
Fernando Savater es el autor que más lecturas nos ha ahorrado, sin lugar a dudas. Se las ha infligido él solo, las ha disfrutado mucho a juzgar por sus textos, hasta cuando lo ha abrumado el aburrimiento le ha sabido sacar partido deslizando un comentario divertido sobre la hosquedad de algún filósofo, el cinismo de algún memorialista, la imbecilidad de algún poeta, pero a la hora de dar cuenta de ellas lo hace de manera tan perspicaz, leve y profunda a la vez, encantadora, que la verdad es que da uno por leídos los libros y autores de los que se ocupa, ya sean densos tratados de política, ya novelas que admiraron su infancia con paisajes exóticos, volcanes verborreicos o aventuras interplanetarias. Así, en Criaturas del aire, uno de los libros más deliciosos que leyó uno en su lejana juventud, allá a comienzos de los años ochenta, con quince o dieciséis años, se bebía uno las confesiones de Sherlock Holmes, de Tarzán, de Phileas Fogg, de don Miguel de Mañara, y terminado el libro no sentía la menor necesidad de ir a comprobar si Estudio en escarlata es tan inteligente o emocionante como parece deducirse del monólogo de Holmes en el libro de Savater, y no te digo las novelas de Tarzán o Fu-Manchú. Savater vampiriza personajes históricos o personajes ficticios —en el caso de que la historia no sea la más trabajada de las ficciones— y dándole voz nueva a Nerón o a Juliano el Apóstata, a Peter Pan o al mismísimo Mefistófeles, nos rescata de la necesidad de ir a Goethe o a Kazantzakis. Por supuesto que mucho nos perdemos a cambio de ganar también mucho: el monólogo del padre Brown no debería librarnos de someternos a los cuentos de Chesterton como el conmovedor texto de Sam Spade no debería ahorrarnos la experiencia de El halcón maltés (extrañamente dice Savater que Spade es el único caso de detective de la novela negra que no forma saga, que se limita a un solo caso: se ve que por entonces no se había asomado a los muchísimos relatos que Dashiell Hammett escribió con su detective de protagonista y fueron recopilados en Un hombre llamado Spade y otros volúmenes).
Criaturas del aire venía a ser como una prolongación práctica de la teoría expresada en La infancia recuperada, libro importantísimo para rescatar la literatura de la pesadumbre intelectual en que los años setenta la habían depositado con una hartura de pedantes disquisiciones intelectuales donde solo de vez en cuando —si la experimentación no se llenaba de burbujas y terminología científica— se producía la obra maestra (Roland Barthes por Roland Barthes, Diario mínimo de Umberto Eco, Bajo el signo de Saturno de Susan Sontag). Savater abogaba, y con qué capacidad de seducción, por la literatura que hechizaba mediante cuentos, fábulas, personajes memorables, hechos épicos, rotundas ensoñaciones, acertijos en los que entrenar el intelecto. Defendía los personajes hechos de carne y sangre, es decir, hechos de palabras, como nosotros: reconocía aburrirse impacientemente con teorizaciones frenéticas y recetas dogmáticas. La literatura era vida alzada a un pedestal: la literatura es un lujo, pero la ficción es una necesidad, repetía con Chesterton. Quiere decirse que expresar lo maravilloso, ordenar lo espectral —contar es ordenar, uno, dos, tres, cuatro, es contar, pero Era un monstruo que vivía en un palacio vegetal, también— son funciones del espíritu humano anteriores al artificio literario, de donde se deduzca que los cuentos encierran una forma épica de saber. Ya en ese libro capital Savater nos ahorraba, dando buena cuenta de ellos, unos cuantos autores. De veras, ¿quién iba a ponerse a leer a Zane Grey después de leer las páginas que Savater le dedicaba? ¿Iba alguien a bucear en Sandokan como si no hubiéramos tenido no lo bastante sino lo exacto en el examen de ese personaje que Savater hacía? Por no hablar de héroes que generacionalmente fueron importantes para él pero a quienes éramos más jóvenes, por decirlo delicadamente, nos la soplaban, tipo Tintín o Guillermo Brown (además los cómics de Tintín eran para niños con posibles, en mi barrio no se vio jamás en los muchos años que duraron mi infancia y adolescencia un solo ejemplar de la obra de Hergé, pero tenía uno la sensación de sabérsela al dedillo por haber leído un ensayo de Savater).
Dada su condición de catedrático de Filosofía, los filósofos españoles —si es que no cometemos oxímoron— le atizan a Savater a menudo recordándole que no ha parido un sistema. Un sistema para los filósofos debe ser algo así como el gol de los futbolistas: puedes jugar todo lo bonito que quieras que si no marcas, pierdes. Y por lo que se ve en su prolífica obra Savater no se las ha aviado para erigir un sistema.
Uno de los pocos que se acercó —precisamente erigiendo un antisistema cuyo descubrimiento final fue «La Realidad no es lo único que hay»— fue García Calvo, del que Savater fue principalísimo discípulo al comienzo de su meteórica carrera de escritor. De hecho, puede dividirse su producción en garciacalvista y savateriana. Sus primeros libros rezumaban garciacalvismo desde los títulos, La filosofía tachada, La filosofía como anhelo de la revolución, Nihilismo y acción, Panfleto contra el Todo. Si es verdad, como decía Marx, que la historia se repite la primera vez como tragedia y la segunda como comedia, podría decirse que Savater en los primeros libros pasaba a limpio sus apuntes de las reuniones con García Calvo y lo que en el maestro era trágico, y bastante influido por la corriente de nuevo pensamiento francés que trajo mayo del 68 por mucho que él vacilara de no leer más que a los griegos y romanos, en Savater resultaba cómico —quiero decir, retrataban el mismo Todo mentiroso, la misma Realidad de apariencias, pero García Calvo lo hacía desde la tragedia y Savater desde la comedia—.
No deja de ser normal que acabaran peleados. Savater dedicó una reseña encomiástica a un libro sobre Sócrates que García Calvo despreció —dice en su artículo que después de hojearlo en un Vips de madrugada, una coquetería como otra cualquiera—, y al responder a la reseña García Calvo la tomaba más contra el reseñista Savater que contra el libro reseñado, lo que afiló los colmillos del discípulo que, ya que la cosa tenía que ver con Sócrates, publicó una respuesta en la que García Calvo quedaba transfigurado en Don Cicuta (personaje cómico de un programa de televisión titulado Un, dos, tres… que todo el país veía los viernes por la noche). Aunque Savater guardó admiración impenitente para quien fuera su maestro («para mí fue tan importante Agustín como alejarme de Agustín»), se diría que le vino muy bien al prosista Savater. Del adolescente ácrata que escribía aquellos libros de los años setenta imitando a García Calvo pasó al niño feliz que empezó a florecer en sus recopilaciones de artículos de los años ochenta, su década pletórica, en la que se encuentran sus mejores libros, La tarea del héroe, Apóstatas razonables, El contenido de la felicidad, A decir verdad… La única pena de aquel distanciamiento es que se quedó sin fraguar el proyecto que habían ideado entrambos como tesis doctoral de Savater: inventar un filósofo presocrático del que García Calvo escribiría los fragmentos que llegaran de milagro a la actualidad y Savater los escolios que constituirían su tesis. Ya que no pudo ser, dedicó su tesis a otra de sus admiraciones inquebrantables: Emil Cioran. No deja de ser medio milagroso que rodeado de tanta negatividad como gustaba rodearse —García Calvo, Cioran— Savater sea tan irreprochablemente festivo, desborde vitalismo, contagie amor por la vida. Pero es que pocos entendieron a Nietzsche —y a través suyo a Cioran y a García Calvo— como él: lo que otros no se cansaban de reconocer como el apóstol del nihilismo, para Savater —su libro Idea de Nietzsche— era un canto embriagador al milagro inexplicable de existir. Daba la nada por hecha, o sea, el partido estaba comprado, todos sabemos cómo acaba el combate, precisamente por eso no podemos dar por bueno ningún dios que no nos invite a bailar. Desde esa postura es fácil entender el afán por el gozo que se postula en toda la obra de Savater: que no constituya un sistema filosófico sólo puede importarles a los historiadores de la filosofía que son los mismos que, cuando hablan de filosofía en español, aseguran que Savater viaja en el vagón de los grandes divulgadores sin merecer que se le conceda la categoría de filósofo. Estoy seguro de que él se encogería de hombros o daría un brinco de entusiasmo porque qué generosidad mayor cabe que la de expandir conocimiento, dilucidar complejidades, descubrir autores y libros indispensables, a través de cientos de artículos que luego se encapsularon en decenas de libros.
En el prólogo de uno de sus mejores títulos, Humanismo impenitente, Savater se considera un ensayista casi filosófico. Ahí hace una rotunda defensa del individuo como átomo de cualquier estructura social, siempre y cuando a ese átomo lo acompañe un concepto en desuso —entonces y ahora—: la responsabilidad. Ante un escenario donde fácilmente cualquier empresa filosófica inventaba gigantes como Sistema, Utopía (graciosamente definida por Savater como el arte de amargarse hoy para pensar que se va a vivir mejor mañana) y agredía el concepto individuo como invento elitista, Savater explora el «humanismo» a través de esa figura convencido —y convincente— de que el hombre es inventor y garante de valores éticos y el individuo sujeto de la opción moral que se basa en la libertad y se inspira en la razón. No, no somos el juguete de necesidades naturales o históricas —o solo lo somos porque nos dejamos— y por lo tanto nuestro oficio esencial debe ser la búsqueda de la felicidad terrenal. Que se considere ese magma como fruto de un idealismo trasnochado de orden racionalista burgués anunciaba desde luego la mala nueva del final del sujeto y el advenimiento de los automatismos impersonales del inconsciente, el capital, el significante…
Durante lustros y libros Savater ha seguido insistiendo en su humanismo impenitente, que a la vista de los logros del mercado en el deporte de convertirnos en objetos —porque nos dejamos encantados, hay que decirlo— parece no tanto un anacronismo como el último ariete de la defensa de la responsabilidad individual como médula del montaje estructural de toda sociedad. Si se deja éste en manos de esas mismas abstracciones que, al considerarse enemigas y amas, están dando por bueno que los molinos de viento son gigantes poderosos, nuestra derrota está cantada. Paradójicamente los mismos filósofos que parecían denunciar la alienación la estaban fortaleciendo con su verbalismo incomprensible —del que muy sagazmente Savater se burla después de haber caído de joven en la trampa de seguirlo—. Así en Humanismo impenitente se oyen sus collejas a las pamplinas rizomáticas, y llama la atención que quienes tan virulentamente tratan de describir el montaje estructural apaguen cualquier ilusión de libertad, consideren trampa la emisión de Identidades Personales o escuden sus argucias en la mentira de la Realidad, como si el mito de la caverna platónica no solo siguiera vigente, sino que fuera incorregible.
La fama —entendida como el hecho de que un libro tuyo se ponga a hablar idiomas que jamás conocerás y se reimprima incansablemente— le llegó con un libro que sus detractores detestan porque lo consideran no ya divulgación, sino catecismo: Ética para Amador, un libro escrito para su hijo, para repasar con su levedad y gracia de siempre los asuntos medulares de la ética (completaría el volumen con otro titulado Política para Amador). Por mucho que se despreciase en las facultades de Filosofía, en los institutos de bachillerato se adoraba ese libro, y no nos engañemos, entre un sitio y otro no hay color. Savater es el máximo exponente de un hedonismo ético que entiende que lo primero que hay que solventar es la suficiencia, antes incluso de someterse a ningún interrogatorio metafísico, porque ya se sabe que la metafísica no es más que una rama del hambre, y cuanta menos hambre menos riesgo de metafísicas padeceremos. Así que la suficiencia —cubrir las necesidades básicas— lleva a la necesidad de instituciones —aristotélicamente: lo importante son las instituciones, frase magnífica que no se para a pensar en que las instituciones las copan personas y sus vicios y virtudes se transfieren fácilmente por un personalismo que acaba corrompiendo aquello que debería haber mantenido firme a quien ostenta un cargo, cuya incapacidad para dejar en el perchero precisamente su persona, su identidad, su familia, sus necesidades, es origen de todos los males que acaban derruyendo las instituciones—.
Savater pasó de un encendido canto contra las patrias a entender que lo peor del nacionalismo es que no hay modo de defenderse de él sino con nacionalismo: o sea, nos hace nacionalistas de otra parte. A él le pasó con el terrorismo etarra que plagó la sociedad vasca y aterrorizó a la española durante décadas. Mientras García Calvo venía a decir que el terror era consuetudinario y que una bomba en un supermercado no era cosa muy distinta que la esclavitud de la rutina con que el sistema nos aliena, barbaridad indefendible por bien defendida que pareciera, Savater se echó a la calle para demostrar que el intelectual también debe ser hombre de acción, y sea o no filósofo, de lo que no cabe la más mínima duda es de que Savater es, quizá después del Unamuno de principios de siglo y el Ortega y Gasset de la Belle Époque, el intelectual más importante que ha dado España, entendiendo por intelectual aquella figura que, proceda de la filosofía, la literatura, el arte o la política, consigue que su voz hilando pensamientos, reflexiones, ataques y opiniones, sea tenida en cuenta por una masa. Quiere decirse que no todo filósofo o escritor alcanza a ser intelectual: el intelectual necesita, como las folclóricas, de un público. Sin el público, no hay intelectual. Y en cuanto a público, nadie ha podido compararse entre nosotros con Savater.
Desde muy joven comenzó a destilar artículos, reseñas, crónicas para el diario El País, y al considerar esta cabecera, ya crecido el siglo XXI, que Savater traicionaba los principios del socialismo —que en realidad no pasaban de ser los finales de una ideología que alguna vez se quiso adanista y se estrelló contra la realidad—, lo despidió. Las redes sociales empezaron a tildarlo de fascista siguiendo a la horda abertzale que ya lo tenía por tal en los años noventa por considerarlo el adalid de la España una, grande y libre, cuando en realidad se estaba limitando a despreciar no solo a los terroristas de las bombas y los tiros en la nuca, sino también a la sociedad vasca que callaba ante ellos o les rebajaba gravedad. Acerca de su experiencia como activista en el País Vasco escribió algunas páginas emocionadas en el volumen Perdonen las molestias.
Ya en la vejez padeció una severa depresión cuando se le murió la compañera de toda una vida, a la que le dedicó un libro tembloroso, pero siguió viviendo en la prórroga, y haciendo sus cánticos, y celebrándolo todo, porque a fin de cuentas, desde su primer libro, a pesar de los latigazos de negatividad heredados de García Calvo, apenas podía disfrazar que estaba convencido solo de una cosa: somos sede de un extraño milagro al que podemos asaltar con todas las preguntas que queramos en pos de una pretendida trascendencia o una explicación que no alcanzaremos, pero lo que importa, como en el poema de Cavafis, es el tránsito, el viaje es lo que nos hace sabios, y buscar la dicha en todo lo que se haga, y no caer en la trampa de querer que ética y moral sean cosas distintas y por lo tanto una cosa es lo que para la supervivencia de cada cual conviene a un individuo y otra lo que conviene al grupo al que ese individuo pertenece. Savater, más sabio, menos refitolero, más leve, más divertido, entiende que la felicidad es una meta digna, y vivir un deporte grato si se dan condiciones de suficiencia, que todo lo que sea escenificar laberintos para erigir dogmas insensatos en los que sostenerse no son más que caídas en la trampa del miedo a un más allá que debe darnos igual, porque como decía Epicuro, cuando nosotros somos y estamos, la muerte no está, y cuando ella llega, nosotros ya no somos. Savater prefiere el estar al ser. Su obra es una sala de estar. Puede que carezca de la pomposidad de los grandes filósofos, casi todos ellos pésimos escritores, pero a cambio nos ofrece la lucidez y la comodidad de lo que sabe hacernos compañía. Y además, dada su facilidad para subrayar de encanto un montón de libros que no leeremos, nos ahorra una biblioteca entera que podemos dar por leída al haber leído sus comentarios y reflexiones.
Ahora le han dado un premio en The Objective, el periódico donde escribe. Andreu Jaume, al celebrarlo, mostraba su perplejidad hacia el hecho inexplicable de que a Savater no se le haya concedido ninguno de los grandes premios que se dan en España. No puede uno sino compartir esa perplejidad.







Savater, como gran filósofo, fue un invento de Prisa. Una vez que se peleó con Prisa, y escribe en un panfleto voxista lleno de desterrados de la galaxia «del imperio del monopolio», que decía García (ahí se ve que los valores progresistas de algunos valen menos que un plato de garbanzos), se ha quedado como un patético adulador de Ayuso. ¿Hay alguien menor de 50 que lea Savater? Pues eso.