La más dulce perfección

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Ha tenido que morir para que nos diésemos cuenta de lo mucho que el gurú significaba para su secta. Sí, ya era un líder en vida, pero, ¿solo a mí me ha tomado por sorpresa la dimensión espiritual que muchos atribuyen ahora a Steve Jobs? Se destaca su labor como informático, se habla de Apple, de su familia de iAparatitos y de su labor cinematográfica, pero el tratamiento que se le está dando a su figura es más el de un profeta que el de inventor audaz. Lo que más circula por Internet son sus citas, supuestamente agudísimas, y un discurso que una vez dio en la Universidad de Stanford, calificado una y otra vez, sin rubor alguno, de histórico. Cierto es que el legado de Jobs no solo le sobrevivirá, sino que más bien seremos nosotros quienes sobreviviremos conectados a él durante bastante tiempo. Pero este software o aquel teléfono móvil siempre serán mejores que otros; es un asunto opinable y en el fondo secundario. Lo que Jobs aportó como “ideólogo” —su metáfora informática del mundo— fue algo más: un orden que oponer al caos. Una idea de perfección en la que hábilmente supo integrar rasgos de humanidad —esa raza anómala, sin parangón en años luz—, empezando por el logo de su compañía: una manzana mecánica y sin embargo mordida que casi parece estar guiñándote un ojo. O la idea de tener que acariciar un ordenador para que obedezca tus órdenes; digna de David Cronenberg, pero que el iPad ha conseguido hacer no solo soportable, sino encantadora.

En realidad el sistema operativo del capitalismo parece más obra de Microsoft que de Apple. Puede que Windows sea torpe, pero la mayoría seguimos tragando. Está tan lleno de accesorios absurdos y procesos erróneos como su creador, en cuyo cuerpo ni siquiera una corbata y una chaqueta suelen encajar. ¿Y qué importa?, parece que oímos decir a Bill Gates detrás de sus gafas pasadas de moda. Pero a los tipos impecables como Jobs —un suéter negro y unos tejanos le bastaban— sí les importa. Son tipos que aspiran a una nueva visión del mundo, una visión global, y para alcanzarla se valen de la única estrategia posible: su simplificación. Las visiones globales han alentado grandes proyectos artísticos, y es lógico que, en la línea del “Menos es más”, suelan adoptar como ideal estético algún tipo de depuración formal. La genealogía se remonta a la Bauhaus, y antes a la abstracción de Casimir Malevich. Pero mientras que Malevich acabó proscrito por los jerarcas soviéticos y la Bauhaus suponía una isla en un mar de fetichismo historicista (también político), Steve Jobs era justo antes de morir el magnate de la segunda mayor empresa del planeta. Su gusto por la austeridad recuerda más bien al de la poderosa orden cisterciense, que purgó el gótico de ornamentación superflua como Jobs desnudó de teclas nuestros móviles. Sí, hace tiempo que el minimalismo, uno de los rostros genuinos de la vanguardia, está perfectamente integrado en el sistema. Megacorporaciones como Apple o Google rozan el límite de lo posible en lo que se refiere a la adquisición de limpieza moral a través de limpieza formal.

Steve Jobs

Steve Jobs

Un famoso spot del nuevo ordenador personal Macintosh, dirigido por Ridley Scott en 1984, inauguró la imagen redentora de la empresa de Jobs. El anuncio remitía al mundo siniestro imaginado por George Orwell en 1984, donde el Gran Hermano alecciona machaconamente a las masas sumisas. En la recreación de Scott, Apple se encarna en una atleta de aspecto impoluto que aparece para liberar a la humanidad, propinando un martillazo monumental en la pantalla a través de la cual el Poder ejerce su hipnosis. En aquellos años el dictador de la informática era IBM, aunque el sistema operativo que empleaba en sus exitosos PC’s lo suministraba ya Microsoft, todavía el Hermanito Pequeño. Un cuarto de siglo más tarde, los papeles están más claros que nunca: uno hace de villano monopolista y el otro de elegante contrapoder. Pero en realidad los dos duermen confortables en el mismo NASDAQ, donde el diseño que realmente cuenta es el clásico de los billetes de dólar; un lugar ajeno a quienes creen que más software libre significa también un mundo más libre.

El avance de la tecnología en el mundo corre hoy paralelo al de su ignorancia, y el status alcanzado por Jobs como referente ideológico lo ha puesto nuevamente de manifiesto. Una de sus citas —“de las mejores” según un entregado fan que las ha recopilado en su blog— reza: “A veces cuando se innova, se cometen errores. Es mejor admitirlo rápidamente y continuar con otras innovaciones.” En otra: “La innovación distingue a los líderes de los seguidores”. La cascada de simplezas es interminable. Provocan el aplauso de una masa que toma por libros de filosofía cosas como ¿Quién se ha llevado mi queso? Lugares comunes que alcanzan la categoría de reflexión profunda solo porque posteados en un muro de Facebook tienen el mismo efecto —la misma apariencia— que una cita de Platón (o de Batman). Pensamientos simples para cerebros cada vez más simples. Simplificar la mente humana es, de hecho, el camino más corto hacia la creación de una inteligencia artificial comparable a la nuestra; ese es el futuro apocalíptico que yo imagino. No veo plausible una máquina con la conciencia crítica de los humanos (que diga, por ejemplo, “no” al progreso). Pero en el momento en que ésta se diluya en un maremágnum de información reciclada continuamente en cápsulas de 140 caracteres, sacar un iRobot que esté a nuestro nivel intelectual no presentará demasiados problemas. Será por supuesto bello, y aunque en eso nos va a ganar por goleada lo contemplaremos, igual que en la canción de Depeche Mode, como un paso crucial hacia nuestro cenit evolutivo: “La más dulce perfección, a la que llamar mía. La más mínima corrección no podría hacerla mejor. La infección más dulce del cuerpo y de la mente. La inyección más dulce de todas.”

Un paso que, sin embargo, los de siempre habrán dado por nosotros.

11 comentarios

  • A mí los aparatos que vendía Jobs me dan igual, nunca los he consumido, pero entre su discurso de Stanford y este artículo me ha parecido más tedioso e inútil este artículo.

  • Felicidades por el artículo.

    Percibo, a pesar de tu intento de distanciarte, una cierta hostilidad hacia quienes han querido convertir a Jobs, tras su muerte, en Cristo redivivo. Es lógico: toda secta tiene estas pesadeces. Pero no merece un torero ser descalificado por el comportamiento de su afición.

    Estoy bastante de acuerdo con tu idea sobre lo que representa Jobs. A mí me parece que fue, sobre todo, un empresario esteta. Un genio obsesionado con la ligereza, con la eficacia, con la belleza. Que ha logrado grandes cosas y que merece su sitio en la historia, aunque sin espasmos proféticos.

    Eso de que en Facebook todos parecemos Platón lo suscribo plenamente. Con la misma intensa preocupación con la que lo subrayas tú.

  • Magnífico y lúcido aporte, para releer. Y si me lo permite Sr. Pardiñas, también bello…

  • Microsoft es el dueño del 40% de apple y Bill Gates del 20%, Bill Gates salvo a apple, aunque los usuarios de Apple no lo reconozcab usan windows.

    • Eso no es verdad. Es un cuento repetido mil veces por los usuarios de Microsoft (por jugar un poco a tu juego).

      Sí es cierto que Microsoft invirtió en Apple en un momento en el que a ambas les beneficiaba. A la primera para evitar denuncias antimonopolio en su contra y la segunda porque necesitaba una inyección de dinero. El montante fueron un 6% de acciones sin derecho a voto (ahora compara lo que tú has dicho) y Apple, además, se aseguró el desarrollo de Microsoft Office para Mac (y que incluso saliera antes para ellos).

  • Aquí el artículo toca fondo:
    “Su gusto por la austeridad recuerda más bien al de la poderosa orden cisterciense, que purgó el gótico de ornamentación superflua como Jobs desnudó de teclas nuestros móviles.” ¡tremendo!

    aquí alcanza su cénit: “El avance de la tecnología en el mundo corre hoy paralelo al de su ignorancia, y el status alcanzado por Jobs como referente ideológico lo ha puesto nuevamente de manifiesto”

    … en mi opinión, claro …
    Saludos

  • “Provocan el aplauso de una masa que toma por libros de filosofía cosas como ¿Quién se ha llevado mi queso?”

    Gracias por la frase. Me siento menos solo ahora.

    • No conozco a nadie que confunda “¿Quién se ha llevado mi queso?” con un libro de filosofía. ¿No es un poco extraño que necesites oír esa bobada para sentirte “menos sólo”?

      • Yo tampoco me siento solo (sin acento cuando es “sin compañía”, antes, ahora y siempre) porque le hago compañía a Juan Creed en sus sentimientos.

  • Muy de acuerdo con tu artículo. Me gusta mucho la tecnología y sigo todos sus avances de manera más o menos cercana, mientras vivo perplejo cómo las estrategias de marca está acercando a las empresas a un terreno divino que no hace más que degradar nuestra sociedad. O cómo una empresa que fabrica teléfonos móviles tiene poder suficiente para tener un ejercito de seguidores dispuestos a defenderlos a capa y espada, llegando incluso a comentar en una publicación como ésta (hay más de uno que ha comentado en este artículo influenciado por el fanatismo de alguna tecnológica). Como si esa empresa se preocupara de algo más que su posición en el NASDAQ. Enhorabuena de nuevo, has plasmado muy bien lo que Guy Debord ya avistaba allá por 1967 y Naomi Kleim acabó por corroborar, utilizando una de las figuras más paradigmáticas del marketing del capitalismo radical.

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