Martí Gómez y Enric González o el oficio de ser periodista - Jot Down Cultural Magazine

Martí Gómez y Enric González o el oficio de ser periodista

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José Martí Gómez (Morella, 1937) es reportero. El mejor reportero español, en opinión del entrevistador. Más que una entrevista lo que sigue es una charla sobre la vida de Martí y sobre periodismo, muy parecida a muchas otras que durante un tiempo se mantuvieron de forma regular, cada lunes a mediodía y ante un número variable de martinis, en la coctelería barcelonesa Boadas. El encuentro se realiza en un domicilio particular en el que aún es posible fumar puros.

La primera entrevista que hice en mi vida te la hice a ti, en 1975. Yo era un crío y no tenía opciones de publicarla en ninguna parte. Sólo quería conocer al periodista del que leía cada día la columna Ver, oír y callar, más conocida como Los monos, en El Correo Catalán, antes de decidirme a entrar en el oficio. Después de esa pseudoentrevista me convencí de que el periodismo podía interesarme.

Craso error.

La culpa es tuya. Y tú, ¿por qué te dedicaste a esto?

Estudié Magisterio y, mientras lo hacía, decidí que quería ser periodista. Cuando ya lo era, pasó aquello típico de que sale la tía diciendo: “Desde pequeñito ya tenía esa afición porque iba al fútbol y sólo hacía que machacar al abuelo preguntándole si ése jugador está casado, y ése cuántos años tiene, y ese de qué trabaja…” Quizá fuera así.

¿No había antecedentes familiares?

No, ninguno.

¿Cómo empezaste?

Como corrector en el Diari de Barcelona, donde estuve un par de años. Entonces me enteré de una vacante en el Diario del Mediterráneo, de Castellón. Como yo había estudiado Magisterio allí y conocía a gente, me ofrecieron el puesto. Dije que sí. Fui a Castellón, donde me casé, y me quedé hasta el referéndum de la monarquía, en 1969. Estuve bien, era un diario pequeño que te permitía hacer de todo. Aprendí a confeccionar, hice crítica de cine… un poco de todo. El director era un hombre que trabajaba por la mañana en Aduanas y por la tarde y la noche en el diario, una fuerza de la naturaleza. El diario era del Movimiento, pero el director era un católico que normalmente dejaba hacer cosas. Estamos hablando de los años 1965 o 1966 y el director ya escribía algunas cositas en catalán y me dejaba entrevistar a Raimon o a Juan Antonio Bardem… Eso se rompió cuando el referéndum sobre la monarquía. Me dijo que tomara un taxi y me fuera por los pueblos a ver qué se respiraba. Cuando volví me preguntó “¿Qué tal, Pepín?” (me llamaba Pepín) y le contesté que traía unas historias divertidas: el alcalde de un pueblo se puso a la cola y pidió a sus vecinos que le enseñaran las papeletas para comprobar que todos votaran “Sí” y no hubiera equivocaciones; en otro pueblo, el alcalde me explicó que una señora le había dicho que su marido ya había muerto, pero que en vida siempre la daba la razón a Franco, y le sabría mal no votar; el alcalde permitió que votara el muerto. El director del diario me dijo que eran historias interesantes, pero que no se iban a publicar. Me vio tan hundido que, por la noche, antes de irme, se acercó a mi mesa, me dio una palmada en la espalda y me dijo: “Lo siento, Pepín.” Y lo dijo sinceramente, comprendía que eso me frustrara, porque conmigo siempre se había portado muy bien. Una vez hice la reseña de una conferencia del Delegado de Información y Turismo (esta anécdota refleja cómo iba el país en aquella época); al día siguiente, el director me informó de que el delegado del Movimiento había ordenado que me despidieran porque al final de la reseña no había puesto que “las palabras del señor Delegado fueron recibidas con una gran ovación.” Mi director había contestado que no me podía despedir porque yo venía recomendado “de muy arriba”. No era verdad, pero como el director me explicó, “en este país, si vienes recomendado de muy arriba, ya nadie pregunta nada más.” Después de lo del referéndum quedé muy tocado y, viendo la época que se acercaba, llamé a Josep Maria Huertas, éramos muy amigos desde hacía años, para preguntarle si había algún puesto en El Correo Catalán. Como necesitaban un confeccionador y yo había aprendido en el Mediterráneo, me ofrecieron el trabajo.

Mi padre, que trabajó contigo en El Correo, dice que diseñabas unas páginas estupendas.

Un diario grande no te permite hacer demasiadas cosas, pero un diario pequeño, que era de donde yo venía, te permitía innovar. Yo era redactor de talleres y, según cómo me daba, cogía la página y hacía una virguería, que muchas veces resultaba una cagada, pero se me dejaba hacer. Al día siguiente veía que la había fastidiado… en fin, que pude experimentar. Y cuando llegué a Barcelona sabía mucho, simplemente por oficio. El director de El Correo, Andreu Rosselló, era un enamorado de la confección.

En esa época El Correo tenía unas páginas centrales muy vistosas… era gráficamente…

Muy atractivo. Rosselló quiso hacer una especie de Daily mail. Por un lado era serio y por otro popular. Y cuando vio que yo confeccionaba me tomó mucho afecto. Cuando descubrió que lo que a mí me gustaba era la calle aún me tomó más afecto, porque el suyo era uno de esos dramas del periodismo: él había deseado siempre ser reportero, era lo que más valoraba, pero se quedó pegado a la mesa. Antes de la guerra era el hombre de confianza del director, hasta que un día éste le dijo: “Andreu, a partir de mañana serás reportero de calle.” Y el día siguiente fue el 18 de julio de 1936. Cerraron El Correo y no lo volvieron a abrir hasta después de la guerra. Cuando reapareció el diario a él le tocaron tareas ejecutivas. Cuando recibía a un chaval que quería entrar en El Correo siempre le preguntaba qué aspiraba a hacer. Si la respuesta era que editorialista o corresponsal en el extranjero, decía “Vale, vale”, y adiós. Pero cuando llegaba uno que quería hacer sucesos, lo contrataba.

¿Cómo conociste a Huertas?

A través de la Escuela de Periodismo. Aquí hubo una, pero después desapareció. Y alrededor de 1964 vino un grupo de periodistas de la universidad de Madrid e hicieron un examen al que nos presentamos 50 o 60, y aprobamos 12: tu padre [Francisco González Ledesma], Lluís Permanyer, Huertas, Gonzalo Pérez de Olaguer, entre otros, y nos hicimos bastante amigos. Teníamos que ir a Madrid un par de veces al año. Yo cumplí los dos primeros cursos. En el segundo pusieron una asignatura llamada “Normas para ser director de periódico”, vi que aquello no era para mí y lo dejé. No volví más.

¿De verdad te enseñaban a ser director?

Sí. Además, Antonio Valencia enseñaba Deportes. A mí me gustaban mucho sus críticas literarias y sus crónicas deportivas. Y es que en esa época las crónicas definían un buen diario deportivo. Pero en el examen te preguntaban: “Récord mundial de los 100 metros lisos” o “Natación: crawl”. Luego me hizo un par de preguntas con las que vio que a mí me gustaba el deporte, aunque no memorizara las marcas, y me aprobó.

Y lo dejaste.

Hasta que en Barcelona montaron la Escuela de Periodismo de la Iglesia. Un día Rosselló me anunció que me había matriculado, que tenía que sacarme el título. Fui a examinarme y Llorenç Gomis me preguntó el año de la Ley de la Prensa e Imprenta. No lo sabía, pero me saqué el anillo, miré y respondí: “1965”; recordaba que la ley se aprobó el año en que me había casado. Años más tarde, leyendo un libro que me gustó mucho, Fiebre en las gradas, de Nick Hornby, vi que Hornby era como yo: no recordaba los grandes acontecimientos por la fecha concreta, sino porque estaban ligados a algún partido del Arsenal. Mi amigo Huertas estaba de profesor y en un examen me preguntó “¿Cómo debe comportarse un periodista el 1 de mayo?” Yo escribí: “Mira que tienes cojones de preguntarme esto.” Firmé y me fui. Nos vimos por la noche en el diario y me comentó: “Te he aprobado porque Rosselló quiere que te apruebe, pero esto no lo puedes hacer, un alumno me ha rellenado doce folios.” Y le contesté: “Hostia, porque no trabaja en un diario, si llega a hacerlo qué cojones explica.” En esa época, los titulares del 1 de Mayo eran del tipo “Grupos de obreros meriendan en Las Planas.” Y a raíz de eso lo dejé otra vez. Rosselló lo aceptó.

¿Cómo empezó tu columna de “los monos”?

Los monos empezaron por una de estas cosas raras que pasan en los diarios. En el capital de El Correo entró, bajo mano, Jordi Pujol, junto con Josep Maria Vilaseca. Era amigo de Vilaseca, porque yo también trabajaba como secretario de redacción de Cuadernos para el diálogo que en Barcelona llevaba Vilaseca. Cuando llegó a El Correo incluso me preguntó si quería ser director. A Rosselló querían sustituirlo, y entonces se realizó una operación kafkiana: contrataron a Josep Melià, que hacía política (no se puede decir que trabajara) en un ministerio en Madrid y que era brillante pero bastante gandul, para que viajara a Barcelona los jueves y viernes y le diera directrices a Rosselló sobre lo que tenía que publicar la semana siguiente. Evidentemente, esto a Rosselló le sentó como un tiro: hacía lo contrario de lo que le ordenaba Melià. Éste me llamó y me pidió que hiciera una sección nueva para las páginas centrales y me inventé los monos, que duraron hasta la muerte de Franco.

Andreu Rosselló tuvo un final triste.

Él contaba con que le informarían con tiempo de la muerte del dictador y el 20 de noviembre de 1975, confiado, se fue a dormir. Igual que Espinós y Arasa, los encargados de Nacional. Pero Franco murió y al día siguiente todos los diarios abrían con la noticia, mientras nosotros salíamos diciendo que Franco seguía grave pero había esperanzas. Hubo un jaleo importante. Los nuevos propietarios estaban hechos una furia y Rosselló, lívido. Dijeron que, al menos, pusieran el editorial que habían preparado para la muerte de Franco, pero Rosselló dijo que se había perdido. No era cierto, seguramente lo había tirado a la papelera. Eso significó la sentencia definitiva. Nombraron director a Llorenç Gomis, que fue otro error, porque era un buen director para una revista como El ciervo, y un buen poeta, y un hombre de consenso, pero no era un hombre para dirigir un diario. Le faltaba nervio periodístico. Rosselló me dio pena, porque vivía exclusivamente para el diario y no asimiló que le echaran. Le veíamos dar vueltas a la manzana, alrededor de las oficinas del periódico, hasta que murió de un ataque al corazón.

La “mano derecha” de Rosselló había sido Manuel Ibáñez Escofet, un gran periodista.

Era un tándem que funcionaba muy bien. Rosselló como el hombre discreto, tímido y de despacho e Ibáñez como dinamizador de la redacción. Cuando Ibáñez se marchó a dirigir Tele-exprés perdimos tensión. En aquella época aún existían los originales de los diarios; recuerdo que un día le entregué un texto sobre patentes y mientras lo corregía me dijo que estaba bien. Le respondí que sí, pero que lo más interesante me habían pedido que no lo publicara y, mientras se lo explicaba, vi que empezaba a escribir. Le recordé que me habían pedido que no lo publicara y si lo hacía me iban a llamar hijo de puta. Me preguntó: “¿Qué prefieres, que mañana te llamen hijo de puta o que ahora mismo yo te diga que eres una mierda como periodista?” Total, que salió y, al día siguiente, me gritó desde la otra punta de la redacción: “Martí, ¿qué te ha dicho ese tío cuando te ha llamado?” Y le contesté: “Que soy un hijo de puta.” “Bueno, pero eres un buen periodista.” Las cosas funcionaban así.

¿Cómo hacías los monos? ¿Cuál era tu jornada de trabajo?

Hablaba con mucha gente. Además hacía otra sección, La sala de los pasos perdidos, porque para entonces ya había dejado la confección. Se trataba de hablar con mucha gente. Al final tenía la sensación de que cuando iba por la calle y algún conocido, alguno de esos informadores, me veía desde lejos, se escondía detrás de un árbol o una farola. La clave del invento estaba en algo que siempre he mantenido, que es la fidelidad a los contactos. Los que personalmente me caían bien los he mantenido tomando una copa o comiendo, aunque sepa que no me van a decir nada, porque algún día pueden llamarme con algo interesante.

Has sido casi enfermizamente respetuoso con el “off the record”, que según tú nunca prescribe.

Algunos sí que prescriben. Una vez, por ejemplo, cuando estaba de corresponsal en Londres, con el contencioso de siempre sobre Gibraltar, Francisco Fernández Ordóñez (amigo mío desde antes de ser ministro) me llamó y me hizo una declaración incendiaria. Yo la solté por la radio. Dos días después me llamó de nuevo contándome que el embajador británico estaba indignado y que le había apaciguado diciendo que esas declaraciones eran un invento de los periodistas y que el Martí Gómez ese le tenía harto. Eso puede contarse. Otras cosas, no. Hay una historia que siempre me ha impresionado de una actriz muy conocida, actualmente muy mayor, a la que entrevisté cuando empezaba a hablarse de una posible ley del aborto. Me dijo: “Mire…”, y en ese momento sucedió lo que podríamos llamar “el click de las entrevistas”, esa sensación de que el entrevistado ha olvidado que tiene el magnetófono delante y se abre: “… cuando yo era muy joven tuve la oportunidad de ser una gran actriz de fama internacional y ganar mucho dinero, pero me quedé embarazada y tuve que elegir entre mi carrera o ser madre. Opté por mi carrera y aborté. Durante muchos años, por la noche, oía llorar un niño dentro de mí.” Yo pensé: “Ya está, tengo la entrevista y el titular.” Pero muchas veces pasa que los entrevistados vuelven del “click”, se despiertan. Ella explicó que eso había sido una confesión, que la había pillado en un momento de debilidad y me rogó que no lo publicara. No lo publiqué. Creo en el “off the record” cuando es muy personal. Aún hay un punto de decencia.

Fueron muy celebradas tus entrevistas a dúo con Josep Ramoneda para Por favor. ¿Cómo funcionabais?

Un desastre. El año pasado nos llevaron al Congreso de Periodismo Digital de Huesca para hablar de esas entrevistas a cuatro manos. Aparentemente fue un éxito. Explicábamos historias. En realidad eran un desastre porque no las preparábamos. Partíamos de una cultura básica. La única preparación consistía en que si íbamos a entrevistar a Juan Marsé, nos leíamos sus novelas. Algunos entrevistados nos agradecían que no echáramos mano del archivo. ¿Cómo empezábamos? Pues olvidando la cinta para la grabadora y buscando una tienda a toda prisa. Una vez con la cinta, volvíamos a la casa y si había un cuadro de Tàpies empezábamos hablando de pintura, si había un perro hablábamos del perro… algo distendido, y poco a poco entrábamos en la conversación. Cada semana nos alternábamos los papeles de transcriptor y corrector de la entrevista, y la duración era siempre de una hora: la duración de la cinta.

¿Cómo formasteis la pareja?

Nos conocíamos de El Correo, y ambos éramos del Espanyol e íbamos juntos al campo. Empezamos a hacer algunas cosas en El Correo, y después Manolo Vázquez Montalbán me llamó para que hiciera crónicas de sucesos en Por favor. Un día vino Manuel Fraga a Barcelona, en plena transición, y yo me enteré de que la comitiva empezaba su recorrido en el palacio Arzobispal. A la salida del palacio le pedí a Fraga una entrevista pero él se negó. Yo me añadí a la comitiva y al verlo, Fraga me repitió que él no daba entrevistas. Respondí que de acuerdo, que sólo seguía al grupo. Al pasar por la calle Ferran me dijo que estaba harto de verme, que nos metiéramos en un portal y le hiciera una entrevista breve. Entramos en un portal estrecho y oscuro y le hice una entrevista totalmente surrealista. Le pregunté por ejemplo qué opinaba sobre la frase de José Antonio Girón de Velasco, el líder falangista, acerca de “echarse al monte”, y me contestó que no todo el monte era orégano. Cosas así. Al final de la entrevista le pregunté qué pensaría un vecino si bajaba y nos veía ahí, y me contestó que pensaría lo que se piensa en esos casos, que le debía de estar intentando vender unos pantalones vaqueros acabados de robar. Tras eso, se despidió con un “Hemos acabado, desaparezca de mi vista.” Me marché y le llevé la entrevista transcrita a Vázquez Montalbán, a quien le pareció muy divertida para ser inventada. Le aseguré que era una entrevista real y me pidió que hiciera más de ese estilo, una por semana. Me daba pereza hacerlas yo solo, así que le propuse a Ramoneda hacer pareja. La de Joaquín Garrigues Walker, que tenía mucho sentido del humor, estuvo muy bien porque dijo lo de “mi padre tiene ganas de matarme y yo tengo ganas de matarlo a él”; pero tan divertida como la de Fraga no hubo ninguna. El caso es que ahora, después de tantos años, voy a dar alguna charla o conferencia y siempre sale algún tío que me recuerda las entrevistas del Por favor. A veces llamo para pedir una información a alguien y, al presentarme y decir que soy José Martí, me dicen que no hace falta que me presente, que soy el del Por favor. Incluso ahora. Repasando las entrevistas hoy en día, el mérito consistía en que íbamos al límite en una época en la que nadie lo hacía. Y eso era gracias también a Manolo, porque no había ningún otro director de revista que te mandara a París a entrevistar a Santiago Carrillo. Eso se nota en el libro que se publicó con las entrevistas, al final de cada cual, para situar al lector, se incluyó la fecha de publicación y lo que había pasado. Eran auténticas masacres: entrevista censurada, entrevista con 500 palabras censuradas, entrevista con páginas arrancadas…

En esa época, encontrar el Por favor entero en un quiosco era bastante extraño.

Había un juez de prensa e imprenta que nos machacaba cada semana y Manolo me pidió, ya que conocía gente en el Palacio de Justicia, que hiciera algo. A través de un abogado organicé un almuerzo con el juez. Dijo que sólo publicábamos inmundicias, pero al acabar me soltó: “Esta semana, en lugar de dedicarte a esa revista de mierda, ¿por qué no te vienes conmigo de putas?” La justicia era como el resto del país, arbitraria. Una mezcla de caos y represión.

Sueles decir que en los diarios echas de menos humanidad, personas. Es verdad que ahora la prensa está mejor hecha, pero tiende a basarse en informes más o menos rigurosos y no es frecuente que los periodistas salgan a hablar con la gente.

Cada vez menos. Por ejemplo, las dos páginas centrales de El País están normalmente muy bien, pero notas que hay mucha llamada, mucho internet, mucho dato, y que falta el calor, el sudor de la persona. Hace un par de años me invitaron a dar una conferencia sobre la marginalidad en Cornellà…

¿Como marginado o como periodista?

Las dos cosas. Les comenté que hacía tiempo que no trataba ese tema, así que les pedí quince días para ponerme un poco al día. Fui a ver a un policía experto que estaba de jefe de gabinete de la Delegación del Gobierno para que me diera algunos datos y me confesó que hacía tiempo que ya no salía a la calle. Que le pasaba como a nosotros, los periodistas, que ya no pisamos la calle y escribimos de oídas. Tenía razón.

Además de amigos policías tienes amigos atracadores.

Sí. Rojano Carrasco, por ejemplo.

¿Sigue en el oficio?

Asegura que se ha jubilado, y yo creo que es cierto. Hace un par de años no lo sé, pero ahora sí. El atraco más jugoso de su carrera ocurrió cuando fue a un banco para realizar una gestión. La cajera le informó de que tenía que cobrarle una comisión y él, considerando que era excesiva, gritó que aquello era un atraco. Todo el mundo se tiró al suelo y la cajera empezó a darle dinero, que en aquella época aún guardaban en un cajón. Cuando me lo contó le pregunté qué hizo y contestó: “Coño, ¿qué iba a hacer si me los daban? No llevaba bolsa, me metí los billetes por dentro de la camisa y me fui. No llevaba ni arma.”

¿Éste es el que a veces se ponía de acuerdo con directores de sucursales bancarias?

Sí, pero lo que nunca me explicó es cómo contactaban con él los directores. El otro día, precisamente, salió en el diario un director de banco de Vitoria, me parece, que se quería divorciar de la mujer y no tenía dinero y se puso de acuerdo con su propio hermano para que lo atracara. El hermano era un chapuzas y se puso una barba tan falsa que no llegó ni al mostrador, los trabajadores le vieron las intenciones. Pero la historia es la misma. Rojano me explicaba que había tíos que gastaban demasiado en putas y juego e iban cogiendo dinero de la sucursal, hasta que se daban cuenta de que ya les faltaba mucho dinero y se acercaba una inspección. Entonces, a la hora convenida, cuando estaba solo el director llegaba Rojano; el director ya tenía preparada la bolsa con dinero, se la daba y Rojano se marchaba con ella. Y lo que a él le cabreaba es que luego en el periódico leía que había sido un atraco de 20 kilos y él sólo se había llevado cinco. Era un personaje.

No sé si hoy en día los periodistas tratan con policías y ladrones de manera más o menos indiscriminada.

Los hay que sí. El problema es la frontera que nunca debes cruzar. Puedes tener mucha confianza con ladrones y con policías, pero llega un momento en que la complicidad es peligrosa. Yo siempre intenté mantener el equilibrio en mis crónicas. El delincuente violento pocas veces es simpático, pero los estafadores sí lo son. Cuando ves a un chaval de 16 o 17 años que ha empezado a delinquir a los 11 es que algo ha fallado. Eso que suele decirse, lo de la responsabilidad social, es verdad: desigualdad, falta de educación. Y eso es lo que intentaba transmitir a través de las crónicas judiciales: el sentimiento de angustia, porque veías casos patéticos. Los abortos, por ejemplo, cuando eran ilegales. No había en los tribunales ningún aborto de gente adinerada, todo eran historias sórdidas, y muchas veces dramáticas porque la chica moría. Chicas de clase muy humilde, que se asustaron, que tenían miedo al escándalo por ser solteras… afortunadamente todo esto ha cambiado. No era cuestión de ventilarlo hablando de asesinatos de niños, era cuestión de preguntarse por qué pasaba eso.

Hoy no se publican muchas historias de marginalidad, pese a que abunda. Y existe además ese pudor de lo políticamente correcto, el esfuerzo por evitar decir que Mengano es africano o gitano… se me hace extraño, porque por no discriminar mutilas el contexto de una persona.

Con la marginalidad la frase siempre ha sido: “Esto no vende.” Hace un año hice un reportaje recorriendo, durante un mes, cinco centros de acogida de personas sin domicilio y en dos de ellos se sorprendieron porque era el primer periodista que les visitaba. Habían llamado muchos, pero ninguno había ido. Desde hace un par de años conviven en esos centros los “sintecho” de toda la vida, los que llaman cronificados, y personas que nunca habían imaginado tener que mendigar y buscar un techo bajo el que dormir. Eso se está agravando muchísimo. En los 60 pensábamos que cuando llegara la democracia lo de Cáritas se iba a acabar, que era un problema político, y resulta que ahora la clase política dice que no hay dinero y que vayamos a Cáritas. Es cierto que la Cáritas de entonces era muy paternalista y la de ahora ya está muy profesionalizada, pero la conclusión a la que llegué después de hacer ese reportaje es que si en Barcelona un día para Cáritas, para la Cruz Roja y paran las instituciones parroquiales de base, la ciudad se colapsa.

¿Todo un mes para un reportaje?

Iba a uno, volvía, intentaba ver cómo vivían realmente. Acabas pensando: “Si yo no hubiera tenido suerte con mi familia, estaría aquí.” Un día estaba en la puerta de Arrels, despidiéndome del director, y se acercó un hombre con barba y bastón, bien vestido. El hombre me preguntó si yo era Martí Gómez y si no me acordaba de él. No me acordaba. Resulta que cuando yo estaba en El Correo, él era el jefe de Relaciones Públicas. Y ahora vive gracias a un centro de acogida. Pensé: “¿Qué le ha pasado durante estos años y qué me ha pasado a mí?” Lo fácil es responderse: “Bueno, es que yo he trabajado”. Sí, pero quizá él también ha intentado trabajar. Es la imagen de la cuerda con que amarran los barcos, compuesta por hilos entreligados. Un día se corta el hilo del trabajo, el tío tiene vergüenza y no lo dice y deja de ver a los amigos. Segundo hilo cortado. Como no tiene trabajo ni amigos, bebe. Tercer hilo cortado. Como no tiene trabajo, no tiene amigos y bebe, la mujer está hasta los cojones y le echa de casa. Se corta el último hilo y el hombre se convierte en un barco a la deriva.

Cuando vas a uno de estos sitios, ¿te presentas siempre como periodista o simplemente te sientas por allí y hablas con la gente?

Me presento como periodista. Lo que no llevo nunca es fotógrafo ni revelo ningún nombre. Como es gente a la que nadie habla, la conversación es fácil. Y suele reflejar un fenómeno curioso. El sociólogo americano Richard Sennet lo explica muy bien en su libro La corrosión del carácter. El pobre de la penúltima inmigración en Estados Unidos que ha conseguido una vivienda muy humilde y que ya no se dedica a escarbar en la basura es el enemigo más importante del inmigrante que llega. Un día estaba en el centro que hay cerca de Plaza Lesseps y vi a un “cronificado” enfrentándose a un grupo de rumanos, gritándoles que se fueran a trabajar a su país, que estaban robándoles el trabajo a los de aquí. Salió la directora y le hizo callar. Entonces, se lo llevó aparte y le preguntó: “¿Pero qué coño dices de que te roban el trabajo si hace treinta años que no pegas golpe?” Y él contestó: “Bueno, pero algo hay que decir.”

Sí, generalmente, las reacciones más racistas y xenófobas ocurren en los barrios más populares, que se sienten amenazados por quienes ocupan el escalón inmediatamente inferior.

En el barrio de Fondo de Santa Coloma de Gramenet, por ejemplo, el inmigrante español de la primera generación se queja de que, debido a la llegada masiva de inmigrantes chinos y rumanos, su vivienda ha bajado de precio un 70%.

Este que se queja quizá tuvo una barraca como primera vivienda en Cataluña, esas barracas que tanto indignaban a ciertos barceloneses en los 60.

Exactamente. Es un problema. La solidaridad de la clase obrera… es discutible.

¿Crees que en Barcelona siguen mandando las mismas familias de toda la vida?

Hay familias que continúan mandando, pero son excepciones. Un hombre que sabe bastante del tema hizo que me fijara en la plaza de Barcelona donde se cruzan la Diagonal y General Mitre. Allí está La Caixa, regida por gente de pueblo con un gran sueldo pero sin capital; al lado hay un banco de Silvio Berlusconi; enfrente encontramos la Editorial Planeta, que es de un inmigrante, y al otro lado El Corte Inglés, que es de fuera. Esa es hoy la Cataluña del poder. El director del Banc de Sabadell le dijo una vez a Jordi Pujol: “Si te enseñara las cuentas de los primeros 50 clientes del banco no conocerías a nadie.” Hay un empresariado inmigrante muy potente que no sale en los papeles ni va al Liceo. Uno de ellos es Isaac Andic, propietario de Mango, creo que de origen turco. Pilar Aymerich le hizo las primeras fotos cuando vendía vaqueros en el mercado de Sant Antoni. Quedan los Godó o Leopoldo Rodés, pero ya no es lo mismo.

¿Qué relevancia tuvo el hecho de que José Montilla fuera presidente de la Generalitat?

Yo creo que, aunque no lo parezca, Pujol es también un poco desclasado, nunca ha encajado en la burguesía de este país.

Pujol siempre ha hablado catalán en familia, a diferencia de familias muy conocidas de la burguesía que preferían el castellano.

Pujol ha sido un hombre del dinero a través de personas como Macià Alavedra, que es lo peor. Pero no le veo como representante de la burguesía. Y, desde luego, a Montilla menos. Montilla es una figura patética, asumió un cargo para el que no estaba preparado. Le venía grande. Ahora no es nadie.

Pasando a otro tema, te encargas de un blog colectivo.

Sí, el blog más importante que se hace.

¿Qué criterios tienes en cuenta?

En general los blogs tienen un defecto, y es que son onanistas, se trata de alguien que habla de sí mismo. A nuestro blog, que nació en una comida entre amigos, se le puso de nombre Lamentable porque cuando salían temas de indignación colectiva siempre había un alocado, el abogado Mateo Seguí, que exclamaba “¡Lamentable!” Por cierto, haciéndole una entrevista para el blog hace unos días al diseñador Alberto Corazón, me dijo con sorna: “He mirado el blog y me gusta, por eso acepto la entrevista; incluso había pensado cambiaros la cabecera pero, después, pensándolo bien, he decidido que llamándose Lamentable tiene la cabecera que le corresponde.” Lo que queríamos era abrir este blog a gente que nos merezca confianza, que sea un blog crítico y progresista… por cierto, según Alberto Corazón ser progresista y de izquierdas es muy importante porque son cosas que volverán a la clandestinidad. La idea es escribir textos largos porque yo creo en los textos largos. Una cosa que me molesta de los diarios es ver un reportaje con tres despieces. Prefiero que me cuenten la historia de arriba abajo. Dicen que es que la gente no lo lee… bueno, pues si no lo leen que no lo lean. 

Fotografía: Jorge Quiñoa

46 comentarios

  1. Y nos quieren hacer creer que es lo mismo “un tipo que se acostó con la amante de un torero que a su vez se lió con no sé quién” porque sale en la tele con una pluma estilográfica en la mano que un Periodista.

    Una entrevista morrocotuda.
    ¡Felicidades!

  2. Pingback: Martí Gómez y Enric González o el oficio de ser periodista

  3. Qué bonita entrevista. Y mientras los directores de periódico quieren convertir a sus diarios en cementerios para el “análisis sosegado de la realidad”, los auténticos reporteros como Martí reivindican salir a la calle. Si el periodismo muere, no será por gente como él.

  4. Gracias por la entrevista.

  5. Enhorabuena a Martí y Enric. Y eso, más textos largos y menos despieces sin sustancia. ¡Queremos leer y masticar¡ ¡Fuera el puré para desdentados que nos ofrecen los periódicos!

  6. Una delicia de entrevista y una maravillosa reivindicación de un oficio más necesario que nunca y que agoniza entre intereses empresariales y falsa modernidad digital.
    Gracias a los dos.

  7. Yo pondría esta entrevista de lectura obligatoria en todas las facultades de periodismo (ustedes perdonen en todas las facultades de ciencias de la comunicación, hasta el nombre de la profesión nos quieren hacer olvidar).

  8. Yo estudié en una de esas facultades que ahora llaman de “Ciencias de la Comunicación” y me licencié en Periodismo… Leer esta entrevista nos obliga a enfocar lo que realmente importa en esta profesión. Olé Martí Gómez. En mi generación no veo gente como usted.

  9. No lo he leído y ya lo aplaudo. Gracias. Gracias-

  10. Una entrevista imprescindible y sincera. Me ha gustado mucho el texto, pero quiero remarcar que la fotografía es estupenda; felicito a Jorge Quiñoa.

  11. Maravillosa entrevista. Os recomiendo escucharles los lunes a partir de las 13 h. en Radio Barcelona. Una delicia

  12. Imprescindible

  13. Pingback: Jot Down Cultural, cuando la prosa lleva frac «

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  15. Gracias devolverme el sabor y la emoción que siempre me produjo estar en un periódico.
    Voy a seguir el blog http://lamentable.org/ que no conocía.

    Gracias.

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  18. Gracias por la entrevista

  19. Esta entrevista huele a rotativa antigua. Magnífica.

  20. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | Jordi Évole: “He conocido a muchos políticos y creo que el 90% de ellos son honrados”

  21. Estoy de acuerdo: de lectura obligatoria. Enhorabuena

  22. Lees una entrevista como ésta y te vuelves meláncólico perdido. La vida, la frescura, la autenticidad hace tiempo que volaron del periodismo. Esta entrevista es un precioso pecio del gran naufragio del periodismo.

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  25. Me ha encantado esa parte de la entrevista de J Marti a M.Fraga I: “Que opina de “echarse al monte”? (refiriendose a Giron )”, y Fraga responde ” Que no todo el monte es oregano”.
    Resultado parcial: 1 – 1.
    Agur (desde Bogota-Colombia , un catalanet)

  26. No sabía que Martí trabajó en el Mediterráneo. Yo hice prácticas allí en verano y me trataron genial. Una gran entrevista entre dos veteranians con mucho talento, así da gusto.

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  32. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | Àngels Barceló: “Los informativos de las televisiones privadas no dan información, es otra cosa”

  33. Buff! Muy grandes los dos. No hay cinta?

  34. Esta entrevista tenía que estar en mi recopilación semanal de “Visto y leído”. Gracias a periodistas como Martí todavía tenemos perspectivas correctas: http://bit.ly/LTdAkY

  35. Felicidades a los dos. Hacen falta más periodistas como ustedes. Gracias.

  36. Hola Josep. Hace ya unos años, los últimos que he estado prisionero, que no sabía nada de tu actividad periodística. Oye, he tenido que modificar mi nombre y apellidos, porque al intentar hacerme una cuenta en facebook me sorprendió ver que existían muchos que se llaman ANDRÉS TORRIJOS ARTÉS, de suerte que se me ocurrió hacer un correo electrónico y facebook con algún cambio.
    En los últimos años que he estado en prisión sí que pude saber que habían fallecido José María Huertas y la Mercè Conesa. Aunque ambos me sepultaron en el olvido. Sí, ya sé que no le parecería ético seguir brindándome su amistad, después de haber quebrado para ellos “su confianza”. La de apostar por mi, después de los apoyos de amistad que me ofrecieron durante años, y volver a desafiar el delito.Mi mujer me abandonó por influencia expresa de alguna voluntades, por el influjo de algunas amistades, aunque comprendo que la mujer con la que has hecho una familia pueda dejarse persuadir, ante un posible abandono, cuando el marido y soporte familiar aterrice una vez más en un recinto carcelario, el averno de más zahiriente dolor con el que se pueda topar una persona. Ahora, con el peso de la edad, y con la mayoría de mis coetáneos bajo tierra, sin una acción evaluable que echarme a la boca, es como vivir en la oquedad vacía de aliciente. Y es que ya han muerto casi todos, y lo poco que queda son algunas “joyas” de aquella delincuencia 60-70 son despojos, en medio de una legión de facinerosos foráneos. Bueno, cambiando de tercio. Como hace unos meses que le zafé de las garras enconadas de veneno de la administración penitenciaria, venía cobrando los 400 euros de ayuda (contributiva), pero ahora me lo han suprimido. Por un lado no dispongo de otra ayuda, de otro, en la reciente Sentencia de divorcio, la juez me obliga a pagar 200 euros mensualmente, pero sin derecho a ver a mi hija de 16 años, la que no he visto en los últimos años, por haber estado encarcelado e impedir la madre todo asomo de contacto. Tengo ese correo electrónico por si quieres comentarme algo, aunque me imagino que no vas a perder tu tiempo conmigo, ya no soy noticia ni falta que hace. Ah, sí me gustaría saber como diablos de elimina de Internet todas las página que salen en la Web con muchas noticias que hacen alusión a episodios de hace

    • Toma! Igual que Jordi…el “Rojano” que estava en el “campolo” retirado…
      Ahora está en una residencia para pobres mientras otros viven de p… madre. Pocas visitas. Jamás he visto a Martí Gómez y su humanidad visitándolo.
      No le esperes…

  37. Terminaba el trabajo de la mañana a las 14’00 horas.Salia corriendo a casa a picar la crónica de folio y medio.Babeando el café me iba al ordinario para entregarle el sobre con las 50 pesetas de propina.En la estación de autobuses de Alicante, el conductor de la furgoneta de la Verdad que se imprimia en Murcia, pasaba a recoger mis 45 líneas que al dia siguiente , si tenia suerte
    se reducian a 25 publicadas . De nuestro corresponsal Manel.A las 16 horas continuaba con mi trabajo de la tarde
    pensando que mi noticia iba a salir en primera.Todo, gratis total!

  38. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | Joan de Sagarra y Enric González o siempre nos quedará París

  39. Enric González me apasiona y la entrevista en general está bastante bien, pero he notado un cierto tono pelota en el texto. Me equivoco?

  40. Pingback: Las Memorias Líquidas de Enric González, más que una lección de periodismo | Culturamas, la revista de información cultural

  41. Gràcies per l’entrevista, Enric; sense ser entrevistat eres de les persones més interessants que conec. Segueix així.

  42. Me encanta Jose Martí Gomz,empece a óirle en la Ser de contertulio y ahora me parece un lujo escuchar sus comentaríos en «Aúúvisn

  43. ¡Que lujo de entrevista! Estoy de acuerdo en que debería ser de obligada lectura y examen en las Facultades de Ciencias de la Información. No conozco a Enric González pero a José Martí Gómez lo sigo desde hace años y actual-mente, los fines de semana en la SER, con Javier del Pino. (Creo que debería tener mayor participación). ¡Me encanta! Si yo fuera periodista, me hubiera gustado ser de ese tipo de profesionales. Hay que ver como te introduce en los temas, creando el ambiente y el entorno idóneo para creer que los estás viviendo, valiéndose, de otros dos aspectos que le adornan: la voz y la entonación. Ojalá podamos seguir muchos años disfrutando de sus colaboraciones. Salud.

  44. Pingback: Jordi Évole: “Una respuesta sorprendente es el orgasmo periodístico” | ECO SOCIAL...OJO CRÍTICO

  45. Pingback: El libro de una vida | nodormirporhaberleido

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