte. Todas esas tensiones hacen del debate una conversación genial porque dan cabida a varias contradicciones que terminan concluyendo en la necesidad de hablar de pornografía en las escuelas, pero también a la observación de que, en realidad, las escuelas no son ámbitos propicios para hablar de pornografía.

Porque, aunque la edad del primer consumo de pornografía ronda los ocho o nueve años, la mayoría de los jóvenes mira pornografía porque está prohibida, porque es algo transgresor, y en la transgresión hay un placer difícil de erradicar, entender o controlar desde los aparatos ideológicos del Estado.

Barton cuenta que le sorprende que los entrevistados le comenten que tienen ciertos dilemas éticos al ver películas de dudosa procedencia. En ese momento recupera el debate y las búsquedas del porno feminista o de la pornografía del cuidado. Valentish agrega que, hablando de cuidados, ha presenciado jornadas de grabación de porno convencional y que, a pesar de lo que reproducen, son algunos de los lugares más cuidadosos que ha visto.

La entrevistadora agrega que no puede ver porno de autor —mayormente, producciones relacionadas con el feminismo o los movimientos LGBTQ+— porque le resulta aburrido, sobreactuado o casi fingido. La principal diferencia entre este tipo de erótica y la que se encuentra en las páginas más famosas es que hay que pagar para verla. Obvio que eso es lo más valorable, pero también lo que hace que la vara moral no sea legítima. Mucha gente se masturba porque es lo único que tiene. Porque es gratis.

Otro detalle es que en este tipo de producciones se tiene una visión positiva de la sexualidad, lo que significa que buscan representar distintas orientaciones desde una perspectiva en la que el placer se vuelve democrático. Y no hay que olvidar que, tal como viene el mundo, se nota que a mucha gente no le gusta vivir en democracia.

A pesar de esta dicotomía, Valentish siente que ese agregado le quita toda la fuerza punk, hardcore o insurrecta que tiene la pornografía con la que ha crecido. Entonces abre un debate que va más allá de si la pornografía es buena o mala en sí, pues también existe una tensión basada en los estatus económicos y culturales, muchas veces ligados a la idea de gusto.

Pero, más allá del gusto, ¿cuál es el problema de la pornografía?

Siete

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, en La agonía del Eros, que debe de ser uno de sus mejores libros junto con Ausencia y El aroma del tiempo, plantea que la pornografía es enemiga del erotismo. Lo que dice es que el erotismo tiene un velo, algo que está cubierto, más carnada que anzuelo, mientras que la pornografía es puro anzuelo, contenido en 4K, cuerpos desnudos en alta definición.

Han asume que la fantasía necesita indefinición para existir y contrapone esa indefinición a la manía de la selfie como fenómeno de época: el rostro descubierto sin indefinición, la parte del cuerpo que siempre está desnuda, más desnuda todavía, un lugar donde no hay lugar para la fantasía.

Es probable que, si la gente sigue imaginando o planeando los placeres de su vida con lo que hay en internet, esos placeres sean bastante pobres. Más cercanos a una acumulación de atributos y datos que a una visión más compleja de la existencia.

En fin, el problema es que la pornografía es información y la información es poder. Y el erotismo es ideal, más cercano al «no poder poder». Esa es la batalla. Para Han, pero también para cualquier mortal.

Como el dios Cronos, que se comía a sus propios hijos, la ola pornográfica que diagnostica Han —no solo dentro de la pornografía como tal, sino en la vida invivible que se propone a las sociedades— atenta contra los propios rituales eróticos.

El erotismo sagrado que analizaba Georges Bataille en El erotismo, por ejemplo, era una especie de escenario que requería fiestas, juegos y rituales para acontecer. Con la catapulta de la hipersexualización, todo esto se borra. No hay tiempo, no hay espacio, no hay juego; todo es sexualizable, desde una candidata política con una sudadera sugestiva hasta el agente de policía de brazos fornidos.

Lo pornográfico no es sexo en el espacio virtual, sino que incluso el sexo adquiere modalidades pornográficas en la vida real. Pero la pornografía está en las antípodas del sexo. Aniquila la sexualidad misma. Lo obsceno del porno no consiste en un exceso de sexo, sino en que no hay sexo en el porno.

La pornografía es un gesto de poder. El erotismo, esa cosa más asociada a los franceses, a los labios pintados, al cigarrillo o a la publicidad de perfumes, tiene otro ajuste, más complejo, una experiencia negativa que se une a la imaginación. El erotismo pone en marcha un desconocimiento voluntario, una fantasía más allá del yo.

No es raro pensar que en una época tan narcisista haya tanta pornografía. La fuerza narcisista no permite que el otro viva su placer, sino que necesita ser ese otro o, al menos, imaginarse ahí. No es capaz de reconocer el límite. No deja que el otro sea el otro.

Ocho

La pornografía, como casi todo en el mundo, es cada vez más precaria y accesible. Inunda todos los espacios de la vida. La sexualización permanente de los cuerpos, operada en gran parte desde las cámaras de los móviles, ha capturado, en una especie de mímesis, una copia enloquecida del deseo mediante gestos sencillos que tienen poco de inocentes.

Resulta alarmante ver a una niña de siete años replicando trends de TikTok de famosas —bailarinas, cantantes, creadoras de contenido, modelos— con gestos obscenos y adquiriendo después prendas que no son apropiadas para su edad.

Esta falta de límites es responsabilidad de los padres y las madres que dejan a menores expuestos al consumo sin criterios ni cuidados, pero también responde a una forma del tecnoliberalismo digital de intervenir en la formación del deseo desde la infancia. Es un fenómeno que Marta de Casas Suki, bailarina y profesora de estilos urbanos, ha denunciado ante toda la comunidad.

El algoritmo es perverso.

Nueve

Más allá de la desnudez, todo se vuelve pornográfico porque todo es susceptible de convertirse en espectáculo. Con la primacía de la técnica visual, tanto la guerra en la Franja de Gaza como el sonido de un paquete de patatas agarrado por las manos de una joven influencer, reproducido mediante ASMR, pueden despertar emociones muy intensas en las personas.

Esas emociones no reflejan un cambio actitudinal, sino que terminan convirtiéndose en el propio placer. El espectáculo de la dopamina a cuentagotas parece no tener fin. En ese margen, la pornografía clásica pierde valor porque su ciclo de expectativa, excitación, descarga, bajón y expectativa se transforma en un ciclo de pura expectativa.

Diez

La pornografía es una catapulta de frustraciones. Porque, aunque el personaje principal de El Reino, la novela de Emmanuel Carrère publicada por Anagrama en 2015, buscaba en las páginas de contenido para adultos el origen del cristianismo, es decir, el comienzo de la verdad, lo cierto es que, como escribió Juan José Millás, la pornografía es erotismo sin literatura.

Once

Si la relación entre las personas y la pornografía es compleja, complicada, aturdida, no lineal, es porque aún más compleja es su relación con el erotismo. Ya de por sí, el erotismo es una casa de piedra levantada sobre una base de piedra, algo difícil sobre algo difícil, una incomodidad dentro de otra incomodidad.

La pornografía se hace eco del erotismo, pero no es erotismo. Por eso es tan redituable, porque se consume hacia dentro, porque te consume hacia dentro. Porque activa mecanismos internos cuyo funcionamiento ni uno mismo comprende muy bien. La pornografía hace dinero con lo indecible. Un padre de familia encerrado en el baño de su casa, mirando en el teléfono fotos de los pies que le envía una señora por OnlyFans. Una adolescente bajo las sábanas, a la hora de la siesta del domingo, viendo una producción entre dos mujeres, una almohada húmeda.

Hay gente a la que le excita que le peguen con un látigo y también gente a la que le excita pegar con un látigo a otras personas. Hay gente a la que le excita ver eso, poner su ojo en juego. Hay algo ahí, insoportable, pero cierto y real.

Por eso, mientras Sigmund Freud interpretaba el erotismo principalmente desde la pulsión sexual y Michel Foucault analizaba cómo se configuraba la sexualidad a través de las relaciones de poder y los discursos sociales, Georges Bataille se preguntaba por su dimensión existencial y casi metafísica.

En resumen, él distingue tres formas de erotismo: una relacionada con los cuerpos; otra, con los corazones; la última, con lo sagrado. Pero las tres están unidas por un axioma: «El erotismo es la aprobación de la vida hasta en la muerte».

En esas palabras aparece la maquinaria conceptual: deseo, placer, riesgo, violencia simbólica, pérdida del yo y cercanía entre la muerte y lo sagrado. Entre tantos enigmas, la pornografía, en relación con la forma de entender el erotismo de Bataille, es el erotismo vacío de vida, una fuerza plagada de pulsiones mortíferas.

Aunque haya pornografía de izquierdas o de derechas, más o menos correcta desde el punto de vista político, la consecuencia principal del consumo de este tipo de producción es el acatamiento de una pulsión que elimina la capacidad de encontrarse con el otro.

Porque, aunque los viejos frustrados se toquen porque ya no tienen ganas de estar con sus mujeres o las femmes fatales independientes usen aparatitos de autosatisfacción para ahorrarse el encuentro con la otredad masculina, casi siempre el resultado de este acto reflejo es un panorama desalentador: a pesar de la cantidad de «libertades» a la hora de elegir fantasías, cada vez se folla menos.

Doce

Desde la pandemia, OnlyFans y las plataformas de contenido aparecieron como una oportunidad de negocio para quienes se habían quedado sin trabajo —dentro de la industria audiovisual pornográfica— y también para muchas otras personas que hasta ese momento no habían tenido la necesidad de vender minutos de su cuerpo en videos. Esa fantasía duró un tiempo, hasta que «la normalidad» volvió al ruedo.

De ahí en más, muchas personas quedaron pegadas a un tipo de trabajo y de ingresos que produce una dependencia constante de la exposición y que, a la larga, puede ocasionarles graves problemas. La pornografía, en su estado actual, es una especie de prostitución de la vida. Una especie de sustitución de la libertad de elección por la voluntad de erección.

El capitalismo de plataformas, al ser un mercado gris, termina convirtiéndose en un negocio peligroso y mal regulado. Si existiera un censo, es muy probable que miles y miles de personas hayan infectado sus ordenadores con virus —malware o troyanos— por ver un poco más de piel de lo habitual.

Se han descubierto grandes redes de agentes que les cobran a las actrices por posicionarlas en OnlyFans, al estilo de las granjas de troles. A esto hay que sumarle que la plataforma también se queda con un porcentaje de los ingresos. Eso transforma a quien exhibe y pone al servicio su cuerpo en el último eslabón de la cadena. De la idea de la libertad y el emprendimiento terminan desprendiéndose modelos de negocio parecidos al cabaretismo y la prostitución del siglo XX.

Por eso, la fantasía de la mujer que abre una cuenta, se hace millonaria y deja su trabajo como enfermera o maestra es replicada hasta el hartazgo por quienes venden esta moda como una salida noble para construir un futuro repleto de éxito. La trampa está ahí: si alguien descubrió la receta de la Coca-Cola, es probable que no la comparta tan fácilmente.

Trece

La batalla del fin de los tiempos es por el bien más preciado: la atención. Estas plataformas se disputan la atención y ocupan gran cantidad de tiempo y energía mental. Las plataformas no son el mal. El mal es lo que hacen cuando las personas no pueden utilizarlas con criterio.

Durante el último año se ha detectado cada vez más contenido pornográfico producido mediante inteligencia artificial y distribuido sistemáticamente en Instagram, TikTok o X. Es decir, la pornografía ya no pasa por manos humanas para ser producida, programada y distribuida.

Los contenidos se producen en forma de narraciones breves construidas en función de perfiles específicos de usuarios. Es muy difícil delinear las fantasías o los placeres más ocultos que circulan por la web. Si se buscan en la lupa de Facebook las palabras «madrastra» y «sexy», uno de los primeros videos que aparece es el de una mujer de curvas voluminosas, de cierta edad y vestida con ropa de seda transparente, preparando el desayuno en una casa con jardín y amplios ventanales, mientras que, en la siguiente escena, un joven cuya mayoría de edad resulta dudosa se acerca de forma insinuante por detrás. Lo mismo ocurre si se buscan en Instagram las palabras «gasolinera» y «hot»: entre los primeros resultados aparece un video de una joven con un traje ajustado que espera un camión en plena ruta del sur de Estados Unidos.

Estos videos son artificiales; no hay actores ni actrices.

Catorce

Como las plataformas tienen, dentro de su gran espectro de servicios, filtros que delimitan el contenido, la gran mayoría de las publicaciones creadas mediante IA generativa muestran escenarios implícitos y sugerentes. Camionero encuentra a chica haciendo dedo. Madre soltera conoce al jardinero. Profesora se queda sola con alumno. La verdad es que la narrativa cargada de insinuaciones reduce el riesgo de eliminación. Lo importante sería que las plataformas tuvieran más herramientas para detectar rápidamente este tipo de acciones, pero en este terreno sinuoso siempre resulta más fácil infringir la ley que hacerla prevalecer.

De algún modo, esto despierta la sospecha de que este tipo de ofertas conviene a las plataformas y les resulta redituable porque explota una debilidad del cerebro: instala estímulos de curiosidad, eleva la excitación mediante la provocación sexual y genera ansiedad e incertidumbre mediante el breve intervalo que separa el comienzo de una producción de su final.

El embudo está cada vez más rebalsado. Y, por si fuera poco con la pornografía existente, catalogada ya hasta el infinito, la IA permite ahora una hiperpersonalización mucho más potente, en la que cada fetiche encuentra su propio estereotipo. Ya no es la pornografía invadiendo el mundo, sino el mundo comportándose pornográficamente. Ya no es ver o no ver, es ser o no ser.

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