Capablanca vs Alekhine: los Mozart y Salieri del ajedrez (y II) - Jot Down Cultural Magazine

Capablanca vs Alekhine: los Mozart y Salieri del ajedrez (y II)

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“¿Cómo pudo perder Capablanca contra mí? Debo confesar que ni siquiera ahora soy capaz de responder a esta pregunta con certeza, dado que en 1927 yo no creía que fuese superior a él. Quizá la principal razón de su derrota fue la sobreestimación de sus propios poderes —producto de la arrolladora victoria en el torneo de Nueva York de ese mismo año— y su infravaloración de los míos.” (Alekhine)

Pocas revanchas deportivas han sido tan esperadas como las de algunos célebres campeonatos mundiales de ajedrez. Es un deporte que, o bien pasa desapercibido para el gran público, o bien produce de la nada fenómenos publicitarios mundiales como lo fueron Paul Morphy a mediados del siglo XIX, o Fischer, Kárpov y Kaspárov durante el siglo XX. El cubano José Raúl Capablanca fue uno de aquellos fenómenos. La gente se hacía muchas preguntas sobre él. ¿Qué había dentro de la cabeza de “la máquina de ajedrez”? ¿Podría alguien vencerle alguna vez? Algunos llegaron a decir que Capablanca había “resuelto el ajedrez”, como si en su portentoso cerebro se ocultase el secreto mágico que permitía leer la más complicada posición de una partida, visualizando en un instante decenas o centenares de ramificaciones matemáticas y geométricas. El gran maestro cubano tenía intrigado al mundo, y sus anómalas dotes capturaban la imaginación del público.

Pero en 1927, tras un agónico match de treinta y nueve partidas que tuvo en vilo incluso a personas que nada sabían sobre este juego, el Divino Capablanca, el invencible rey de los tableros, había sido derrotado de manera épica por el ruso Alexander Alekhine, que le había arrebatado el título para conmoción del mundo entero. Ahora, naturalmente, tocaba impacientarse mientras llegaba la ansiosamente esperada revancha.

Un botín de 10.000 dólares

“El doctor Alekhine siempre juega bien. El título de campeón está en buenas manos” (Capablanca, tras perder el título)

Si alguien hojease un libro de historia y leyese lo que Capablanca y Alekhine solían decir uno acerca del otro, pensaría quizá que se respetaron y admiraron hasta la muerte. Los elogios mutuos nunca faltaron en las declaraciones públicas de ambos, ensalzando sobre todo las virtudes ajedrecísticas del rival. Eran dos hombres elegantes: el cubano nació en una familia criolla de tradición militar y el ruso procedía de la aristocracia moscovita. Individuos refinados con los que no iba lo de menospreciarse públicamente delante de la prensa. Pero lo cierto es que tras el campeonato de 1927 la relación entre ambos se fue deteriorando progresivamente hasta llegar a extremos de verdadero encono. Con los años se llegó a un punto en que no se dirigían la palabra ni siquiera para solicitar tablas en mitad de una partida, para lo cual recurrían a la intermediación del árbitro. Dos jugadores que habían sido cordiales colegas durante épocas pasadas. ¿Qué sucedió entre ellos?

José Raul Capablanca

José Raul Capablanca, antes de iniciar una sesión de partidas simultáneas.

Habría que empezar explicando cómo se organizaban los encuentros por el título mundial, porque en ello radica la clave de lo acontecido tras la inesperada derrota de Capablanca. Por entonces no existía un campeonato mundial reglamentado, y los “matches” por la corona se negociaban de forma parecida al boxeo. El aspirante presentaba unas condiciones económicas al campeón, y si al campeón le convenían dichas condiciones y también se llegaba a un acuerdo sobre el formato del “match” (nº de puntos, sede, etc.), entonces aceptaba poner su corona en juego. Esta forma arbitraria de negociar los mundiales podía conducir a que el campeón vigente terminase no enfrentándose a sus principales rivales, y aunque los ajedrecistas se consideraban gente honorable, no dejaban de ser humanos. Por ejemplo, ya narramos llo que sucedió cuando el alemán Emmanuel Lasker era todavía campeón pero ya estaba claro que Capablanca era el aspirante que lo podía destronar: Lasker había tardado más de la cuenta en aceptar enfrentarse al cubano, lo cual retrasó unos años la llegada de Capablanca a la cumbre. El alemán sólo accedió en el momento en que el clamor de que el caribeño era el mejor jugador del mundo resultaba prácticamente unánime.

Para evitar que se repitiese este tipo de situación, cuando Capablanca ganó el título llegó a un acuerdo con los jugadores más importantes del momento. Convinieron algunas cláusulas para organizar los enfrentamientos. El campeón pondría el título en juego una vez al año, pero únicamente si el aspirante le ofrecía una bolsa de 10.000 dólares de la época. De esa cantidad, el campeón recibiría un anticipo de 2.000 dólares, y el resto se repartiría después del match: un 60% para el vencedor, un 40% para quien hubiese perdido. Esas condiciones le aseguraban a Capablanca un mínimo de 5.200 dólares cuando aceptase jugar, aunque perdiese su título. Era una más que considerable cantidad para la época.

Como decimos, los demás maestros aceptaron estas nuevas reglas, pero en el ajedrez pre-profesional de los años 20 aquella cifra de 10.000 dólares era muy difícil de reunir. Durante mucho tiempo, ninguno de los principales rivales de Capablanca fue capaz de recaudar ese dinero. Jugadores como Rubinstein, Nimzowitsch y el propio Alekhine desafiaron al cubano con las manos vacías en varias ocasiones, pero Capablanca se negó a jugar porque no tenían los 10.000 pactados. De hecho, en siete años de reinado y siempre siguiendo las reglas acordadas, Capablanca no puso su corona en juego, hasta que finalmente Alekhine consiguió los 10.000 dólares que le permitieron derrotarlo en 1927.

Nada más obtener el título, Alexander Alekhine se mostró públicamente dispuesto a ofrecer una inmediata revancha a Capablanca, en idénticas condiciones, tal y como todo el mundo esperaba. Periodistas y aficionados contaban ansiosamente los meses para el nuevo encuentro y Capablanca estaba más que desesperado por jugar, por intentar recuperar la corona perdida. Comenzaron las negociaciones sobre las condiciones de competición mientras “la máquina del ajedrez” trataba de encontrar patrocinadores para cubrir aquella bolsa de 10.000 dólares.

Esperando la revancha

Mientras surgía la oportunidad de intentar recuperar el trono, el cubano se empeñó en seguir demostrando que pese a todo era todavía el número uno. Perder el título mundial por sorpresa no lo desmotivó, sino más bien todo lo contrario: redobló sus energías. Entre 1928 y 1931 jugó diez torneos de primer nivel. Ganó nada menos que siete de ellos, y en los tres restantes quedó segundo por muy poco. Estuvo a un nivel apabullante. El recuento total de partidas de ese periodo habla por sí solo: +67-4=45. Es decir, sólo cuatro derrotas frente a ¡sesenta y siete victorias! Una estadística formidable. Además, su proporción de partidas ganadas respecto a partidas entabladas era, como se ve, también espectacular. Capablanca seguía en plena forma, esto era un hecho palmario. Los espectadores y los periodistas se frotaban las manos: un nuevo “match” entre los dos más grandes ajedrecistas del mundo podría ser tanto o más dramático y emocionante que el primero.

Alekhine

Alexander Alekhine provocó una agria disputa debido a las condiciones económicas de su revancha con Capablanca.

Pero las negociaciones entre Alekhine y Capablanca empezaron a alargarse inexplicablemente, complicándose bastante más de lo previsto. En varias ocasiones pareció haber un inminente acuerdo, pero a última hora siempre se arruinaba la posible organización del match porque Alekhine nunca estaba satisfecho con las condiciones de competición propuestas. Terminó el año 1928 sin que se hubiese conseguido organizar la revancha. Daba la ligera impresión de que Alekhine estaba buscando el más mínimo pretexto para ir retrasando su enfrentamiento con el cubano.

Después de 1929, la impresión dejó de ser tan “ligera” y se convirtió en una certeza. Capablanca finalmente reunió los 10.000 dólares necesarios para poder jugar por el título, pero se produjo una coyuntura totalmente imprevista: el desplome de la Bolsa durante el fatídico “lunes negro” de Wall Street, que trajo la Depresión y la devaluación de la moneda. Eso hizo que Alekhine alegase que el dólar había perdido valor, y por lo tanto exigió que la cantidad acordada le fuese entregada en oro. Ya no se conformaba con moneda de curso legal: si no se le pagaba el equivalente a los antiguos 10.000 dólares en metal precioso, no habría match. Capablanca estaba atónito y escandalizado. Su rival estaba aprovechando la coyuntura financiera para ponerle las cosas difíciles. Lo pactado eran 10.000 dólares, pensaba Capablanca, no “10.000 dólares-oro”, y no era culpa suya que la moneda se hubiese devaluado súbitamente. En pleno desastre monetario mundial, el cubano no podía reunir todo el oro que Alekhine demandaba. El ruso seguía afirmando que se acogía a las condiciones pactadas años atrás y que sería injusto para él recibir un papel moneda cuyo valor intrínseco se había desplomado (aunque quizá en ese argumento no le faltaba razón). Capablanca, en cambio, creía que Alekhine estaba saltándose el acuerdo e imponiendo nuevas condiciones diferentes a las firmadas, lo cual también era cierto: el cubano presionaba a la FIDE para que el match se celebrase de acuerdo con sus criterios y no con los de Alekhine.

Más allá de quién poseía o no la razón, lo cual resulta difícil de determinar porque ambos tenían sus buenos motivos, estaba quedando patente que Alekhine se escudaba en cuestiones monetarias como antes se había escudado en otras, todo para no jugar con el único rival de su misma magnitud que había en el mundo del ajedrez. El ruso pedía cantidades exorbitantes cuando se lo invitaba a un torneo donde estuviese presente Capablanca; cantidades que los organizadores no podían asumir, así que el campeón no acudía nunca a los torneos si jugaba también el cubano. Una forma como cualquier otra de evitar enfrentarse a él. Incluso se rumoreaba que a veces el ruso lo planteaba en términos más explícitos a los organizadores de dichos torneos: “o Capablanca o yo”. Así que, entre 1928 y 1931, los dos mejores ajedrecistas del mundo no coincidieron nunca con un tablero de por medio, pese a los deseos de la prensa y el público.

Las cosas terminaron de quedar claras cuando el campeón ruso sí aceptó poner su título en juego frente a Efim Bogoljubov, un buen jugador sin duda, pero que era un aspirante considerablemente inferior a Capablanca y al propio Alekhine. Para colmo, Alekhine exigió a Bogoljubov condiciones menos duras de las que estaba exigiendo a Capablanca. El cubano, viendo cómo se celebraba un match por el título sin que él —todavía el mejor jugador del mundo— estuviese sentado ante el tablero, se sintió enfurecido y frustrado. El público también sentía esa misma frustración y terminó entendiendo lo que estaba ocurriendo: Alekhine, simple y llanamente, tenía miedo de Capablanca.

La escapada del campeón

Alekhine había dedicado años de su vida a encontrar la forma de vencer al genio cubano, esforzándose al máximo, estudiando, preparándose, analizando…  dejándose la piel mientras Capablanca jugaba al billar, acudía a fiestas de sociedad y se entretenía con bailarinas y actrices. Cuando finalmente los enormes esfuerzos del ruso dieron fruto y pudo destronar a su casi invencible adversario, Alekhine supo que la venganza de Capablanca sobre el tablero podría ser terrible. Sintió el vértigo de saber que el cubano había aprendido una valiosa lección: no debía volver a confiarse. Su talento natural era excepcional, pero necesitaba prepararse mejor para asegurarse la victoria. Y si a Alekhine le había costado tanto vencer a un Capablanca que no había entrenado, ¿qué sucedería si el cubano decidía ponerse a trabajar duramente antes de una hipotética revancha? Las perspectivas de un nuevo enfrentamiento no eran nada halagüeñas para Alekhine. Y el ajedrez lo era todo para él. No supo afrontar la amenaza que se cernía en el horizonte. Se acobardó, parapetándose allí donde Capablanca no pudiese alcanzarlo.

Como veníamos diciendo, tras su derrota de 1927, Capablanca perdió quizá parte de su aura de intocable, pero no perdió su superioridad ajedrecística. Seguía siendo el mejor, o como mínimo seguía estando a la altura del nuevo campeón, aunque no había forma de comprobarlo puesto que ya nunca jugaban entre sí. Capablanca, decepcionado y dolido por el curso de los acontecimientos, comenzó a detestar visceralmente a Alekhine. Cuando comprendió finalmente que la revancha no se iba a producir, que Alekhine le evitaba incluso en los torneos y que por tanto no iba a tener ocasión de vengarse sobre los tableros, no pudo evitar desanimarse. En 1931 perdió el interés por el ajedrez competitivo. Jugó un último match de diez partidas contra uno de los grandes jugadores del momento, el holandés Max Euwe, y ganó fácilmente con un resultado de +2-0=8. Pero ya no estaba motivado. El Mozart del ajedrez abandonó los tableros.

Durante los años siguientes, José Raúl Capablanca no volvió a aparecer en la competición de élite. Sólo se dejaba ver por el club de ajedrez de Manhattan para jugar algunos torneos informales, sobre todo de ajedrez rápido o “blitz”, el equivalente ajedrecístico de la pachanga futbolística.

Alekhine vs Euwe

Max Euwe, el único hombre que derrotó a Alekhine en un campeonato mundial, fue también el primero en detectar el alcoholismo del campeón.

A sus cuarenta y pocos años, Capablanca estaba virtualmente retirado… mientras Alekhine seguía ciñendo la corona que mucha gente pensaba no le pertenecía legítimamente. Las lamentables maniobras de Alekhine para evitar encontrarse con quien aún era considerado mejor ajedrecista del planeta contribuyeron a empeorar su imagen pública. Aunque, eso sí, a nivel puramente ajedrecístico el ruso siguió demostrando que era un jugador temible y que, salvo Capablanca, tampoco había en el mundo rivales para él. Durante aquellos años Alekhine ganó todos los torneos en donde se presentó, con unas estadísticas espectaculares que no tenían mucho que envidiar a las del propio cubano. Todo el juego posicional y la teoría que Alekhine había estudiado para superar el casi imbatible juego instintivo de Capablanca se unía a su inagotable fantasía ofensiva, así que el ruso seguía produciendo verdaderas obras maestras del ajedrez de ataque que asombraban a propios y extraños. Tras 1931, ya sin Capablanca en competición, Alekhine ejerció un dominio aplastante aunque nadie en el mundo pareciese tener demasiadas ganas de apreciar sus logros. Sus obras maestras sólo interesaban a los entendidos. Para el público, Alekhine era sencillamente el villano de la historia. ¿De qué servía tanto alarde ajedrecístico si se escondía cobardemente del único hombre capaz de hacerle frente?

No sabemos cuál hubiese sido el resultado si se hubiese producido un match por el título antes de la retirada de Capablanca en 1931, cuando ambos ajedrecistas estaban todavía en sus mejores años, pero la opinión más generalizada es la de que Alekhine lo hubiese tenido bastante más difícil aquella segunda vez.

El retorno de Capablanca

Durante varios años el ajedrez tuvo que sobrevivir sin su principal estrella. La fama de Capablanca no disminuyó —como decía después su esposa, “las mujeres le acosaban allá donde íbamos”— pero el ajedrez, qué duda cabe, estaba huérfano sin él aunque Alekhine estuviese ofreciendo su habitual espectáculo en aquellas geniales partidas de ataque, quizá con menos frecuencia, pero aún con brillantez.

Pero sólo hay una cosa que puede enviar a un hombre a la miseria tanto como sacarlo de ella y darle alas para salir adelante: una mujer. José Capablanca había llegado a perder toda la motivación y no quiso jugar durante varios años, sí, pero su segunda esposa, Olga Chubavorva, le dio ánimos renovados y fue en buena parte responsable de que tras un largo periodo de inactividad el genio cubano decidiese volver a la competición. En 1934 el cubano empezó a dejarse ver en algunos torneos importantes. Tras unos inicios dubitativos —bastante comprensibles dado el largo paréntesis que lo tenía falto de práctica— empezó a mostrar indicios de clara mejoría.

Mientras luchaba por recuperar la forma, hubo un hecho que redobló su determinación de volver a aspirar al título. En 1935 Alekhine volvió a poner su corona en juego frente a un gran maestro que consideraba asequible, el holandés Max Euwe, el mismo que había perdido contra Capablanca antes de la precoz retirada de éste. El holandés era un gran jugador, pero como todo el resto de grandes maestros era manifiestamente inferior a Alekhine. Así pues, se esperaba que el ruso conservara el título con facilidad pero, para asombro de todos, perdió por un resultado muy apretado +8-9=13. Alekhine se mostró irregular, jugando bien unas partidas pero cometiendo errores incomprensibles en otras, algo hasta entonces impropio de él. Aquello le costó el título. El nuevo campeón, Euwe, dio más tarde pistas de lo que podía haber ocurrido: afirmó que Alekhine se había presentado a jugar varias partidas en condiciones de visible embriaguez. Como hoy ya sabemos, el campeón ruso se había convertido en un alcohólico durante los años en que evitaba a Capablanca. En todo caso, el abuso de la bebida le hizo perder la corona.

Olga

La segunda esposa de Capablanca logró que el mundo volviese a gozar del talento de su genial marido.

Aquello podría reabrir las puertas del título para Capablanca. Pero Euwe, que era bastante más deportivo que Alekhine, le ofreció una rápida revancha al ruso y Alekhine, temporalmente sobrio, despejó todas las dudas sobre su juego. Esta vez sí, aplastó a Euwe por +10-4=11 y recuperó el trono. Su talento no había desaparecido. Pero sus ganas de obstaculizar una revancha con Capablanca, tampoco.

Capablanca, sin embargo, volvía a soñar ingenuamente con la oportunidad de una revancha: Alekhine ya había jugado dos finales con Boljojugov y otras dos con Max Euwe. Nada menos que cuatro campeonatos mundiales: el quinto, por fuerza, tendría que ser contra él. Aquello le impulsó lo suficiente como para recuperar buena parte de su antiguo poder: en 1936 Capablanca ya tenía cuarenta y ocho años, pero sorprendió a todos con una de sus más grandes temporadas ajedrecísticas. Jugó a un altísimo nivel que volvía a colocarle en lo más alto, como si la edad y los años de retiro no le pesaran lo más mínimo. Primero ganó un torneo en Moscú sin perder una sola partida, superando a algunos potentísimos nuevos valores como el futuro campeón mundial Mikhail Botvinnik, el hombre que algunos años más tarde terminaría iniciando el férreo periodo de total dominio soviético. Tras esa brillante victoria en Moscú, Capablanca acudió a otro importantísimo torneo en Nottingham, donde iba a estar presente la plana mayor del ajedrez de la época: Botvinnik, Euwe, Reshevsky, Vidmar, Tartákover… y ¡sorpresa! Alexander Alekhine. El ruso, probablemente por cuestiones monetarias, no pudo evitar cruzarse finalmente con Capablanca en aquel torneo, después de casi una década de rehuir la ocasión de sentarse ante el mismo tablero en competición oficial.

La noticia de que Capablanca y Alekhine se iban a volver a enfrentar corrió como la pólvora. La gente se dispuso a seguir el torneo con el morboso interés de quien durante años y años ha esperado el siguiente episodio de su serial favorito, para conocer el desenlace. Aunque sólo iban a encontrarse en una partida aislada y lo único que había en juego era un punto, el cruce entre los dos genios del ajedrez era todo un acontecimiento que iba más allá de la importancia de ese punto en un torneo. Prensa y público, lógicamente, se tomaron aquella partida como el sustitutivo de la revancha todavía no celebrada, un poderoso placebo para decidir —de manera no oficial— quién era “el verdadero campeón”. Ni que decir tiene tampoco, prácticamente todo el planeta deseaba ansiosamente ver ganar al cubano.

Las dos torres

El estilo de juego de aquella partida no recordó a las correosas maniobras posicionales del mundial de 1927, sino que fue más bien un duelo de triquiñuelas, como si Capablanca estuviese jugando a “cazar al cazador”. Alekhine se dejó de precauciones e hizo una de sus famosas combinaciones enrevesadas, quedando con una muy ligera superioridad de piezas (dos poderosas torres frente a dos alfiles y un caballo). Era justo la clase de combinación con la que Alekhine había vencido a tantos de sus rivales, así que se lanzó alegremente a por ella. Pero resultó que Capablanca había entendido mejor la situación en el tablero y, haciendo creer a su rival que tenía la sartén por el mango, “se dejó hacer” previendo de antemano un final de partida donde pese a su ligera inferioridad material tendría una posición mucho mejor, en la que las dos torres de Alekhine quedarían aisladas. El ruso finalmente entendió que su ventaja material era inútil sin también una ventaja posicional, supo que no podía ganar y se rindió para perplejidad de analistas y espectadores, que en un principio no terminaron de entender por qué el ruso no seguía jugando una partida en la que parecía poder optar como mínimo a unas tablas. Pero, efectivamente, Capablanca le había ganado en su propio terreno, el de las combinaciones geniales, con una sutileza propia de viejo campeón.

Capablanca jugando

Una grave hipertensión marcó los últimos años de la vida de Capablanca.

Tras desquitarse con aquella brillante victoria sobre su denostado enemigo, el cubano finalizó el torneo a un extraordinario nivel, compartiendo el primer lugar con Botvinnik mientras que Alekhine, por causa precisamente de la derrota frente a Capablanca, se veía relegado a una modesta sexta posición. Lo único que impidió al cubano ganar el torneo en solitario fue una derrota inesperada frente al checo Salo Flohr, dejándose un punto atrás contra pronóstico —y un punto en ajedrez es mucho—, pero aun así la impresión que dejó en el torneo fue la de que una vez más volvía a ser el mejor jugador del mundo. Cómo no, mucha gente tomó aquella victoria aislada sobre Alekhine como una muestra de la innata superioridad del cubano a la hora de evaluar la posición, y una evidencia palmaria de por qué Alekhine sentía tanto terror ante una posible revancha. Capablanca merecía una revancha. Tenía que haber una revancha.

Pero la exhibición de Nottingham fue el canto del cisne del gran Capablanca. El glorioso retorno a la cumbre no duró mucho más. Alekhine siguió sin ofrecerle esa revancha, se repitieron las circunstancias de años anteriores y ya llovía sobre mojado. Capablanca se percató rápidamente que el campeón seguiría buscando cualquier excusa para no darle la oportunidad de desafiarle, y se desanimó nuevamente. Su nivel de juego empezó a decaer de manera muy pronunciada, aunque esta vez no influía sólo su falta de interés, sino una hipertensión mal diagnosticada que empezó a causarle serios problemas incluso mientras jugaba los torneos. También el juego de Alekhine estaba decayendo debido a la edad y al alcoholismo, aunque mantenía el título porque siempre se las arreglaba para jugárselo frente a rivales asequibles.

Capablanca y Alekhine se encontraron de nuevo en 1938, durante un torneo en Holanda, aunque por entonces ya ninguno de los dos podía ser considerado el mejor del mundo. En dicho torneo Capablanca obtuvo la peor clasificación de su carrera (una séptima posición) ya que estaba padeciendo síntomas de su enfermedad. En el torneo a doble ronda, los viejos rivales jugaron dos partidas, las últimas dos veces que el mundo los contemplaría sentados ante un mismo tablero. Empataron una de las partidas, donde pese a estar frente a frente, negociaron las tablas a través del árbitro porque sencillamente no querían hablarse. La otra partida se celebró justo el día en que Capablanca cumplía cincuenta años, además de haber sufrido nuevamente las consecuencias de su mal estado de salud durante la jornada. En un estilo de juego abierto y lleno de riesgos que convenía perfectamente a Alekhine, Capablanca perdió por pensar demasiado y sobrepasar el límite de tiempo. Era únicamente la segunda vez en toda su carrera que su reloj alcanzaba el límite durante una partida oficial, ya que la rapidez de pensamiento había sido siempre su principal característica. Pero la hipertensión estaba afectándole seriamente. Fueron dos partidas crepusculares entre dos genios que afrontaban el declive; aunque seguían despertando el morbo de ver a los dos enemigos irreconciliables en otro duelo de voluntades, ya no eran los mismos de antaño.

El estallido de la Segunda Guerra Mundial terminó de hacer imposible una revancha que, de todos modos, ya nadie esperaba ver materializada. Capablanca se retiró nuevamente de la competición, esta vez de manera definitiva. Como había hecho durante su primer retiro, sólo aparecía por el club de ajedrez de Manhattan para jugar u observar partidas informales. En 1942, mientras miraba una de aquellas partidas, se levantó de repente, pidió ayuda para quitarse el abrigo, y a continuación se desplomó inconsciente en el suelo. Ingresado en el hospital, murió a las pocas horas a causa de una hemorragia cerebral, producida por la hipertensión crónica que padecía. El mundo acababa de perder a uno de los genios innatos más notables de la Historia. Tenía cincuenta y tres años.

Alekhine recibió la noticia con palabras de elogio para quien, según él, era “el más grande ajedrecista que ha existido”. Una despedida elegante, al menos. Pero el ruso, ahora ciudadano francés, no dejó de ser un personaje polémico hasta el último día de su vida. En aquellos años, durante la ocupación nazi de Francia, aparecieron publicados unos artículos firmados por Alexander Alekhine en los que defendía ideas antisemitas propias de la ideología nacional-socialista, aunque después de la guerra Alekhine afirmó que no eran de su autoría y que habían sido manipulados por los alemanes, añadiendo tintes raciales a unos textos suyos que originalmente tenían carácter puramente formal. Es difícil saber hasta qué punto se lo puede tachar de antisemita, aunque sus simpatías por el régimen nazi parecían más que evidentes. De hecho, tras la guerra Alekhine era considerado práxcticamente un colaboracionista y se refugió en la España franquista. Ya no se lo invitaba a torneos celebrados en otros países occidentales, aunque sí jugó en España, donde el nuevo niño prodigio del ajedrez Arturo Pomar logró empatarle una célebre partida. En una ocasión se llamó a Alekhine desde las Islas Británicas para participar en un torneo, pero las airadas protestas de otros ajedrecistas consiguieron que terminase no acudiendo. Tal era la reputación del campeón mundial de ajedrez.

Alekhine y Ajedrez

Alekhine y su famoso gato, llamado sencillamente “Ajedrez”.

Además de la ambigüedad de su relación con los nazis, hubo otra acusación que dio mucho que hablar en el  mundillo. Según se decía, en sus libros Alekhine inventaba partidas que no había jugado realmente o modificaba algunas existentes y poco conocidas para hacerlas más bellas de lo que realmente habían sido. Aquella acusación fue algo más que un mero rumor popular, ya que varios ajedrecistas importantes airearon el asunto públicamente. Y cómo no, quedó aquella tercera acusación, la de no jugarse el título frente a rivales que pudieran vencerle. Toda la magia que Alekhine era capaz de crear sobre el tablero —que era mucha, bellísima y fascinante— estaba siendo desprestigiada por la imagen cada vez más tenebrosa que proyectaba fuera de él. Su fuerte carácter tampoco contribuyó a que el público le tuviese demasiado afecto. Una de las anécdotas más célebres que se le atribuyen sucedió en una aduana por la que pretendía pasar sin identificarse tras haber extraviado su pasaporte. Ante los impedimentos de los funcionarios, el ajedrecista respondió airado: “Soy Alexander Alekhine, campeón mundial de ajedrez, ¡no necesito pasaporte!”.

Tras unos últimos años marcados por estas oscuras polémicas, además de por el alcoholismo, y como no podía ser menos, el ruso tenía que protagonizar una muerte igualmente controvertida. Alexander Alekhine murió en 1946 —también a la edad de cincuenta y tres años, como Capablanca— manteniendo todavía el título de campeón mundial. Su fallecimiento se produjo oficialmente a causa de un ataque al corazón meintras comía. Pero un supuesto testigo de la autopsia disparó la noticia de que realmente podría haber fallecido debido a un trozo de carne sin masticar que había taponado su tráquea, asfixiándolo. La aparente disparidad entre la autopsia y el motivo oficial de su muerte disparó los rumores de que pudo haber sido asesinado por un comando secreto como venganza por su colaboracionismo con los nazis. Incluso el propio hijo de Alekhine apoyó esta idea, diciendo que su padre había sido asesinado por órdenes de Moscú. Sea o no cierto el asunto del asesinato político, la tétrica controversia sobre su misterioso adiós no podía estar más en consonancia con la oscuridad del personaje.

Dos genios, dos estilos, un legado

“Una vez, durante un torneo en Moscú, un grupo de maestros analizaba el final de una partida. No podían encontrar la jugada correcta y mantenían muchas discusiones. De repente, Capablanca entró en la habitación. Le gustaba caminar mientras era el turno de jugar de su oponente. Comprendiendo la razón de la disputa, el cubano se inclinó sobre el tablero, dijo ‘sí, sí’ e inmediatamente redistribuyó todas las piezas para mostrar la posición correcta que permitía ganar la partida. No exagero. Don José literalmente empujó las piezas, sin hacer siquiera las jugadas en orden. Sencillamente las puso en los lugares que consideraba necesarios. De repente, todo quedó claro. Allí estaba el esquema correcto de la posición, ahora la victoria era fácil” (Alexander Kotov)

“A diferencia de Fischer, con su propensión a la claridad, y de Kárpov, educado en las partidas de Capablanca, desde mis años más jóvenes estuve enormemente influido por el juego de Alekhine, y fascinado por el suceso sin precedentes de su victoria en el match contra Capablanca de 1927. He admirado el refinamiento de sus ideas, y he intentado en la medida de lo posible emular su furioso estilo de ataque, con sus repentinos y atronadores sacrificios” (Garry Kaspárov)

“Era imposible ganar a Capablanca, pero contra Alekhine era imposible jugar” (Paul Keres)

La historia del ajedrez está huérfana de dos grandes acontecimientos, hitos que tenían que marcar el destino del reino de Caissa, pero que nunca se llegaron a celebrar. Uno fue el campeonato mundial entre Fischer y Kárpov, que nunca tuvo lugar porque Fischer, tras proclamarse campeón, desapareció del mapa y se negó a regresar aunque ello le costase la pérdida del título. El otro acontecimiento fue, claro, la revancha nunca celebrada entre Alekhine y Capablanca. Es como un gran agujero negro en mitad de una por otra parte muy rica historia, la de las sesenta y cuatro casillas.

Pero aunque la rivalidad entre Capablanca y Alekhine quedase tristemente incompleta, ambos marcaron un antes y un después en la historia del ajedrez; más allá de su agria rivalidad personal establecieron dos escuelas de juego totalmente opuestas, que han seguido muy vivas a través de los años. Los jugadores amantes del juego de ataque, del ajedrez bello, retorcido y fantasioso —jugadores como Mikhail Tal o Garry Kaspárov— se inspiraron fundamentalmente en las partidas de Alekhine. Los jugadores amantes del orden, la claridad y la lógica posicional, como Bobby Fischer o Anatoly Kárpov, aprendieron su estilo de Capablanca. La distinción entre jugadores ofensivos y posicionales existía ya desde el siglo XIX, es cierto, pero fueron Capablanca y Alekhine quienes redefinieron esos roles para siempre y los dejaron bien grabados sobre piedra.

Capablanca, además, tuvo un papel muy importante en la difusión social del ajedrez, gracias a su fama y su perfecto papel como embajador del juego en todo el mundo. Fue un hombre admirado y querido por el público, una auténtica estrella que llevó los tableros a las portadas de los periódicos. Su prodigioso talento natural le dio al ajedrez una aureola que no podría darse en otro deporte, sino más bien en la música, en el arte o en la ciencia; el aura del niño prodigio intelectualmente superior. Hubo genios ajedrecísticos antes que él, y Alekhine de hecho también lo fue, pero Capablanca rodeó la figura del genio de un halo casi místico. Durante décadas, a los nuevos valores del ajedrez y sobre todo a los niños prodigio se les comparaba constantemente con Capablanca, como hoy se les compara con Bobby Fischer.

Alekhine muerto

El cadáver del campeón mundial Alexander Alekhine fue encontrado aún sentado a la mesa; tiempo después correrían ríos de tinta sobre las enigmáticas circunstancias de su muerte.

Alekhine, en cambio, no dejó tras de sí una imagen positiva en lo personal (aunque, con el tiempo, las leyendas negativas pueden ser tanto o más fascinantes) y durante sus últimos años se lo llegó a detestar con bastante vehemencia. Pero más allá de las facetas oscuras de su personalidad, es innegable que Alekhine aportó dos cosas fundamentales al ajedrez. Una, el gusto por la belleza artística del juego, por el componente estético de las partidas repletas de movimientos asombrosos e inesperados… algo que Capablanca no hacía y que de no ser por Alekhine hubiese pasado desapercibido durante aquellos años en los que el romanticismo del siglo XIX había quedado olvidado. Alekhine, al menos, fue valiente jugando un estilo agresivo de improvisación en unos tiempos donde dominaba la claridad de Capablanca. Y dos, la demostración de cuán importante es el estudio y la preparación en el ajedrez de élite. Aunque siempre pesará sobre Alekhine la vergüenza de haberle negado la revancha a Capablanca, el hecho mismo de haberle podido vencer tuvo una importancia capital en el desarrollo del ajedrez posterior. Alekhine demostró al mundo que no había ningún ajedrecista lo bastante superdotado como para que no se le pudiera vencer con la debida preparación. Creó la disciplina del jugador moderno: hizo ver a los ajedrecistas que el talento natural no basta. El ajedrez era un arte, decía Alekhine, pero al igual que un músico el ajedrecista sólo da lo mejor de sí cuando se ayuda del estudio y la práctica. Capablanca fue el último de los campeones bohemios, porque después de que Alekhine lo derrotara, el campeonato mundial de ajedrez ha pertenecido sólo a quienes combinan su talento innato con un trabajo agotador.

Además, y esto tampoco se puede obviar, las partidas de Alekhine están entre las más bellas y entretenidas que ha producido el juego/arte/ciencia de las sesenta y cuatro casillas en toda su historia, mientras que muchas de las partidas de Capablanca son admirablemente sólidas… pero no tienen un “golpe de efecto” que haga saltar en su silla al aficionado medio. Personalmente, para quien suscribe son mucho más interesantes las partidas de Alekhine que las de Capablanca, cuyo estilo me resulta más bastante monótono, aunque lógicamente su clarividencia posicional es a menudo fascinante. Alekhine también fue responsable de otro considerable legado, aunque no voluntariamente: su discutible comportamiento una vez convertido en campeón y la manera calculadamente antideportiva en que retuvo el título obligaron a la FIDE a cambiar las reglas. Tras la muerte de Alekhine se estableció un nuevo modelo que obligaría a cada nuevo campeón a jugarse el título periódicamente cada tres años como plazo máximo, y si decidía no enfrentarse a un aspirante elegido mediante torneos clasificatorios, sencillamente se le despojaría de la corona. Se terminó elegir con quién se disputaba la corona.

Fueron dos genios de temperamento opuesto, estilos opuestos y destinos igualmente opuestos. La historia del ajedrez, sin embargo, les recuerda como igualmente grandes, y todo cuanto necesitan para que su rivalidad se filtre en el inconsciente colectivo —como la de Mozart y Salieri— es que alguien ruede una gran película sobre ellos, sobre cómo vivieron y jugaron el uno en torno al otro como dos estrellas que orbitan juntas en un sistema binario, robándose mutuamente la energía, intentando eclipsar el brillo del otro al proyectar un brillo todavía mayor. Representaban como nadie la dualidad de la competición y de la vida, el día y la noche, la calma y la tempestad, el ying y el yang: si el público no tuviese tan poca memoria, Capablanca y Alekhine serían hoy arquetipos universales. En el mundo del ajedrez, de hecho, ya lo son: como unos modernos Caín y Abel. Una historia única que, muy a mi pesar, he resumido de manera muy imperfecta en el formato de este artículo dividido en dos partes, pero a la que hubiese dedicado un libro entero sin dudarlo. Algo así sólo podía superarse si un ajedrecista fuese capaz de reunir en su sola persona el ying y el yang, a Capablanca y Alekhine revueltos en una sola mente. Ese individuo, por cierto, fue Bobby Fischer, pero, como suele decirse… esa es otra historia y será contada en otra ocasión.

64 comentarios

  1. Pingback: Capablanca vs Alekhine: los Mozart y Salieri del ajedrez (y II)

  2. Gran colofón a esta fantástica historia. Es una pena que finalmente no hubiera revancha. Este detalle provoca cierta decepción al lector -como es natural- y le hace perder un punto de épica.

    Señor, E.J. Rodríguez, seguiremos de cerca sus interesantísimos artículos.

  3. ¡¡Bravo!! Muchísimas gracias por estos dos magníficos artículos.

  4. Una segunda parte a la inmensa altura de la primera. Qué gustazo leer artículos así.

  5. estabamos esperando la segunda parte como agua de mayo

  6. Ya me gustó el artículo de Napoleón, y ahora éste… Muchas gracias por darnos el placer de leerte.

  7. Dos articulos geniales.

    Muchas gracias, una de las mejores lecturas en mucho tiempo.

  8. Maravilloso artículo. un 11 sobre 10 :D Bravo!

  9. Una historia muy interesante. Siempre he sido un “paquete” al ajedrez, pero leyendo esto me vuelven las ganas de jugar (y sobre todo de aprender)

    Gracias

  10. El artículo me ha parecido muy entretenido y ágil, pero el autor muestra una visión muy subjetiva dejando casi siempre mal a Alekhine y bien a Capablanca…

    • Hombre, la actitud de Alekhine fue mezquina, no tiene defensa posible; y los cambios en la normativa de la FIDE y el rechazo de sus compañeros de tablero lo demuestran. Por otra parte el autor reitera la idea de que varias de las partidas más bellas de la historia del ajedrez son fruto de la mente de Alekhine, lo cual no me parece que sea dejarle en mal lugar.

    • Capablanca sorprende más por ser niño prodigio, por su facilidad de juego, agradaba por su persona tan educada y caballerosa muy distinta a la de Alekhine, y el hecho de que Alekhine no haya jugado la revancha con Capablanca lo deja con mala imagen. Incluso cuando murió reteniendo el título de campeón del mundo, quedará siempre la duda de qué hubiera pasado si se hubiese jugado la revancha (algo similar a qué hubiera pasado si Fischer se hubiese enfrentado a Karpov) …simplemente son muchos factores lo que hace que se vea con mejores ojos a Capablanca que a Alekhine, aunque sí que no deberíamos restarle merito, pues no cualquiera podía alcanzar ese nivel de juego y mucho menos vencer al invencible Capablanca

  11. Enhorabuena, muy buen artículo (ambos dos).

  12. He disfrutado inmensamente de este realto, al igual que hice con el de la batalla de Waterloo. Espero tener tiempo para revisar otro artículos que han sido publicados. Gracias por mostrarnos la historia sin limitarse a una enumeración de fechas y citas.

  13. Maravillosos estos dos artículos. He estado esperando esta segunda parte con muchas ganas y no me ha decepcionado, más bien lo contrario. Si escribes el libro de la historia puedes contar con un comprador.

    Y el artículo de Fischer también lo esperamos :)

    Un saludo y muchas gracias.

  14. Enhorabuena por la historia. Está muy bien contada, incluso para los que ya la conocemos y nos resistimos, eso sí, a calificar a Alekhine de “salieri”

  15. Qué gran artículo, espero con ansias la historia de Fischer, sé que hay películas y libros pero algo así sería lo que me invitaría definitivamente a conocer su también fascinante historia

  16. Excelentes los dos artículos, enhorabuena.

  17. Al final tablas en la partida 53.
    La muerte de Alekhine parece una venganza por no haber ofrecido la revancha a Capablanca.
    Gracias por el relato.
    ¡Ah! también por las imágenes.

  18. He leído con sumo gusto la segunda parte, realmente interesante, y brillante, el único pero…….por ponerle un pero que ha sido más periodística que la primera, la cuál parecía un capítulo de un buen libro de genios del ajedrez, no obstante permítame darle la enhorabuena por contarnos de una manera clara y elegante la historia de estos dos genios del ajedrez, uno nacido en la Cuba Española, y posteriormente cubano y el otro nacido en Rusia y posteriormente nacionalizado francés. Hasta en el cambio de nacionalidad parece que tenían algo en común. Salu2. MAX

  19. Me ha gustado la primera parte del artículo y parte de la segunda, pero debo decir que no es muy objetiva tu crítica al campeón Alekhine, tildándolo de cobarde, y antisemita. Directa o indirectamente se entiende eso del artículo que has escrito, que yo sepa Alekhine es detenido por los alemanes cuando el decide enlistarse al ejercito francés, y a cambio de mejor trato accede a apoyar deportivamente, lo cual no me parece tan cruel considerando esa época tan violenta.

    Otro punto; sobre su negativa de jugar su revancha con Capablanca se debe considerar que Alekhine pone las mismas condiciones duras que Capablanca había impuesto, ya que, que yo sepa Capablanca en 6 años y pico no puso nunca su título en juego (esto casi no se dice), y no lo hubiese hecho en mucho tiempo más de no ser por la intervención del gobierno argentino; mientras que Alekhine si fué mas flexible en ese aspecto.

    Y si hablamos de cobardías, yo no creo que un cobarde se siente frente al tablero en 34 ocasiones frente al mejor jugador de todos los tiempos con la férrea voluntad de ganarle. Aunque algo que si era notorio en esos tiempos es que había una enemistad muy grande entre ambos que escapa a las 64 casillas del tablero. Después de todo, los ajedrecistas son humanos y cada quien tiene sus problemas.

    Y con respecto a la muerte de Alekhine, casualmente el hombre muere poco antes de jugar contra Botvínnik el match por el título; a pesar de que a Alekhine le habían arrebatado el título después de la guerra, y Botvinnik muy deportivamente quería celebrar este match pués lo consideraba el campeón todavía.

    Bueno estos son algunos datos extra que valen la pena considerar. Los dos jugadores a su manera han sido extraordinarios.

    A pesar de la falta de objetividad en este segundo artículo, el primero si me ha gustado bastante. Disculpa si la crítica es dura pero te aseguro que es una crítica constructiva. Un Saludo.

    • A ver colega. Los alemanes detuvieron a Alekhine en 1914, cuando estalló la 1ª Guerra Mundial, y todavía no había nazis a la vista. Eso también es manipular.

      • saludos, muy de acuerdo con tu comentario y agregaria lo siguiente.
        Si la foto de Alekhine muerto al lado de una mesa bien ordenada y un tablero de ajedrez son las piezas bien colocadas, es unafoto real de la forma como consiguieron el cadáver.

        Entonces habría que concluir y reforzar la tesis del asesinato, pues nadie muere de un infarte o de una axfisia mecánica, de una manera tan plácida como aparentemente se consiguió el cuerpo.

  20. Dos artículos muy interesantes. Diría que, en mi opinión, Alejin nunca fue un “Salieri”: su genialidad se le reconoció desde pequeño, y en la misma medida que a Capablanca. Simplemente, Alejin era más joven, y llegó a su cénit más tarde que el cubano. Asignar papeles arquetípicos a estos dos jugadores es un recurso eficaz, pero equívoco. Y no cabe duda de que la mística de Capablanca se ha cultivado mucho más que la de su rival.

    En el match de 1927, como bien señala Kaspárov en “Mis geniales predecesores”, Alejin obligó a Capablanca a luchar más de lo que éste había hecho nunca. Lo atacaba incluso desde posiciones inferiores, y no dejaba jamás de plantearle problemas. La masa de aficionados, torpemente, consideró el match como monótono, aburrido y de resultado injusto. Lo cierto es que fue una lucha llena de tensión, en la que Capablanca fue llevado al límite por Alejin; y el cubano, habituado a una vida muelle -y no sólo en el ajedrez-, fue incapaz de resistir la presión. El resultado fue, por supuesto, completamente justo.

    Dudo mucho que Alejin temiera a Capablanca más de lo que éste lo temía a él. En cuanto a las maniobras evasivas del ruso-francés, no eran en absoluto algo nuevo. Por último, no hay argumento alguno para afirmar que, tras 1927, Capablanca siguiera siendo el mejor jugador del mundo. Por ejemplo, la victoria de Alejin en San Remo (1930) es, probablemente, una de las mejores actuaciones de la historia del ajedrez. Capablanca podría haberse preparado mejor para la revancha; pero un Capablanca bien entrenado y que se esforzase a fondo sería una contradicción andante.

  21. Es un artículo, fenomenal. En Cuba se habla mucho de Capablanca, y con escritos tan buenos como este se pudiera decir mucho más.

  22. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | Capablanca vs Alekhine: los Mozart y Salieri del ajedrez (I)

  23. Mi sincera enhorabuena, E. J. Rodríguez. He disfrutado mucho con este artículo. Realmente interesante, profundo y ameno.

    Sólo quisiera añadir un “pero” anecdótico: La imagen inicial con que se abre el artículo, proviene de una fotografía falsa. Esta fotografía se publicó por primera vez en un libro sobre el campeonato de Buenos Aires, editado en Kharkov (Ucránia) el mismo año 1927. Es de suponer que los editores no dispusieron de una fotografía oficial del torneo (aunque como mínimo existe una foto que publicó el diario “La Nación” y que reproduces en el apartado “La batalla de Buenos Aires” de tu artículo).

    La parte izquierda de la imagen, donde se muestra a Alekhine así como el tablero, corresponden a una fotografía de 1926 donde se ve a Alekhine jugando con negras contra Nimzowitsch en Semmering (Àustria). Concretamente en el tablero se observa la posición después de que Nimzowitsch jugó 9.d3. (Los movimientos anteriores fueron 1.e4 Cf6 2.Cc3 d5 3.e5 Cfd7 4.f4 e6 5.Cf3 c5 6.g3 Cc6 7.Ag2 Ae7 8.O-O O-O).

    La parte derecha de la imagen manipulada corresponde a otra fotografía, tomada en 1925, donde se ve a Capablanca jugando con negras, con las piezas aún en su posición inicial.

    Por otro lado, puede comprobarse que las piezas de la foto falsa no corresponden a las piezas con que se jugó el campeonato, que pueden observarse en la referida imagen de “La Nación” (ver las piezas en detalle aquí: http://www.chessbase.com/espanola/images/2005/Buenos%20Aires/P1000892.jpg)

    Dicho este “pero”, y sin pretender estar a la altura de este excelente artículo, me parece oportuno recomendar un particular recorrido de la vida de Capablanca y sus partidas a través de los sellos de correos:

    http://librodenotas.com/viajealajedrez/21373/filatelium-capablanca

  24. Muy bueno el artículo, lástima que te hayas inventado la mitad de los datos, pero es de fácil y amena lectura.

  25. Impresionante artículo. Espero ansioso el de Fischer

  26. Me ha encantado rl articulo . La próxima sobre genios del parchis!

  27. Me parece interesante que se hable de una de las grandes rivalidades de la historia, pero en mi opinión estos artículos toman posición claramente por Capablanca. Capablanca a mi juicio es un jugador inagualable en lo que a talento natural se refiere, y la imagen que en estos artículos se da de él me parece en gran medida acertada. Sin embargo, el hecho de que Alekhine le pusiera difícil la revancha obedecía a otras razones y no a un supuesto miedo: Capablanca, había evitado también poner su título en juego y había puesto todo tipo de trabas; así que Alekhine simplemente por despecho hacía lo que él creía que había sufrido quiso tomarse venganza. Estos problemas con el título no son algo exclusivo de estos dos genios.
    Por otro lado, me hubiera gustado que se hubiera hablado de otros aspectos de la vida de Alekhine. No tuvo precisamente la infancia más feliz, su madre fue alcohólica, y quizá este hecho unido a un cierto abandono por parte de ella motivaron tanto a que fuera alcohólico como a su obsesión por las mujeres mayores que él. Tuvo una obsesión por el ajedrez comparable a la de Fischer durante su infancia, y en 1914 obtuvo el título de Gran Maestro. Fue un hombre de un gran talento natural, no sólo era un jugador combinativo. En su match con Capablanca, creó el paradigma de preparación que más tarde su utilizaría. Él no cambió su estilo de juego, un gran jugador no se construye sólo a base de táctica sino que ha de tener una profunda comprensión estratégica, algo que él siempre tuvo. Lo único que hizo fue prepararlo concienzudamente, estudiando a fondo el juego del rival.
    Alekhine, como Capablanca, ha pasado a la historia del ajedrez como uno de los más grandes de la historia; y quizá sea el cazador más temible de todos los tiempos. No era precisamente un galán como Capablanca, ni tenía su talento natural; pero también tenía un gran talento y tuvo una voluntad de acero, que en la mayoría de ocasiones se acaba imponiendo al simple talento. Prueba de su magnífica voluntad y su amor por el ajedrez, fue que dejó el alcohol tras perder el título ante Euwe para poder recuperar su título. Por otro lado, Alekhine tuvo grandes problemas en su vida, no sólo con el alcoholismo, él mismo dijo que las dos Guerras Mundiales habían acabado con él, y además sufrió el revés de la Revolución Soviética (Por cierto se cuenta una historia sobre una partida con Trotsky en la cárcel que le valió la liberación).
    En fin, el artículo no está mal para conocer la historia; pero recomiendo mas investigación sobre estos dos cracks para poder hacerse una imagen más realista (No digo que la mía lo sea, siento predilección por Alekhine)
    Un saludo a todos!

  28. Fischer fue más caprichoso y no se habla tan mal de él el se retiró con el match ad puertas y también era muy posible que Karpov le gane, su imagen sin embargo no fue tan maltratado como en este articulo.

    Faltó incluir cómo fue la partifda de Alekhine con Capablanca el en torneo de AVRO 1938

  29. A ver, los que dicen que Alekhine puso las mismas condiciones que Capablanca para defender el titulo y que no tuvo miendo le pregunto por que a Bogoljubov no le hizo las mismas exigencias? Muchos critican al autor del articulo de anti Alekhine pero el mismo dijo que preferia las partidas del ruso nacionalizado frances, fijense que Euwe pudo haberle hecho lo mismo pero el holandes si fue valiente y le dio la revancha a Alekhine, y un dato que el autor paso por alto es que el registro entre los dos pone al cubano delante 9 partidas a 7 y 33 tablas.

  30. Leí el anterior artículo y enseguida tuve que leer la segunda parte. Es un relato atrapante y está muy bien redactado, aunque soy admirador de ambos jugadores y ya conocía al detalle la historia. Es lamentable que no se diera la esperada revancha, pero se puede decir que la “vengaza” de Capablanca fue aún más terrible. Alekhine pagó muy caro su acto de cobardía en la triste imagen que dejó a la afición… Fue un personaje que no se hacía querer demasiado, pero las circunstancias en las que vivió lo justifican en parte. Y del cubano que decir, fue el más grande talento natural en ajedrez, al que solo Morphy puede comparársele. Saludos!

  31. Magnifico articulo perfectamente redactado. Coinsido totalmente con el autor.

    Hoy en dia la competividad a cambiado muchisimo… por aquellos años el juego era mas de caballeros; es justamente por eso que se lo critico a Alekhine no dar la correspondiente revancha a la maquina que era capablanca.

    Seguramente en nuestros dias hay genios asi, pero sin discuplina no llegan a sobresalir… felicitaciones nuevamente por el articulo.

  32. Ahora la de Bobby Fischer!!

  33. Algo muy común y de manual es que los latinos, hispanoamericanos y demás, con su habitual fanatismo irracional, pierdan toda objetividad y en este tema puntual exageren mucho endiosando la figura de CAPABLANCA y minimizen la de ALIOJIN, al cual tildan de “cobarde” “traidor”, etc, etc…
    Se centran tanto en el hipotético “Match Revancha” que hasta hacen parecer que nunca se hubieran enfrentado en un Match y por eso concluyen en que Capablanca era superior. (Según ellos)
    Parece que omiten que si hubo un match entre ambos, y el match lo ganó ALIOJIN.
    Como decía antes: reconozco la genialidad del gran cubano, pero no hay que dejar en la sombra a su vencedor, Dr. Aliojin. Quien no sólo lo derrotó en el único match en que jugaron (que pese a lo que digan, Capablanca se hallaba en la plenitud de sus fuerzas y tuvo 34 partidas para reponerse si es como dicen que “subestimó” el match) sino que además Aliojin lo derrotó en la última partida entre ellos, en el día en que Capablanca cumplía 50 años. (19 de noviembre de 1938, torneo de AVRO, ronda 9)
    Muchos intentan hacer ver esta última victoria de Aliojin con “poco meritoria” ya que según ellos Capablanca ya estaba muy mal en el torneo de AVRO 1938. (Incluso hay un autor, pro-latino- que dice que la partida que Capablanca le gana a Aliojin en 1936 en Nottingham es “brillante” y que demuestra que Capablanca era el mejor del mundo, pero que cuando Alekhine le ganó, dos años después, eso ya no tenía valor.. ¿un poco parcial, no es así?
    Sin embargo les digo, que al año siguiente (1939) Capablanca ganó invicto la medalla de oro en el primer tablero del torneo de las naciones de Buenos Aires 1939.
    Siempre se van a querer buscar excusas, sobre todo de los latinos, para desmerecer la brillante victoria del Dr. Aliojin en Buenos Aires 1927 sobre Capablanca. Diran que Capablanca se divertía mucho por las noches, que no estudiaba, que no se preparaba, y que Aliojin tuvo miedo por no darle el match revancha. (¿Y porqué habría de darselo? ¿Acaso estaba obligado a ganarle más de una vez para ser Campeón Mundial?)
    Pero los mismos defensores de Capablanca nunca diran que cuando este le ganó al gran Doctor Lasker en la Habana 1921 por +4 -0, el gran Campeón Alemán tuvo que hacer un enorme esfuerzo yendo a jugar a la tierra de Capablanca, con un fuerte calor al que no estaba acostumbrado, y con un detalle no menor: 20 años más de edad que Capablanca. (Lasker nació en 1869 y Capablanca en 1888)
    ¿Qué hubiera pasado si Capablanca y Emanuel Lasker se hubieran encontrado en un match, en iguales condiciones y ambos con la misma edad? No olvidemos que el formidable Dr. Lasker siempre figuró por encima de Capablanca en la mayoría de los torneos famosos (San Petersburgo 1914, New York 1924, y hasta en Moscu 1935 en donde le ganó con 66 años encima)
    Por lo tanto, no lloren más señores defensores de Capablanca: La historia es la que es, no está “incompleta” como dice el autor de este artículo. Capablanca y Aliojin se encontraron en un match, ambos en la plenitud de su fuerza (39 años Capablanca y 35años Aliojin) y el ganador fue Alexander Aliojin. Eso es piedra tallada y ha quedado en la historia, el resto es palabrerio apasionado de fanáticos del Cubano.

    • Christian…

      No se trata de desmerecer a Alekhine. Tal como tu dices, el match lo gano el, y no hay nada que decir. Pero a partir de ahi en adelante, Alekhine ademas de no otorgarle la revancha, vetó a Capablanca en cada torneo al que el asistia en su calidad de campeon del mundo, lo cual, nos dice que si tenia miedo a poner su corona en juego contra el cubano, o a jugar nuevamente con el.

      Una cosa era vengarse por la elevada bolsa de 10.000 dolares que pedia el cubano inicialmente, y la otra, realizar ese tipo de acciones.

      Alekhine fue hipocrita en su actitud, ya que hubiese sido mejor y mas sincero y honesto, haberle dicho al cubano desde un principio que no tenia ninguna intencion de otorgarle la revancha, en vez de hacer estos juegos, dignos de un niñito de preparatoria. Si somos adultos, digamos las cosas de frente, a la cara, y con toda sinceridad.

      Ademas Alekhine puso en juego su corona contra rivales, conocidamente inferiores, es como si Nadal eligiera a Tsonga para decidir quien es el mejor del mundo, sabiendo que Djokovic esta ahi.

      No se cual habria sido el resultado de una eventual revancha contra Capablanca, pero si estoy seguro, que este ultimo hubiese llegado con mucha motivacion para intentar recuperar la corona y batir a su gran rival. Con un pronostico, por cierto, bastante incierto de quien hubiese resultado vencedor.

      • muy de acuerdo con tu opinión Cristian C, agreguemos que estos articulos son escritos del lado americano donde Capablanca es favorito y un ídolo, pero que pensaban en el lado europeo? biografos de Alekhine como Kotov, valoraron en su verdadera magnitud el talento y capacidades de Alekhine. Algunos otros lo trataron de minimizar o ignorar, pues la vida de Alekhine estuvo entre dos guerras y no escapó de involucrarse políticamente en ambas, así que tenia defensores como Trotzki, e incluso muchos críticos por su deserción al comunismo ruso, y su trato necesario para vivir con los alemanes. Estos hechos extra-deportivos quizá hayan influido mucho en una imagen mediatizada de la verdadera fuerza ajedrecística de Alekhine. Mi conclusión Alekhine evito ebn lo posible el match revancha, no por temor, y Capablanca aprovechó este rechazo para crear una imagen mediática de ser el mejor y de minimizar la verdadera genialidad de Alekhine. LAs partidas post buenos aires 1927 es una pequeña muestra de lo que hubiera sido un match revancha. Resultado +1 -1 = 1

    • Estoy totalmente de acuerdo de que el autor es muy subjetivo a favor del cuabano. Yo me quedo con Alekhine.

  34. Impresionante. La única pega es que lo que cuentas en el primer capítulo es tan acojonante, que luego es difícil superarlo, porque no hubo revancha. Pero en general es una JOYA de artículo

  35. Pingback: Historias de ajedrez | Maven Trap

  36. En la historia del ajedrez, han sido más frecuentes los casos de “grandiosos matches” NO celebrados que los “grandiosos matches” SÍ disputados. Entre estos últimos, sí, el mítico duelo entre Capablanca y Alekhine en 1927, a los que habría que agregar el Fischer v. Spassky de 1972, así como los cinco tremendos enfrentamientos entre Kárpov y Kaspárov en los 80, seguramente el mejor duelo de la historia del ajedrez. Entre los matches jamás disputados habría que citar: un Tarrasch v Lasker hacia 1898 o 1899 (y no el disputado en 1908, con un envejecido Tarrasch), un Rubinstein v. Lasker en 1909 o 1912 (antes de que la Gran Guerra acabara con Akiba), un Botvínnik v. Keres a finales de los años 30 (antes de que la URSS devorase Estonia, patria de Keres) un Petrosian v. Tahl en 1960 o 1961 (antes de que Tahl fuera lastrado por sus problemas eternos de salud y su posterior alcoholismo), un Spassky v. Fischer en 1968 o 1969 (con el ruso en su apogeo y el americano justo antes de llegar a él), un Kárpov v. Fischer en 1975 o 1978, y un Anand v. Krámnik a finales de los 90 (no en 2008, con Krámnik mermado en su salud y ya sin motivación). Son sólo algunos ejemplos

  37. Muy buen articulo, encontre un error de sintaxis que te remarco para hacer aun mas precisa tu obra.

    ” En 1935 Alekhine volvió a poner su corona en juego frente a un gran maestro que consideraba asequible”

    Esta mal usada la palabra asequible que es comprable o adquirible.
    La palabra correcta es ACCESIBLE. El rival es ACCESIBLE, esto quiere decir facil.

    saludos

  38. Lei hace muchos años la biografía de Alekhine escrita por Kotov y siempre me ha parecido un personaje fascinante. No estoy nada de acuerdo con la imagen de un Capablanca mundano y un Alekhine fuera de lugar en el gran mundo. De eso nada:

    Alekhine hablaba seis idiomas, y su padre era miembro del parlamento, noble y su madre una rica heredera. El se doctoró en derecho y ejerció como juez y como investigador criminalista.

    Su vida se vió zarandeada por los grandes acontecimientos del siglo XX como la revolución rusa en la que su familia perdió toda su riqueza, la primera guerra en la que fue hecho prisionero o la segunda, en la que tras alistarse en el ejercito francés , fue utilizado por los nazis tras la ocupación a cambio de salvar a su esposa judía.

    Capablanca era un crack, pero sus partidas son plomizas y lo más que puede decirse de su vida aparte del ajedrez es que fue ingeniero electrico de la Westinghouse. Mundo pequeño a mi gusto.

  39. Pingback: La inquina de dos campeones | Los juegos son cultura

  40. Excelente artículo. ¡Gracias! Espero que alguien del mundo del cine recoja el guante que arrojaste y filme una buena película sobre estos dos fenómenos del ajedrez. Pues hay una película cubana sobre Capablanca pero es bastante mediocre -sin ánimo de ofender-. Dicho sea de paso, si Capablanca hubiera sido judío seguramente ya Hollywood le habría consagrado alguna producción taquillera…

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