Cruzado ya con creces el segundo trimestre del año, nuestra selección de cómics correspondiente a este periodo es probablemente una de las más heterogéneas hasta la fecha. No solo se hace difícil detectar patrones a través de temas, tonos o estilos, sino que muchas de las obras aquí listadas poseen su propia vuelta de tuerca interesante, su abordaje de un tema clásico de forma única o personal. No hay dos biografías con el mismo enfoque o voz. No hay dos adaptaciones de géneros similares —aun con el gusto reciente por el noir—. No hay dos injerencias de lo fantástico iguales en sus premisas. Y, en definitiva, no hay dos estilos iguales, desde el feísmo expresivo hasta la sobriedad de una línea clara. Estas son nuestras recomendaciones de tebeos para el segundo trimestre de 2026.
Adorables criaturas, de Damián y Esteban Hernández (Norma Editorial)
Abordar la crianza durante los primeros meses como padre primerizo a través de un thriller con trasfondo fantástico no entraba en mis quinielas de tebeos para 2026. Damián proyecta aquí un escenario acorde con el género —un pueblecito apartado— y emplea ciertos mecanismos del género de intriga para narrar el calvario de ser padre y ponerse en la piel del recién nacido que empieza a relacionarse e interactuar con el mundo. Adorables criaturas, con ecos satíricos de La semilla del diablo en una conjugación entre humor y terror, es una lectura que combina una carga de tensión in crescendo con un tono de fondo solidario y comprensivo, y que resulta sintética en lo didáctico. No descarta, de todas formas, buenas dosis de acción, en las que brilla el dibujo de caricatura plástica de Esteban Hernández, que explota bien todo su potencial expresivo en las idas y venidas de esta original historia.
Aleluya de Gabriela Sanci, la vecina ponzoñera, de Luci Gutiérrez (Libros del Zorro Rojo)
Un aleluya —o una auca, en catalán o valenciano— es lo que nos trae la ilustradora Luci Gutiérrez, deconstruido o reconstruido en formato de libro —o de cómic, para los que tengan ganas de discutir—. A través de la secuencia página a página y de la lírica irónica de los textos, Aleluya de Gabriela Sanci, la vecina ponzoñera fabula el caso histórico de una viuda de Esterri d’Àneu, juzgada y condenada por brujería en el siglo XVI. En los Valles de Àneu se había redactado la ley sobre brujería más antigua de Europa. La autora, en una progresión de escenas que es una crónica anunciada de los hechos, traza tanto estampas costumbristas como poderosas y siniestras metáforas visuales y, a través de lo grotesco y lo ridículo, practica cierta justicia poética al devolver la condena a los estamentos en el poder unos cuantos siglos después. Quizás no nos quede tan lejos en el tecnofeudalismo que se nos viene.
El vecino. Tomo 4, de Santiago García y Pepo Pérez (Astiberri)
Vuelta de tuerca casi literal en la cuarta entrega de El vecino, quizás la revisión patria del género superheroico más popular desde Superlópez, de Jan, o Pafman, de Cera. Santiago García proyecta la aventura más trepidante del personaje, echándole toda la leña posible, en lo que parece una mirada histórica tanto al género en sí como a sus vicisitudes, además de un tratado sobre el uso de la elipsis en los planos estético, narrativo, tonal y sociocultural. Su salto al formato apaisado nos trae al recuerdo los cuadernos de aventuras de los cuarenta, cincuenta y sesenta, con una voluntad de aprovechar la horizontalidad para maximizar el espectáculo. Pepo Pérez se adivina juguetón, poniéndose a prueba con toda una modalidad de estampas desbordantes, composiciones y diseños originales y progresiones narrativas que dejan al lector fuera de juego en cada salto de página. He aquí un tebeo que, empleando un buen puñado de convenciones, sorprende porque no sabemos exactamente con cuál nos van a descolocar los autores.
Outline, de Michèle Fischels (Reservoir Books)
Maravillosa elección de título, que, en cualquiera de sus acepciones, parece significativa y, por ello, resulta pertinente mantener el original. La trama de Outline se antoja mínima: los últimos días de instituto de tres adolescentes antes de saltar a la universidad. Las tensiones sutiles entre ellos se manifiestan en una trama que es, sobre todo, un slice of life estudiantil. Es por ello que parece un esbozo: no indaga en profundidad, pero se sienten las disrupciones, los desajustes, lo que no está en su sitio. Y ello se traslada estupendamente a la forma: un dibujo suelto y desgarbado que se sale de los marcos, de caricatura plástica y expresiva, que vuelve intermitentemente al entorno y crea atmósfera y tono con su paleta crepuscular. Michèle Fischels elabora aquí un sutil thriller emocional con apuntes de melancolía que sacará de quicio a los amantes de lo explícito y hará las delicias de los que saben leer, nunca mejor dicho, entre líneas.
La vida secreta de los árboles, de Fred Bernard y Benjamin Flao (Lunwerg)
El lector asiduo a estas listas ya sabrá que gustamos de recuperar obras «fuera de plazo» excepcionalmente. Es el caso de esta adaptación del bestseller de Peter Wohlleben, un ensayo que ahonda en la visión holística de los bosques y se apoya inicialmente en los apuntes autobiográficos de su autor, guardabosques en Renania. Su traslación al cómic en gran formato es todo lo que se podría esperar de esta versión de La vida secreta de los árboles: un engrandecimiento en el que la inmersión, la didáctica y el sentido de la maravilla van perfectamente cogidos de la mano. Un poco en la línea de Cambio de clima, de Philippe Squarzoni, que entendía también la didáctica en lo ecológico desde la autobiografía —sin olvidar que el ser humano es un componente más del sistema natural—, Fred Bernard y Benjamin Flao firmaron un trabajo que hoy resulta fundamental para saber qué es lo que se pierde cuando en España tantas y tantas hectáreas de entorno natural son pasto del fuego y de la negligencia de quienes deben poner medios y recursos para protegerlas.
Dos personas, de Teresa Ferreiro (Ediciones La Cúpula)
Sin alejarse en exceso de las convenciones conocidas en términos de biografía familiar, Teresa Ferreiro consigue en su ópera prima un resultado fresco e interesante desde el enfoque general. Dos personas sigue las vidas de los padres de la autora desde su infancia hasta el momento en que se conocieron y proyectaron una vida juntos. El cómic traza así dos vidas muy distintas en las que la voz de cada progenitor, su personalidad y el enfoque de lo significativo en su biografía crean dos historias propias que son retrato de lo personal e íntimo, de lo contextual y de lo histórico, unidas quizás tanto por la reflexión íntima como por la retranca. De apariencia humilde y forma hierática, el estilo de Ferreiro luce por la expresividad, el detalle en el escenario y una narrativa que juega con la convención compositiva del 2 × 3 y la solivianta con la rarísima viñeta triangular. Su gusto por la trama nos trae ecos, además, de la biografía nacida en el cómic underground y recuerda a autoras como Aline Kominsky-Crumb.
Aprendiz de cuervo, de Danide (Norma Editorial)
Truncado en su edición original tras el primer álbum, el último cómic de Danide llega ya en un formato integral que recoge sus tres actos en un solo volumen. Aprendiz de cuervo es una fábula con elementos cyberpunk y progresión de thriller lento e intermitente que fluye por lo ambiental. Su gusto por el glitch, por lo anómalo, se revela tanto en la forma como en su ritmo, apostando también por un drama in crescendo que deriva en odisea visual tras la ruptura del misterio. Ello aúna tradiciones de aventura y conciencia global de siglos distintos, como El señor de los anillos y Matrix. Culmina como retrato de la normalización de la opresión en un mundo postapocalíptico presentado como normal y no tan alejado de la actualidad, y confirma que la fantaciencia no es tanto una proyección cautelar de nuestro futuro como una forma de descorrer los velos del presente a base de codificación de género para remover conciencias. Es aquí donde al autor le gusta jugar con la modulación de la forma, con el color como elemento intrusivo o con el uso de la fotografía, entre otros recursos.
Dig It, de Yoshidamaru (Planeta Cómic)
Reconocido como relevo de Haikyu!! —concluida en Japón en 2020 y a cinco volúmenes de concluirse aquí—, Dig It tiene por delante el trabajo de prosperar bajo la sombra de la gran obra maestra del spokon sobre voleibol. El de Yoshidamaru parece también un relato de formación con un outsider como protagonista, pero desde el desplazamiento a contracorriente: el hijo de una estrella del voleibol, harto de la sobreexigencia para brillar como rematador, decide formarse como líbero, el «as de la defensa» entre los roles de este deporte. Esta crónica, más bien áspera y mucho menos humorística, empieza con un dibujo más tosco y a ratos efectista que llama precisamente la atención por su búsqueda de lo bruto y lo impactante, lo que funciona pertinentemente para la odisea de un superviviente que recibe remates de lleno dentro y fuera de la cancha.
Vendetta, de Fabrice Colin y Bartolomé Seguí (Norma Editorial)
El thriller criminal y el noir no paran de funcionar en el cómic, ya sea como medio de partida o como adaptación. La presente adapta A Quiet Vendetta, de R. J. Ellory, que despliega un falso thriller que funciona como gancho para desarrollar la historia vital de un matón y luego asesino a sueldo de la mafia italiana, recorriendo desde las calles de La Habana hasta el este, el medio oeste y el oeste estadounidenses. A estos efectos, su traslación a la viñeta cuenta con uno de los mejores dibujantes españoles en materia de costumbrismo y noir. Bartolomé Seguí toma la síntesis de Fabrice Colin, que mantiene el tono estoico y grave del relato original, en el que se alternan afiliaciones y traiciones, y la convierte en un viaje visual en el que el personaje se funde con el trasfondo y la espectacularidad o el epatamiento se difuminan en favor de la normalización de la violencia como parte de un trabajo.
El necronomicán, de Matthias Areguí (Elephant Books)
Una alianza entre una historia convencional de superación personal y una forma de caricatura lánguida y mínima, modulada y mutada para resultar efectista en los momentos más dramáticos, da a El necronomicán un aire de cómic weird, difícil de encajar en una categoría sencilla. Matthias Areguí entrega un planteamiento naíf y dicotómico, pero familiar, sobre el mundo del arte: el artista genuino en horas bajas y situación precaria, que busca inspiración y la encuentra en su entorno más cercano, frente al artista farsante y poseur que mira de cara a la galería y plagia ideas ajenas. De su choque surge un thriller lento que baila entre la melancolía derrotista con aire de tragicomedia y el tono sombrío que aportan las injerencias de trasfondo sobrenatural, que sitúan a la obra en un valle inquietante poco común en el que no solo la forma, sino también el juego con ella, resulta capital para su desarrollo.
Martina y la isla, de Jaume Pallardó (Salamandra Graphic)
Una puesta de largo que considerar es esta novela gráfica de desarrollo multidimensional a través de la historia de una dibujante de cómics que trabaja en un complejo vacacional en una isla. Jaume Pallardó explora el movimiento argumental mediante una mise en abyme que mete la cabeza en la obra de la protagonista, un juego metaliterario que permite ponderar las implicaciones emocionales de la creación artística. Pero también se desarrolla poniendo a prueba a sus personajes con volantazos de guion inesperados que, desde el thriller de intensidad variable, abren todavía más las puertas del porqué de contar historias. Con influencias evidentes de Daniel Clowes, Martina y la isla, con su apariencia naíf y minimalista, su juego con el estilo gráfico y la implementación de una narrativa absorbente, se presenta como un cómic fresco y gozosamente imprevisible.
Yo, promiscua, de Angie de la Lama (Astiberri)
Años y años de ficciones fantásticas sobre mujeres jóvenes y sus despertares sexuales son aquí mandadas de una patada a la luna en este cómic. Angie de la Lama toma su propia autobiografía y la lleva prácticamente a un estilo documental que equilibra la estructuración de los temas con un tono espontáneo para recorrer diferentes aspectos y fases de su propia educación sexual. La autora es exhaustiva y aborda gran número de cuestiones, desde la formación del deseo, la experimentación y la identidad hasta el abuso, el machismo o la representación del sexo en la cultura. De diferentes tonalidades —entre las que destaco su humor frontal y desenfadado— y coherente en su conjunto, Yo, promiscua se crece con un estilo gráfico desgarbado, imperfecto y expresivo, esquivando convenciones de cualquier tipo y conjurándose como un libro que desafía su apariencia de alteridad y es, probablemente, la voz de muchas.
Pizza Goblin, de Sergio S. Morán y Laurielle (Grafito Editorial)
Las narrativas interactivas en cómic no terminan de desarrollarse como un género popular o industrial —y quizás mejor así—, pero las píldoras que van llegando se configuran perfectamente como un fenómeno de cómic de autor en el que los patrones mediante los cuales se desarrolla dicha interactividad forman parte más de los intereses y temas de sus autores que de un modelo más o menos nostálgico que seguir. El de Sergio S. Morán y Laurielle, como suele ser habitual en sus tebeos, apuesta por la sátira de lo fantástico-rolero y por la ruptura de las convenciones. Pizza Goblin se sostiene en dos bloques de opciones bien estructurados en sus objetivos y en multitud de situaciones en las que la vuelta de tuerca lo es todavía más de lo esperado, así como en una antiheroína que rompe también con los cánones de estos relatos, porque estar quemada de tu curro de mierda es realmente el culmen de mearse en el viaje del héroe.
La separació, de Uxía Larrosa (Finestres)
Entre Franz Kafka —en el tono— y Pere Calders —en la inserción de lo fantástico en lo cotidiano— se encuentra este cuento sobre la alienación del individuo en el mundo a partir de la escisión entre una persona y su sombra, que cobra vida y conciencia en el proceso. Uxía Larrosa adopta un estilo de línea clara minimalista y anodino en el arranque de la obra que puede soliviantar al lector más impaciente. Pero su doble relato despliega el juego con la forma de un modo en el que abraza el dibujo como juego de modalidades significativas y el color como recurso para los procesos de transición. La separació es un extraño relato cautelar que cuida tanto la forma en lo visual como en su prosa y advierte de las estructuras limitantes y artificiales que nos hemos construido respecto a cómo nos relacionamos con el tiempo y el espacio y, al final, con nosotros mismos.
Space Scouts, de Matt Kindt y David Rubín (Astiberri)
He aquí dos autores que han establecido una fructífera alianza de entendimiento mutuo. Matt Kindt tiene claro que cuenta con un autor solvente para cualquier proyecto de fantaciencia que pida vistosidad, drama, una amplia cultura visual y ganas de jugar con la narrativa. Y David Rubín sabe perfectamente hacia dónde apunta el escritor americano, cuyos tebeos buscan crear sus propios universos y alguna vuelta de tuerca respecto de las convenciones habituales en fantaciencia. La presente tiene mucho de esto: una mirada crítica a la propaganda militar a través del género de los supers con trasfondo de ciencia ficción, como Legión de Superhéroes, Escuadrón Suicida o Atari Force. Tremendamente dinámica, en tanto que sabe que su mensaje está en el largo recorrido, Space Scouts es un relato disonante y amargo cuyo colorismo, exotismo y acción continua sirven como forzosa pantalla de humo para que el lector llegue a su fondo.
Clockilandia, de Mathias Martinez (La Granja Editorial)
Todo lo que trata de mostrarse forzosamente como una utopía es, o acaba por convertirse, en una distopía. Así lo ensaya Mathias Martinez en esta antología de historietas que gira alrededor de un parque infantil temático con estética naíf pasado por el filtro de la entropía y la distorsión. Clockilandia juega a descorrer el velo del glamour para descubrir los mecanismos tóxicos de las empresas del entretenimiento de masas, con una estructura de progresión argumental entre las historias que presenta: empieza ya con un tono amargo para desembocar en un extraño estoicismo como única vía de salida. Pergeñada con un estilo postkitsch y postcartoon, apropiado para esa voluntad de ir a los rincones no visibles, la obra se postula como un ejercicio macabro de exposición de la explotación laboral, del culto a la obsesión por lo fantástico y por la nostalgia y del capitalismo como un monstruo fagocitador implacable.





