Jot Down Cultural Magazine – Antonio J. Rodríguez: ¿A favor del urbanismo 2.0.?

Antonio J. Rodríguez: ¿A favor del urbanismo 2.0.?

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1.

Hostilidad es la primera reacción que me causa Contra el rebaño digital, de Jaron Lanier, a raíz de un artículo publicado la semana pasada por Daniel Arjona bajo el título Banalización y totalitarismo en los tiempos de Twitter. Pero la experiencia llama a la prudencia, y la posición de Lanier me recuerda a los vestigios del pensamiento crítico marxista de raíz europea que, antes de 2008, se esforzaba en liquidar la filantropía liberalista, la socialdemocracia de Giddens, y en definitiva cualquier tentativa de globalización bien gestionada anclada en los fundamentos del capitalismo; entonces, aquellos que giraban la tradición del pensamiento crítico para admitir que el capitalismo podía llegar a molar parecían los llamados a traer el nuevo aliento a la sociología. Y fracasaron. Lanier, por más que se esfuerce en negarse como un ludita aludiendo a sus investigaciones como informático, no puede dejar de ser visto a menudo como un reaccionario. Pero no es cierto. En su diana se encuentran aquellos que él refiere como totalitaristas cibernéticos. Que son quienes no comprenden que «el valor de una herramienta radica en su utilidad para desempeñar una tarea. El objetivo nunca debería ser la glorificación de la herramienta». Por eso será de gran interés seguir de cerca cómo este libro muta sus lecturas en los próximos años, y por eso Contra el rebaño digital es una lectura obligada por las preguntas que plantea y la pasión con que interpela a sus oyentes, antes que por la excelencia del conjunto de sus opiniones. Contra el rebaño digital habla de tecnología, sociología, derecho y economía. Responder a todas las inquietudes de Lanier exigiría mucho algo más que este artículo, y por eso, lo admitiré, la presente respuesta a Contra el rebaño digital ofrece una perspectiva sesgada, cuando no directamente tendenciosa.

2.

Lanier, cuyo libro se publicó originalmente antes de los movimientos sociales que en todo el mundo protagonizaron este 2011, se queja de que los usuarios jóvenes de Facebook «son los que crean ficciones online satisfactorias sobre sí mismos con gran éxito. Cuidan sus dobles meticulosamente. […] Se premia la insinceridad, mientras que la sinceridad deja una mancha que dura toda la vida. Sin duda alguna, antes de la aparición de la red ya existía una versión de este principio en las vidas de los adolescentes, pero no con una precisión tan inflexible y clínica.» Pese a la honestidad de esta última aclaración, Lanier carece de perspectiva histórica, pues, tan preocupado como se muestra él por preservar la «personalidad» en la época de la web 2.0., apenas le bastaría con acudir a autores como Freud o Norbert Elías para admitir que, justamente, aquello que distingue a la persona es su capacidad de contención y su habilidad de construcción simbólica. Lanier también protesta porque las redes sociales, en cierta forma como el MIDI alteró la música, liman los matices de la interacción hasta reducirlos a un sistema informático binario —¿soltero o comprometido?, pregunta Facebook a sus usuarios—, acaban con la espiritualidad y deterioran la calidad de la amistad. Y aunque hábilmente se niega a proponer una definición sobre lo que ser persona significa («Si supiera la respuesta, podría programa una persona artificial en un ordenador», se excusa), el ensayista se pregunta: «Si bloggeo, twitteo y wikeo todo el tiempo, ¿cómo afecta a eso que soy?» Podemos inferir entonces que la alienación derivada de las redes sociales no es la del hombre en la multitud; la de la masa. Al contrario, su interacción es tal que ha rebasado la categoría de consumidor compulsivo de contenidos para erigirse como mero canal o herramienta. Así se altera el esquema comunicacional, de manera que ahora asistiríamos, por primera vez, a un circuito abierto. «Lo más importante de la tecnología es cómo afecta a las personas», dice Lanier.

3.

Acerca de las protestas más o menos recientes contra la deshumanización tecnológica, Lanier me hace recordar la voluntad de Jane Jacobs cuando hace medio siglo publicó Muerte y vida de las grandes ciudades; en aquel libro buscaba reivindicar espacios seguros e íntimos, un modelo de seguridad basado en la confianza en el vecindario, en el conocimiento mutuo. Frente a la ciudad donde impera la «anomia social, donde se prima el individualismo y es la “autoridad” la encargada de “mantener el orden”», caracterizada por la falta de espacios públicos para socializar y el miedo a lo desconocido; Jacobs valoraba una ciudad donde la cuestión clave fuese la relación de las personas con el espacio público (Zaida Muxí y Blanca Gutiérrez). Pregunta: si la mayor parte de nuestro tiempo la pasamos en el espacio digital, ¿no podría ser la red 2.0. una actualización del urbanismo armonizador de Jacobs, donde uno goza de buena libertad para elegir a sus vecinos? Lanier respondería tajantemente un no, preocupado como está por el creciente odio en la red y la popularización del troll, el cual, naturalmente, actualiza al ratero, al vándalo, al insurgente, al pandillero y al vecino chungo que siembra el pánico en Sin City.

 4.

Hace no muchos años, las páginas de estilo de los suplementos salmones se entretenían comentando la emergencia de ese nuevo ser social que era el adicto al trabajo, el workaholic, consecuencia de una absoluta supeditación (o simbiosis) de los valores personales a la ética de la compañía empleadora; algo que sólo puede resultar de la existencia de puestos simbólicamente muy remunerados, y que a su vez, seguramente, opera como causa y consecuencia de una intimidad cada vez más deteriorada, y de una alienación aún más perfeccionada que la decimonónica. Pero si la web 2.0. ha aportado un nuevo ser social, ése es, digámoslo así, el Homo Procrastinator, adicto a la comunicación y a los contenidos low fi. Mucho mejor lo expuso el escritor y guionista Carlo Padial en un tuit: «Atrapado en loop: mirar el email, luego Facebook, después Twitter. Volver a entrar en el email, luego facebook, después Twitter. Otra vez.» Es probable que ya hayamos perdido cualquier pudor a reconocernos como sujetos que reconocen sin ambages su relación de amor odio en todo ese tiempo que se pierde en Internet y las redes sociales —aunque naturalmente, se trata del mismo tiempo que los padres de los nativos digitales empleaban viendo programas bobos en televisión. ¿Adictos al trabajo o procrastinadores profesionales? ¿Acaso estoy pensando de manera binaria cual computador —¿pero no se basa todo el pensamiento en series de pares antitéticos? ¿Punto para Lanier?

5.

Acerca de Pulitzer, hace unas semanas comentábamos en este mismo espacio la necesidad de esforzarse en buscar nuevos modelos de negocio en la inminente destrucción creativa del papel, que afecta a toda la industria editorial. Leyendo a Lanier advierto que entonces era yo el que carecía de perspectiva histórica. Para el ensayista son ya demasiados años asistiendo a una industria que se va a pique sin solución de continuidad: «El New York Times, por ejemplo, promueve a diario la llamada política digital abierta, a pesar de que ese ideal y el movimiento que se encuentra detrás están destruyendo el periódico el resto de los diarios.» Lanier muestra su preocupación por la precariedad del cognitariado a través de la industria musical cargando contra el panal digital y la cultura libre, y hace bien en presagiar que «si decidimos apartar a la cultura del capitalismo mientras el resto de la vida sigue siendo capitalista, la cultura se convertirá en un arrabal.» Contra el rebaño digital presenta un breve catálogo de soluciones contra el saqueo de información y la cultura gratis, que pasa por el derecho, la tecnología y el contrato social: «es fácil robar coches y casas, por ejemplo, y sin embargo pocas personas lo hacen. Las cerraduras no son más que amuletos de dificultad que nos recuerdan a todos un contrato social del que nos acabamos beneficiando.» ¿Supimos entonces llevar las riendas de la red, o, por el contrario, la red te consume a ti?

 

2 comentarios

  1. Habrá que leerlo, si llega a la edición de bolsillo…

  2. Pingback: homo procrastinator «

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