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Cómo mejorar tu vida con Benjamin Franklin

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Un político, científico y humanista muy querido hoy día por los estadounidenses

Estaba yo el otro día en La Casa del Libro leyendo con gesto absorto la contraportada de un ensayo de política internacional, mientras con el disimulo de costumbre buscaba frotarme accidentalmente con alguna chica próxima —siguiendo a una que no dejaba de apartarse— cuando acabé frente a la sección de autoayuda. Ya que estaba ahí, empecé a ojear los títulos y, repentinamente, un mundo de posibilidades se abrió ante mí.

Fui a coger Cómo mejorar la atención pero de inmediato me distrajo otro de título mucho más contundente: Cómo triunfar en su vida. Sí, ése es el que necesitaba. Cómo ganar amigos quizá también me fuese de ayuda, pero probablemente sólo si antes me leía Autoestima: comprensión y práctica. Vive Dios que estuve a punto de comprar este último, pero me imaginé a la cajera leyendo el título y a continuación lanzándome una mirada de desprecio —así como riéndose de mí para sus adentros— y finalmente no me atreví. Me alejé cabizbajo con las manos vacías, rumiando la paradoja de que uno de los ejemplares en venta pueda titularse Aprende a pensar por ti mismo sin que arda por combustión espontánea.

No sé hasta qué punto resultarán efectivos, quizá esté aún por escribir un Cómo lograr que los libros de autoayuda funcionen, porque esto de ayudarse a uno mismo me recuerda al Barón de Münchhausen tirándose del pelo para salir del agujero en que había caído. Además hay gente que sencillamente no puede cambiar, ahí está Tony Soprano. Pero en cualquier caso, sean útiles o no…  ¿De dónde ha salido este género? ¿Quién propinó a la humanidad el primero de los muchos que ahora hay?

Veamos, El arte de amar de Ovidio y El arte de la guerra de Sun Tzu parecen más dirigidos a dar una serie de consejos sobre un ámbito de la vida pero sin proponerse transformar la personalidad del lector y sus rutinas. Mientras las consolaciones escritas por los autores latinos dedicaban más atención a afrontar la muerte que la vida, así que tampoco. Nos queda entonces el fascinante Oráculo manual y arte de la prudencia de Baltasar Gracián, pero no faltan autores sosteniendo que se trata en realidad de una feroz sátira de la vida cortesana.

Por tanto la obra que podría ostentar el glorioso título de primer libro de autoayuda jamás escrito es El libro del hombre de bien, del que fue uno de los denominados Padres Fundadores de Estados Unidos, Benjamín Franklin (en realidad esa obra es un extracto de su autobiografía, luego explicaremos ese detalle). Su estilo era sencillo y dirigido a las masas, no para iniciarlas en profundas consideraciones filosóficas ni religiosas, sino con el fin de proporcionarles unas pautas para transformar diariamente los hábitos, objetivos vitales y vicios de cada persona con ese optimismo tan típicamente americano que caracteriza al género. Pero no es posible comprender los escritos de Franklin sin conocer antes su vida y circunstancias.

De las gafas bifocales a la Declaración de Independencia

Nacido en Boston en 1706, Franklin tuvo 16 hermanos y fue bajo las severas órdenes de uno de ellos cuando comenzó a trabajar como aprendiz en una imprenta, publicando el periódico The New England Courand. Esa fue la primera y más decisiva influencia que tuvo en su vida, porque Franklin fue muchas cosas pero por encima de todo, periodista. Gozaba sin embargo de una notable inteligencia. Tanta, que siendo aún un adolescente comenzó a escribir él mismo bajo pseudónimo alguno de los artículos de opinión del periódico, en los que decía cosas como:

“Sin libertad de pensamiento la sabiduría no puede existir, así como tampoco puede existir la libertad pública sin libertad de palabra, que es el derecho de todo hombre, siempre que por ella no pisotee o disminuya el derecho de los demás. (…) Este privilegio sagrado es tan esencial a los gobiernos libres que la seguridad de propiedad y la libertad de palabra van siempre juntas, y en esos malhadados países en lo que un hombre no puede llamar suya a su lengua, difícilmente pondrá llamar suya a ninguna otra cosa. (…) Y así como es de la incumbencia e interés del pueblo, a cuyo único favor se tratan, o al menos deberían tratarse, todos los asuntos políticos, comprobar si éstos están bien administrados es, y debería ser, la ambición de todo gobernante honesto que sus obras sean examinadas libremente e indagadas públicamente: sólo los gobernantes aviesos temen lo que se dice de ellos.”

No está mal para un chaval de 16 años de comienzos del siglo XVIII. Apenas un año más tarde, debido a las disputas que mantenía con su hermano, se trasladó a Nueva York y poco después a Filadelfia, donde viviría buena parte de su vida. Allí convivió entre cuáqueros, lo que unido a su educación presbiteriana marcó los valores que guiaron su vida y que reivindicó constantemente en sus escritos: la libertad individual, el trabajo y la austeridad. Volcado en su negocio como impresor, publicó El almanaque del pobre Ricardo donde daba consejos a modo de refranes (que llegarían a incorporarse al lenguaje y la sabiduría popular estadounidense) que le darían gran fama y buen dinero:

“La pereza hace que todo sea difícil; el trabajo lo vuelve todo fácil; el que se levanta tarde se rebulle todo el día, y apenas principia sus negocios, cuando ya le anochece. Una cocina abundante crea una voluntad débil. Las mujeres y el vino, el juego y la falsedad, disminuyen la riqueza y aumentan la necesidad. La pereza marcha con tanta lentitud que la pobreza no tarda en alcanzarla. Haz marchar tus asuntos antes que ellos te espoleen. Acostarse temprano y levantarse bien de mañana proporciona salud, fortuna y sabiduría.”

Sabios consejos, tal como me ha enseñado mi empeño en incumplirlos. El caso es que una vez cumplidos 42 años había acumulado suficiente riqueza para vivir holgadamente el resto de su vida y se retiró de los negocios, para dedicarse a los “estudios filosóficos y al esparcimiento”. Fundó hospitales, bibliotecas, universidades, foros de debate, cuerpos de bomberos, el servicio de envío postal, encabezó la lucha contra la esclavitud, realizó investigaciones científicas sobre la electricidad y el clima, inventó el pararrayos, la estufa que lleva su nombre, las gafas bifocales, las aletas de nadador y un aparato para coger libros que estén en lo alto de las estanterías. No paró quieto un segundo, el cabrón.

Pero siendo los anteriores unos logros más que notables, lo que realmente le hizo pasar a la posteridad fue su actividad política. Participó en la asamblea de colonias que supuso el origen de Estados Unidos y redactó junto a John Adams y Thomas Jefferson la Declaración de Independencia. Posteriormente ejercería de representante americano en París, donde demostró una extraordinaria habilidad diplomática explotando las rivalidades entre las potencias europeas para garantizar la aún frágil independencia del nuevo país. Respecto a todo esto resulta muy recomendable la serie John Adams de la HBO que —para variar en esta cadena— cuenta con una cuidadísima ambientación, unos guiones elaborados fieles a los hechos históricos y unos actores muy competentes, desde Paul Giamatti hasta el que interpreta al propio Benjamín Franklin, que tiene un aire a Chiquito de la Calzada.

Cualquier parecido de este cuadro con la realidad es pura coincidencia, según John Adams, uno de los presentes

El libro de contabilidad moral

Como señaló Max Weber, la ética protestante contribuyó al desarrollo del capitalismo al valorar el trabajo y la austeridad como fuentes de toda virtud, pues el que trabaja no tiene tiempo para pecar. Si se trabaja mucho y se gasta poco la consecuencia es la acumulación de una fortuna, que es por tanto un signo de santidad y que al no ser gastada en lujos se reinvierte en el negocio, que pasa así a generar más dinero, el cual a su vez… etc. Como hemos visto, nuestro hiperactivo Franklin encarnó como nadie a la burguesía protestante anglosajona, su estilo de vida y sus valores.

Hasta tal extremo llegó, que en determinado momento de su vida se planteó que si los libros de contabilidad servían para controlar la rentabilidad de los negocios… ¿Por qué no aplicarlos también a la moral de las personas? Ahí da comienzo su “Plan de mejora moral”, un proyecto que aplicó en su propia vida y que ofrece a los lectores para su perfeccionamiento personal en un capítulo de su autobiografía e incluido también en la selección de artículos que forman El libro del hombre de bien, disponible en Google Books al carecer de copyright.

Así que para organizarlo primero escogió 13 virtudes u objetivos estratégicos de la empresa/individuo:

1. Templanza. No comáis hasta entorpeceros, ni bebáis hasta perder el sentido.
2. Silencio. No habléis sino de lo que puede ser útil a los otros o a vosotros mismos. Evitad las conversaciones ociosas.
3. Orden. Que en vuestra casa cada cosa tenga su lugar, cada negocio su tiempo.
4. Resolución. Resolveos a hacer lo que debéis, y no dejéis de hacer lo que hubiereis resuelto.
5. Economía. Los gastos que hagáis sean únicamente para el bien ajeno o para el vuestro: es decir, no disipéis nada.
6. Trabajo. No perdáis el tiempo, ocupaos siempre en alguna cosa útil. Absteneos de toda acción que sea innecesaria.
7. Sinceridad. No uséis de inicuos artificios; pensad con sencillez y justicia; y hablad como pensáis.
8. Justicia. No hagáis mal a nadie, ya sea perjudicándole, ya omitiendo el hacerle el bien que os obliga vuestro deber.
9. Moderación. Evitad la cólera; guardaos de resentiros de las injurias tan vivamente como os parecen merecerlo.
10. Limpieza. Sed limpios en vuestro cuerpos, en vuestros vestidos y en vuestra habitación.
11. Tranquilidad. No os incomodéis por pequeñeces, ni por ocurrencias ordinarias o inevitables.
12. Castidad. Usad con comedimiento de los placeres del amor, y solamente para cuidar la salud o tener hijos, sin llegar al extremo de caer en la estupidez o en la debilidad, ni comprometer vuestra conciencia, paz y reputación o la de vuestro prójimo.
13. Humildad. Imitad a Jesús y a Sócrates.

Una vez escogidos, organizó una tabla con las virtudes en filas y los días de la semana en columnas (qué bien le hubiera venido el Excel) marcando una raya en la casilla correspondiente si ese día creía haber cometido una falta en dicha virtud. Pero como atender a todas simultáneamente podría ser muy arduo, el siguiente paso fue establecer un calendario de objetivos: cada semana dedicaría especial atención a entrenar una virtud en concreto. De esa manera una vez dominada podría pasar a la siguiente y en 13 semanas se hacía con todas las virtudes. Lo que suponía rellenar cuatro libros al año, puesto que cada uno tenía 13 páginas con cada tabla. Este es el ejemplo de una:

Pero ahí no acaba el asunto. Se estableció una agenda diaria con las tareas a realizar en cada hora (esto hoy día se ha vuelto una práctica tan común que no provoca extrañeza) y por otra parte para tomar decisiones ideó otra forma igual de metódica de manejarse:  lo que denominaba “álgebra moral“. Consistía en hacer una lista de pros y contras en una hora de papel dividida en dos columnas. Si encontraba dos motivos de valor equivalente como opuestos entonces tachaba ambos. Si encontraba que un pro era tan valioso como dos contras, entonces borraba los tres. La columna en la que quedasen mayor número de anotaciones pasaba a ser la opción elegida.

Pero una vez pasado el tiempo “cierta cosa que parecía ser la razón me sugería que la suma exactitud, tal cual yo la exigía de mí,  sería tal vez una simpleza en lo moral que habría hecho reír a costa mía, si hubiese sido conocida”. Su empeño ilustrado en aplicar la razón a la moralidad, a la vida cotidiana, había acabado por volverse disparatado, tal como sugiere aquel célebre grabado de Goya sobre que el sueño de la razón produce monstruos. Su relación con otras personas tampoco quedó al margen de su entusiasmo ilustrado por el progreso y la racionalidad, como describe un poco más adelante:

“Me prescribí abstenerme de toda expresión que denotase un modo de pensar fijo y decisivo, como “ciertamente”, “ sin duda alguna”, etc, y adopte en su lugar, “presumo” , “imagino”, “me parece que tal cosa es así”, o bien “por ahora esto me parece así”. Cuando alguno adelantaba una proposición que me parecía errónea, me privaba del placer de contradecirle duramente y manifestar en el acto lo absurdo de sus palabras.”

¿Cabe una manera de pensar y expresarse más antiespañola? ¿Qué carrera podría esperarle a un tertuliano de radio o televisión en nuestro país que hablase así? Sólo se le podría describir de una manera: MA-RI-CÓN. Pero el caso es que parecía funcionarle:

“El tono modesto con que proponía mis opiniones les daba una acogida más pronta y con menos contradicciones. Experimentaba menor mortificación cuando me equivocaba, y conducía con más facilidad a los otros a abandonar sus faltas y a hermanarse conmigo cuando tenía razón. (…) A esta costumbre creo que debo el crédito que he obtenido entre mis conciudadanos, cuando he propuesto nuevas instituciones o modificaciones de las antiguas, como también mi gran influencia en las asambleas públicas.”

Me ha convencido, la verdad. Sí, seamos a partir de ahora más cautelosos y modestos al expresar opiniones y sopesemos las ajenas con mayor respeto. Y si alguien no quiere seguir este consejo… pues será un hijoputa y un fascista. Hombre ya. Pero bueno, como dice el pobre Ricardo se puede dar buen consejo, pero no buen juicio. Y buen juicio desde luego no le faltó, porque su interés por la moral —aunque a ratos pintoresco— lo que muestra es por encima de todas las cosas a un hombre libre, a una conciencia autónoma dictándose normas a sí misma. Y qué mejor manera de concluir que con un epitafio, el que el propio Benjamin dispuso para su tumba, buena muestra de su humor y su devoción profesional:

El cuerpo de B. Franklin, impresor, parecido a la cubierta de un viejo libro privado de su contenido y despojado de su título y de su dorado descansa aquí, pasto de los gusanos. Pero no se perderá la obra pues según él mismo creía reaparecerá en una nueva y más elegante edición revisada y corregida por el Autor.

16 comentarios

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  2. Muy buen artículo!

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  4. Gracias por este excelente artículo.

    Dicho esto, solo quería apuntar que el actor que interpreta a Benjamin Franklin no es otro que el ilustrísimo Tom Wilkinson, que lo interpreta con una buena dosis de simpatía. El bueno de Tom rara vez se parece a Chiquito. Ben Franklin se parece un rato, en cambio. Cosas de hacer una caracterización tan certera, supongo.

    Y en fin, una disculpa por haber interpretado yo aquí al lector puntilloso.

  5. Existe un mito o leyenda que Benjamin era canibal y poseia un sociedad secreta asi como los rosacruz, masones iluminatis y los skull lo vi en una serie de terror

  6. Claro, y con dosis perfectas de humor y sensatez.Buen artículo. Gracias!!!

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  9. ciertamente, buen articulo

  10. muy bueno el articulo de Benjamin Franklin es un ejemplo de vida.

  11. Me parece un artículo ilustrador y salva ciertas peculiaridades de tan memorable personaje como lo fue benjamín franklin que nos regaló de su sabiduría y buena forma de ver la vida. Rompió paradigmas, se impuso retos y uno de sus primordiales, era disfrutar de la vida y de sus matices.

  12. Pingback: Viviendo entre simios (y III): Jane Goodall

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