
Sparks tocará en España a comienzos de diciembre
El año es 1956 y el lugar es Estocolmo, aunque quizá no lo sea. Ingmar Bergman acaba de ser galardonado en Cannes por Sonrisas de una noche de verano. El genio sueco, llevado de un extraño deseo que ni él mismo sabe explicar («quizás la necesidad de hacer algo… muy poco Ingmar Bergman», aventurará más tarde) entra en un cine para adocenarse en la visión de la clásica película de acción americana, un artefacto de puro escapismo.
Cuando sale del cine, Bergman no reconoce la calle donde el cine estaba ubicado. No es la calle de Estocolmo que él esperaba encontrar a la salida. Antes de que su perplejidad pueda convertirse en horror, una enorme limusina se detiene a su altura. El conductor del vehículo se apea y cordialmente abre la puerta para que suba. La convicción del conductor y su propio estupor parecen anular su voluntad, y Bergman obedece.
—Señor Bergman, bienvenido a Hollywood.
En pocos minutos, se encontrará en presencia de los altos ejecutivos de un importante estudio, quienes le propondrán desarrollar el resto de su carrera en la meca del cine. A partir de ese momento, si se decide a dar el paso, Bergman contará con presupuestos con los que jamás habría soñado, así como con grandes estrellas del celuloide, a su completa disposición. Sin embargo, aceptar la propuesta traería consigo también sacrificar buena parte de su integridad artística, vender su alma al diablo del glamour y la frivolidad. Bergman duda, y su duda (como cada cosa en que se implica el gran creador) está atravesada de tormento.
Por mi parte, no llegué a Hollywood ni a Los Ángeles a bordo de ninguna limusina, sino a través de un vuelo de British Airways operado por Iberia que me llevó a Nueva York, y de otro de British Airways operado por Iberia (pero en realidad operado por American Airlines) que de Nueva York me trasladó a la gran urbe californiana. Cuál de los dos traslados (el de Bergman o el mío propio) comporta mayores dosis de misterio y alquimia no es algo que corresponda dilucidar aquí. Sí estoy seguro de haber compartido con Bergman una cierta sensación de irrealidad: la suya, al embarcar en la limusina mágica; la mía, al verme frente a frente con el poseedor de la voz que más veces he escuchado sonar en mi aparato de música en los últimos tres años: Russell Mael. Uno no piensa que puedan suceder estas cosas ni aun cuando ha acordado verse con Russell en una cafetería a través del muy verificable sistema del correo electrónico, y no obstante suceden. Su hermano Ron está a punto de llegar también, según anuncia Russell. Ron y Russell Mael —conocidos para el mundo de la música como Sparks— son los creadores de La seducción de Ingmar Bergman, una fantasía musical cuyo argumento acabo de sintetizar y que pronto se convertirá en una película dirigida por el prestigioso director canadiense Guy Maddin. Para hablar de este proyecto me encuentro con Ron y Russell en esta cafetería de Westwood, a veinte minutos en coche del mismo Hollywood donde Ingmar Bergman, en la aventura alumbrada por Ron, será tentado por la industria cinematográfica más poderosa del planeta.
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El argumento del drama musical apenas me interesa, pero no puedo evitar sentir cierta curiosidad por escuchar la música de este proyecto. Lo que se hubiera perdido la Humanidad si no hubiéramos visto a Ingrid Thulin, Bibi Andersson, Harriet Andersson, Pernilla August, Lena Endre… a través de los ojos de Bergman.
Me quito el sombrero ante todas ellas, ante su valentía y su inconmensurable calidad. Es tanta la admiración hacia Liv Ullmann que, si entrara en una habitación, sentiría la necesidad de levantarme. Y podría seguir con ellos, con Björnstrand, von Sydow, Josephson… Enorme Bergman y grandísimos sus actores. Hay escenas que, recordadas, me siguen poniendo los pelos de punta.
¡Yo, no solo sentiría la necesidad de levantarme si Liv Ullmann entrara en una habitación, sino que además, tendría el deseo irreprimible de proponerle sexo inmediato y salvaje!
Y Bergman asentiría. Yo adoro a Katharine Hepburn, flipo con Bette Davis y tengo mucho cariño a Norma Jeane, pero los ovarios que tiene Liv Ullmann… Qué clase, qué elegancia, qué grandeza…, y ese desnudo de Saraband con botellazo en el rodaje de por medio. Esperando su «Miss Julie» como agua de mayo.
Long Live Liv!
Al despistado -o aquejado de repentina urgencia- que hace un lustro colocó por equivocación el ‘Propaganda’ del dúo maravilla en la cubeta de ‘power pop’ (omitiré el nombre de la tienda), quisiera decirle: ¡¡¡ETERNAMENTE AGRADECIDO!!!
Tu ‘ida de olla’ -y el efecto imán de la portada- me hizo descubrir a Sparks. ¡¡¡Más grandes que la Virgen de Calatayud!!!
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